Hay una mentira espiritual particularmente peligrosa porque, a diferencia de otras tentaciones, puede presentarse con apariencia de virtud.
Es la siguiente:
«No aspires a demasiado. No intentes destacar. No sueñes con grandes cosas. No quieras hacer más. Confórmate con lo que eres. Eso es humildad».
Pero no siempre lo es.
A veces, detrás de esa aparente humildad se esconde el miedo. O la pereza. O la comodidad. O el temor al fracaso. O incluso una cierta falta de confianza en Dios.
Y aquí aparece una de las cuestiones más interesantes de la teología moral de Santo Tomás de Aquino: la pusilanimidad.
Para Santo Tomás, el hombre puede pecar no solamente cuando pretende ser más de lo que debe, sino también cuando se queda deliberadamente por debajo de aquello que podría y debería llegar a ser.
Esto resulta especialmente importante en una época como la nuestra.
Vivimos en una cultura que, por un lado, puede alimentar un individualismo desordenado, una obsesión por el éxito y una búsqueda constante de reconocimiento; pero, por otro, también puede generar personas paralizadas, inseguras, acomodadas y convencidas de que aspirar a algo grande es casi una forma de soberbia.
Y entre ambos extremos existe un camino profundamente cristiano:
la humildad unida a la magnanimidad.
Santo Tomás enseña algo sorprendente: estas dos virtudes no son enemigas.
La humildad no consiste en pensar que no valemos nada.
La magnanimidad tampoco consiste en pensar que somos extraordinarios.
Ambas consisten en vivir conforme a la verdad.
La humildad reconoce que todo bien procede de Dios.
La magnanimidad acepta que Dios puede querer realizar grandes cosas a través de nosotros.
Y ahí comienza una pregunta que todo cristiano debería hacerse:
¿Estoy siendo humilde… o simplemente estoy teniendo miedo de crecer?
1. La falsa ecuación: «humildad = pensar poco de mí mismo»
Una de las mayores confusiones espirituales consiste en identificar humildad con una baja valoración de uno mismo.
«Yo no sirvo para esto».
«No tengo capacidad».
«Hay otros mucho mejores».
«Eso es demasiado grande para mí».
«Yo solamente quiero hacer lo mío».
«No necesito aspirar a más».
En ocasiones estas afirmaciones pueden ser verdaderas. El problema aparece cuando se convierten en una actitud permanente y, sobre todo, cuando sirven para justificar la renuncia a utilizar los dones recibidos.
Porque el cristianismo no enseña que debamos despreciar los talentos que Dios nos ha dado.
Todo lo contrario.
San Pablo afirma:
«Tenemos dones diferentes según la gracia que se nos ha dado»
(Romanos 12,6).
Y continúa explicando que esos dones deben ponerse al servicio de los demás: quien tiene un ministerio, que lo ejerza; quien enseña, que enseñe; quien exhorta, que exhorte; quien sirve, que sirva.
La cuestión, por tanto, no es:
«¿Tengo talentos?»
La cuestión es:
«¿Qué estoy haciendo con ellos?»
2. Santo Tomás introduce una distinción fundamental
Santo Tomás de Aquino aborda la cuestión de la pusilanimidad en la Summa Theologiae, II-II, cuestión 133.
Y su razonamiento es extraordinariamente actual.
Para él, la pusilanimidad consiste en rehuir aquello que está proporcionado a nuestras propias capacidades.
No se trata de intentar algo imposible.
No se trata de querer ser aquello para lo que Dios no nos ha dado capacidad.
No se trata de lanzarse imprudentemente a empresas que exceden nuestras fuerzas.
Eso sería presunción.
La pusilanimidad es exactamente el movimiento contrario:
no hacer aquello que razonablemente podríamos hacer.
Santo Tomás explica que, así como la presunción lleva al hombre a intentar más de lo que corresponde a sus posibilidades, la pusilanimidad hace que se quede por debajo de ellas.
Y aquí encontramos una idea decisiva:
Dios no solamente puede pedirnos que evitemos hacer el mal.
También puede pedirnos que hagamos el bien que está a nuestro alcance.
Esto cambia profundamente nuestra visión de la vida cristiana.
3. El pecado de enterrar el talento
Para explicar la pusilanimidad, Santo Tomás recurre precisamente a la parábola de los talentos.
Cristo cuenta que un señor confía diferentes cantidades a sus servidores antes de marcharse.
Uno recibe cinco talentos.
Otro recibe dos.
Otro recibe uno.
Los dos primeros trabajan con aquello que han recibido.
El tercero, en cambio, entierra el talento.
No lo pierde.
No lo roba.
No lo destruye.
Simplemente…
lo entierra.
Y esto resulta estremecedor.
Porque muchas veces pensamos que el pecado consiste únicamente en utilizar mal lo recibido.
Pero Jesucristo presenta también otra posibilidad:
no utilizarlo.
El tercer servidor no dice:
«Voy a utilizar mi talento para hacer el mal».
Dice, en esencia:
«Tengo miedo».
Y decide no hacer nada.
Santo Tomás interpreta precisamente este comportamiento como una manifestación de pusilanimidad: el servidor, por temor, no utiliza aquello que había recibido.
La parábola contiene una advertencia espiritual de enorme actualidad.
Quizá uno de los grandes peligros del cristiano contemporáneo no sea únicamente utilizar mal sus talentos.
Quizá también sea enterrarlos.
4. ¿Cuántos talentos enterramos hoy?
Tal vez Dios te ha dado capacidad para enseñar.
Pero nunca enseñas porque tienes miedo de equivocarte.
Tal vez te ha dado capacidad para dirigir.
Pero nunca asumes responsabilidades porque temes ser juzgado.
Tal vez tienes capacidad para escribir.
Pero nunca escribes porque piensas que otros lo harán mejor.
Tal vez puedes ayudar a muchas personas.
Pero permaneces siempre al margen.
Tal vez tienes conocimientos que podrían servir a la Iglesia.
Pero prefieres pensar:
«No soy nadie».
Tal vez podrías comenzar una obra de apostolado.
Pero te dices:
«Ya hay demasiadas personas haciendo eso».
Tal vez podrías formar una familia santa, educar hijos, enseñar la fe, acompañar a otros, servir en tu parroquia, evangelizar en tu entorno o desarrollar una profesión con auténtica excelencia cristiana.
Pero no lo haces.
No porque sea imposible.
Sino porque resulta incómodo.
Porque existe riesgo.
Porque puede haber fracaso.
Porque quizá alguien te critique.
Porque quizá descubras que tienes que salir de tu zona de confort.
Y entonces aparece una palabra peligrosa:
«Humildad».
«No quiero destacar».
«No quiero parecer importante».
«No quiero aspirar demasiado».
Pero debemos preguntarnos honestamente:
¿Es humildad o es miedo?
5. La pusilanimidad no es humildad
Aquí Santo Tomás ofrece una distinción extraordinariamente precisa.
La humildad y la magnanimidad tienen el mismo ámbito general: ambas se relacionan con los grandes bienes y con la manera en que el hombre se sitúa ante ellos.
Pero actúan de manera diferente.
La humildad modera el deseo de grandeza.
La magnanimidad impulsa hacia las grandes obras que son razonables y proporcionadas.
Santo Tomás explica que necesitamos ambas virtudes porque ante un bien difícil podemos cometer dos errores opuestos.
Podemos desearlo desordenadamente.
O podemos retroceder ante él por miedo.
La humildad evita que el hombre se eleve por encima de lo que corresponde.
La magnanimidad evita que se derrumbe por debajo de aquello que puede realizar.
Por eso, humildad y magnanimidad no se contradicen.
Se necesitan mutuamente.
6. El magnánimo no es un soberbio
Esta es otra confusión muy frecuente.
Cuando escuchamos la palabra «magnanimidad», podemos pensar inmediatamente en alguien ambicioso, orgulloso o deseoso de poder.
Pero la magnanimidad cristiana no es eso.
El magnánimo no dice:
«Soy grande porque soy superior a los demás».
Dice:
«Hay grandes bienes que merecen ser buscados, y estoy dispuesto a entregarme a ellos».
La diferencia es radical.
La soberbia coloca el «yo» en el centro.
La magnanimidad coloca el bien en el centro.
El soberbio quiere realizar grandes cosas para ser admirado.
El magnánimo está dispuesto a realizar grandes cosas aunque nadie lo admire.
El soberbio busca grandeza para sí.
El magnánimo busca grandeza para una causa digna.
Y para el cristiano, la causa suprema es Dios y su gloria.
7. La magnanimidad es una virtud profundamente cristiana
Santo Tomás estudia la magnanimidad en la II-II, cuestión 129.
La considera una virtud relacionada con las grandes obras y con la disposición del hombre a emprender aquello que es verdaderamente grande.
Pero algo resulta especialmente importante:
la magnanimidad no elimina la humildad.
Al contrario.
Santo Tomás explica que ambas pueden coexistir porque se refieren a aspectos diferentes. La humildad considera las propias deficiencias y modera el deseo desordenado de grandeza; la magnanimidad impulsa hacia las grandes cosas cuando son verdaderamente proporcionadas a la razón.
Por eso podemos formularlo de una manera sencilla:
La humildad dice:
«Sin Dios no puedo nada».
La magnanimidad dice:
«Con la gracia de Dios, quiero hacer todo el bien que Él me permita hacer».
Las dos frases son profundamente cristianas.
8. «No puedo» puede ser humildad… o puede ser pusilanimidad
Aquí necesitamos mucho discernimiento espiritual.
Decir «no puedo» no es siempre malo.
Hay ocasiones en las que debemos reconocer honestamente nuestras limitaciones.
No todos tenemos los mismos talentos.
No todos podemos realizar las mismas obras.
No todos tenemos la misma formación.
No todos tenemos la misma salud, tiempo, recursos o responsabilidades.
La humildad exige reconocer la realidad.
Pero existe una diferencia entre decir:
«Esto supera objetivamente mis posibilidades actuales»
y decir:
«No quiero intentarlo porque podría fracasar».
La primera puede ser prudencia.
La segunda puede ser pusilanimidad.
Por eso Santo Tomás relaciona la pusilanimidad con un conocimiento defectuoso de las propias capacidades y con el temor a emprender aquello que razonablemente está dentro de nuestras posibilidades.
El problema no consiste en conocer nuestras limitaciones.
El problema consiste en convertir nuestras limitaciones en una excusa permanente para no crecer.
9. El demonio no siempre necesita llevarnos al pecado escandaloso
Desde una perspectiva pastoral, aquí aparece una cuestión que merece especial atención.
Cuando hablamos de tentación pensamos normalmente en algo evidente:
lujuria,
avaricia,
odio,
envidia,
ira,
soberbia,
vicios manifiestos.
Pero existe una tentación mucho más silenciosa:
convencernos de que no merece la pena intentar algo grande para Dios.
No hace falta que el cristiano reniegue de Cristo.
Puede bastar con que se vuelva espiritualmente irrelevante.
No hace falta que abandone la fe.
Puede bastar con que deje de utilizar sus dones.
No hace falta que haga el mal.
Puede bastar con que deje de hacer el bien que podría hacer.
Esta es una de las grandes lecciones espirituales que podemos extraer de la parábola de los talentos.
El talento enterrado no produjo un escándalo.
No provocó una tragedia inmediata.
No hizo ruido.
Simplemente permaneció bajo tierra.
Y precisamente por eso resulta tan peligroso.
10. «Dios no necesita que seas extraordinario»… pero sí fiel
Conviene hacer aquí una precisión importante.
Hablar contra la mediocridad no significa afirmar que todos estamos llamados a realizar obras extraordinarias a los ojos del mundo.
No.
La grandeza cristiana no se mide por la fama.
Una madre que educa santamente a sus hijos puede estar realizando una obra de una magnitud espiritual mucho mayor que alguien famoso.
Un padre que trabaja honradamente y sostiene a su familia puede estar viviendo una verdadera grandeza cristiana.
Un sacerdote que confiesa durante años sin que nadie conozca su nombre puede realizar un apostolado inmenso.
Una persona que cuida a un enfermo puede estar viviendo una auténtica magnanimidad.
Un cristiano que reza diariamente por los demás puede estar haciendo una obra cuyo valor jamás aparecerá en las estadísticas del mundo.
Por eso:
magnanimidad no significa espectacularidad.
Significa grandeza de alma orientada hacia el bien.
A veces esa grandeza se manifiesta en obras visibles.
Muchas otras veces permanece completamente oculta.
11. La mediocridad no es lo mismo que la sencillez
También debemos distinguir dos conceptos.
La sencillez cristiana es hermosa.
La mediocridad espiritual no.
Una persona sencilla puede tener una vida humilde, discreta y aparentemente pequeña, pero vivirla con extraordinaria intensidad sobrenatural.
La mediocridad, en cambio, aparece cuando alguien podría amar más, servir más, estudiar más, rezar más, trabajar mejor, perdonar más, crecer más o entregar más… pero deliberadamente decide no hacerlo.
La diferencia no está en el tamaño exterior de la obra.
Está en la disposición interior.
Santa Teresa de Jesús no necesitó una vida cómoda para ser grande.
San Francisco de Asís no necesitó riquezas.
San Maximiliano Kolbe no necesitó poder político.
Santa Teresa de Calcuta no necesitó grandes recursos económicos.
Los santos no fueron grandes porque tuvieran una vida espectacular según los criterios del mundo.
Fueron grandes porque se entregaron completamente a Dios desde las circunstancias concretas en las que Él los colocó.
12. El cristiano no está llamado a «ser alguien», sino a dar fruto
Hay una diferencia enorme entre querer ser importante y querer ser fecundo.
El primero pregunta:
«¿Cómo puedo ser reconocido?»
El segundo pregunta:
«¿Cómo puedo servir?»
La magnanimidad pertenece al segundo.
Y aquí aparece nuevamente la parábola de los talentos.
Cristo no pregunta:
«¿Cuántos seguidores tenías?»
«¿Cuántas personas te admiraban?»
«¿Cuántos títulos obtuviste?»
La cuestión es qué hiciste con aquello que recibiste.
El cristianismo no consiste en compararnos constantemente con otros.
Consiste en responder fielmente a la gracia recibida.
Por eso no deberíamos preguntarnos:
«¿Soy tan bueno como aquel?»
Sino:
«¿Estoy desarrollando aquello que Dios me ha confiado?»
13. El peligro espiritual de compararse
La comparación puede destruir tanto la humildad como la magnanimidad.
Si me comparo con alguien que considero inferior, puedo caer en soberbia.
Si me comparo con alguien que considero superior, puedo caer en desánimo.
Y ambas actitudes nos alejan de la verdad.
Dios no te ha pedido que seas otra persona.
Te ha pedido que seas fiel a la gracia que has recibido.
San Pablo lo expresa de manera muy hermosa cuando habla de los diferentes dones dentro del Cuerpo de Cristo.
No todos desempeñamos la misma función.
No todos tenemos el mismo don.
No todos recibimos la misma misión.
Pero todos estamos llamados a utilizar lo recibido.
Por eso la pregunta no es:
«¿Por qué no tengo el talento de otro?»
Sino:
«¿Qué talento tengo yo y qué estoy haciendo con él?»
14. La humildad verdadera conoce sus límites… pero también sus dones
Existe una falsa humildad que solamente enumera defectos.
«Soy malo».
«No sé nada».
«No tengo talento».
«No sirvo».
«No soy digno».
Pero si alguien realmente tiene un determinado don, negar obstinadamente que lo posee tampoco es humildad.
Porque la humildad no consiste en mentir acerca de nosotros mismos.
Santo Tomás insiste en que la humildad debe estar de acuerdo con la verdad. La verdadera humildad reconoce la propia deficiencia, pero no exige que el hombre niegue aquello que realmente ha recibido.
Si sabes enseñar, reconoce que sabes enseñar.
Si sabes trabajar bien, reconoce que sabes trabajar bien.
Si tienes capacidad intelectual, reconoce que la tienes.
Si tienes facilidad para consolar, reconócelo.
Si tienes capacidad para evangelizar, reconócelo.
Pero añade inmediatamente:
«Todo esto lo he recibido».
Ahí aparece la humildad cristiana.
15. «¿Qué tienes que no hayas recibido?»
San Pablo formula una pregunta demoledora:
«¿Qué tienes que no hayas recibido?»
(1 Corintios 4,7).
Esta frase resuelve gran parte del problema.
El cristiano no necesita negar sus dones para ser humilde.
Necesita reconocer su origen.
No dice:
«No soy inteligente».
Dice:
«La inteligencia que tengo es un don».
No dice:
«No tengo capacidad para esto».
Si objetivamente la tiene, dice:
«Dios me ha concedido esta capacidad; debo utilizarla responsablemente».
La humildad no destruye el talento.
Lo pone de rodillas.
Y después lo levanta para servir.
16. La humildad auténtica y la magnanimidad se encuentran en Cristo
Aquí llegamos al corazón cristológico de toda esta cuestión.
Nuestro modelo no es simplemente un conjunto de virtudes abstractas.
Es Jesucristo.
Cristo puede decir:
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»
(Mateo 11,29).
Pero el mismo Cristo que es humilde es también aquel que habla con autoridad, enfrenta públicamente el error, expulsa a los vendedores del templo, anuncia el Reino, llama a los apóstoles, realiza milagros, acepta la cruz y cumple perfectamente la misión recibida del Padre.
Cristo no es mediocre.
Cristo no se esconde por miedo.
Cristo no entierra su misión.
Cristo no dice:
«Quizá sea demasiado para mí».
Su humildad consiste precisamente en vivir plenamente desde el Padre.
Y aquí encontramos la unión perfecta entre humildad y magnanimidad.
Cristo no busca su propia gloria.
Pero tampoco reduce su misión.
No disminuye la verdad para resultar aceptable.
No abandona la cruz porque sea difícil.
No renuncia a hacer el bien porque algunos le rechacen.
No negocia con la verdad para evitar conflictos.
La humildad de Cristo no disminuye su grandeza.
La revela.
17. El cristiano debe aspirar a la santidad
Quizá uno de los síntomas más evidentes de la mediocridad espiritual sea haber reducido la vida cristiana a «no hacer cosas malas».
Pero la vida cristiana es mucho más.
La meta no es simplemente:
«No pecar demasiado».
La meta es:
la santidad.
La vocación universal a la santidad no significa que todos vayamos a realizar las mismas obras.
Significa que todos estamos llamados a amar a Dios con toda nuestra alma.
Por eso el cristiano no debería conformarse fácilmente con una vida espiritual mínima:
«Voy a misa cuando puedo».
«Rezo algo de vez en cuando».
«Intento ser buena persona».
«No hago daño a nadie».
Eso puede ser un comienzo.
Pero no debería convertirse en el horizonte final.
La vida cristiana está llamada a crecer.
La gracia recibida está llamada a fructificar.
La caridad está llamada a aumentar.
Las virtudes están llamadas a consolidarse.
La oración está llamada a profundizar.
El conocimiento de la fe está llamado a madurar.
18. La mediocridad espiritual tiene una frase favorita: «Con esto basta»
«Con esto basta».
Esta frase puede ser razonable en algunas circunstancias.
Pero también puede convertirse en una auténtica barrera espiritual.
¿Basta con rezar cinco minutos cuando podrías dedicar más tiempo?
¿Basta con conocer superficialmente la fe cuando tienes capacidad para formarte?
¿Basta con cumplir exteriormente cuando podrías crecer interiormente?
¿Basta con evitar el pecado cuando podrías crecer en virtud?
¿Basta con hacer lo mínimo cuando podrías amar más?
La pregunta no es cuánto tenemos que hacer para «cumplir».
La pregunta cristiana más profunda es:
¿Cuánto amor puedo poner en aquello que Dios me pide?
19. No confundas prudencia con cobardía
Este punto es especialmente importante.
La magnanimidad no elimina la prudencia.
Santo Tomás no está defendiendo una especie de optimismo ingenuo.
No significa decir:
«Voy a hacerlo porque soy capaz de todo».
Eso sería presunción.
La virtud busca el término medio conforme a la razón.
Por eso antes de emprender algo debemos preguntarnos:
- ¿Es bueno?
- ¿Es lícito?
- ¿Es realmente necesario?
- ¿Tengo capacidad para hacerlo?
- ¿Tengo los medios?
- ¿Es compatible con mis deberes?
- ¿Estoy preparado?
- ¿Cuál es mi verdadera motivación?
- ¿Busco la gloria de Dios o la mía?
- ¿Estoy huyendo de algo?
- ¿Estoy buscando algo desordenadamente?
Después de responder, puede aparecer una conclusión incómoda:
«Sí, puedo hacerlo. Y probablemente debería hacerlo».
Entonces seguir llamando «humildad» a la renuncia podría ser simplemente una manera de evitar la responsabilidad.
20. Pregúntate: «¿Qué estoy enterrando?»
Esta puede ser una de las mejores preguntas para un examen espiritual.
No preguntes solamente:
«¿Qué pecados estoy cometiendo?»
Pregunta también:
«¿Qué bienes estoy dejando de hacer?»
¿Qué talento estoy enterrando?
¿Qué responsabilidad estoy evitando?
¿Qué llamada estoy ignorando?
¿Qué virtud debería cultivar y sigo aplazando?
¿Qué conocimiento podría adquirir?
¿A quién podría ayudar?
¿Qué obra buena podría comenzar?
¿Qué persona podría evangelizar?
¿A quién debería pedir perdón?
¿Qué aspecto de mi carácter debería corregir?
¿Qué compromiso espiritual sigo posponiendo?
La vida cristiana no consiste únicamente en eliminar malas hierbas.
También consiste en cultivar el jardín.
21. Hay personas que necesitan escuchar: «No eres menos humilde por intentarlo»
Quizá alguien que lea estas líneas lleva años pensando:
«Yo no valgo».
Y quizá necesita escuchar algo distinto.
No necesitas convertirte en otra persona.
No necesitas ser famoso.
No necesitas demostrar nada al mundo.
Pero tampoco tienes derecho a despreciar sistemáticamente los dones que Dios te ha concedido.
Si Dios te ha dado inteligencia, úsala.
Si te ha dado capacidad de trabajo, trabaja bien.
Si te ha dado una familia, santifícala.
Si te ha dado conocimientos, compártelos.
Si te ha dado capacidad de liderazgo, ejerce el liderazgo como servicio.
Si te ha dado capacidad para enseñar, enseña.
Si te ha dado capacidad para crear, crea cosas buenas.
Si te ha dado capacidad para evangelizar, evangeliza.
Si te ha dado capacidad para rezar, intercede.
Y si tu misión parece pequeña…
hazla con grandeza de alma.
22. La verdadera magnanimidad acepta también el fracaso
Hay otra razón por la que muchas personas permanecen pequeñas:
tienen demasiado miedo a equivocarse.
Quieren estar seguras de que todo saldrá bien antes de comenzar.
Pero muchas grandes obras requieren asumir riesgos prudentes.
El magnánimo no es quien sabe que nunca fracasará.
Es quien considera que determinado bien merece el esfuerzo aunque exista dificultad.
Y esto tiene una aplicación espiritual enorme.
Quizá nunca vas a saber si una conversación llevó a alguien a acercarse a Dios.
Quizá nunca sabrás cuánto ayudó una palabra tuya.
Quizá nadie reconocerá tu esfuerzo.
Quizá un apostolado fracase.
Quizá un proyecto no salga como esperabas.
Quizá seas criticado.
Pero el cristiano no mide exclusivamente el valor de una acción por sus resultados visibles.
Debe preguntarse también:
«¿Era bueno? ¿Era prudente? ¿Era mi deber? ¿Lo hice por amor a Dios?»
23. La magnanimidad necesita humildad para no convertirse en soberbia
Aquí aparece el otro extremo.
No podemos utilizar este artículo para justificar el ego.
«Soy magnánimo».
«Estoy destinado a grandes cosas».
«Dios me ha elegido para algo extraordinario».
«Yo soy diferente de los demás».
Cuidado.
Eso puede ser precisamente lo contrario.
La magnanimidad cristiana nunca dice:
«Soy grande por mí mismo».
Dice:
«Dios es grande y me permite participar en su obra».
El magnánimo verdadero puede realizar grandes cosas y, al mismo tiempo, permanecer profundamente consciente de su dependencia de Dios.
Por eso Santo Tomás puede situar humildad y magnanimidad juntas: una impide que el alma se eleve desordenadamente; la otra evita que se quede cobardemente por debajo de aquello que corresponde a sus posibilidades.
24. La Virgen María: humildad y grandeza en una sola alma
Pocas figuras muestran mejor esta unión que la Santísima Virgen.
María proclama:
«Porque ha mirado la humildad de su esclava; desde ahora me felicitarán todas las generaciones»
(Lucas 1,48).
Es extraordinario.
María habla de su humildad.
Pero también afirma que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.
No hay contradicción.
Porque María no atribuye su grandeza a sí misma.
Dice:
«El Poderoso ha hecho obras grandes en mí».
Esta es quizá una de las definiciones más hermosas de la verdadera humildad:
reconocer que Dios ha hecho grandes cosas sin apropiarse de la gloria que corresponde a Dios.
María no dice:
«No soy nada y Dios no puede hacer nada conmigo».
Dice, en esencia:
«Soy su esclava; y precisamente por eso estoy disponible para que Él haga grandes cosas».
Esa es la magnanimidad cristiana.
25. Humildad no significa rechazar una misión
Hay personas que, ante una responsabilidad, responden inmediatamente:
«Yo no soy digno».
Puede ser una reacción comprensible.
Pero debemos distinguir dos momentos.
Primero:
reconocer la propia insuficiencia.
Después:
obedecer a Dios si Él llama.
Moisés experimentó algo parecido.
Jeremías también.
Ambos expresaron su insuficiencia ante una misión recibida de Dios.
Pero Dios no les dijo:
«Tienes razón; entonces no hagas nada».
La gracia vino precisamente a sostener aquello que por sí mismos no podían realizar.
Santo Tomás utiliza precisamente el caso de Moisés y Jeremías para explicar que reconocer la propia insuficiencia no implica necesariamente pusilanimidad; puede ser humildad siempre que no se convierta en una negativa obstinada a obedecer la llamada de Dios.
26. ¿Cómo saber si es humildad o pusilanimidad?
Podemos hacernos algunas preguntas.
Si digo «no puedo», ¿estoy reconociendo un límite real?
¿O estoy evitando el esfuerzo?
Si digo «no soy digno», ¿estoy reconociendo mi dependencia de Dios?
¿O estoy evitando una responsabilidad?
Si digo «otros lo hacen mejor», ¿estoy reconociendo la diversidad de dones?
¿O estoy justificando mi pasividad?
Si digo «no quiero destacar», ¿estoy evitando la vanidad?
¿O tengo miedo de ser juzgado?
Si digo «quiero una vida sencilla», ¿estoy buscando la santidad?
¿O estoy buscando comodidad?
Si digo «Dios no necesita mi trabajo», ¿estoy confiando en la Providencia?
¿O estoy olvidando que Dios suele servirse de instrumentos humanos?
Estas preguntas pueden revelar mucho.
27. Una regla sencilla: no busques grandeza para ti; no rechaces la grandeza que Dios te pide
Podemos resumir la enseñanza de Santo Tomás en una fórmula práctica:
No busques ser grande para alimentar tu ego.
Pero tampoco:
rechaces hacer grandes cosas por miedo, pereza o falsa humildad cuando Dios te concede capacidad para realizarlas.
La primera actitud es soberbia.
La segunda puede ser pusilanimidad.
La virtud está en medio.
Humildad para reconocer de dónde viene el don.
Magnanimidad para utilizarlo.
28. El mundo necesita cristianos que no tengan miedo de vivir su vocación
En un mundo que necesita familias fuertes, matrimonios fieles, sacerdotes santos, profesionales honestos, padres responsables, jóvenes virtuosos, intelectuales cristianos, catequistas bien formados y laicos capaces de dar razón de su fe, la Iglesia no necesita cristianos permanentemente paralizados.
Necesita cristianos santos.
Pero la santidad requiere valentía.
Hace falta valor para defender la verdad sin odio.
Valor para vivir la castidad en una cultura que la ridiculiza.
Valor para formar una familia cristiana.
Valor para tener hijos y educarlos en la fe.
Valor para perdonar.
Valor para pedir perdón.
Valor para comenzar de nuevo.
Valor para rezar cuando no apetece.
Valor para estudiar cuando resulta difícil.
Valor para permanecer fiel cuando otros abandonan.
Valor para decir «no» cuando todo el mundo dice «sí».
Y también valor para decir:
«Sí, Señor, aunque me parezca demasiado grande para mí».
29. La santidad no es mediocridad decorada con lenguaje religioso
Esta frase puede resultar dura, pero es necesaria.
Podemos construir una especie de «mediocridad espiritual» y revestirla de palabras piadosas.
«Dios conoce mi corazón».
«Yo soy así».
«No quiero complicarme».
«Lo importante es tener buena intención».
«No hace falta estudiar tanto».
«No hace falta esforzarse tanto».
«No hace falta profundizar».
«No hace falta rezar tanto».
«No hace falta cambiar».
A veces todo eso puede contener una parte de verdad.
Pero también puede convertirse en una barrera contra la conversión.
La gracia no destruye la naturaleza.
La perfecciona.
Dios no nos llama a permanecer eternamente como somos.
Nos llama a crecer.
30. La vida cristiana es crecimiento
San Pablo habla de crecer hasta la madurez de Cristo.
San Pedro exhorta a crecer en la gracia y en el conocimiento de Jesucristo.
La tradición católica habla constantemente de progreso espiritual.
Porque la vida cristiana no es estática.
Un árbol vivo crece.
Una fe viva crece.
Una caridad viva crece.
Una virtud viva se fortalece mediante actos repetidos.
Por eso, si llevamos diez, veinte o treinta años de vida cristiana y seguimos exactamente en el mismo punto interior, deberíamos preguntarnos humildemente qué está ocurriendo.
No para desesperarnos.
Sino para comenzar de nuevo.
31. La respuesta no es «haz cosas grandes», sino «haz bien lo que Dios te confía»
Esto es fundamental.
El mensaje de este artículo no es:
«Tienes que hacer algo extraordinario».
El mensaje es:
«No rechaces aquello que Dios te confía por miedo a no ser extraordinario».
Quizá tu gran obra sea cuidar de una persona.
Quizá sea educar a tus hijos.
Quizá sea sacar adelante tu familia.
Quizá sea trabajar honestamente.
Quizá sea estudiar.
Quizá sea enseñar catequesis.
Quizá sea escribir.
Quizá sea evangelizar.
Quizá sea rezar.
Quizá sea soportar pacientemente una enfermedad o una dificultad.
Quizá sea reconstruir tu vida espiritual después de años alejado de Dios.
Quizá sea simplemente levantarte cada mañana y volver a empezar.
La grandeza cristiana no depende del tamaño de la plataforma.
Depende del tamaño del amor.
32. Un pequeño examen de conciencia contra la pusilanimidad
Al final del día, podemos preguntarnos:
1. ¿Qué bien he podido hacer hoy y no he hecho?
2. ¿Qué talento he dejado sin utilizar?
3. ¿He utilizado la humildad como excusa para no asumir una responsabilidad?
4. ¿He tenido miedo de fracasar?
5. ¿He dejado de hacer algo bueno porque temía la opinión de los demás?
6. ¿Estoy confundiendo prudencia con comodidad?
7. ¿Estoy comparándome con otras personas en lugar de responder a mi propia vocación?
8. ¿Estoy buscando la gloria de Dios o la mía?
9. ¿Hay algún bien que sé que debería comenzar y sigo aplazando?
10. Si Dios me pidiera hoy dar cuenta de los talentos recibidos, ¿qué podría mostrarle?
Esta última pregunta debería acompañarnos con frecuencia.
33. La alternativa cristiana: humildad + magnanimidad + prudencia
Podemos sintetizar toda la enseñanza en tres virtudes.
Humildad
Me permite reconocer:
«No soy Dios. No puedo todo. Necesito la gracia. Todo bien procede de Él».
Magnanimidad
Me permite responder:
«Pero no voy a enterrar los dones que Dios me ha dado. Quiero utilizarlos para el bien».
Prudencia
Me permite discernir:
«¿Qué debo hacer concretamente, cómo, cuándo y hasta dónde?»
Las tres juntas producen equilibrio.
Sin humildad, la grandeza puede convertirse en soberbia.
Sin magnanimidad, la humildad puede deformarse en pusilanimidad.
Sin prudencia, ambas pueden quedar desordenadas.
34. No tengas miedo de ser santo
Quizá este sea el mensaje que más necesitamos recuperar.
No tengas miedo de ser santo.
No tengas miedo de tomarte en serio la vida espiritual.
No tengas miedo de rezar.
No tengas miedo de estudiar la fe.
No tengas miedo de defender la verdad con caridad.
No tengas miedo de formar una familia cristiana.
No tengas miedo de entregar tus talentos.
No tengas miedo de asumir responsabilidades.
No tengas miedo de comenzar un apostolado prudente.
No tengas miedo de crecer.
No tengas miedo de intentar hacer el bien.
No tengas miedo de aspirar a la santidad.
Pero tampoco tengas miedo de reconocer que todo lo bueno que puedas realizar será, en último término, fruto de la gracia de Dios.
35. La verdadera humildad no dice «Dios no puede hacer nada conmigo»
La verdadera humildad dice:
«Dios puede hacer mucho conmigo, precisamente porque todo depende de Él».
Esta diferencia es enorme.
El humilde no se coloca en el centro.
Pero tampoco se elimina de la historia de la gracia.
Se pone a disposición de Dios.
La Santísima Virgen es el ejemplo perfecto.
Una joven aparentemente insignificante ante los ojos del mundo recibe una misión que supera completamente cualquier expectativa humana.
Y responde:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»
(Lucas 1,38).
No hay pusilanimidad.
No hay soberbia.
No hay búsqueda de protagonismo.
Hay disponibilidad.
Humildad para recibir.
Magnanimidad para responder.
Conclusión: quizá no necesitas pensar más bajo de ti, sino confiar más en Dios
Durante mucho tiempo se nos ha podido enseñar una versión deformada de la humildad.
Como si ser humilde significara pensar constantemente:
«Soy poca cosa».
Pero el cristianismo propone algo mucho más profundo.
La humildad no consiste en despreciar lo que Dios ha creado.
Consiste en reconocer la verdad sobre nosotros mismos.
Somos criaturas.
Somos limitados.
Somos pecadores necesitados de gracia.
Pero también somos personas creadas por Dios, redimidas por Cristo, llamadas a la santidad y dotadas de dones que estamos llamados a poner al servicio del bien.
Por eso Santo Tomás coloca frente a frente dos peligros:
la presunción, que quiere subir más allá de lo que corresponde,
y la pusilanimidad, que se queda por debajo de aquello que razonablemente puede alcanzar.
Entre ambas aparece el camino de la virtud.
La humildad nos impide decir:
«Yo soy grande por mí mismo».
La magnanimidad nos impide decir:
«No merece la pena intentar nada grande».
Y la fe nos permite decir:
«Si Dios me concede una misión, también me dará la gracia necesaria para cumplirla».
Quizá algunos cristianos no necesitan ser más humildes.
Quizá necesitan ser más valientes.
Quizá no necesitan pensar menos de sí mismos.
Necesitan dejar de pensar tanto en sí mismos.
Quizá no necesitan reducir sus aspiraciones.
Necesitan purificarlas.
No buscar ser grandes para ellos mismos, sino estar dispuestos a hacer grandes cosas para Dios.
Porque hay una mediocridad que puede parecer prudencia.
Hay una cobardía que puede parecer humildad.
Hay una pereza que puede parecer sencillez.
Y hay un miedo al fracaso que puede esconderse detrás de palabras piadosas.
Por eso conviene recordar la advertencia del Evangelio:
Dios no nos pedirá cuenta de los talentos que recibieron los demás.
Nos pedirá cuenta de los nuestros.
La pregunta final no será:
«¿Por qué no fuiste como aquel?»
Será mucho más sencilla y mucho más profunda:
«¿Qué hiciste con lo que te di?»
Que nunca tengamos que responder:
«Señor, tuve miedo y lo enterré».
Que podamos responder, aunque sea con nuestras limitaciones, nuestras caídas y nuestra pobreza:
«Señor, no fui capaz de hacerlo todo. Pero intenté no enterrar lo que me diste. Lo puse en tus manos. Y procuré hacerlo fructificar para tu gloria».
Eso no es soberbia.
Eso es magnanimidad cristiana.
Y quizá, precisamente ahí, descubramos la verdadera humildad.