¿Por qué el Hijo de Dios hecho hombre se llama también Cristo?

En el corazón de la fe cristiana hay nombres que no son meras etiquetas, sino verdaderas revelaciones. Uno de ellos es “Cristo”. No es un apellido, ni un título honorífico sin contenido: es una confesión de fe, una síntesis de toda la misión de Jesucristo y una clave para comprender quién es Él… y quién estamos llamados a ser nosotros.

En este artículo vamos a adentrarnos con calma, profundidad y cercanía en esta pregunta: ¿por qué el Hijo de Dios hecho hombre se llama también Cristo? Y veremos cómo esta verdad, aparentemente teórica, tiene implicaciones muy concretas para nuestra vida hoy.


1. El significado de “Cristo”: el Ungido de Dios

La palabra “Cristo” proviene del griego Christós, que significa “Ungido”. Es la traducción del término hebreo Mesías (Mashíaj). Por tanto, cuando decimos “Jesucristo”, estamos diciendo literalmente:

“Jesús, el Ungido de Dios”

Pero, ¿qué significa ser “ungido”?

En el Antiguo Testamento, la unción con aceite era un signo visible de una elección divina. No era un gesto simbólico vacío: significaba que Dios consagraba a una persona para una misión específica y le concedía su gracia para cumplirla.


2. La unción en el Antiguo Testamento: reyes, sacerdotes y profetas

En la historia de Israel, tres tipos de personas eran ungidas:

1. Los reyes

Eran ungidos para gobernar al pueblo en nombre de Dios. Por ejemplo, el rey David fue ungido por el profeta Samuel.

2. Los sacerdotes

Eran consagrados para ofrecer sacrificios y mediar entre Dios y el pueblo. El sacerdote Aarón es el ejemplo clásico.

3. Los profetas

Aunque no siempre con aceite, eran “ungidos” espiritualmente para anunciar la Palabra de Dios. Pensemos en Isaías o Jeremías.


3. Jesucristo: el Ungido perfecto y definitivo

Aquí está el punto central: Jesucristo no es un ungido más… es el Ungido por excelencia.

Él no solo cumple uno de esos oficios, sino los tres al mismo tiempo, de forma plena y perfecta:

✦ Cristo Rey

No gobierna con poder político, sino con autoridad divina y amor sacrificial. Su reino no es de este mundo, pero transforma el mundo desde dentro.

“Mi Reino no es de este mundo” (Jn 18,36)

✦ Cristo Sacerdote

No ofrece sacrificios externos: se ofrece a sí mismo. Él es sacerdote y víctima al mismo tiempo.

“Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec” (Heb 5,6)

✦ Cristo Profeta

No solo transmite la Palabra de Dios: Él es la Palabra hecha carne.

“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14)


4. Una unción distinta: no corporal, sino divina

Aquí entramos en una enseñanza profundamente teológica:

La unción de Jesucristo no fue corporal, sino espiritual y divina.

A diferencia de los antiguos reyes o sacerdotes, Jesús no fue ungido con aceite visible. ¿Por qué?

Porque en Él habita la plenitud de Dios mismo:

“En Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2,9)

Esto significa que su “unción” no es un signo externo, sino una realidad interior absoluta:
Jesús está totalmente consagrado porque es Dios hecho hombre.

Su humanidad está completamente penetrada por la divinidad. No necesita un signo: Él es la realidad misma que los signos anunciaban.


5. Cristo: cumplimiento de todas las promesas

Durante siglos, el pueblo de Israel esperó al Mesías. Esta esperanza atraviesa toda la Escritura.

Los profetas anunciaban a un Ungido que traería salvación:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido…” (Is 61,1)

Jesús aplica estas palabras a sí mismo en la sinagoga:

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír” (Lc 4,21)

Es decir:
Jesús no solo habla del Cristo… Él es el Cristo esperado.


6. Relevancia teológica: ¿por qué es tan importante este título?

Llamar a Jesús “Cristo” no es opcional. Es esencial para la fe cristiana.

Negar que Jesús es el Cristo sería negar su misión y su identidad. Por eso, la confesión de fe de Pedro Apóstol es clave:

“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16)

En esa frase se resume todo el cristianismo.


7. Aplicación práctica: ¿qué significa para ti que Jesús sea el Cristo?

Esta verdad no es solo para estudiarla. Es para vivirla.

1. Cristo es tu Rey

Esto implica dejar que gobierne tu vida: tus decisiones, tus prioridades, tus valores.

👉 Pregunta concreta:
¿Quién manda realmente en tu vida?


2. Cristo es tu Sacerdote

Él intercede por ti constantemente. No estás solo ante Dios.

👉 Aplicación:
Acude a Él en la oración. Confía en su misericordia.


3. Cristo es tu Profeta

Él sigue hablándote hoy: en la Escritura, en la Iglesia, en tu conciencia.

👉 Aplicación:
Escucha su voz. Dedica tiempo al Evangelio.


8. Una llamada actual: vivir como ungidos

Aquí viene algo muy hermoso y poco comprendido:

Por el bautismo, tú también participas de la unción de Cristo.

Eres, en cierto modo:

  • sacerdote (ofreces tu vida a Dios),
  • profeta (das testimonio de la verdad),
  • rey (dominas el pecado y sirves a los demás).

En un mundo marcado por la confusión, el relativismo y la pérdida de sentido, esta identidad es más necesaria que nunca.


9. Conclusión: Cristo, centro de la historia… y de tu vida

Decir que Jesús es el Cristo no es repetir una fórmula antigua. Es afirmar que:

  • Dios ha actuado en la historia,
  • ha cumplido sus promesas,
  • y sigue actuando hoy en tu vida.

Cristo no es solo un personaje del pasado.
Es el Ungido vivo, presente, cercano.

Y la gran pregunta no es solo:
¿por qué se llama Cristo?

Sino más bien:
¿qué lugar ocupa Cristo en tu vida?


Cierre espiritual

Quizá hoy sea un buen momento para hacer tuya la confesión de fe de Pedro, pero no solo con palabras, sino con el corazón:

“Señor, Tú eres el Cristo…
el Ungido de Dios,
el sentido de mi vida,
mi Rey, mi Sacerdote y mi Profeta.”

Y desde ahí, comenzar —o recomenzar— un camino de fe más consciente, más profundo y más verdadero.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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