Imagina esta escena: un niño, con lágrimas en los ojos, arrodillado junto a su cama, junta sus manos y le pide a Dios por su perro enfermo. Su madre, al verlo, se pregunta: «¿Está bien que oremos por los animales? ¿Tiene algún sentido? ¿O acaso es un error teológico?» Esta es una pregunta que muchos católicos se hacen, pero cuya respuesta ha sido oscurecida por el tiempo.
El alma de los animales: ¿Tienen espíritu o solo instinto?
Desde los primeros siglos, la Iglesia ha enseñado que solo el ser humano posee un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 26-27). Santo Tomás de Aquino, en su monumental obra Suma Teológica, explica que los animales sí tienen alma, pero no una inmortal como la nuestra. Sus almas son sensibles y desaparecen al morir, mientras que la nuestra, al estar dotada de razón y voluntad, permanece para la eternidad.
Pero esto no significa que los animales sean meros objetos sin valor. San Francisco de Asís, el gran amante de la Creación, llamaba a las criaturas «hermanos menores», reconociendo en ellas la belleza de Dios. En la Biblia, vemos cómo el Señor cuida de los animales: «Tu justicia es como los montes de Dios, tus juicios, como el océano inmenso; tú salvas, Señor, a hombres y a animales» (Salmo 36, 7).
¿Podemos orar por los animales? El equilibrio entre fe y compasión
Algunos cristianos han creído erróneamente que rezar por los animales es una desviación teológica, pero esto no es cierto. La Iglesia nos enseña que podemos pedir a Dios por todo lo bueno, y la Creación es buena (Génesis 1, 31).
San Juan Pablo II, en una audiencia de 1990, expresó que «los animales también poseen un soplo de vida recibido de Dios». Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate, nos recuerda que el trato correcto hacia los animales refleja nuestra actitud moral. Francisco, en Laudato Si’, nos llama a cuidar con amor la Creación.
Por lo tanto, rezar por nuestros animales no es un error, sino una expresión de amor y gratitud hacia Dios, que nos los confió. No pedimos su salvación eterna, pues no tienen un destino ultraterreno como el nuestro, pero sí su bienestar y protección en esta vida.
Los santos y su relación con los animales
A lo largo de la historia, muchos santos han mostrado un profundo amor por los animales. San Martín de Porres tenía un hospital para perros y gatos enfermos. Santa Gertrudis de Nivelles es la patrona de los gatos, y se dice que protegía a los felinos de los ratones y plagas. San Felipe Neri solía alimentar a los pájaros y hablar con ellos. ¿Cómo podrían estos santos haber sido tan compasivos con los animales si Dios no se interesara por su bienestar?
Conclusión: Un corazón piadoso que ora por toda la Creación
No es pecado rezar por un animal; lo que sería un error es colocar a los animales por encima del ser humano o atribuirles un destino que no tienen. La oración por nuestras mascotas puede ser un acto de amor y gratitud hacia Dios, que nos los ha dado como compañía y reflejo de su bondad.
Así que si alguna vez te encuentras junto a tu perro enfermo o ves a un animal sufrir, no dudes en elevar una oración a Dios. Él es el Señor de toda la Creación y se complace en vernos actuar con amor, incluso con los más pequeños de sus criaturas.