Del sexto artículo del Credo: “Subió a los cielos; está sentado a la diestra de Dios Padre”

Cuando los cristianos recitamos el Credo, muchas veces pronunciamos sus palabras con familiaridad, pero sin detenernos a contemplar toda la profundidad que contienen. Una de esas afirmaciones inmensas, solemnes y llenas de esperanza es el sexto artículo: “Subió a los cielos; está sentado a la diestra de Dios Padre”.

Estas palabras no son una simple fórmula litúrgica ni una expresión simbólica vacía. Encierran una verdad fundamental de nuestra fe: Cristo resucitado no permaneció en la tierra indefinidamente, sino que ascendió gloriosamente al cielo, donde reina para siempre como Señor del universo y donde intercede por nosotros ante el Padre.

Este artículo del Credo nos abre la mirada hacia el destino final del hombre, hacia la gloria eterna y hacia la certeza de que nuestra patria definitiva no está aquí abajo, sino en el Cielo.

Hablar de la Ascensión del Señor no es hablar de una despedida triste, sino de una victoria definitiva. Cristo no se aleja para abandonarnos; sube para reinar, para prepararnos lugar y para atraernos hacia Él.


1. “Subió a los cielos”: la gloriosa Ascensión del Señor

El Catecismo enseña:

121.- ¿Qué nos enseña el sexto artículo: SUBIÓ A LOS CIELOS: ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE?

Nos enseña que Jesucristo, cuarenta días después de su resurrección, subió por sí mismo al cielo en presencia de sus discípulos, y que, siendo como Dios igual al Padre en la gloria, fue como hombre ensalzado sobre todos los Ángeles y Santos y constituido Señor de todas las cosas.

La Ascensión es el acto glorioso por el cual Nuestro Señor Jesucristo, después de haber vencido al pecado, al demonio y a la muerte, entra solemnemente en la gloria celestial.

No se trata de un “viaje espacial”, como si el cielo fuera simplemente un lugar físico sobre las nubes. El cielo es, ante todo, el estado de visión beatífica, la perfecta comunión con Dios, la plenitud absoluta de la gloria divina.

Cristo asciende no solo como Dios —porque como Dios nunca dejó el cielo—, sino como hombre glorificado. Su humanidad santísima entra triunfante en la gloria eterna.

Esto tiene una importancia inmensa: donde ha entrado la Cabeza, está llamada a entrar también el Cuerpo. Cristo ha abierto el camino.

La Ascensión no es el final de la historia de Jesús: es el comienzo de su reinado visible desde el cielo.


2. Los cuarenta días después de la Resurrección

El Catecismo pregunta:

122.- ¿Por qué Jesucristo después de su resurrección se quedó cuarenta días en la tierra antes de subir al cielo?

Porque quiso probar con varias apariciones que verdaderamente había resucitado, e instruir más y más a los Apóstoles en las verdades de la fe.

Esto es profundamente importante.

Cristo no desapareció inmediatamente después de resucitar. Durante cuarenta días se apareció repetidas veces a los Apóstoles, a los discípulos y a numerosos testigos.

Comió con ellos.

Les habló.

Les mostró sus llagas gloriosas.

Permitió que Santo Tomás tocara su costado.

Explicó las Escrituras.

Consolidó la fe de los que iban a ser fundamento de la Iglesia.

La Resurrección no fue una ilusión piadosa ni una experiencia subjetiva de los discípulos. Fue un hecho real, histórico, visible y corporal.

La Iglesia no nació de una emoción colectiva, sino del encuentro verdadero con Cristo resucitado.

Además, esos cuarenta días fueron una escuela final para los Apóstoles. El Señor los preparó para la misión universal: predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra.

Antes eran temerosos.

Después serían mártires.

Eso solo se explica porque realmente vieron al Resucitado.


3. ¿Por qué subió Jesucristo al cielo?

El Catecismo responde con admirable precisión:

123.- ¿Por qué subió Jesucristo al cielo?

Subió:

1º para tomar posesión de su reino conquistado con su muerte;

2º para prepararnos tronos de gloria y para ser nuestro Medianero y Abogado cerca del Padre;

3º para enviar el Espíritu Santo a sus Apóstoles.

Cada una de estas razones merece una profunda meditación.


4. Cristo sube para tomar posesión de su Reino

Jesús no asciende como un derrotado que abandona el campo de batalla, sino como Rey vencedor.

Su Cruz fue combate.

Su Resurrección fue triunfo.

Su Ascensión fue coronación.

Cristo conquistó su Reino no con violencia, sino con el sacrificio redentor de la Cruz.

Por eso toda autoridad le pertenece:

“Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.”

Él reina sobre los ángeles.

Reina sobre los santos.

Reina sobre la historia.

Reina sobre las naciones.

Reina incluso sobre quienes lo rechazan.

Hoy, en una sociedad que quiere destronar a Cristo de la vida pública, familiar y personal, esta verdad es más actual que nunca: Cristo es Rey.

No un rey simbólico.

No un rey opcional.

No un rey para la intimidad privada.

Es Rey universal.

El mundo moderno pretende construir una civilización sin Dios, pero toda paz verdadera solo puede edificarse bajo el reinado de Cristo.

Instaurarlo todo en Cristo sigue siendo una urgencia.


5. Cristo sube para prepararnos un lugar

Aquí aparece una de las verdades más consoladoras del cristianismo.

Jesús mismo dijo:

“Voy a prepararos un lugar.”

No estamos hechos para esta tierra.

No fuimos creados para una existencia limitada al sufrimiento, al trabajo y a la muerte.

Fuimos creados para el Cielo.

Cristo asciende como precursor nuestro.

Nos espera.

Nos prepara tronos de gloria.

Cada sacrificio ofrecido con amor, cada confesión sincera, cada comunión bien recibida, cada rosario rezado con fe, cada acto de caridad silenciosa, tiene resonancia eterna.

El Cielo no es poesía religiosa.

Es realidad.

Es la verdadera patria.

Es el destino para el que fuimos creados.

Por eso el cristiano no vive mirando solo hacia abajo, sino hacia arriba.

No con evasión irresponsable, sino con esperanza sobrenatural.

Quien pierde el sentido del Cielo termina absolutizando la tierra.

Y cuando la tierra se convierte en absoluto, nace la desesperación.


6. Cristo es nuestro Medianero y Abogado

Jesús subió también para ser nuestro Medianero ante el Padre.

Esto significa que no estamos solos.

Tenemos un Abogado en el cielo.

Tenemos un Sumo Sacerdote eterno.

Tenemos a Aquel que muestra al Padre las llagas gloriosas de la Redención.

Cristo intercede por nosotros.

No como quien suplica algo incierto, sino como Redentor victorioso.

Cuando caemos, Él llama al arrepentimiento.

Cuando sufrimos, Él sostiene.

Cuando tememos, Él fortalece.

Cuando oramos, nuestras súplicas suben unidas a su mediación perfecta.

La oración cristiana tiene esta inmensa seguridad: no rezamos al vacío.

Rezamos en Cristo.

Por Cristo.

Con Cristo.

Y esta verdad se realiza de modo sublime en la Santa Misa, donde el sacrificio del Calvario se hace sacramentalmente presente.


7. Cristo sube para enviar el Espíritu Santo

La Ascensión prepara Pentecostés.

Jesús mismo lo había anunciado: convenía que Él se fuera para que viniera el Consolador.

No era ausencia.

Era una nueva forma de presencia.

El Espíritu Santo descendería sobre los Apóstoles y transformaría su miedo en valentía apostólica.

Sin Pentecostés no hay Iglesia misionera.

Sin Espíritu Santo no hay santidad.

Sin gracia no hay perseverancia.

La Ascensión no cierra la obra de Cristo: la extiende sacramentalmente en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Cristo asciende, pero permanece realmente presente en la Eucaristía, en su Iglesia y en la acción del Espíritu Santo.


8. La diferencia entre Cristo y la Virgen: Ascensión y Asunción

El Catecismo enseña:

124.- ¿Por qué se dice de Jesucristo que subió a los cielos y de su Madre Santísima que fue asunta?

Porque Jesucristo subió por su propia virtud, pero María subió por la virtud de Dios.

Aquí aparece una distinción teológica bellísima.

Decimos que Cristo ascendió.

Decimos que María fue asunta.

No es lo mismo.

Jesucristo, siendo Hombre-Dios, posee en sí mismo el poder divino. Él sube por propia autoridad.

María Santísima, aunque es la más perfecta de todas las criaturas, sigue siendo criatura. Su glorificación es don recibido.

Cristo asciende por naturaleza divina.

María es elevada por gracia.

Esto no disminuye la gloria de la Virgen, sino que la hace aún más admirable: toda su grandeza procede de Dios.

Ella es la obra maestra de la gracia.

Y donde está la Madre, allí también se fortalece nuestra esperanza de llegar nosotros.


9. “Está sentado a la diestra de Dios Padre”

El Catecismo explica:

125.- Explicadme las palabras: ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE

La palabra “está sentado” significa la eterna y pacífica posesión que Jesucristo tiene de su gloria, y “a la diestra de Dios Padre” quiere decir que ocupa el puesto de honor sobre todas las criaturas.

Esto no significa que Dios Padre tenga literalmente una silla a su derecha.

Es un lenguaje humano para expresar una realidad divina.

Sentarse indica estabilidad, autoridad, realeza y plenitud de poder.

Cristo reina eternamente.

No volverá a sufrir.

No volverá a morir.

No volverá a ser humillado.

El Crucificado es ahora el Glorificado.

La diestra simboliza el honor supremo.

Cristo ocupa el lugar de máxima gloria.

Toda rodilla debe doblarse ante Él.

Todo juicio final pasará por Él.

Toda la historia converge en Él.

Esto cambia radicalmente la vida cristiana: no seguimos a un maestro muerto del pasado, sino a un Rey vivo y glorioso que gobierna ahora.


10. Una lección urgente para nuestro tiempo

Vivimos en una época profundamente horizontal.

Se piensa en productividad, éxito, política, consumo, placer inmediato… pero casi nunca en el Cielo.

El hombre moderno ha perdido el sentido de la eternidad.

Y cuando desaparece el Cielo, la vida se vuelve insoportable.

Sin trascendencia, todo termina en absurdo.

Por eso este artículo del Credo es profundamente revolucionario.

Nos recuerda:

hay un Reino eterno,

hay una gloria futura,

hay un juicio final,

hay una patria definitiva,

hay un Rey verdadero.

Cristo no pertenece al pasado.

Cristo reina ahora.

Y la pregunta decisiva no es si el mundo lo reconoce, sino si nosotros vivimos realmente bajo su señorío.


Conclusión

Decir “Subió a los cielos; está sentado a la diestra de Dios Padre” es proclamar que la historia no termina en la tumba.

Es afirmar que Cristo ha vencido.

Es reconocer que tenemos una patria eterna.

Es recordar que nuestro destino no es la corrupción, sino la gloria.

Es saber que en el cielo tenemos un Rey, un Abogado y un lugar preparado.

Cada vez que miramos un crucifijo debemos recordar también la Ascensión: la Cruz conduce a la gloria.

Cada vez que sufrimos debemos recordar que el cielo existe.

Cada vez que el mundo parece triunfar debemos recordar que Cristo ya reina.

Y cada vez que recitamos el Credo debemos hacerlo con convicción profunda:

Cristo subió.

Cristo reina.

Cristo volverá.

Y nosotros hemos sido creados para estar con Él eternamente.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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