¿Fronteras abiertas o prudencia política? Lo que realmente enseñó Santo Tomás de Aquino sobre la inmigración y por qué sigue siendo relevante hoy

La inmigración es uno de los temas más debatidos de nuestro tiempo. Gobiernos, organismos internacionales, medios de comunicación y líderes religiosos discuten constantemente sobre fronteras, integración, derechos humanos, identidad cultural y soberanía nacional. En medio de este panorama, muchos católicos se preguntan: ¿qué enseñó realmente la tradición católica sobre la inmigración? ¿Qué pensaba Santo Tomás de Aquino? ¿Existe una doctrina católica sobre las fronteras?

La respuesta exige profundidad y rigor, porque con demasiada frecuencia se utilizan frases aisladas del Evangelio o declaraciones parciales para justificar posiciones ideológicas opuestas.

La Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino ofrece principios extraordinariamente actuales para abordar esta cuestión desde una perspectiva auténticamente católica. Y lo sorprendente es que su pensamiento no encaja completamente ni con las posiciones de las fronteras totalmente abiertas ni con las propuestas de un nacionalismo excluyente.

Como suele ocurrir con Santo Tomás, la verdad se encuentra en un equilibrio superior donde convergen la caridad, la justicia, la prudencia y el bien común.


La inmigración no es un fenómeno moderno

Antes de entrar en la teología tomista conviene recordar que la inmigración ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes.

La propia historia de la salvación está marcada por migraciones:

  • Abraham abandona su tierra.
  • José es vendido y llevado a Egipto.
  • Israel vive siglos como extranjero.
  • La Sagrada Familia huye a Egipto para escapar de Herodes.
  • Los Apóstoles recorren el mundo conocido.

La Biblia está llena de referencias al extranjero.

Dios ordena a Israel:

«No oprimirás al extranjero; vosotros conocéis la vida del extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Éxodo 23,9).

Y también:

«Amaréis al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Deuteronomio 10,19).

Sin embargo, la Escritura nunca presenta una eliminación absoluta de las fronteras, ni una desaparición de las identidades nacionales.

Los pueblos siguen existiendo.

Las naciones siguen existiendo.

Las autoridades siguen existiendo.

La cuestión no es si deben existir fronteras, sino cómo deben ejercerse la justicia y la caridad respecto al extranjero.


Santo Tomás y el extranjero: una cuestión de justicia

La reflexión más importante de Santo Tomás sobre este tema aparece en la Suma Teológica (I-II, cuestión 105, artículo 3), donde analiza las leyes del Antiguo Testamento relativas a los extranjeros.

Allí distingue cuidadosamente varios tipos de relación con quienes llegan desde fuera.

Santo Tomás observa que la ley mosaica no trataba a todos los extranjeros de la misma manera.

Existían grados de integración.

Algunos simplemente transitaban.

Otros residían temporalmente.

Otros aspiraban a incorporarse plenamente al pueblo.

Esta observación es fundamental porque muestra algo que hoy suele olvidarse:

la tradición católica nunca ha enseñado que toda persona que entra en un país adquiera automáticamente todos los derechos políticos y sociales de quienes forman parte de la comunidad nacional.

La integración es un proceso.

No un acto instantáneo.


El principio tomista del bien común

Para comprender correctamente la postura de Santo Tomás hay que recordar uno de los pilares de toda su filosofía política:

el bien común.

La autoridad política existe para procurar el bien común de la comunidad que gobierna.

No gobierna para intereses particulares.

No gobierna para grupos de presión.

No gobierna para ideologías.

Gobierna para el bien integral de la sociedad.

Por ello, cualquier política migratoria debe ser evaluada según una pregunta esencial:

¿Contribuye al bien común o lo perjudica?

La respuesta no puede ser automática.

Dependerá de circunstancias concretas:

  • capacidad de acogida;
  • situación económica;
  • cohesión cultural;
  • seguridad;
  • empleo;
  • vivienda;
  • estabilidad social.

La prudencia política exige analizar cada caso.


La famosa enseñanza de Santo Tomás sobre la ciudadanía

Uno de los textos más citados de la Suma Teológica afirma que los extranjeros no debían ser incorporados inmediatamente al cuerpo político de Israel.

¿Por qué?

Porque Santo Tomás considera que la amistad cívica requiere tiempo.

La pertenencia a una comunidad política implica compartir:

  • historia;
  • costumbres;
  • tradiciones;
  • responsabilidades;
  • lealtades.

Según Santo Tomás, una incorporación precipitada podría dañar la unidad social.

Esta enseñanza suele sorprender a muchos lectores modernos.

Sin embargo, no surge de la hostilidad hacia el extranjero.

Surge de una preocupación por el bien común.

Para el Doctor Angélico, una sociedad política no es una simple agregación de individuos.

Es una comunidad moral.

Y toda comunidad necesita cohesión para sobrevivir.


La virtud de la hospitalidad

Sería un grave error pensar que Santo Tomás defendía una actitud cerrada hacia los inmigrantes.

Nada más lejos de la realidad.

La hospitalidad ocupa un lugar importante en su pensamiento moral.

La tradición cristiana siempre ha considerado una obra de misericordia:

«Dar posada al peregrino».

Cristo mismo se identifica con el forastero:

«Fui forastero y me hospedasteis» (Mateo 25,35).

La acogida del necesitado no es una opción sentimental.

Es una exigencia del Evangelio.

Por tanto, cualquier enfoque católico que promueva el desprecio, el odio o la deshumanización del inmigrante contradice directamente la fe cristiana.


El equilibrio entre caridad y prudencia

Aquí aparece uno de los aspectos más brillantes del pensamiento tomista.

La caridad no elimina la prudencia.

Y la prudencia no elimina la caridad.

La auténtica caridad cristiana no consiste simplemente en abrir las puertas sin considerar las consecuencias.

Pero tampoco consiste en cerrar el corazón ante quien sufre.

Santo Tomás enseña que las virtudes deben actuar juntas.

La caridad sin prudencia puede convertirse en imprudencia.

La prudencia sin caridad puede degenerar en dureza.

La política migratoria debe integrar ambas dimensiones.


¿Existe un derecho absoluto a inmigrar?

Desde la perspectiva tomista, no.

La tradición católica reconoce el derecho natural de toda persona a buscar condiciones dignas para su vida y la de su familia.

Sin embargo, ese derecho no implica automáticamente que cualquier Estado esté obligado a aceptar un número ilimitado de inmigrantes en cualquier circunstancia.

Los Estados tienen deberes.

Pero también tienen derechos.

Entre ellos se encuentra la protección del bien común de sus ciudadanos.

La doctrina clásica católica siempre ha reconocido la legitimidad de las fronteras y de las autoridades políticas.


El Catecismo y la doctrina contemporánea

El Catecismo de la Iglesia Católica mantiene un notable equilibrio.

Por una parte afirma:

«Las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en la medida de lo posible, al extranjero.»

Pero añade inmediatamente:

«Las autoridades políticas pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas.»

Esta segunda parte suele olvidarse.

Sin embargo, es esencial.

La Iglesia no enseña fronteras abiertas e ilimitadas.

Tampoco enseña una negativa absoluta a la acogida.

Enseña discernimiento prudencial.


El desarrollo reciente en la Iglesia

Durante los pontificados recientes, especialmente desde finales del siglo XX, se ha puesto un fuerte énfasis pastoral en la acogida de migrantes y refugiados.

Las guerras, persecuciones y crisis humanitarias han llevado a numerosos papas a insistir en la obligación moral de ayudar a quienes sufren.

Esta insistencia responde a una realidad evidente:

millones de personas viven desplazadas, perseguidas o en extrema pobreza.

La Iglesia recuerda constantemente la dignidad inviolable de cada ser humano.

Y hace bien en hacerlo.

Sin embargo, algunos católicos han señalado una tensión entre ciertos discursos pastorales contemporáneos y algunos principios clásicos de la filosofía política tomista.


El contrapunto entre Santo Tomás y ciertas interpretaciones modernas

Es importante distinguir entre la doctrina católica y determinadas interpretaciones políticas de esa doctrina.

Santo Tomás pone un énfasis muy fuerte en:

  • el bien común;
  • la cohesión social;
  • la identidad cultural;
  • la prudencia política;
  • la integración gradual.

Algunas corrientes contemporáneas tienden a enfatizar principalmente:

  • la acogida inmediata;
  • la movilidad humana;
  • los derechos del migrante.

Cuando se pierde el equilibrio entre ambos aspectos surgen problemas.

Si solo se piensa en la acogida, puede ignorarse la capacidad real de integración.

Si solo se piensa en la seguridad, puede olvidarse la dignidad humana del inmigrante.

La visión católica tradicional exige mantener juntas ambas dimensiones.


La cuestión de la identidad cultural

Un tema particularmente relevante en Europa es la preservación de la identidad cultural.

Santo Tomás jamás habría considerado irrelevante la cultura de un pueblo.

La cultura forma parte del bien común.

Las naciones poseen una herencia histórica, religiosa y moral que merece ser protegida.

Sin embargo, proteger una identidad cultural no significa odiar al extranjero.

Significa conservar aquello que permite la continuidad de la comunidad.

La Iglesia siempre ha reconocido el valor de los pueblos, las patrias y las tradiciones.

El amor a la propia nación puede ser una virtud cuando se ordena correctamente.


¿Qué haría Santo Tomás hoy?

Naturalmente no podemos saberlo.

Pero sí podemos aplicar sus principios.

Probablemente insistiría en varias ideas:

  1. Todo inmigrante posee una dignidad inviolable porque ha sido creado a imagen de Dios.
  2. Los refugiados auténticos merecen especial protección.
  3. Las naciones tienen derecho a proteger sus fronteras.
  4. Las políticas migratorias deben orientarse al bien común.
  5. La integración requiere tiempo.
  6. La caridad cristiana debe inspirar toda acción política.
  7. Las decisiones concretas pertenecen al ámbito prudencial y no siempre admiten una única solución legítima.

Una mirada pastoral para el católico de hoy

Los católicos deben evitar dos tentaciones.

La primera es la ideologización de la caridad.

La segunda es la ideologización de la seguridad.

No todo inmigrante es una amenaza.

Pero tampoco toda política migratoria es automáticamente buena por el hecho de parecer compasiva.

El cristiano está llamado a mirar más profundamente.

Debe ver en el inmigrante a una persona amada por Dios.

Pero también debe comprender que la autoridad política tiene responsabilidades reales respecto al bien común.

La verdadera sabiduría católica consiste en mantener unidos estos principios.


Conclusión: la sabiduría olvidada de Santo Tomás

En una época dominada por consignas simplistas, Santo Tomás de Aquino ofrece una lección de extraordinaria actualidad.

Ni xenofobia.

Ni utopismo.

Ni indiferencia.

Ni sentimentalismo.

La visión tomista se basa en cuatro pilares inseparables:

  • dignidad humana;
  • caridad cristiana;
  • prudencia política;
  • bien común.

La inmigración no puede abordarse únicamente desde la economía, la ideología o la emoción.

Debe abordarse desde una antropología cristiana que reconozca simultáneamente el valor de cada persona y la legitimidad de las comunidades políticas.

La Iglesia siempre ha enseñado que el extranjero merece respeto, protección y ayuda cuando sea necesario. Pero también ha enseñado que las naciones poseen derechos y deberes propios.

Santo Tomás nos recuerda que la auténtica caridad no destruye el orden, sino que lo perfecciona. Y que la auténtica justicia no se opone a la misericordia, sino que encuentra en ella su plenitud.

En un mundo cada vez más polarizado, esta síntesis entre verdad y caridad sigue siendo una de las contribuciones más valiosas que la tradición católica puede ofrecer al debate contemporáneo sobre la inmigración.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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