Hay preguntas que parecen sencillas hasta que intentamos responderlas con precisión.
Una de ellas es esta:
Cuando Jesucristo murió en la Cruz, ¿murió Dios?
La pregunta puede resultar incluso desconcertante. Si Jesús es Dios, y si Jesús murió realmente en el Calvario, ¿significa eso que Dios murió? ¿Puede morir Dios? ¿Murió solamente el cuerpo de Jesús? ¿Murió su humanidad? ¿Murió la Segunda Persona de la Santísima Trinidad? ¿O debemos decir que Dios permaneció completamente ajeno a aquella muerte?
La respuesta católica es mucho más profunda que un simple «sí» o «no».
Porque aquí nos encontramos ante el centro mismo del misterio cristiano: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre; una sola Persona divina con dos naturalezas, divina y humana.
Y precisamente porque esta verdad es tan importante, la Iglesia ha tenido que emplear durante siglos un lenguaje cuidadosamente preciso para evitar dos errores opuestos: convertir a Cristo en un simple hombre extraordinario o imaginar que en Él la divinidad y la humanidad se mezclaron hasta formar una especie de naturaleza intermedia.
La fe católica afirma algo infinitamente más grande:
El que murió en la Cruz es verdaderamente Dios Hijo. Pero murió según su naturaleza humana, no según su naturaleza divina.
No murió la divinidad.
No dejó de existir el Verbo eterno.
No murió el Padre.
No murió el Espíritu Santo.
Y tampoco la Persona del Hijo dejó de existir durante un solo instante.
Pero tampoco podemos refugiarnos en una fórmula demasiado cómoda diciendo simplemente: «Murió el hombre Jesús, pero Dios no tuvo nada que ver con esa muerte».
Eso sería igualmente falso.
Porque el hombre Jesús no es una persona humana independiente del Verbo.
El que nació de María, el que lloró ante la tumba de Lázaro, el que sudó sangre en Getsemaní, el que fue azotado, coronado de espinas y clavado en la Cruz, es la misma Persona divina del Hijo eterno.
Y aquí comienza el verdadero misterio.
1. La primera afirmación: Jesucristo es verdaderamente Dios
Para comprender qué ocurrió en el Calvario hay que comenzar mucho antes de la Cruz.
Hay que comenzar en Belén.
Y, en realidad, mucho antes de Belén.
El prólogo del Evangelio de San Juan no comienza diciendo simplemente que Jesús nació en un determinado momento de la historia.
Comienza en la eternidad:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.»
(Jn 1,1)
Y después llega una de las frases más impresionantes de toda la Escritura:
«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.»
(Jn 1,14)
Aquí está condensado todo el misterio de la Encarnación.
El que estaba eternamente junto al Padre asumió una verdadera naturaleza humana.
No aparentó ser hombre.
No se disfrazó de hombre.
No utilizó un cuerpo humano como quien utiliza una herramienta.
Se hizo verdaderamente hombre.
La Iglesia enseña que Jesucristo es perfecto en su divinidad y perfecto en su humanidad; verdadero Dios y verdadero hombre. Tiene una naturaleza divina y una naturaleza humana, pero no dos personas. Las dos naturalezas están unidas en la única Persona divina del Hijo. Esta es precisamente la doctrina definida y custodiada desde los grandes concilios cristológicos, especialmente Éfeso y Calcedonia.
Por tanto:
Jesús no es dos personas.
No hay una persona humana llamada Jesús junto a una persona divina llamada Hijo.
Hay una sola Persona:
el Verbo eterno de Dios.
Y esa Persona posee dos naturalezas:
- naturaleza divina;
- naturaleza humana.
Esta distinción será decisiva para comprender la muerte de Cristo.
2. ¿Qué significa exactamente «naturaleza» y qué significa «persona»?
Aquí entramos en una cuestión teológica que puede parecer complicada, pero que podemos explicar de forma sencilla.
La naturaleza responde a la pregunta:
¿Qué es?
La persona responde a:
¿Quién es?
En Cristo:
¿Qué es Cristo?
Dios verdadero y hombre verdadero.
¿Quién es Cristo?
La Persona divina del Hijo.
Por eso podemos decir:
Cristo tiene naturaleza divina.
Cristo tiene naturaleza humana.
Pero Cristo no tiene dos personas.
Tiene una sola Persona divina.
Esta es la doctrina de la unión hipostática.
El Concilio de Calcedonia expresó que Cristo debe ser reconocido «en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación». La distinción entre las naturalezas permanece, pero ambas concurren en una única Persona.
¿Por qué es tan importante esta precisión?
Porque si decimos que hay dos personas, destruimos la Encarnación.
Y si decimos que la humanidad desaparece absorbida por la divinidad, destruimos también la Encarnación.
La Iglesia sostiene simultáneamente ambas verdades:
Cristo es verdaderamente Dios.
Cristo es verdaderamente hombre.
Y es una sola Persona.
3. Entonces llegamos a la Cruz: ¿quién murió?
Ahora podemos formular la pregunta de manera mucho más precisa.
No debemos preguntar únicamente:
«¿Murió Dios?»
Debemos preguntar:
«¿Quién es el sujeto de la muerte de Cristo?»
Y la respuesta es:
La Persona del Hijo.
El que muere en la Cruz es el mismo Hijo eterno de Dios que existe desde toda la eternidad.
No es otro.
No es un hombre separado.
No es una humanidad independiente.
Es el Verbo hecho carne.
Por eso la Iglesia puede decir algo que, humanamente, parece paradójico:
Dios Hijo murió.
Pero inmediatamente hay que añadir:
murió según su naturaleza humana, no según su naturaleza divina.
Esta precisión no es un juego de palabras.
Es la clave de la fe cristiana.
El Catecismo enseña que todo lo que pertenece a la humanidad de Cristo —incluidos sus sufrimientos y su muerte— se atribuye a la Persona divina del Verbo como su sujeto. Por eso, quien fue crucificado en la carne es verdaderamente el Hijo de Dios.
4. Entonces, ¿podemos decir «Dios murió»?
Sí, si entendemos correctamente lo que estamos diciendo.
La expresión puede utilizarse en sentido cristológico, porque quien murió es la Persona divina del Hijo.
Pero no debemos entenderla como si la naturaleza divina hubiera dejado de existir.
Dios, en cuanto Dios, es inmortal.
La divinidad no puede morir.
La naturaleza divina no puede experimentar la muerte.
Dios es eterno, inmutable, incorruptible y fuente de toda vida.
Por tanto, sería teológicamente incorrecto decir:
«La divinidad de Cristo murió».
No.
La divinidad no murió.
Pero también sería insuficiente decir:
«Murió simplemente un hombre llamado Jesús».
Tampoco.
La fórmula correcta es:
El Hijo de Dios murió verdaderamente según su naturaleza humana.
O, expresándolo de otra manera:
La Persona divina del Verbo experimentó realmente la muerte humana en la naturaleza humana que había asumido.
Esta es la extraordinaria profundidad del Calvario.
5. ¿Qué significa entonces que Cristo «murió»?
Aquí aparece otro punto fundamental.
¿Qué es la muerte?
Desde el punto de vista humano, la muerte consiste en la separación del alma y del cuerpo.
Mientras vivimos, nuestro cuerpo y nuestra alma están unidos.
Cuando llega la muerte, esa unión se rompe.
Esto también ocurrió realmente en Jesucristo.
Cristo no fingió morir.
No entró simplemente en una especie de trance.
No simuló la muerte para después recuperarse.
Murió verdaderamente.
Su alma humana se separó de su cuerpo humano.
El Catecismo afirma expresamente que Cristo «gustó la muerte», experimentando el estado de muerte y la separación entre su alma y su cuerpo desde el momento de su muerte en la Cruz hasta la Resurrección.
Esto es importantísimo.
Porque algunas interpretaciones modernas tienden a reducir la Pasión a una experiencia simbólica.
Pero el cristianismo no proclama que Jesús «superó simbólicamente» el sufrimiento.
Proclama que:
murió.
Realmente.
Históricamente.
Corporalmente.
Y después:
resucitó corporalmente.
6. Pero aquí aparece el gran misterio del Sábado Santo
Si el alma de Cristo se separó de su cuerpo, ¿qué ocurrió con la Persona del Hijo?
Aquí está una de las afirmaciones más impresionantes de la teología católica.
La Persona del Verbo no se separó ni del alma ni del cuerpo.
Aunque el alma y el cuerpo de Cristo quedaron separados por la muerte, ambos continuaron unidos a la Persona divina del Hijo.
El Catecismo recoge expresamente esta doctrina: aunque el alma humana de Cristo se separó de su cuerpo, ni el alma ni el cuerpo quedaron separados de la Persona del Verbo.
Esto significa que durante el Sábado Santo podemos hablar de:
el alma humana de Cristo unida al Verbo;
y
el cuerpo muerto de Cristo unido al Verbo.
El cuerpo estaba en el sepulcro.
El alma estaba separada del cuerpo.
Pero la Persona del Hijo no estaba dividida.
No aparecieron dos Cristos.
No hubo un Cristo en el alma y otro Cristo en el cadáver.
Seguía siendo:
el único Jesucristo.
7. El cuerpo muerto de Jesús seguía siendo el cuerpo del Hijo de Dios
Esta verdad resulta especialmente impresionante.
Imaginemos el cuerpo de Cristo después de la muerte.
El cuerpo que había nacido de María.
El cuerpo que había caminado por Galilea.
El cuerpo que había tocado a los enfermos.
El cuerpo que había abrazado a los niños.
El cuerpo que había sido azotado.
El cuerpo que había sido clavado en la Cruz.
El cuerpo que había muerto.
Ese cuerpo estaba verdaderamente muerto.
Pero seguía siendo el cuerpo humano del Hijo de Dios.
La Persona divina no abandonó el cuerpo.
Por eso el Catecismo afirma que la muerte de Cristo fue una verdadera muerte, pero que su cuerpo no sufrió la corrupción propia de los cadáveres ordinarios, debido a su unión con la Persona del Hijo.
Aquí podemos comprender mejor la profundidad de una afirmación del salmista aplicada por la Iglesia a Cristo:
«No abandonarás mi alma en el abismo, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.»
(Sal 16,10)
Y San Pedro proclama después:
«Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte.»
(Hch 2,24)
La muerte entró verdaderamente en Cristo.
Pero la muerte no pudo retenerlo.
8. ¿Murió solamente la Segunda Persona?
Aquí hay que responder con precisión.
Sí y no, dependiendo de qué queramos decir.
Si por «murió la Segunda Persona» queremos decir:
«¿Fue la Persona divina del Hijo la que sufrió y murió?»
La respuesta es:
Sí.
Si queremos decir:
«¿La naturaleza divina de la Segunda Persona dejó de existir o murió?»
La respuesta es:
No.
La Persona del Hijo es el sujeto de la muerte.
Pero la muerte afecta a Cristo según su naturaleza humana.
Podemos expresarlo esquemáticamente:
Persona: el Hijo eterno.
Naturaleza divina: no muere.
Naturaleza humana: puede sufrir y morir.
Sujeto de la muerte: la Persona divina del Hijo.
Esta es una de las razones por las que la teología católica habla de la comunicación de idiomas (communicatio idiomatum).
Las propiedades de una naturaleza pueden atribuirse al sujeto personal.
Por eso podemos decir:
Dios nació de María.
Dios sufrió.
Dios fue crucificado.
Dios murió.
Pero estas frases deben entenderse siempre desde la Encarnación:
Dios hizo todas esas cosas según la humanidad asumida por el Verbo.
No porque la divinidad pueda nacer, sufrir o morir en sí misma.
9. «Dios murió» no significa que la Trinidad dejó de existir
Este punto es absolutamente fundamental.
Cuando Cristo murió en la Cruz, el Padre no murió.
El Espíritu Santo no murió.
Y la divinidad del Hijo tampoco dejó de existir.
Por tanto, la Santísima Trinidad nunca dejó de existir.
El Padre siguió siendo Padre.
El Hijo siguió siendo Hijo.
El Espíritu Santo siguió siendo Espíritu Santo.
La naturaleza divina siguió siendo una, eterna, infinita e inmortal.
Lo que ocurrió fue que la Persona del Hijo experimentó realmente la muerte humana en su naturaleza humana.
Esto nos permite evitar una imagen completamente equivocada de la Cruz.
No debemos imaginar que durante unas horas «Dios dejó de existir».
Eso sería imposible.
Si Dios dejara de existir, todo lo creado dejaría de existir.
Porque Dios no es simplemente un ser extremadamente poderoso dentro del universo.
Dios es el Ser mismo, el Creador y fundamento de todo cuanto existe.
La muerte de Cristo no es la desaparición de Dios.
Es precisamente lo contrario:
es Dios entrando, en la humanidad asumida por el Verbo, hasta las profundidades de nuestra condición mortal.
10. La paradoja del cristianismo: el Autor de la vida entra en la muerte
Aquí aparece uno de los contrastes más hermosos de toda la fe cristiana.
San Pedro llama a Cristo:
«El autor de la vida»
(Hch 3,15)
Y, sin embargo, ese mismo «Autor de la vida» fue llevado a la muerte.
Parece una contradicción.
Pero no lo es.
Porque Cristo no dejó de ser el Autor de la vida.
Precisamente por ser Dios, pudo entrar libremente en la muerte humana y vencerla desde dentro.
El Catecismo utiliza esta misma paradoja al hablar de Cristo como el «Príncipe de la vida» que fue llevado a la muerte y que es simultáneamente el Viviente resucitado.
Aquí encontramos una de las grandes diferencias entre el cristianismo y cualquier simple filosofía moral.
El cristianismo no dice:
«Dios nos enseña a aceptar la muerte».
Dice algo infinitamente más grande:
Dios ha entrado en nuestra muerte para destruir su poder desde dentro.
11. La Cruz no fue un accidente
Desde una perspectiva superficial, la muerte de Jesús puede parecer el resultado de una tragedia política.
Un hombre inocente fue condenado.
Fue traicionado.
Fue abandonado.
Fue torturado.
Fue ejecutado.
Pero la fe cristiana contempla algo mucho más profundo.
Cristo había anunciado repetidamente su Pasión.
«El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y al tercer día resucitará.»
(Mt 17,22-23)
La Cruz forma parte del designio redentor de Dios.
No significa que Dios Padre disfrutara del sufrimiento de su Hijo.
Ni significa que el Padre sea un verdugo sediento de sangre.
Significa que el Hijo, en obediencia amorosa al Padre y por amor a los hombres, se entregó libremente.
San Pablo lo expresa con una frase estremecedora:
«El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí.»
(Ga 2,20)
No dice simplemente:
«Jesús sufrió».
Dice:
«Se entregó por mí».
Aquí aparece la dimensión personal del sacrificio.
La Cruz no es solamente una tragedia ocurrida hace dos mil años.
Es un acto de amor.
12. ¿Por qué tenía que morir Cristo?
La pregunta nos lleva al corazón de la Redención.
El pecado había introducido una ruptura entre Dios y el hombre.
La humanidad, incapaz de salvarse a sí misma, necesitaba un Salvador.
Y el Salvador debía ser verdaderamente hombre, porque era el hombre quien necesitaba ser redimido.
Pero también debía ser verdaderamente Dios, porque la salvación no podía proceder únicamente de una criatura.
Por eso el Mediador es simultáneamente:
Dios verdadero y hombre verdadero.
Como hombre, puede representarnos.
Como Dios, puede salvarnos.
Como hombre, puede sufrir y morir.
Como Dios, su entrega posee una dignidad y eficacia infinitas.
Aquí encontramos una de las razones profundas por las que la Encarnación es indispensable para comprender la Cruz.
El que muere es verdaderamente hombre.
El que se entrega es verdaderamente Dios.
Y ambas realidades pertenecen a una única Persona.
13. La sangre de Cristo no es la sangre de un simple mártir
A lo largo de la historia ha habido innumerables mártires.
Hombres y mujeres han muerto por defender la verdad.
Pero la muerte de Cristo es única.
¿Por qué?
Porque el que se entrega es el Hijo eterno.
Por eso San Pablo puede afirmar:
«En él tenemos la redención por su sangre, el perdón de los pecados.»
(Ef 1,7)
La sangre derramada en el Calvario no es simplemente la sangre de un hombre bueno asesinado injustamente.
Es la sangre de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
Por eso el sacrificio tiene una profundidad incomparable.
La Cruz revela simultáneamente:
la gravedad del pecado,
la justicia de Dios,
la misericordia de Dios,
la obediencia de Cristo,
y el amor de Dios por el hombre.
14. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Hay otra escena que muchas personas encuentran desconcertante.
Jesús grita desde la Cruz:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
(Mt 27,46)
¿Significa esto que el Padre abandonó realmente al Hijo?
¿Se rompió la Trinidad?
¿La divinidad desapareció de Cristo?
No.
La Trinidad no se rompe.
El Padre y el Hijo permanecen eternamente unidos en la única naturaleza divina.
Entonces, ¿qué significa ese grito?
Jesús está pronunciando el comienzo del Salmo 22, un salmo que comienza con un grito de abandono y termina en una proclamación de confianza y victoria.
Pero además, Cristo experimenta verdaderamente en su humanidad la profundidad del sufrimiento y de la desolación que acompaña a la condición humana herida.
No debemos imaginar que la divinidad desapareció de Cristo.
El Catecismo enseña precisamente lo contrario: durante toda la Pasión, el Hijo permanece unido al Padre.
La experiencia humana del abandono no significa una ruptura ontológica de la Trinidad.
Significa que Cristo lleva hasta el extremo la experiencia del sufrimiento humano sin dejar de ser el Hijo amado.
15. La muerte de Cristo no destruyó su divinidad; manifestó hasta dónde llega su amor
Este punto tiene una importancia enorme para la vida espiritual.
Si Cristo hubiera evitado toda experiencia de sufrimiento, podríamos preguntarnos si realmente asumió nuestra condición.
Pero Cristo entró hasta el fondo.
Experimentó:
el cansancio,
el hambre,
la sed,
la soledad,
la traición,
el abandono,
la injusticia,
el dolor físico,
la angustia,
y finalmente la muerte.
Excepto el pecado.
San Pablo afirma:
«Se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres; y, presentándose como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.»
(Flp 2,7-8)
El cristianismo no enseña que Dios haya permanecido distante de nuestro sufrimiento.
Dios entró en él.
No en cuanto divinidad sufriente, porque la naturaleza divina es impasible.
Sino en cuanto Persona divina que asumió una verdadera naturaleza humana capaz de sufrir.
16. ¿Significa esto que Dios puede sufrir?
Otra pregunta delicada.
La respuesta correcta vuelve a necesitar una distinción.
Dios, según su naturaleza divina, no sufre.
Dios es inmutable y perfecto.
No está sujeto a las alteraciones, carencias o limitaciones propias de las criaturas.
Pero el Hijo de Dios sufrió realmente en su naturaleza humana.
No debemos pensar que la humanidad de Cristo era una especie de envoltorio exterior que sufría mientras Dios permanecía indiferente.
La Persona que sufre es la Persona divina del Hijo.
Por eso el sufrimiento de Cristo es verdaderamente el sufrimiento del Hijo, aunque experimentado mediante su naturaleza humana.
Esta precisión protege simultáneamente dos verdades:
Dios no cambia ni deja de ser Dios.
Y:
Cristo sufrió realmente.
17. El peligro de decir que «solamente murió la humanidad»
La frase puede parecer correcta, pero puede inducir a error.
Si queremos decir:
«La naturaleza humana de Cristo fue la que experimentó la muerte»,
entonces es correcto.
Pero si queremos decir:
«Murió una persona humana distinta del Verbo»,
entonces es falso.
No existe una persona humana separada de Cristo.
La humanidad de Jesús no tiene una persona humana propia independiente del Verbo.
La humanidad pertenece a la Persona del Hijo.
Por eso podemos afirmar:
El Hijo murió según la humanidad.
Esta es una fórmula mucho más precisa que:
«Murió solamente el hombre Jesús».
Porque esta última expresión puede terminar separando a Jesús del Verbo.
Y precisamente eso es lo que la Iglesia ha rechazado siempre.
18. El otro error: decir que murió la divinidad
Pero también debemos evitar el extremo contrario.
Decir:
«La divinidad murió»
como si la esencia divina hubiera dejado de existir es igualmente imposible.
La divinidad no puede morir.
Dios no puede dejar de ser Dios.
La naturaleza divina no experimenta separación, corrupción o desaparición.
Por eso no podemos decir que durante el Viernes Santo:
«Dios estuvo muerto».
En sentido absoluto, eso sería falso.
Debemos decir:
El Hijo de Dios estuvo muerto según su humanidad.
Esta pequeña expresión —«según su humanidad»— contiene una profundidad teológica extraordinaria.
19. El misterio del Sábado Santo
Quizá el momento que mejor nos permite comprenderlo sea precisamente el Sábado Santo.
La Iglesia contempla ese día el cuerpo de Cristo en el sepulcro.
El mundo parece guardar silencio.
No hay todavía el triunfo visible de la Resurrección.
Cristo ha muerto.
Pero no ha dejado de ser Dios.
Su alma está separada del cuerpo.
Pero ambos permanecen unidos a la Persona del Verbo.
El cuerpo descansa en el sepulcro.
Y la Persona divina del Hijo permanece igualmente unida a ese cuerpo.
Esta es una de las razones por las que el Sábado Santo constituye uno de los misterios más profundos de toda la liturgia cristiana.
Es el día del silencio.
El día en que parece que Dios ha sido derrotado.
El día en que el sepulcro parece tener la última palabra.
Pero no la tiene.
Porque el que yace en el sepulcro es precisamente:
el Señor de la vida.
20. «Estuve muerto, y ahora estoy vivo»
El libro del Apocalipsis recoge una de las frases más impresionantes de Cristo:
«Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos.»
(Ap 1,18)
Observemos la precisión.
Cristo no dice:
«Parecí muerto».
Dice:
«Estuve muerto».
La muerte fue real.
Pero tampoco dice:
«Dejé de existir».
Dice:
«Ahora estoy vivo».
La Persona permanece.
La muerte no destruye la identidad de Cristo.
El mismo que murió es el mismo que resucitó.
El mismo Jesús que fue crucificado es el que aparece glorioso.
No hay dos Cristos.
Es el mismo Señor.
21. La Resurrección demuestra que la Cruz no fue una derrota
Si miramos únicamente el Viernes Santo, todo parece perdido.
El discípulo traicionó.
Los apóstoles huyeron.
Cristo fue condenado.
El cuerpo fue colocado en un sepulcro.
Pero la historia no termina ahí.
La Resurrección manifiesta que la muerte no tuvo poder definitivo sobre Cristo.
San Pablo lo expresa con claridad:
«Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no tiene dominio sobre él.»
(Rm 6,9)
La Resurrección no significa que Cristo simplemente vuelva a la vida anterior.
Es una transformación gloriosa.
Su humanidad entra en una condición nueva.
Y la muerte, que había separado su alma de su cuerpo, queda definitivamente vencida.
22. ¿Qué ocurrió exactamente entre la muerte y la Resurrección?
Esta pregunta nos lleva al llamado descenso de Cristo a los infiernos.
No significa que Jesús descendiera al lugar de la condenación para sufrir las penas del infierno.
El término «infiernos» en el Credo hace referencia al estado o morada de los muertos.
Cristo entra en la condición de los muertos.
El que ha muerto verdaderamente desciende hasta allí.
Y allí proclama la victoria de la Redención.
La Iglesia ve en este misterio la radicalidad de la Encarnación:
Cristo no solamente toca nuestra vida.
Entra también en nuestra muerte.
Y desde allí comienza la victoria que culminará en la Resurrección.
23. La Cruz demuestra que Dios no ama desde lejos
Esta verdad tiene una enorme fuerza pastoral.
Muchas personas se preguntan:
«Si Dios existe, ¿por qué permite el sufrimiento?»
El cristianismo no responde únicamente con una teoría filosófica.
Señala una Cruz.
Y dice:
Mira a Cristo.
Dios no permaneció como un espectador distante del sufrimiento humano.
El Hijo eterno asumió una naturaleza humana capaz de sufrir.
Y sufrió.
Y murió.
Eso no responde automáticamente a todas nuestras preguntas sobre el mal.
Pero transforma radicalmente la relación del cristiano con el sufrimiento.
Cuando un cristiano sufre, no puede decir:
«Dios no sabe lo que significa esto».
Porque Dios Hijo ha querido conocer, en su humanidad, el dolor, la angustia y la muerte.
24. Cristo no vino simplemente a enseñarnos valores
Esta cuestión resulta especialmente actual.
En una época en la que el cristianismo puede reducirse fácilmente a:
«ser buenos»,
«ayudar al prójimo»,
«ser tolerantes»,
«respetarnos»,
«amar»,
hay que recordar que el cristianismo es infinitamente más grande.
Cristo no vino simplemente a enseñarnos una ética.
Vino a salvarnos.
No vino solamente a decir:
«Amaos unos a otros».
Vino a entregar su vida.
No vino únicamente a enseñar el perdón.
Vino a obtener para nosotros el perdón mediante su sacrificio.
No vino solamente a hablar de vida.
Entró en la muerte para darnos la vida eterna.
La Cruz demuestra que el cristianismo no es simplemente un sistema de valores humanos.
Es el encuentro con el Dios vivo que se ha hecho hombre para salvar al hombre.
25. ¿Por qué importa hoy saber si murió Dios?
Podría parecer una cuestión exclusivamente académica.
No lo es.
Tiene consecuencias enormes.
Si Cristo no es verdaderamente Dios, la Cruz pierde su dimensión sobrenatural.
Si Cristo no es verdaderamente hombre, entonces tampoco experimentó realmente nuestra condición.
Si Cristo fueran dos personas, la Encarnación quedaría destruida.
Si la divinidad pudiera morir, nuestra comprensión de Dios sería errónea.
Y si la muerte de Cristo no fue real, tampoco lo sería verdaderamente la Resurrección.
Por eso la doctrina cristológica no es una discusión para especialistas.
Es el corazón del Evangelio.
26. La Cruz nos enseña también quién es Dios
Paradójicamente, para comprender quién es Dios tenemos que mirar al Crucificado.
No porque Dios sea sufrimiento.
Dios no es sufrimiento.
No porque Dios sea muerte.
Dios no es muerte.
Sino porque en Cristo vemos hasta dónde llega el amor divino.
San Juan afirma:
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito.»
(Jn 3,16)
El Dios cristiano no es un dios lejano.
Es el Dios que entrega.
El Padre entrega al Hijo.
El Hijo se entrega libremente.
El Espíritu Santo obra en el misterio de la Encarnación y de la Redención.
La Cruz manifiesta el amor trinitario.
27. María estaba allí: la Madre de Dios ante la muerte de Dios Hijo
Aquí aparece también un misterio mariano de extraordinaria profundidad.
María estaba al pie de la Cruz.
La mujer que había recibido al Verbo en su seno contempla ahora a su Hijo clavado en el madero.
El mismo que había llevado en sus brazos.
El mismo que había nacido en Belén.
El mismo que había vivido en Nazaret.
El mismo que había anunciado el Reino.
Ahora está muriendo.
Y María no contempla simplemente la muerte de un hijo humano.
Contempla la Pasión de aquel que es verdaderamente su Hijo según la carne y verdaderamente el Hijo eterno de Dios según su Persona.
Por eso la tradición católica puede llamar a María Madre de Dios (Theotokos).
No significa que María sea origen de la divinidad.
Significa que aquel que nació de ella es verdaderamente Dios hecho hombre.
La maternidad se refiere a la Persona del Hijo, no al origen eterno de su naturaleza divina.
Esta precisión también ayuda a comprender la Cruz.
28. «Verdaderamente murió»: una afirmación que protege la realidad de la Encarnación
A veces pensamos que una afirmación teológica demasiado precisa pierde fuerza espiritual.
Aquí ocurre lo contrario.
Cuanto más comprendemos la doctrina, más impresionante resulta el misterio.
Cristo murió realmente.
Su corazón dejó de latir.
Su alma se separó de su cuerpo.
Su cuerpo fue depositado en un sepulcro.
Y, sin embargo:
el Verbo eterno no abandonó ni su alma ni su cuerpo.
La Iglesia no necesita reducir el misterio.
Puede afirmar ambas cosas simultáneamente.
Muerte verdadera.
Divinidad verdadera.
No se contradicen porque pertenecen a niveles distintos de la realidad de Cristo.
29. El error de pensar que la divinidad «se retiró» de Jesús
Hay una imagen que debemos evitar.
Podríamos imaginar que, durante la Pasión, Dios abandonó progresivamente a Jesús y que en la Cruz quedó solamente un hombre.
Eso sería contrario a la fe católica.
La divinidad no se separó de Cristo.
El Verbo no abandonó su humanidad.
Incluso muerto, el cuerpo y el alma de Cristo continuaban unidos a la Persona divina.
El Catecismo insiste precisamente en esta continuidad: durante la muerte, aunque alma y cuerpo se separan, ambos permanecen unidos a la misma Persona del Verbo.
Por eso la Cruz no es el momento en que Cristo deja de ser Dios.
Es precisamente el momento en que el Dios encarnado lleva su amor hasta el extremo.
30. Entonces, ¿cuál sería la respuesta más exacta a la pregunta?
Podemos responder de manera breve:
¿Murió Jesucristo?
Sí.
Verdaderamente.
¿Murió su cuerpo?
Sí.
Su cuerpo experimentó una muerte real.
¿Se separó su alma de su cuerpo?
Sí.
Eso constituye la realidad de su muerte humana.
¿Dejó de existir el Hijo de Dios?
No.
La Persona divina del Hijo es eterna.
¿Murió la naturaleza divina?
No.
La divinidad no puede morir.
¿La Persona divina del Hijo permaneció unida a su humanidad durante la muerte?
Sí.
Permaneció unida tanto al alma separada del cuerpo como al cuerpo depositado en el sepulcro.
Entonces, ¿podemos decir «Dios murió»?
Sí, si se entiende correctamente: murió el Hijo de Dios según su naturaleza humana.
Pero sería incorrecto entenderlo como que la divinidad dejó de existir o que la naturaleza divina murió.
31. La fórmula que debemos guardar
Si quisiéramos condensar todo el misterio en una sola frase, podríamos decir:
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, murió realmente según su naturaleza humana; pero su Persona divina, el Verbo eterno, no dejó de existir ni se separó de su alma y de su cuerpo.
Esta frase contiene prácticamente toda la respuesta.
Y nos permite comprender por qué la Iglesia puede proclamar:
«Jesucristo es Dios».
Y simultáneamente:
«Jesucristo murió».
No existe contradicción.
Porque el mismo Cristo es:
verdadero Dios y verdadero hombre.
32. Y aquí aparece la grandeza de la Cruz
La Cruz no es simplemente el lugar donde murió un hombre.
Es el lugar donde el Dios hecho hombre entregó su vida por nosotros.
No porque la divinidad pudiera morir.
Sino porque el Hijo eterno quiso asumir una humanidad verdaderamente mortal.
El que es inmortal quiso entrar en nuestra mortalidad.
El que es impasible según la divinidad quiso sufrir verdaderamente según la humanidad.
El que es la Vida quiso entrar en la muerte.
El que es eterno quiso experimentar el tiempo.
El que no necesita de nadie quiso hacerse dependiente, como un niño, de una Madre.
El que sostiene el universo quiso ser sostenido en brazos humanos.
Y el que da la vida a todos quiso permitir que su corazón humano fuera atravesado por una lanza.
Aquí está el escándalo y la gloria del cristianismo.
Dios no dejó de ser Dios para salvarnos.
Se hizo hombre para salvarnos.
33. La Cruz y nuestra propia vida
Esta verdad no puede quedarse en una discusión teológica.
Tiene que llegar a nuestra vida.
Cuando sufrimos, Cristo está cerca.
Cuando somos injustamente tratados, Cristo conoce la injusticia.
Cuando nos sentimos abandonados, Cristo conoce la desolación.
Cuando lloramos, Cristo ha llorado.
Cuando tenemos miedo, Cristo conoció la angustia de Getsemaní.
Cuando enfrentamos la muerte, Cristo ya ha entrado en la muerte.
Pero existe algo todavía mayor:
Cristo ha salido de la muerte.
Por eso el cristiano no contempla la Cruz separada de la Resurrección.
La Cruz conduce al sepulcro.
El sepulcro conduce a la Resurrección.
Y la Resurrección abre las puertas de la vida eterna.
34. La respuesta cristiana al mundo contemporáneo
Vivimos en una época que intenta evitar constantemente la muerte.
La sociedad contemporánea puede hablar de ella con eufemismos, ocultarla, medicalizarla, convertirla en un problema exclusivamente técnico o simplemente apartarla de la conciencia.
Pero el cristianismo mira directamente a la muerte.
No la glorifica.
No la busca.
No la considera buena.
La llama enemiga.
San Pablo llega a llamarla:
«El último enemigo en ser destruido será la muerte.»
(1 Co 15,26)
Pero precisamente porque Cristo entró en ella y salió victorioso, el cristiano puede mirar la muerte de otra manera.
No como una puerta hacia la nada.
Sino como un enemigo derrotado por Cristo y que será definitivamente vencido en la resurrección de los muertos.
35. No adoramos a un cadáver: adoramos al Señor resucitado
La imagen del Crucificado es central para la espiritualidad católica.
Pero la fe católica no termina en un cadáver.
La Iglesia no adora un cuerpo muerto como si Cristo hubiera quedado eternamente en el sepulcro.
Adora al mismo Cristo que murió y resucitó.
El Crucificado es el Resucitado.
El cuerpo de Cristo que contemplamos en la Cruz es el cuerpo que será glorificado.
Por eso la Cruz católica no es un símbolo de derrota.
Es el trono desde el cual Cristo reina.
El Rey no reina desde un palacio de mármol.
Reina desde el madero.
Y precisamente por eso la tradición cristiana puede proclamar:
Ave Crux, spes unica.
«Salve, Cruz, única esperanza».
36. Una última precisión: no simplifiquemos el misterio
Ante este tema existen dos tentaciones.
La primera es decir:
«Dios murió».
Y dejarlo ahí.
Eso puede llevar a una comprensión incorrecta de la naturaleza divina.
La segunda es decir:
«Solo murió el hombre Jesús».
Y dejarlo ahí.
Eso puede separar artificialmente a Cristo del Verbo eterno.
La verdad católica es más exigente y más hermosa:
El que murió es verdaderamente Dios Hijo, pero murió según la naturaleza humana que había asumido.
La Persona es divina.
La naturaleza que experimenta la muerte es humana.
Y las dos naturalezas permanecen unidas en una única Persona.
Este es el misterio que la Iglesia ha custodiado durante siglos.
Conclusión: el Dios inmortal que quiso morir por nosotros
Entonces, cuando contemplamos el Crucificado, ¿qué estamos contemplando?
No simplemente a un hombre bueno.
No solamente a un profeta.
No únicamente a un mártir.
Estamos contemplando al Hijo eterno de Dios hecho hombre.
Y sí:
Él murió realmente.
Pero murió según su humanidad.
Su alma se separó de su cuerpo.
Su cuerpo fue colocado en el sepulcro.
Pero la Persona del Verbo no dejó de existir.
La divinidad no murió.
La Trinidad no se rompió.
El Padre no dejó de ser Dios.
El Espíritu Santo no dejó de ser Dios.
Y el Hijo tampoco dejó de ser Dios.
Al contrario.
Precisamente porque el Hijo es Dios, su muerte adquiere un significado que ninguna otra muerte puede tener.
El inmortal entró en la muerte.
La Vida entró en nuestra mortalidad.
El Creador asumió una naturaleza creada.
El Señor de la gloria permitió ser clavado en una Cruz.
Y el que tiene poder sobre la muerte aceptó voluntariamente morir.
Por eso San Pablo no tiene miedo de anunciar:
«Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, sean judíos o griegos, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.»
(1 Co 1,23-24)
Aquí está el centro de nuestra fe.
No murió la divinidad.
No murió el Padre.
No murió el Espíritu Santo.
No dejó de existir el Hijo.
Pero el Hijo eterno de Dios experimentó verdaderamente la muerte en su humanidad.
Y precisamente por eso podemos mirar la Cruz y decir, con temor y adoración:
El que está clavado en ese madero es verdaderamente Dios.
No porque la divinidad pueda morir.
Sino porque el Dios eterno quiso hacerse hombre y, siendo hombre, quiso morir por nosotros.
Ese es el misterio.
Ese es el escándalo.
Ese es el amor.
Y ese es el corazón mismo del cristianismo:
Dios no murió en su divinidad; Dios Hijo murió realmente en la carne para que nosotros, que morimos en la carne, pudiéramos vivir eternamente en Dios.