“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria.” (Salmo 115,1)
1. El grito de los que saben que todo viene de Dios
“Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam.”
Estas palabras, tomadas del Salmo 115, resonaron en los labios de cruzados, caballeros templarios, misioneros y santos a lo largo de los siglos. Son una proclamación de humildad, una declaración de dependencia total del Creador y un antídoto contra el orgullo que destruye las almas y las sociedades.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita volver a pronunciar este Non Nobis Domine con fe. En una época donde el éxito personal, la autoafirmación y el ego son los nuevos ídolos, el alma cristiana corre el riesgo de olvidar que nada —absolutamente nada— tiene sentido si no es para gloria de Dios.
Decir Non Nobis Domine es, en el fondo, una revolución espiritual. Es una forma de vivir donde toda victoria, todo logro, toda alegría y todo sufrimiento se ordenan a un único fin: que Dios sea glorificado en todo.
2. Raíces bíblicas: la gloria pertenece sólo al Señor
El Salmo 115,1 expresa con profundidad el corazón de Israel:
“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia y tu fidelidad.”
En este verso, el salmista reconoce la tentación humana de atribuirse méritos, de querer ser el centro. Pero inmediatamente la rechaza: la gloria no nos pertenece. La gloria es de Dios, porque Él es la fuente del bien y la meta de toda historia.
San Pablo lo expresará siglos después con igual fuerza:
“El que se gloríe, gloríese en el Señor.” (1 Cor 1,31)
El apóstol sabe que la soberbia espiritual —creer que la gracia nos pertenece, o que nuestras obras tienen valor por sí mismas— es una enfermedad mortal. El alma que se gloría a sí misma se pierde; la que gloría al Señor, se salva.
3. Historia y simbolismo: del campo de batalla al alma interior
El lema Non Nobis Domine fue adoptado por los Caballeros Templarios y otras órdenes de caballería cristiana durante las Cruzadas. No era un simple eslogan militar: era una profesión de fe.
Cada victoria, cada conquista, cada acto de valor debía ofrecerse al Altísimo. No luchaban por sí mismos, sino por Cristo y su Iglesia.
Imaginemos la escena: tras una batalla, los templarios, cubiertos de polvo y sangre, arrodillados ante la cruz, entonaban el salmo:
“Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam.”
Era un recordatorio: ni la espada, ni la estrategia, ni el valor humano habían vencido. Había vencido Dios, que obra incluso a través de la debilidad del hombre.
Esta misma actitud fue la de los santos: de san Francisco a santa Teresa, de san Ignacio a santa Teresa de Calcuta. Todos ellos vivieron bajo el lema Non Nobis. Sabían que el orgullo espiritual arruina la obra de Dios, mientras que la humildad la multiplica.
4. Relevancia teológica: la humildad, llave de la gracia
El Non Nobis Domine no es solo una frase hermosa o un ideal caballeresco: es una verdad teológica central.
a) La gloria es atributo divino
Solo Dios es glorioso por naturaleza. El hombre participa de su gloria solo por gracia. Cuando intentamos apropiárnosla, la convertimos en vanidad.
b) El orgullo bloquea la gracia
El alma orgullosa se cierra al don de Dios, porque pretende bastarse a sí misma. En cambio, la humildad abre el alma a la acción divina:
“Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.” (Santiago 4,6)
c) La verdadera libertad nace del desapego del ego
Cuando el cristiano deja de buscar su propia gloria, se libera. Ya no depende de los aplausos ni teme los fracasos. Vive solo para agradar a Dios, y eso lo hace invencible.
5. El Non Nobis hoy: una resistencia contra el narcisismo moderno
Vivimos en una cultura del yo: mi carrera, mis logros, mis derechos, mis seguidores. Incluso la espiritualidad se contamina a veces de esta lógica —el “yo y mi relación con Dios” al margen de la Iglesia o la comunidad—.
El Non Nobis es la medicina. Nos recuerda que todo lo que somos y tenemos es don, y que la única medida de nuestra vida es cuánto glorifica a Dios.
Cada vez que alguien te alaba, cada vez que consigues un logro o reconoces un talento, el alma debería responder:
“Non nobis, Domine.”
No es mío, Señor. Es tuyo.
6. Guía práctica: vivir el Non Nobis Domine cada día
1. Ofrece tus logros a Dios.
Cuando termines un trabajo, recibas una alabanza o tengas éxito, di interiormente: “A Ti la gloria, Señor.” Este pequeño acto te mantendrá en la verdad.
2. Acepta los fracasos con fe.
El Non Nobis también se dice cuando todo sale mal. Reconocer que Dios sigue obrando incluso en lo que no entendemos es una forma suprema de humildad.
3. Sirve sin esperar reconocimiento.
Haz el bien, ayuda, reza, perdona… sin que nadie te vea. Esa es la gloria escondida que agrada a Dios.
4. Examina tus intenciones.
Antes de emprender una acción o proyecto, pregúntate: “¿Busco mi gloria o la de Dios?” Si la respuesta es la segunda, tu camino está en la dirección correcta.
5. Aprende a desaparecer.
La humildad no es pensar mal de uno mismo, sino pensar menos en uno mismo. No todo debe girar en torno a ti: da espacio a los demás, deja que otros brillen.
6. Haz del agradecimiento una actitud.
Todo lo que tienes —vida, salud, talentos, fe— es gracia. Agradecerlo constantemente es vivir el Non Nobis en estado puro.
7. Aplicación pastoral: construir comunidades humildes
Las parroquias, movimientos, comunidades y grupos cristianos deben también vivir el Non Nobis.
Cuando las obras apostólicas se hacen por ego, por rivalidad o por vanagloria, se vacían de poder espiritual.
Pero cuando todo se hace para gloria de Dios, incluso lo pequeño florece.
El sacerdote que celebra misa, el catequista que enseña, el joven que sirve, el anciano que reza… todos pueden decir juntos:
“Non nobis, Domine.”
Así la Iglesia se purifica, se renueva y se hace más semejante a su Señor, que “se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2,8).
8. Una espiritualidad de combate
El Non Nobis Domine no es debilidad: es fuerza interior. Es el lema de los que luchan contra el pecado, contra la soberbia del mundo y contra su propio ego.
Cada vez que renuncias a la gloria humana por amor a Dios, estás combatiendo la batalla más importante: la del alma.
Recuerda: la cruz fue el mayor Non Nobis de la historia. Cristo no buscó su propia gloria, sino la del Padre. Por eso fue exaltado sobre todo nombre (Filipenses 2,9).
9. Conclusión: la victoria de los humildes
El mundo admira a los poderosos, pero el cielo corona a los humildes.
El Non Nobis Domine es la oración de los santos, la canción de los vencedores, el escudo del alma cristiana.
Quien la hace suya nunca será esclavo del orgullo, porque ha comprendido que todo viene de Dios y todo vuelve a Él.
“El cielo y la tierra pasarán, pero la gloria de Dios permanece para siempre.” (cf. Mt 24,35)
Que al final de cada jornada podamos decir con verdad:
Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam.
No a nosotros, Señor, sino a Ti, por siempre, la gloria.