Muchos cristianos —y también muchos no creyentes— se han hecho esta pregunta alguna vez:
¿Cómo puede ser el mismo Dios el que ordena guerras en el Antiguo Testamento y el que predica el amor al enemigo en el Nuevo?
En una cultura como la nuestra, marcada por la sensibilidad hacia la paz, la justicia social y la misericordia, el contraste parece aún más chocante. Se habla del “Dios severo y castigador” del Antiguo Testamento frente al “Dios bueno y comprensivo” revelado por Jesucristo.
Pero ¿es realmente así?
¿Son dos dioses distintos?
¿Evolucionó Dios?
¿Se volvió más amable con el tiempo?
La respuesta católica es clara, firme y profundamente hermosa:
Dios es uno, eterno e inmutable. No cambia. Lo que cambia es nuestra capacidad de comprenderlo.
Y comprender esto no es solo una cuestión intelectual. Es una cuestión espiritual que transforma nuestra vida.
1. Un error antiguo: la herejía de Marción
La idea de que el Dios del Antiguo Testamento es distinto del del Nuevo no es nueva. En el siglo II apareció un hereje llamado Marción, que afirmaba que el Dios del Antiguo Testamento era un dios inferior, duro y legalista, mientras que el Padre de Jesús era un dios diferente, bueno y misericordioso.
La Iglesia rechazó firmemente esta postura. ¿Por qué?
Porque rompe la unidad de la Revelación y destruye el corazón del cristianismo: Jesucristo es el cumplimiento del Antiguo Testamento, no su negación.
Jesús mismo lo afirmó:
“No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud.” (Mateo 5,17)
Cristo no corrige a Dios. Cristo revela plenamente quién es Dios.
2. El Antiguo Testamento: justicia, pedagogía y alianza
Para entender el Antiguo Testamento debemos situarnos en su contexto histórico y espiritual.
Israel vivía rodeado de culturas paganas violentas, idolátricas y moralmente degradadas. Dios no elige a Israel porque sea perfecto, sino para educarlo, purificarlo y prepararlo para algo infinitamente mayor: la Encarnación.
La pedagogía divina
Dios actúa como un pedagogo. Educa progresivamente.
San Ireneo hablaba de la “economía” divina: Dios se adapta a la capacidad del hombre, como un padre que enseña paso a paso.
En el Antiguo Testamento encontramos justicia estricta, leyes severas, castigos ejemplares. ¿Por qué?
Porque el pueblo todavía estaba en una etapa inicial de comprensión moral. Era necesario establecer:
- La gravedad del pecado
- La santidad absoluta de Dios
- La necesidad de obediencia
- La seriedad de la alianza
Pero incluso en el Antiguo Testamento encontramos misericordia abundante:
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.” (Salmo 103,8)
Ese versículo no está en el Nuevo Testamento. Está en el Antiguo.
Dios no cambia. La misericordia ya estaba ahí.
3. ¿Y qué pasa con los castigos y las guerras?
Aquí surge la objeción más fuerte: las guerras de Israel, los castigos divinos, el diluvio, Sodoma y Gomorra.
Para comprenderlo teológicamente debemos considerar tres elementos:
1. Dios es justo
La misericordia no anula la justicia.
El pecado tiene consecuencias reales.
En nuestra cultura moderna tendemos a minimizar el pecado. Pero en la Biblia el pecado no es una simple falta moral: es una ruptura radical con la Vida misma.
Si Dios castigara el mal sería injusto.
Si no lo castigara, sería indiferente.
El juicio divino revela que el mal importa.
2. El lenguaje bíblico
Muchos relatos usan un lenguaje simbólico, épico y culturalmente condicionado. No son crónicas modernas. Expresan verdades teológicas en formas literarias propias de su tiempo.
La Iglesia nunca ha leído esos textos de forma fundamentalista.
3. Dios actúa en la historia para salvar
Incluso los castigos tienen finalidad medicinal. Son correcciones.
Como dice la Carta a los Hebreos:
“El Señor corrige a quien ama.” (Hebreos 12,6)
El castigo no es venganza irracional. Es justicia ordenada al bien.
4. El Nuevo Testamento: ¿solo misericordia?
Muchos creen que en el Nuevo Testamento desaparece el juicio. Pero no es así.
Jesús habla del infierno más que nadie en la Biblia.
Habla del “llanto y rechinar de dientes”.
Habla de la separación eterna.
Cristo expulsa a los mercaderes del templo.
Condena la hipocresía farisea con palabras durísimas.
Entonces, ¿dónde está la diferencia?
La diferencia no es que Dios cambie.
La diferencia es que ahora vemos su rostro.
5. En Cristo se unen justicia y misericordia
La clave está en la Cruz.
En la Cruz sucede algo extraordinario:
- La justicia se cumple: el pecado tiene consecuencia real.
- La misericordia triunfa: Dios mismo asume la consecuencia.
Dios no ignora el mal.
Lo toma sobre sí.
Esto cambia todo.
El Antiguo Testamento mostraba la gravedad del pecado.
El Nuevo Testamento muestra el precio del perdón.
San Pablo lo expresa con profundidad:
“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.” (Romanos 5,20)
No hay oposición entre justicia y misericordia.
Hay culminación.
6. Por qué hoy nos cuesta entenderlo
Vivimos en una cultura que:
- Rechaza la idea de juicio
- Confunde amor con permisividad
- Reduce el pecado a un error psicológico
Queremos un Dios que consuele, pero no que corrija.
Sin embargo, un Dios que no juzga el mal no es amoroso.
Sería indiferente ante el sufrimiento de las víctimas.
La justicia divina es garantía de que el mal no tiene la última palabra.
7. Aplicaciones prácticas para nuestra vida
Este tema no es solo teológico. Es profundamente pastoral.
1. Recuperar el sentido del pecado
Si Dios es misericordioso, es porque el pecado es real.
Examen de conciencia serio.
Confesión frecuente.
Vida sacramental.
Sin conciencia del mal, la misericordia pierde sentido.
2. Entender la corrección en nuestra vida
Cuando atravesamos pruebas, no pensemos que Dios nos abandona.
A veces Dios permite purificaciones.
No para destruirnos, sino para santificarnos.
El Antiguo Testamento nos recuerda que Dios toma en serio nuestra conversión.
3. Vivir equilibrio: ni rigorismo ni laxismo
Algunos cristianos viven anclados en un “Dios castigador”.
Otros solo hablan de un “Dios que todo lo permite”.
La fe católica mantiene el equilibrio:
- Dios es infinitamente santo.
- Dios es infinitamente misericordioso.
- Ambas cosas a la vez.
8. La unidad profunda de la Revelación
El Antiguo Testamento es promesa.
El Nuevo Testamento es cumplimiento.
San Agustín lo dijo magistralmente:
“El Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo, y el Antiguo se manifiesta en el Nuevo.”
No hay ruptura.
Hay desarrollo.
Como una semilla que se convierte en árbol.
9. Una guía espiritual para hoy
Si hoy sientes que Dios es duro contigo, recuerda:
Su justicia no es crueldad.
Es amor que purifica.
Si hoy sientes que Dios es demasiado exigente, recuerda:
Cristo murió por ti.
Si hoy temes el juicio, recuerda:
La misericordia está abierta mientras hay vida.
Pero no confundas misericordia con indiferencia.
10. La imagen correcta de Dios transforma tu vida
La imagen que tenemos de Dios condiciona todo:
- Cómo rezamos
- Cómo confesamos
- Cómo educamos a nuestros hijos
- Cómo entendemos el sufrimiento
Si vemos a Dios solo como juez, viviremos con miedo.
Si lo vemos solo como amigo permisivo, viviremos en superficialidad.
Pero si entendemos que es Padre justo y misericordioso, viviremos en confianza reverente.
Conclusión: No son dos dioses. Es el mismo Amor revelado progresivamente.
El Dios del Antiguo Testamento no es un dios vengativo.
Es el Dios santo que prepara a su pueblo.
El Dios del Nuevo Testamento no es un dios blando.
Es el mismo Dios que revela su corazón en Cristo.
En la Cruz comprendemos todo:
La justicia no desaparece.
La misericordia no niega la verdad.
El amor no elimina la santidad.
Dios no cambió.
Lo que cambió fue la plenitud de la revelación.
Y hoy, en un mundo que oscila entre el relativismo y el miedo, necesitamos redescubrir esta verdad:
Dios es fuego que purifica y abrazo que salva.
Y ese Dios —el mismo de Abraham, de Moisés y de Jesús— sigue actuando en tu historia.
No es distinto.
Es más profundo de lo que imaginábamos.