ANÁSTASIS: CUANDO CRISTO DESCENDIÓ A LA MUERTE PARA ROMPER SUS PUERTAS Y LEVANTAR AL HOMBRE

Hay una imagen cristiana que, para muchos occidentales, resulta extraña.

Cristo aparece glorioso, vestido de luz, en el centro de una escena oscura. No está saliendo simplemente de un sepulcro. Está descendiendo a las profundidades de la muerte. Bajo sus pies aparecen unas puertas rotas, derribadas y cruzadas. A su alrededor están Adán y Eva, los patriarcas y los justos del Antiguo Testamento.

Cristo toma a Adán de la mano y lo levanta.

Esta imagen se conoce como Anástasis.

Y quizá sea una de las representaciones más profundas de todo el misterio cristiano.

La palabra griega anástasis significa precisamente levantamiento, ponerse en pie, resurrección. En la tradición cristiana oriental, la imagen de la Anástasis no representa solamente el momento exterior de la Resurrección, sino que muestra algo todavía más profundo: Cristo descendiendo al reino de los muertos para liberar a los justos y manifestar su victoria sobre la muerte.

Es una imagen que nos recuerda algo que nuestra época necesita volver a escuchar: Cristo no vino solamente a mejorar nuestra vida. Vino a vencer aquello que ningún hombre puede vencer por sus propias fuerzas: el pecado, la muerte y el poder de Satanás.


1. ¿Qué significa realmente Anástasis?

Cuando los cristianos recitamos el Credo afirmamos algo que puede pasar desapercibido:

«Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos».

La expresión «descendió a los infiernos» puede resultar desconcertante para el hombre moderno.

¿Significa que Jesucristo descendió al infierno de los condenados?

No.

La doctrina católica distingue cuidadosamente entre el infierno de la condenación y el reino de los muertos, denominado Sheol en hebreo y Hades en griego.

El Catecismo enseña que Cristo realmente murió y que su alma humana, unida inseparablemente a su Persona divina, descendió al lugar de los muertos. Allí estaban los justos que habían muerto antes de la venida del Redentor y que esperaban la consumación de la obra salvadora.

Por eso, la Anástasis no representa a Cristo entrando en el infierno para liberar a los condenados.

Representa al Señor entrando en el dominio de la muerte como vencedor.

Cristo no es una víctima atrapada por la muerte.

Es el Señor que entra voluntariamente en ella.

Y al entrar, la destruye desde dentro.


2. El misterio del Sábado Santo

Para comprender la Anástasis tenemos que detenernos en uno de los días más misteriosos del calendario cristiano: el Sábado Santo.

Jesús ha muerto.

Su cuerpo descansa en el sepulcro.

Los discípulos están desorientados.

Parece que todo ha terminado.

Pero precisamente entonces está sucediendo algo que los ojos humanos no pueden contemplar.

El cuerpo de Cristo permanece en el sepulcro, mientras su alma humana desciende al reino de los muertos.

El Catecismo llama al estado de Cristo muerto «el misterio de la tumba y del descenso a los infiernos» y relaciona este momento con el gran silencio del Sábado Santo.

Es una verdad espiritualmente impresionante.

Cuando parece que Dios guarda silencio, Dios está obrando.

Cuando Jerusalén cree que todo ha terminado, la obra de la Redención está alcanzando una profundidad inimaginable.

Cuando el mundo ve solamente un cadáver, Cristo está entrando en el dominio de la muerte.

La liturgia tradicional conserva con enorme fuerza este sentido del misterio.

El Sábado Santo no es simplemente una pausa entre Viernes Santo y Domingo de Pascua.

Es el día del gran silencio.

Cristo ha muerto realmente.

Y precisamente porque ha muerto realmente puede vencer realmente la muerte.


3. Cristo toma a Adán de la mano

Aquí aparece uno de los detalles más hermosos de la iconografía de la Anástasis.

Cristo no aparece simplemente de pie.

Está levantando a Adán.

Adán representa a toda la humanidad.

El primer hombre cayó.

Cristo, el nuevo Adán, viene a levantarlo.

San Pablo establece precisamente esta relación cuando enseña:

«Pues como en Adán mueren todos, así también en Cristo serán todos vivificados».
(1 Corintios 15,22)

La escena es teológicamente perfecta.

Adán fue creado para vivir.

El pecado introdujo la muerte.

Cristo entra en la muerte.

Y desde la muerte levanta al hombre.

La mano de Cristo extendida hacia Adán es, por tanto, una representación visual de toda la historia de la salvación.

Dios no abandona al hombre caído.

Va a buscarlo.

La tradición cristiana llegó a expresar esta idea con una extraordinaria fuerza poética: Cristo desciende hasta las profundidades para buscar al primer hombre como el pastor busca a la oveja perdida. El propio Catecismo recoge una antigua homilía de Sábado Santo en la que Cristo aparece diciendo a Adán que despierte porque Él es la Vida de los muertos.

Es una imagen que debería conmovernos.

Porque Adán somos nosotros.


4. La muerte no puede contener a Cristo

Hay algo especialmente importante en la Anástasis: Cristo no sale simplemente de la muerte; rompe sus puertas.

En muchas representaciones aparecen las puertas del Hades destrozadas bajo sus pies.

Es una imagen teológica.

La muerte parecía una prisión.

Pero cuando entra Cristo, deja de ser capaz de retener al Autor de la vida.

El Apocalipsis pone en labios de Jesucristo unas palabras estremecedoras:

«Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades».
(Apocalipsis 1,18)

Las llaves.

Ese es el símbolo de la autoridad.

Cristo posee las llaves porque la muerte ya no tiene la última palabra.

El Catecismo explica que Cristo, descendiendo a las profundidades de la muerte, destruyó a quien tenía el poder de la muerte y liberó a quienes estaban sometidos a la esclavitud del temor a morir.

Esto cambia radicalmente la perspectiva cristiana.

El cristianismo no enseña simplemente que debemos resignarnos a morir.

Enseña que la muerte ha sido vencida por Cristo.


5. «Fue a predicar a los espíritus encarcelados»

La Escritura también contiene un misterioso texto que ha alimentado durante siglos la reflexión cristiana.

Dice San Pedro:

«Pues también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por el Espíritu. En él fue a predicar a los espíritus encarcelados».
(1 Pedro 3,18-19)

Este pasaje ha sido objeto de diferentes interpretaciones teológicas.

Lo importante para la doctrina católica es que expresa la realidad de la acción salvadora de Cristo después de su muerte y antes de su Resurrección gloriosa. El Catecismo interpreta este descenso como parte de la consumación de la misión redentora de Cristo y explica que fueron liberadas las almas justas que esperaban al Redentor.

No estamos ante una especie de «segunda oportunidad» para los condenados.

La Iglesia enseña expresamente que Cristo no descendió al infierno para liberar a los condenados ni para abolir el infierno de la condenación.

La Anástasis muestra, por tanto, la continuidad perfecta de la misión de Cristo.

Desde el nacimiento hasta la Cruz.

Desde la Cruz hasta el sepulcro.

Desde el sepulcro hasta el reino de los muertos.

Y desde la muerte hasta la Resurrección.

Todo forma parte de un único misterio de salvación.


6. La Anástasis y la Resurrección no son dos acontecimientos separados

Aquí existe una cuestión teológica importante.

La Anástasis está íntimamente relacionada con la Resurrección, pero no debe confundirse simplemente con ella.

La Resurrección significa que Cristo resucitó corporalmente de entre los muertos.

El descenso a los infiernos significa que Cristo, después de experimentar verdaderamente la muerte, descendió al reino de los muertos.

Ambas realidades forman parte del único Misterio Pascual.

El Catecismo afirma que la Resurrección es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo y que fue vivida por la primera comunidad cristiana como el centro de la predicación apostólica.

San Pablo lo expresa con una contundencia extraordinaria:

«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe».
(1 Corintios 15,17)

La fe cristiana no se basa en una metáfora sobre la esperanza.

Se basa en un acontecimiento.

Cristo murió.

Cristo fue sepultado.

Cristo descendió a los muertos.

Cristo resucitó.

Y Cristo vive.


7. Una imagen que explica la verdadera condición del hombre

La Anástasis también contiene una antropología profundamente cristiana.

El hombre moderno suele hablar de libertad como si consistiera en poder hacer absolutamente lo que quiera.

Pero la Revelación cristiana nos muestra otra realidad.

El hombre ha sido creado para Dios.

El pecado lo esclaviza.

La muerte aparece como consecuencia del pecado.

Y el hombre necesita un Salvador.

Por eso la figura de Adán es tan importante.

Adán no se salva a sí mismo.

Es Cristo quien lo levanta.

Esta verdad contradice una de las grandes ilusiones contemporáneas: la idea de que podemos redimirnos nosotros mismos.

No podemos.

Podemos progresar técnicamente.

Podemos acumular conocimientos.

Podemos prolongar la vida.

Podemos construir ciudades extraordinarias.

Podemos comunicarnos instantáneamente con cualquier parte del planeta.

Pero seguimos siendo mortales.

Seguimos necesitando conversión.

Seguimos necesitando gracia.

Seguimos necesitando a Cristo.


8. La Anástasis frente a una cultura que ha olvidado la muerte

Vivimos en una sociedad que intenta ocultar la muerte.

Se habla poco de ella.

Se la aparta de la vida cotidiana.

Se intenta convertir la vejez en algo invisible.

Se evita incluso pronunciar determinadas palabras.

Pero la muerte continúa llegando.

Y cuando llega, todas las seguridades humanas muestran sus límites.

La Anástasis no pretende negar esta realidad.

Hace exactamente lo contrario.

La mira de frente.

Cristo entra en la muerte.

No la esquiva.

No la maquilla.

No la relativiza.

La atraviesa.

Y la vence.

Esta es una de las razones por las que el mensaje cristiano sigue siendo radicalmente actual.

El hombre contemporáneo necesita recuperar una sana doctrina sobre las postrimerías: muerte, juicio, cielo e infierno.

No para vivir obsesionado con el miedo.

Sino para vivir con responsabilidad.

La existencia tiene un destino eterno.

Cada acto importa.

Cada pecado importa.

Cada conversión importa.

Cada acto de caridad importa.

Y precisamente porque la eternidad existe, nuestra vida presente tiene un peso infinito.


9. La Anástasis también es una guía espiritual

La Anástasis no es solamente una doctrina que debemos estudiar.

Es un misterio que debemos vivir.

Hay momentos en nuestra vida en los que parece que todo ha muerto.

Una familia rota.

Una amistad perdida.

Una vocación que parece frustrada.

Una enfermedad.

Un fracaso.

Una caída moral.

Una larga sequedad espiritual.

Una persona que lleva años alejada de Dios.

En esos momentos podemos pensar que el sepulcro es el final.

Pero la Anástasis proclama algo diferente:

Cristo sabe entrar en los lugares donde nosotros ya no vemos ninguna salida.

Él descendió hasta las profundidades.

Por eso no existe oscuridad humana en la que Cristo no pueda entrar.

Esto no significa que Dios vaya a resolver inmediatamente todos nuestros problemas.

Significa algo mucho más profundo:

ninguna situación humana está fuera del alcance de la gracia.


10. Cuando tú caes, Cristo sigue siendo el que levanta

Quizá una de las aplicaciones pastorales más importantes de la Anástasis sea esta.

Muchos cristianos viven permanentemente aplastados por su pasado.

«He pecado demasiado».

«No puedo cambiar».

«Dios ya no me perdonará».

«He vuelto a caer».

«No soy digno».

La respuesta cristiana no consiste en negar la gravedad del pecado.

El pecado es realmente grave.

Pero tampoco consiste en convertir nuestro pecado en algo más poderoso que la misericordia divina.

Cristo descendió hasta la muerte para vencerla.

Y viene también a buscar al pecador.

Por eso existe el sacramento de la Penitencia.

Cuando el sacerdote pronuncia la absolución, no estamos ante una simple terapia psicológica ni ante una declaración simbólica de ánimo.

Estamos ante la aplicación sacramental de la misericordia de Cristo.

El pecador que se arrepiente puede levantarse.

Puede volver.

Puede comenzar de nuevo.

La última palabra no tiene por qué ser la caída.

Puede ser la gracia.


11. Adán y Eva: toda la humanidad necesita ser levantada

En muchas representaciones de la Anástasis, Cristo toma de la mano tanto a Adán como a Eva.

La imagen es extraordinariamente poderosa.

No viene solamente a rescatar a individuos aislados.

Viene a restaurar la humanidad.

La Redención tiene una dimensión universal.

Cristo es el nuevo Adán.

María aparece en la economía de la salvación como la nueva Eva.

Donde el pecado introdujo muerte, Cristo introduce vida.

Donde hubo desobediencia, aparece obediencia.

Donde hubo soberbia, aparece humildad.

Donde el hombre quiso alcanzar a Dios por sus propias fuerzas, Dios desciende hasta el hombre.

Y esta es quizás una de las grandes paradojas del cristianismo:

para elevar al hombre hasta Dios, Dios primero quiso descender hasta las profundidades de nuestra condición humana.


12. Una catequesis en una sola imagen

La Anástasis demuestra además la enorme capacidad de la tradición cristiana para transmitir doctrina mediante símbolos.

Una persona puede contemplar la imagen durante unos segundos y encontrar allí una auténtica síntesis de la fe:

Cristo está en el centro.

Está glorioso.

La muerte está derrotada.

Las puertas están rotas.

Satanás está vencido.

Adán es levantado.

Eva es liberada.

Los justos esperan al Redentor.

Y Cristo permanece como único vencedor.

No es decoración.

Es teología.

La iconografía cristiana tradicional entendió algo que nuestra época debería recuperar: el arte sagrado no tiene como misión principal entretener ni simplemente producir una emoción estética. Debe elevar la mente hacia Dios y enseñar la fe.

La Anástasis es un ejemplo extraordinario de esta función catequética.

La propia investigación iconográfica medieval identifica este tema como una representación simbólica de la Resurrección centrada en la victoria redentora de Cristo sobre la muerte y en la liberación de Adán y de los justos.


13. ¿Qué podemos hacer nosotros ante este misterio?

La respuesta no debe quedarse en la admiración intelectual.

Ante la Anástasis podemos adoptar cinco actitudes concretas.

Primero: recuperar el sentido del pecado.

Si Cristo murió para destruir la muerte, el pecado no puede ser considerado una simple imperfección psicológica.

Segundo: recuperar la esperanza.

Ningún cristiano debería vivir como si la muerte fuera el final absoluto.

Tercero: acudir a los sacramentos.

Especialmente a la Confesión y a la Eucaristía, donde Cristo continúa comunicando su gracia a su Iglesia.

Cuarto: rezar por los difuntos.

La Iglesia nunca ha olvidado a quienes han muerto. La oración por las almas expresa precisamente nuestra fe en la comunión de los santos y en la realidad eterna de la salvación.

Quinto: vivir preparados.

No sabemos cuándo llegará nuestra hora.

La muerte no debe llevarnos a una existencia angustiada, sino a una vida vigilante, penitente y orientada hacia Dios.


Cristo desciende para levantarnos

La Anástasis contiene una de las imágenes más hermosas que el cristianismo ha ofrecido jamás al hombre.

Cristo no se queda lejos de nuestra miseria.

Desciende.

Desciende hasta el lugar de los muertos.

Entra en las profundidades.

Rompe las puertas.

Derrota al enemigo.

Y extiende su mano.

Primero hacia Adán.

Después hacia Eva.

Y, en cierto sentido, hacia toda la humanidad.

También hacia nosotros.

Por eso la Anástasis no es solamente una escena del pasado.

Es una invitación presente.

Quizá tú también tengas algo que necesita ser levantado.

Una vida espiritual apagada.

Un pecado repetido.

Una herida antigua.

Una esperanza perdida.

Una conciencia cargada.

Una relación rota con Dios.

No mires solamente tus fuerzas.

Mira la mano de Cristo.

El mismo Cristo que descendió a las profundidades es el que continúa diciendo al hombre:

«Levántate».

La Resurrección no es únicamente la victoria de Cristo sobre su propia muerte.

Es la promesa de nuestra propia resurrección.

San Pablo lo resume con palabras que deberían acompañar toda la vida cristiana:

«Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos dará también vida a vuestros cuerpos mortales».
(Romanos 8,11)

Por eso el cristiano puede mirar la muerte sin desesperación.

Puede llorar, porque la muerte es verdaderamente terrible.

Puede sufrir, porque la separación de quienes amamos duele.

Pero no tiene que desesperar.

Porque Cristo ha entrado en la muerte y ha salido victorioso.

Las puertas del Hades no pudieron retenerlo.

La tumba no pudo conservarlo.

La muerte no pudo vencerlo.

Y desde entonces, cada cristiano puede repetir con esperanza las palabras de la Iglesia:

Cristo ha resucitado de entre los muertos; con su muerte ha vencido a la muerte, y a los muertos ha dado la vida.

Esa es la Anástasis.

Ese es el corazón de la Pascua.

Y esa es también nuestra esperanza.

Cristo desciende para levantarnos. Cristo muere para destruir nuestra muerte. Cristo resucita para darnos su vida.

La última palabra de la historia no será el sepulcro.

Será la Resurrección.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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