El quinto artículo del Credo es uno de los más profundos, solemnes y esperanzadores de toda la fe cristiana. Cada domingo, millones de católicos lo proclaman quizá sin detenerse demasiado a pensar en la inmensidad de lo que están diciendo:
“Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos”.
Sin embargo, en estas palabras se encuentra condensado el corazón mismo de la victoria de Cristo. Aquí aparecen la muerte real de Jesús, su descenso al lugar de los justos, la apertura definitiva del Cielo y el acontecimiento más revolucionario de toda la historia: la Resurrección.
No se trata de una metáfora poética ni de un símbolo espiritual inventado por los discípulos para consolarse tras la crucifixión. La Iglesia siempre ha enseñado que estos acontecimientos fueron reales, históricos y sobrenaturales. Cristo verdaderamente murió. Verdaderamente descendió al lugar de los muertos. Y verdaderamente resucitó glorioso.
Este artículo del Credo no es simplemente una afirmación doctrinal: es la proclamación de que la muerte ha sido vencida.
El quinto artículo del Credo
La enseñanza tradicional del catecismo resume así este misterio:
“El alma de Jesucristo, separada ya del cuerpo, fue al Limbo de los Santos Padres y que al tercer día se unió de nuevo a su cuerpo para no separarse jamás”.
En estas pocas líneas encontramos tres grandes verdades:
- Jesucristo murió realmente.
- Descendió al llamado “Limbo de los Santos Padres”.
- Resucitó gloriosamente al tercer día.
Cada una de estas afirmaciones tiene una profundidad inmensa.
Cristo verdaderamente murió
Puede parecer obvio para un cristiano, pero la Iglesia siempre ha insistido en esta verdad porque desde los primeros siglos aparecieron herejías que negaban la auténtica muerte de Jesús.
Algunos afirmaban que Cristo solo “pareció” sufrir. Otros sostenían que su cuerpo era una ilusión. Pero la fe católica enseña con claridad que Jesucristo asumió plenamente nuestra naturaleza humana, excepto el pecado.
Por eso sufrió de verdad.
Lloró de verdad.
Sangró de verdad.
Y murió de verdad.
La muerte de Cristo no fue un teatro divino. Fue el sacrificio perfecto del Hijo de Dios hecho hombre.
En la Cruz ocurrió algo estremecedor: el alma humana de Cristo se separó de su cuerpo, como sucede en toda muerte humana. Sin embargo, incluso en la muerte, la divinidad nunca se separó ni de su cuerpo ni de su alma.
Aquí aparece uno de los misterios más hermosos de la teología: aunque Cristo murió verdaderamente, la unión hipostática permaneció intacta. El Verbo seguía unido tanto al cuerpo depositado en el sepulcro como al alma que descendía al lugar de los muertos.
¿Qué significa “descendió a los infiernos”?
Esta frase suele generar confusión en el mundo moderno.
Muchos imaginan erróneamente que Cristo descendió al infierno de los condenados para sufrir tormentos demoníacos. Pero la Iglesia jamás enseñó eso.
El catecismo tradicional aclara:
“Por infierno se entiende aquí el Limbo de los Santos Padres”.
La palabra “infiernos” proviene del latín inferos, que significa simplemente “lugares inferiores” o “morada de los muertos”.
En la tradición antigua existían distintas situaciones de las almas después de la muerte:
- el Cielo,
- el purgatorio,
- el infierno de los condenados,
- y el llamado Limbo de los Patriarcas o de los Santos Padres.
Este último no era un lugar de castigo, sino de espera.
El Limbo de los Santos Padres: la espera de la Redención
Antes de la Redención realizada por Cristo, el Cielo estaba cerrado a la humanidad por el pecado original.
Adaˊn→pecado original→cierre del Cielo
Los justos del Antiguo Testamento —Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, David, los profetas y tantos otros— habían vivido en amistad con Dios, pero todavía esperaban la apertura definitiva de las puertas celestiales.
Esperaban al Mesías.
Esperaban la Redención.
Esperaban a Cristo.
Por eso, cuando Jesús muere, su alma santísima desciende a anunciar la victoria a aquellos justos que aguardaban desde siglos atrás.
La tradición cristiana contempla este momento con enorme belleza espiritual. Los Padres de la Iglesia imaginaban el estremecimiento del Limbo cuando apareció Cristo glorioso:
- Adán contemplando por fin al nuevo Adán.
- David viendo cumplidas sus profecías.
- Abraham contemplando la realización de la Promesa.
- Juan Bautista anunciando en el reino de los muertos: “¡Ya viene el Cordero de Dios!”.
Es uno de los momentos más conmovedores de toda la historia de la salvación.
Cristo abre nuevamente el Cielo
El catecismo enseña:
“Convenía que el primero que entrase en él fuese Jesucristo, que con su muerte lo abrió de nuevo”.
Aquí aparece un aspecto esencial de la fe católica: Cristo no solo salva individualmente; Cristo restaura el acceso perdido a la comunión eterna con Dios.
La humanidad había sido expulsada del Paraíso por el pecado de Adán. Ningún esfuerzo humano podía reabrir por sí mismo las puertas del Cielo.
Solo Cristo podía hacerlo.
Solo el sacrificio perfecto del Hijo de Dios podía reconciliar plenamente al hombre con el Padre.
Por eso la liturgia pascual canta con alegría:
“¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor!”
La Cruz no fue el fracaso de Cristo.
Fue su entronización.
Fue el momento en que el amor divino derrotó al pecado.
El silencio del Sábado Santo
Existe un día litúrgico profundamente misterioso: el Sábado Santo.
Es el día del gran silencio.
Cristo yace en el sepulcro.
Los apóstoles están dispersos.
La Virgen permanece firme en la fe.
El mundo parece suspendido entre el dolor y la esperanza.
Mientras la tierra guarda silencio, Cristo desciende al lugar de los muertos para anunciar la victoria.
La antigua homilía del Sábado Santo, leída aún hoy en la Liturgia de las Horas, expresa este misterio de manera impresionante:
“Dios ha muerto en la carne y ha despertado a los que dormían desde siglos”.
La espiritualidad tradicional siempre ha visto el Sábado Santo como el día de la esperanza silenciosa. Cuando todo parece perdido, Dios sigue actuando.
También hoy esta enseñanza tiene una enorme actualidad.
Vivimos en una época marcada por el ruido constante, la ansiedad y la desesperanza. Muchos creen que Dios guarda silencio ante el sufrimiento humano. Pero el Sábado Santo nos recuerda que incluso cuando parece ausente, Cristo sigue obrando en lo oculto.
“Al tercer día resucitó de entre los muertos”
El centro absoluto del cristianismo no es la Cruz sola, sino la Cruz unida inseparablemente a la Resurrección.
San Pablo lo dice con contundencia:
“Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”.
La Resurrección es el acontecimiento que cambia toda la historia humana.
No es únicamente un regreso a la vida biológica. Cristo no volvió simplemente a vivir como Lázaro, quien más tarde volvería a morir.
Cristo resucitó glorioso.
Muerte→Sepulcro→Resurreccioˊn gloriosa
Su cuerpo resucitado posee propiedades nuevas:
- impasibilidad,
- claridad,
- agilidad,
- sutileza.
Puede atravesar puertas cerradas.
Ya no está sometido al sufrimiento.
No puede morir jamás.
La Resurrección inaugura una nueva creación.
¿Por qué Cristo esperó hasta el tercer día?
El catecismo responde:
“Para mostrar con evidencia que verdaderamente había muerto”.
En el mundo antiguo existía un temor real a confundir estados de inconsciencia profunda con la muerte. Cristo quiso que no hubiera duda alguna.
El sepulcro sellado.
La lanza atravesando su costado.
El cuerpo envuelto en vendas.
Los tres días de espera.
Todo manifiesta la realidad absoluta de su muerte.
Y precisamente por eso la Resurrección resplandece con más fuerza.
La Iglesia nunca predicó un mito espiritual. Predicó un sepulcro vacío.
La Resurrección de Cristo no fue como las demás
El catecismo explica:
“Jesucristo resucitó por su propia virtud, y los demás fueron resucitados por la virtud de Dios”.
Aquí encontramos otra diferencia esencial.
Otros hombres fueron resucitados milagrosamente:
- el hijo de la viuda de Naín,
- la hija de Jairo,
- Lázaro.
Pero todos ellos volvieron a morir.
Cristo, en cambio, resucita por su propio poder divino.
Cristo=verdadero Dios+verdadero hombre
La Resurrección manifiesta definitivamente su divinidad.
Por eso la Pascua es el triunfo absoluto de Cristo Rey sobre:
- el pecado,
- la muerte,
- Satanás,
- y el infierno.
La importancia histórica de la Resurrección
El cristianismo nació en un contexto hostil. Los apóstoles no obtuvieron riquezas ni poder por predicar la Resurrección. Obtuvieron persecuciones, cárceles y martirio.
Entonces surge una pregunta fundamental:
¿Por qué estaban dispuestos a morir?
La respuesta es sencilla: porque estaban convencidos de haber visto al Resucitado.
La fe cristiana no nació de una idea filosófica, sino del encuentro con Cristo vivo.
El sepulcro vacío, las apariciones, la transformación radical de los apóstoles y el crecimiento explosivo de la Iglesia primitiva son realidades históricas imposibles de ignorar.
La Resurrección y el mundo moderno
Hoy vivimos en una cultura profundamente marcada por el materialismo.
Muchos reducen la vida humana a biología, consumo y entretenimiento. La muerte se convierte en un tema tabú. Se intenta ocultarla, maquillarla o ignorarla.
Pero el cristianismo mira de frente a la muerte y proclama algo revolucionario:
La muerte no tiene la última palabra.
Cristo resucitado cambia completamente la visión humana de la existencia.
El sufrimiento ya no es absurdo.
El sacrificio ya no es inútil.
La esperanza ya no es ingenuidad.
Porque Cristo vive.
La Resurrección y nuestra propia vida
El quinto artículo del Credo no habla solo de Jesús. Habla también de nosotros.
La Resurrección de Cristo es la promesa de nuestra futura resurrección.
San Pablo enseña que Cristo es:
“Primicia de los que durmieron”.
Cristo resucitado⇒esperanza de nuestra resurreccioˊn
Esto significa que la muerte corporal no es el final definitivo para quienes viven unidos a Cristo.
El cristiano no cree en una simple “energía espiritual”.
Cree en la resurrección de la carne.
Nuestros cuerpos también resucitarán glorificados al final de los tiempos.
Esta verdad transforma completamente la manera de vivir:
- da sentido al sufrimiento,
- fortalece en la enfermedad,
- sostiene en el duelo,
- impulsa la santidad,
- y llena de esperanza frente a la muerte.
La dimensión espiritual del descenso a los infiernos
Los santos han visto además una dimensión profundamente espiritual en este misterio.
Cristo desciende hasta las profundidades de la condición humana.
No hay oscuridad donde Él no pueda entrar.
No hay pecado que Él no pueda perdonar si hay arrepentimiento.
No hay abismo humano inaccesible para su misericordia.
Muchos hombres y mujeres viven hoy en verdaderos “infiernos interiores”:
- depresión,
- desesperanza,
- vacío existencial,
- esclavitudes morales,
- heridas familiares,
- pérdida del sentido de la vida.
El descenso de Cristo nos recuerda que Él puede entrar incluso en nuestras noches más profundas.
Y desde allí levantarnos.
La victoria definitiva de Cristo
El quinto artículo del Credo es, en definitiva, un himno de victoria.
Cristo entra en la muerte para destruirla desde dentro.
Los iconos orientales representan maravillosamente esta escena: Cristo resucitado rompe las puertas del abismo y toma de la mano a Adán y Eva para sacarlos de la tumba.
Esa imagen resume toda la historia de la salvación.
La humanidad caída es levantada por Cristo.
El pecado es vencido.
El Cielo vuelve a abrirse.
La esperanza renace.
Conclusión: el Credo que transforma la vida
Cuando el cristiano proclama:
“Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos”,
no está repitiendo una fórmula antigua vacía.
Está proclamando que:
- Cristo venció realmente a la muerte,
- abrió nuevamente el Cielo,
- liberó a los justos,
- destruyó el poder del pecado,
- y nos dio esperanza eterna.
En una sociedad marcada por el miedo, la incertidumbre y la pérdida del sentido trascendente, este artículo del Credo sigue siendo profundamente actual.
Porque el mundo moderno sigue necesitando escuchar la gran noticia de Pascua:
Cristo ha resucitado.
Y con Él, la esperanza humana nunca muere.