La Divina Providencia: cuando parece que Dios calla, pero sigue sosteniendo el mundo

Vivimos en una época que ha aprendido a controlar casi todo, pero que, paradójicamente, cada vez sabe menos cómo afrontar aquello que no puede controlar.

Santo Tomás Moro vivió la Providencia en circunstancias extremas: no como una teoría abstracta, sino ante la posibilidad real del martirio.

Y santa Juliana de Norwich llegó a expresar una de las intuiciones más conocidas de la espiritualidad cristiana: la confianza radical en que, finalmente, Dios llevará todas las cosas a su cumplimiento.

El Catecismo recoge precisamente estos testimonios al hablar de la confianza en la Providencia.

Pero quizá lo más importante es comprender que los santos no confiaban en la Providencia porque tuvieran una vida cómoda.

Confiaban precisamente porque habían aprendido a mirar más allá de las circunstancias.

El santo no es la persona a la que nunca le ocurre nada malo.

Es la persona que ha aprendido a vivir incluso lo malo en unión con Dios.


14. Providencia y vida cotidiana

¿Cómo se vive entonces la Providencia en la práctica?

No basta con saber qué significa.

Hay que convertirla en una forma de vivir.

Primero: rezar antes de tomar decisiones

No debemos reducir la oración a pedir que Dios bendiga decisiones que ya hemos tomado.

La oración auténtica pregunta:

«Señor, ¿qué quieres de mí?»

Antes de una decisión importante podemos pedir luz, consejo y prudencia.

Y después debemos actuar.


Segundo: hacer bien lo que depende de nosotros

La Providencia no es una excusa para la mediocridad.

Haz bien tu trabajo.

Cuida a tu familia.

Cumple tus obligaciones.

Estudia.

Reza.

Descansa correctamente.

Cuida tu cuerpo.

Ayuda al prójimo.

Cumple tus compromisos.

Y después de haber hecho todo lo razonablemente posible, deja el resultado en manos de Dios.


Tercero: aprender a aceptar lo que no podemos cambiar

Hay acontecimientos contra los cuales no podemos luchar.

El pasado no puede modificarse.

Una muerte no puede deshacerse.

Una enfermedad puede no desaparecer.

Una oportunidad puede no regresar.

Una persona puede decidir marcharse.

La aceptación cristiana no consiste en decir:

«Me da igual.»

Consiste en decir:

«Esto no era lo que yo quería, pero todavía puedo preguntarle a Dios qué quiere hacer conmigo aquí.»

Esa frase puede transformar radicalmente una vida.


15. La Providencia frente a la ansiedad moderna

Nuestra época tiene un problema particular.

Estamos permanentemente conectados.

Noticias.

Redes sociales.

Alertas.

Mercados.

Guerras.

Crisis.

Catástrofes.

Opiniones.

Debates.

Comparaciones.

Escándalos.

Información constante.

El ser humano contemporáneo recibe diariamente una cantidad de información para la que su corazón no está diseñado.

Y aparece una tentación:

querer controlar todo lo que conocemos.

Pero conocer algo no significa poder controlarlo.

Podemos saber lo que ocurre en el otro extremo del mundo y, sin embargo, ser incapaces de solucionar el problema.

Aquí la Providencia adquiere una extraordinaria actualidad.

Cristo ya conocía la ansiedad humana cuando dijo:

«No os preocupéis por el mañana; el mañana se preocupará de sí mismo.»
Mateo 6,34

No significa que el mañana no importe.

Significa que no debemos vivir hoy cargando anticipadamente con todos los sufrimientos que quizá jamás tendremos que soportar.


16. Providencia no significa pasividad ante la injusticia

Hay otro error que debemos evitar.

Algunas personas dicen:

«Si Dios lo permite, será por algo.»

Y utilizan esta frase para justificar la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

Eso tampoco es cristianismo.

Si alguien tiene hambre, debemos ayudar.

Si alguien sufre una injusticia, debemos defender la verdad.

Si alguien es perseguido por su fe, debemos solidarizarnos.

Si un inocente es tratado injustamente, no podemos escondernos detrás de una falsa confianza en la Providencia.

¿Por qué?

Porque Dios puede haber dispuesto precisamente que nuestra intervención sea uno de los instrumentos de su Providencia.

Quizá el pobre que encontramos no sea simplemente alguien a quien «Dios permitirá ayudar si quiere».

Quizá Dios nos lo ha puesto delante para que nosotros lo ayudemos.

La Providencia no nos libera de la caridad.

Nos convierte en instrumentos de ella.


17. La Providencia y la oración de petición

Alguien podría preguntarse:

«Si Dios ya sabe lo que necesito, ¿para qué rezar?»

La respuesta es preciosa.

No rezamos para informar a Dios.

Dios ya conoce nuestras necesidades.

Rezamos para entrar libremente en relación con Él y cooperar con su designio.

La oración transforma primero al que reza.

Cuando pedimos:

«Señor, ayúdame»,

reconocemos que no somos autosuficientes.

Cuando pedimos:

«Señor, convierte a esta persona»,

ejercitamos la caridad.

Cuando pedimos:

«Señor, dame paciencia»,

aceptamos que necesitamos crecer.

Cuando decimos:

«Señor, hágase tu voluntad»,

comenzamos a abandonar el orgullo de querer gobernarlo todo.

Por eso la oración es una de las formas principales mediante las cuales colaboramos con la Providencia.


18. La Providencia y la Eucaristía

Existe además una dimensión profundamente eucarística.

En la Santa Misa, el cristiano aprende de nuevo la lógica de la Providencia.

Cristo se entrega al Padre.

Cristo acepta la voluntad divina.

Cristo ofrece su Cuerpo y su Sangre.

Y el cristiano es invitado a unir su propia vida a ese sacrificio.

Esto significa que podemos colocar sobre el altar nuestras preocupaciones:

nuestro trabajo,

nuestra familia,

nuestros problemas,

nuestros enfermos,

nuestros difuntos,

nuestros proyectos,

nuestros fracasos,

nuestros pecados,

nuestros deseos.

La Misa nos enseña a decir con Cristo:

«No mi voluntad, sino la tuya.»

Y esto no significa resignación.

Significa confianza.


19. La Providencia y la confesión

También el sacramento de la Penitencia puede entenderse desde esta perspectiva.

Cuando hemos pecado, podemos pensar:

«Lo he arruinado todo.»

Pero la Providencia no queda anulada por nuestro pecado.

Dios puede incluso convertir nuestra caída en ocasión de humildad, arrepentimiento y conversión.

Esto no significa que el pecado sea bueno.

No lo es.

Significa que la misericordia de Dios es capaz de reconstruir lo que nosotros hemos destruido.

El pecador que se confiesa sinceramente descubre una de las formas más impresionantes de la Providencia: Dios no abandona al hombre precisamente cuando este se ha alejado de Él.

Lo busca.

Lo llama.

Lo espera.

Lo restaura.


20. «¿Y si Dios no responde a mi oración?»

Esta es una de las experiencias espirituales más dolorosas.

Rezamos.

Pedimos.

Insistimos.

Y aparentemente nada cambia.

Aquí debemos recordar algo esencial:

el silencio de Dios no significa ausencia de Dios.

Cristo mismo experimentó el silencio.

En Getsemaní pidió que pasara el cáliz.

El cáliz no pasó.

Pero la oración no fue inútil.

La voluntad del Padre se realizó.

Y la Resurrección demostró que el silencio del Viernes Santo no era el final de la historia.

A veces nosotros queremos una respuesta inmediata.

Dios puede estar trabajando en una dimensión que todavía no podemos ver.

A veces pedimos que Dios cambie una circunstancia.

Y Dios comienza cambiándonos a nosotros.

A veces pedimos que desaparezca una cruz.

Y Dios nos da fuerza para cargarla.

A veces pedimos una solución.

Y Dios nos concede perseverancia.

A veces pedimos que se abra una puerta.

Y Dios nos conduce hacia otra que jamás habíamos contemplado.


21. La Providencia y el discernimiento

Pero debemos tener cuidado con otro extremo.

No todo pensamiento que tenemos viene de Dios.

No toda coincidencia es una señal.

No todo deseo es una vocación.

No toda oportunidad es necesariamente providencial.

La espiritualidad católica siempre ha insistido en el discernimiento.

Por eso debemos recurrir a:

  • la oración;
  • la Sagrada Escritura;
  • la doctrina de la Iglesia;
  • los sacramentos;
  • el consejo prudente;
  • la dirección espiritual cuando sea posible;
  • la razón;
  • la prudencia;
  • y la observación de los frutos.

Una supuesta «señal de Dios» que nos lleva al pecado no puede venir de Dios.

Una interpretación providencial que contradice la fe católica debe rechazarse.

Dios no se contradice.

La Providencia nunca puede utilizarse para justificar aquello que Dios ha revelado como malo.


22. ¿Dónde está Dios cuando todo parece desmoronarse?

Quizá esta sea la pregunta que resume todo el tema.

Cuando perdemos el trabajo.

Cuando una familia se rompe.

Cuando muere alguien.

Cuando llega una enfermedad.

Cuando nuestros planes fracasan.

Cuando la sociedad parece alejarse de Dios.

Cuando vemos confusión dentro de la propia Iglesia.

Cuando parece que el mundo ha perdido el sentido del bien y del mal.

¿Dónde está Dios?

La fe responde:

Dios sigue siendo Dios.

No ha perdido el control.

No ha dejado de amar.

No ha desaparecido.

No ha abandonado a su Iglesia.

No ha dejado de sostener la creación.

Pero sus caminos no siempre coinciden con nuestros caminos.

El Catecismo lo expresa con claridad: creemos firmemente que Dios es Señor del mundo y de la historia, aunque los caminos de su Providencia permanezcan muchas veces ocultos para nosotros.

La fe consiste precisamente en confiar incluso cuando todavía no vemos.


23. La Providencia no elimina el misterio: nos enseña a vivir dentro de él

La mentalidad moderna quiere explicarlo todo.

Queremos saber inmediatamente:

¿Por qué?

¿Por qué me pasó esto?

¿Por qué Dios permitió aquello?

¿Por qué esta persona apareció en mi vida?

¿Por qué fracasé?

¿Por qué enfermé?

¿Por qué esa puerta se cerró?

¿Por qué aquella oración no fue escuchada?

Pero el cristianismo no promete responder inmediatamente todas nuestras preguntas.

Promete algo mejor:

que podemos caminar con Dios incluso cuando no conocemos todas las respuestas.

San Pablo recuerda:

«Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo parcial; entonces conoceré como soy conocido.»
1 Corintios 13,12

Nuestra visión es parcial.

La de Dios no.

Nosotros vemos un instante.

Dios ve la totalidad.

Nosotros vemos una herida.

Dios ve toda la historia.

Nosotros vemos una puerta cerrada.

Dios ve el camino completo.

Nosotros vemos el Viernes Santo.

Dios ve también el Domingo de Resurrección.


24. Una espiritualidad de abandono, no de resignación

Aquí conviene distinguir dos palabras.

Resignación puede significar:

«Esto es así y no puedo hacer nada.»

Abandono cristiano significa:

«Esto está fuera de mi control, pero está dentro del conocimiento y del amor de Dios.»

La diferencia es enorme.

El resignado baja los brazos.

El hombre de fe sigue caminando.

El resignado dice:

«Qué le vamos a hacer.»

El cristiano dice:

«Señor, no entiendo, pero confío.»

El resignado acepta porque no tiene alternativa.

El cristiano acepta porque cree que Dios puede sacar vida incluso de aquello que parece muerte.

Esta es la espiritualidad de los santos.


25. ¿Cómo cultivar diariamente la confianza en la Providencia?

Podemos comenzar con algo muy sencillo.

Cada mañana:

«Señor, pongo este día en tus manos.»

Antes de comenzar nuestro trabajo:

«Señor, ayúdame a hacerlo bien y para tu gloria.»

Ante una dificultad:

«Señor, dame luz para saber qué debo hacer.»

Ante algo que no podemos controlar:

«Señor, lo dejo en tus manos.»

Ante una tentación:

«Señor, dame la gracia de permanecer fiel.»

Ante una desgracia:

«Señor, no comprendo esto, pero no quiero separarme de Ti.»

Antes de dormir:

«Gracias por todo lo recibido. Perdona mis pecados y cuida de mí durante esta noche.»

Son palabras sencillas.

Pero pueden cambiar la estructura interior de una persona.

Porque poco a poco dejamos de vivir como si todo dependiera exclusivamente de nosotros.


26. Una pequeña regla espiritual para tiempos de incertidumbre

Podemos resumir la espiritualidad de la Providencia en cinco pasos.

1. Reza

Antes de desesperarte, reza.

2. Discierne

Pregunta qué depende realmente de ti.

3. Actúa

Haz aquello que razonablemente puedes hacer.

4. Ofrece

Cuando llegue aquello que no puedes cambiar, ofrécelo a Dios.

5. Confía

Deja el resultado en sus manos.

Esta pequeña regla puede ser extraordinariamente útil.

Porque muchas veces sufrimos no solamente por lo que sucede, sino porque intentamos controlar aquello que nunca estuvo bajo nuestro control.


27. La Providencia nos libera de la obsesión por controlar

Una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo es la necesidad de control.

Queremos controlar nuestra imagen.

Nuestro futuro.

Nuestra economía.

Nuestra salud.

Nuestra familia.

La opinión de los demás.

El comportamiento de nuestros hijos.

El resultado de nuestros proyectos.

Incluso queremos controlar cómo debe actuar Dios.

Pero Dios no es un empleado al que damos instrucciones.

Es Dios.

Y nosotros somos criaturas.

Aceptar esto no nos humilla.

Nos libera.

Porque solamente cuando reconocemos que no somos Dios podemos descansar verdaderamente en Dios.


28. «Tu Padre sabe que lo necesitas»

Quizá estas palabras de Cristo deberían repetirse con frecuencia en una época de ansiedad:

«Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todo eso.»
Mateo 6,32

No dice:

«Vuestro Padre os dará inmediatamente todo lo que queráis.»

Dice:

«Sabe que tenéis necesidad.»

Dios conoce.

Dios ve.

Dios escucha.

Dios sabe.

Y esto cambia completamente la oración.

No rezamos ante un Dios indiferente al que debemos convencer de que nos haga caso.

Rezamos ante un Padre.

Pero un Padre infinitamente más sabio que nosotros.

Por eso la confianza cristiana no consiste en decir:

«Dios hará exactamente lo que yo quiero.»

Consiste en decir:

«Dios hará lo que sea verdaderamente bueno, aunque yo todavía no pueda comprenderlo.»


29. La mayor prueba de la Providencia es Jesucristo

Si alguna vez dudamos de que Dios nos ama, no debemos comenzar mirando nuestras circunstancias.

Debemos mirar a Cristo.

Dios no permaneció distante ante el sufrimiento humano.

Entró en nuestra historia.

Tomó nuestra carne.

Vivió entre nosotros.

Trabajó.

Sufrió.

Lloró.

Fue rechazado.

Fue perseguido.

Fue crucificado.

Murió.

Y resucitó.

Por eso la Providencia cristiana no es una doctrina fría sobre un Dios que mueve piezas desde el cielo.

Es la confianza en un Dios que ha entrado personalmente en nuestra historia.

El centro de la Providencia no es una idea.

Es una Persona.

Jesucristo.

Y en Cristo descubrimos que Dios puede transformar la cruz en resurrección.


30. Cuando no entiendas nada, permanece

Hay momentos de la vida en los que probablemente no encontraremos una explicación satisfactoria.

Y quizá no debamos encontrarla inmediatamente.

Habrá ocasiones en las que la única respuesta posible será:

permanecer.

Permanecer en la oración.

Permanecer en la Iglesia.

Permanecer junto al sagrario.

Permanecer en la verdad.

Permanecer en los sacramentos.

Permanecer fiel a los mandamientos.

Permanecer aunque no sintamos nada.

Permanecer aunque no comprendamos.

Permanecer aunque parezca que Dios guarda silencio.

Porque la fe no es solamente creer cuando entendemos.

La fe también es permanecer cuando no entendemos.


31. La Providencia y la esperanza cristiana

Finalmente, la Providencia está inseparablemente unida a la esperanza.

Si Dios conduce la creación hacia un fin último, entonces la historia no camina hacia el absurdo.

Nuestra existencia tiene dirección.

El mundo tiene un destino.

La historia tendrá un cumplimiento.

La muerte no tendrá la última palabra.

El pecado no tendrá la última palabra.

El sufrimiento no tendrá la última palabra.

La injusticia no tendrá la última palabra.

La última palabra pertenece a Dios.

Y para el cristiano esa última palabra tiene un nombre:

Cristo.

La Providencia conduce hacia una plenitud que todavía no vemos.

Por eso el cristiano puede sufrir sin desesperar.

Puede llorar sin perder la esperanza.

Puede perder sin pensar que todo ha terminado.

Puede atravesar la noche sabiendo que existe un amanecer.


Conclusión: cuando no veas el camino, confía en Aquel que sí lo ve

La Divina Providencia no es una doctrina destinada únicamente a los tratados de teología.

Es una verdad para el lunes por la mañana.

Para el hospital.

Para la oficina.

Para la familia.

Para el desempleo.

Para el matrimonio.

Para la enfermedad.

Para el duelo.

Para la educación de los hijos.

Para las decisiones difíciles.

Para los momentos de incertidumbre.

Para las noches en las que rezamos y parece que nadie responde.

La Providencia nos recuerda algo que nuestra época necesita desesperadamente escuchar:

no somos Dios.

No tenemos que conocer el futuro.

No tenemos que controlar todos los acontecimientos.

No tenemos que comprender todos los misterios.

No tenemos que resolver hoy todos los problemas de mañana.

Tenemos que hacer fielmente aquello que Dios nos pide hoy.

Y después confiar.

El Catecismo resume esta confianza recordando que Cristo invita al abandono filial en la Providencia del Padre y que san Pedro nos exhorta a poner en Dios nuestras preocupaciones porque Él cuida de nosotros.

Por eso, cuando una puerta se cierre, no desesperes.

Cuando un proyecto fracase, no concluyas que Dios te ha abandonado.

Cuando una oración parezca no ser escuchada, sigue rezando.

Cuando aparezca una cruz, no preguntes únicamente:

«¿Por qué me sucede esto?»

Atrévete también a preguntar:

«Señor, ¿qué quieres hacer en mí a través de esto?»

Y cuando no puedas hacer nada más, cuando hayas rezado, discernido, trabajado, luchado y entregado todo lo que estaba en tus manos, entonces haz aquello que quizá sea uno de los actos de fe más grandes que existen:

confía.

Porque la Providencia no promete que comprenderemos siempre los caminos de Dios.

Promete algo mucho más grande:

que nunca caminamos solos.

Y aunque nuestros ojos no puedan ver todavía el sentido de la historia, Dios ya lo ve.

Nosotros vemos una página.

Él ve el libro entero.

Nosotros vemos la cruz.

Él ve la Resurrección.

Nosotros vemos el presente.

Él ve la eternidad.

Y quizá la oración más sencilla para aprender a vivir bajo la Divina Providencia sea también una de las más profundas:

«Señor, no sé qué traerá mañana. Pero sé que Tú estarás allí. Y eso me basta.»

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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