“Este es el Cordero de Dios…”: La frase que resume toda la historia de la salvación

Cada vez que asistimos a la Santa Misa llega un momento solemne y profundamente misterioso. El sacerdote eleva la Hostia consagrada y pronuncia unas palabras que resuenan desde hace dos mil años:

«Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor».

Son palabras breves. Pero en ellas está contenida toda la historia de la salvación: desde el sacrificio de los corderos en el Antiguo Testamento hasta el sacrificio perfecto de Cristo en la Cruz, que se hace presente en el altar.

Muchos católicos escuchan esta frase cada domingo… pero pocos se detienen a contemplar la inmensa profundidad que encierra.

¿Quién es ese Cordero?
¿Por qué se habla de quitar el pecado del mundo?
¿Y por qué la Iglesia repite estas palabras justo antes de la Comunión?

Comprenderlo no solo ilumina la Misa.
Ilumina toda la vida cristiana.


1. Una frase que no nació en la Misa: el grito de Juan el Bautista

La expresión “Cordero de Dios” no aparece por primera vez en la liturgia, sino en el Evangelio.

El primero que pronunció estas palabras fue Juan el Bautista, al ver a Jesús acercarse al Jordán.

El Evangelio relata:

«Al día siguiente vio a Jesús que venía hacia él y dijo:
“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”»
(Juan 1,29)

Juan no está diciendo simplemente algo poético.
Está revelando la identidad profunda de Cristo.

Los judíos que escuchaban a Juan entendían inmediatamente la referencia: el cordero era el animal sacrificial por excelencia.

En el templo de Jerusalén se sacrificaban corderos continuamente:

  • por el pecado
  • por la expiación
  • en las fiestas religiosas
  • especialmente en la Pascua

Por eso, cuando Juan llama a Jesús Cordero de Dios, está afirmando algo radical:

Jesús es el sacrificio definitivo que quitará el pecado del mundo.


2. El origen del símbolo: los corderos del Antiguo Testamento

Para comprender plenamente esta frase debemos retroceder muchos siglos atrás.

El simbolismo del cordero aparece repetidamente en la historia de Israel.

El cordero de Abraham

En el libro del Génesis, Dios pide a Abraham que ofrezca a su hijo Isaac en sacrificio. En el último momento Dios detiene el sacrificio y aparece un carnero para sustituirlo.

Isaac había preguntado:

«Padre… aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?»
(Génesis 22,7)

La respuesta de Abraham es profética:

«Dios proveerá el cordero para el sacrificio».

Los Padres de la Iglesia vieron en esta escena una figura de Cristo.
El verdadero cordero sería provisto por Dios mismo.


El cordero pascual

Pero el símbolo alcanza su plenitud en el libro del Éxodo.

Cuando el pueblo de Israel estaba esclavizado en Egipto, Dios ordenó sacrificar un cordero sin defecto y marcar con su sangre las puertas de las casas.

«La sangre será señal en las casas donde estéis; al verla pasaré de largo.»
(Éxodo 12,13)

Esa noche ocurrió la liberación de Israel.

El cordero pascual tenía tres características esenciales:

  • debía ser sin defecto
  • su sangre salvaba
  • debía comerse en una comida ritual

Este detalle es fundamental.

El sacrificio no terminaba en el altar: había que comer el cordero.

Siglos después, Cristo celebrará la Pascua… y dará un significado nuevo a esa comida.


3. Cristo: el verdadero Cordero de Dios

Todo el Antiguo Testamento apunta hacia Cristo.

Cuando Jesucristo muere en la Cruz, los evangelios subrayan detalles sorprendentes que lo conectan con el cordero pascual:

  • muere en la víspera de la Pascua
  • no se le quiebra ningún hueso
  • su sangre es derramada para la salvación

San Pablo lo dice con claridad:

«Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.»
(1 Corintios 5,7)

Cristo no es simplemente un maestro moral.

Cristo es la víctima sacrificial ofrecida por la redención del mundo.

Por eso la teología católica afirma que la Cruz es:

  • sacrificio
  • expiación
  • redención
  • reconciliación

Y ese sacrificio no queda en el pasado.

Se hace presente en la Eucaristía.


4. El Cordero en la Santa Misa

Antes de la Comunión, el sacerdote eleva la Hostia consagrada y repite las palabras de Juan el Bautista.

No es una frase simbólica.

Es una proclamación de fe.

La Iglesia afirma que en la Eucaristía está realmente presente Cristo:

  • verdadero Dios
  • verdadero hombre
  • cuerpo, sangre, alma y divinidad

La Hostia no es un símbolo.

Es el Cordero inmolado y glorioso.

Por eso el sacerdote invita a los fieles a la comunión diciendo:

«Dichosos los invitados a la cena del Señor».

Es una referencia directa al banquete celestial.


5. El Cordero glorioso del Apocalipsis

La Biblia termina con una visión impresionante.

En el libro del Apocalipsis aparece repetidamente la figura del Cordero.

San Juan contempla el cielo y describe lo que ve:

«Vi un Cordero de pie, como degollado.»
(Apocalipsis 5,6)

Este detalle es profundamente teológico.

El Cordero está degollado (sacrificado), pero de pie (resucitado).

Es Cristo:

  • muerto
  • resucitado
  • glorioso

Y todo el cielo lo adora:

«Digno es el Cordero degollado de recibir poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria y alabanza.»
(Apocalipsis 5,12)

La liturgia de la Misa es un anticipo de esa liturgia celestial.

Cada vez que participamos en la Eucaristía nos unimos a la adoración eterna del Cordero.


6. “Que quita el pecado del mundo”: el corazón del Evangelio

La misión del Cordero es clara: quitar el pecado.

El pecado es la gran tragedia de la humanidad.

No es solo una falta moral.
Es una ruptura con Dios.

El pecado:

  • destruye el alma
  • rompe la comunión con Dios
  • hiere a los demás
  • introduce la muerte en el mundo

Cristo vino precisamente para destruir ese poder.

Como dice San Juan:

«La sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado
(1 Juan 1,7)

Pero aquí hay un matiz importante.

Cristo ha ganado la redención para todos, pero cada persona debe acogerla libremente.

Por eso existen los sacramentos, especialmente:

  • el Bautismo
  • la Confesión
  • la Eucaristía

7. La respuesta del creyente: “Señor, no soy digno…”

Después de escuchar la proclamación del Cordero, los fieles responden con humildad:

«Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.»

Estas palabras provienen del Evangelio.

Las pronunció el centurión romano ante Jesús.

Su fe impresionó profundamente al Señor.

La Iglesia las repite antes de la Comunión porque recuerdan una verdad fundamental:

nadie merece la Eucaristía.

Es un don inmenso de la misericordia divina.

Por eso la tradición católica siempre ha insistido en recibir la Comunión:

  • en estado de gracia
  • con preparación espiritual
  • con profunda reverencia

8. ¿Qué significa esto para nuestra vida diaria?

Esta frase de la Misa no es solo liturgia.
Es un programa de vida cristiana.

Contemplar al Cordero de Dios nos enseña tres actitudes fundamentales.

1. Vivir en conversión

Cristo quita el pecado… pero debemos dejarlo actuar.

Esto implica:

  • examen de conciencia
  • confesión frecuente
  • lucha espiritual

La vida cristiana no es comodidad espiritual.

Es conversión constante.


2. Vivir con gratitud

Cada Comunión es un milagro.

El mismo Cristo que murió en la Cruz viene a nuestro corazón.

Esto debería transformar nuestra manera de vivir la Misa.

No vamos a un acto social.
Vamos al encuentro con el Cordero de Dios.


3. Vivir como corderos en medio del mundo

Jesús no solo es el Cordero.

También nos invita a imitar su mansedumbre.

En un mundo marcado por:

  • violencia
  • orgullo
  • egoísmo

los cristianos están llamados a vivir con:

  • humildad
  • sacrificio
  • amor

9. El Cordero que transforma el mundo

La historia humana parece muchas veces dominada por la fuerza, el poder y la violencia.

Pero el cristianismo afirma algo sorprendente:

el mundo fue salvado por un Cordero.

No por un ejército.
No por un imperio.
No por una ideología.

Por un hombre que aceptó ser sacrificado por amor.

Cada vez que escuchamos en la Misa:

«Este es el Cordero de Dios…»

se nos recuerda la verdad más profunda de la fe:

la salvación del mundo no vino por el poder…

vino por el sacrificio de Cristo.


10. Una invitación personal

La próxima vez que escuches esas palabras en la Misa, intenta detenerte un momento.

Mira al altar.

Contempla al Cordero.

Y recuerda:

  • ese Cordero murió por ti
  • ese Cordero venció al pecado
  • ese Cordero quiere habitar en tu corazón

Porque al final, toda la vida cristiana se resume en una sola actitud:

reconocer al Cordero de Dios y seguirlo.

Como dice la Escritura:

«Estos son los que siguen al Cordero dondequiera que vaya.»
(Apocalipsis 14,4)

Y ese es, en el fondo, el verdadero camino de la santidad.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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