Por qué la ley humana que ignora la ley natural se convierte en violencia: Santo Tomás de Aquino, el bien común y la crisis del positivismo jurídico

Vivimos en una época en la que con frecuencia se identifica la justicia con la legalidad. Si algo ha sido aprobado por un parlamento, refrendado por un tribunal o publicado en un boletín oficial, muchos concluyen automáticamente que es justo. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario. Hubo leyes que permitieron la esclavitud, legitimaron la persecución religiosa, autorizaron el exterminio de pueblos enteros o privaron de derechos fundamentales a millones de personas. Todas ellas fueron legales. Ninguna fue justa.

Esta confusión entre lo legal y lo moral constituye uno de los mayores desafíos de nuestra civilización. Cuando la ley humana deja de reconocer una verdad superior, cuando ya no busca reflejar el orden querido por Dios inscrito en la naturaleza humana, deja de ser un instrumento de justicia para convertirse, tarde o temprano, en una forma de violencia institucional.

Esta cuestión fue tratada magistralmente por Santo Tomás de Aquino, cuya doctrina sobre la ley natural sigue siendo una de las contribuciones más profundas de toda la filosofía y teología cristianas. Lejos de ser una teoría medieval superada, ofrece una respuesta sorprendentemente actual frente al relativismo moral, el individualismo y el positivismo jurídico que dominan gran parte del pensamiento contemporáneo.


La gran pregunta: ¿qué hace justa a una ley?

Desde los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia comprendieron que no toda autoridad merece obediencia absoluta.

Los Apóstoles lo expresaron con extraordinaria claridad cuando fueron prohibidos de predicar el Evangelio:

«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.»
(Hechos 5,29)

Esta frase contiene una revolución jurídica.

Los gobernantes poseen autoridad, sí.

Pero esa autoridad no es absoluta.

Está limitada por una autoridad superior: Dios.

La autoridad política no crea el bien y el mal.

Los reconoce.

No inventa la verdad.

Debe servirla.

Aquí aparece el concepto fundamental de la ley natural.


¿Qué es la ley natural?

Para Santo Tomás, toda la creación posee un orden querido por Dios.

Nada existe por casualidad.

Cada ser posee una finalidad.

El fuego calienta.

El agua hidrata.

Los árboles producen fruto.

Los animales siguen su naturaleza.

También el hombre posee una naturaleza.

Y esa naturaleza no depende de las modas, de las votaciones o de las mayorías parlamentarias.

Ha sido creada por Dios.

La ley natural es precisamente la participación de la criatura racional en la ley eterna de Dios.

No es un código escrito en piedra.

Es una inclinación inscrita en el corazón humano que permite reconocer, mediante la razón, ciertos bienes fundamentales.

Por ejemplo:

  • conservar la vida;
  • formar una familia;
  • buscar la verdad;
  • vivir en sociedad;
  • educar a los hijos;
  • practicar la justicia;
  • honrar a Dios.

Estos bienes no son inventados por ninguna cultura.

Son anteriores a cualquier Estado.

Ningún gobierno concede el derecho a vivir.

Simplemente debe reconocerlo.


La ley eterna: el fundamento olvidado

Santo Tomás explica que toda ley auténtica deriva de una realidad superior: la ley eterna.

La ley eterna es la sabiduría con la que Dios gobierna todo el universo.

Nada escapa a ella.

Las leyes físicas la reflejan.

Las leyes biológicas la manifiestan.

La ley moral participa de ella.

Por eso el universo no es un caos.

Existe un orden objetivo.

La justicia humana solo puede existir cuando respeta ese orden.

Cuando pretende sustituirlo aparece el desorden.


La ley humana: una participación imperfecta

El Aquinate nunca desprecia las leyes civiles.

Al contrario.

Las considera necesarias.

Sin leyes existiría la anarquía.

Sin autoridad no habría convivencia.

Pero establece una condición decisiva.

La ley humana debe derivar de la ley natural.

Cuando se aparta de ella pierde su legitimidad moral.

Su célebre afirmación sigue resonando con enorme fuerza:

«Una ley injusta no parece ser ley, sino más bien corrupción de la ley.»

No significa que deje de existir jurídicamente.

Significa que deja de obligar en conciencia porque contradice la justicia.


¿Qué ocurre cuando el hombre decide crear la moral?

Aquí comienza el problema moderno.

Durante siglos, Occidente entendió que la ley debía descubrir el bien.

Hoy muchas corrientes sostienen exactamente lo contrario.

Afirman que la ley crea el bien.

Si el Parlamento aprueba algo, entonces automáticamente pasa a ser bueno.

Esta visión recibe el nombre de positivismo jurídico.

Según esta teoría:

  • no existen normas morales universales;
  • la ley vale porque ha sido promulgada;
  • el Estado es la fuente última del derecho;
  • la moral pertenece únicamente al ámbito privado.

Parece una idea moderna.

Pero en realidad concentra uno de los mayores peligros para la libertad.

Porque si el Estado decide qué es justo, entonces también puede decidir qué vidas merecen protección, qué libertades pueden eliminarse o qué derechos dejan de existir.

La historia del siglo XX constituye una prueba dramática.


El siglo XX: cuando la legalidad produjo monstruos

Los grandes totalitarismos aprobaron leyes.

No actuaban al margen del derecho.

Utilizaban el derecho.

Todo estaba regulado.

Todo era legal.

Precisamente ahí reside la tragedia.

Millones de personas fueron perseguidas conforme a leyes perfectamente promulgadas.

El problema no era la ausencia de legislación.

Era la ausencia de verdad.

Cuando la ley deja de reconocer un bien objetivo, el poder sustituye a la justicia.

Entonces la fuerza ocupa el lugar de la razón.


La violencia comienza mucho antes de las armas

Cuando pensamos en violencia imaginamos guerras, agresiones o terrorismo.

Pero Santo Tomás nos invita a mirar mucho más profundamente.

Existe una violencia anterior.

Es la violencia contra la verdad.

Cuando una ley obliga a llamar bueno a lo malo o malo a lo bueno, comienza una forma de violencia espiritual e intelectual.

La conciencia es presionada.

La razón es silenciada.

La verdad queda subordinada al poder.

Esta violencia suele ser invisible.

No derrama sangre inmediatamente.

Pero destruye lentamente la libertad interior.


Del bien común al interés individual

Uno de los aspectos más originales del pensamiento tomista es su concepción del bien común.

Hoy solemos entender la sociedad como una suma de individuos que buscan satisfacer intereses particulares.

Cada grupo exige nuevos derechos.

Cada persona reclama reconocimiento.

Cada colectivo persigue sus objetivos.

La política termina convirtiéndose en una negociación permanente entre deseos contrapuestos.

Santo Tomás contempla la sociedad desde otra perspectiva.

La comunidad política no existe simplemente para proteger intereses privados.

Existe para conducir a todos hacia el bien común.


¿Qué es realmente el bien común?

El bien común no significa el beneficio de la mayoría.

Tampoco consiste en repartir riqueza.

Ni equivale al bienestar económico.

Es mucho más profundo.

Es el conjunto de condiciones que permiten a todas las personas alcanzar su perfección humana y moral.

Incluye:

  • la justicia;
  • la paz;
  • la seguridad;
  • la libertad verdadera;
  • la familia;
  • la educación;
  • la religión;
  • la virtud.

Una sociedad rica puede no poseer bien común.

Una sociedad tecnológicamente avanzada puede estar moralmente destruida.


El individualismo rompe el tejido social

La cultura contemporánea suele repetir un mensaje constante:

«Haz lo que quieras.»

«Sigue tus deseos.»

«Nadie puede decirte cómo vivir.»

«Tu verdad es tan válida como cualquier otra.»

Este planteamiento parece ofrecer libertad.

En realidad produce aislamiento.

Cuando el interés individual se convierte en el criterio supremo, desaparece el bien común.

Entonces:

  • la familia se debilita;
  • la confianza desaparece;
  • la palabra pierde valor;
  • el compromiso deja de existir;
  • las instituciones se vacían.

Una sociedad donde cada uno busca únicamente su beneficio termina enfrentando a todos contra todos.

Paradójicamente, cuanto más se absolutiza el individuo, más poder necesita el Estado para mantener el orden.

La historia vuelve a demostrarlo.


El papel de la virtud

Santo Tomás jamás creyó que las leyes bastaran para construir una sociedad justa.

La verdadera base de una nación son las virtudes de sus ciudadanos.

Una ley puede prohibir el robo.

Pero no puede fabricar personas honestas.

Puede castigar el homicidio.

Pero no puede enseñar a amar.

Puede sancionar la corrupción.

Pero no puede crear integridad.

Sin virtud, las leyes se multiplican.

Y cuanto más numerosas son las leyes, más evidente resulta la pérdida de la responsabilidad moral.


Cristo no vino solo a salvar almas aisladas

El cristianismo nunca ha entendido la salvación como un asunto exclusivamente privado.

Cristo vino a restaurar toda la creación.

También las relaciones humanas.

También la vida social.

También las instituciones.

Por eso afirma:

«Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura.»
(Mateo 6,33)

La justicia comienza en el corazón.

Pero no termina allí.

Debe reflejarse también en la familia, la economía, la política, la educación y las leyes.


¿Puede existir una democracia injusta?

Esta pregunta incomoda profundamente al pensamiento moderno.

La respuesta cristiana es clara.

Sí.

Una mayoría puede equivocarse.

La verdad no depende del número de votos.

Si mañana una mayoría aprobara perseguir a una minoría inocente, esa decisión seguiría siendo injusta.

La democracia determina quién gobierna.

No determina qué es verdadero.

No determina qué es bueno.

No determina qué es moral.

Por eso la democracia necesita un fundamento ético previo.

Sin él degenera en la dictadura de la mayoría o, peor aún, en la dictadura de quienes controlan la opinión pública.


La conciencia cristiana frente a las leyes injustas

La Iglesia siempre ha enseñado que el cristiano debe respetar las autoridades legítimas.

San Pablo exhorta:

«Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios.»
(Romanos 13,1)

Sin embargo, ese mismo principio tiene un límite.

La autoridad deja de actuar conforme a su misión cuando ordena aquello que contradice gravemente la ley de Dios.

En esos casos, la objeción de conciencia no es un acto de rebeldía caprichosa, sino una expresión de fidelidad al orden moral. El cristiano está llamado a obrar con prudencia, respeto y caridad, pero sin renunciar a la verdad. Los mártires de todos los tiempos son el testimonio más elocuente de que existen bienes que ningún poder humano puede exigir sacrificar.


El positivismo jurídico y la pérdida del sentido de la justicia

Cuando una cultura deja de preguntarse qué es justo y solo pregunta qué es legal, comienza una profunda decadencia moral.

El derecho deja de ser un camino hacia la justicia.

Se convierte en un instrumento de ingeniería social.

Las leyes empiezan a cambiar constantemente porque ya no responden a verdades permanentes, sino a mayorías cambiantes, presiones ideológicas o intereses económicos.

Lo que ayer era un derecho hoy puede dejar de serlo.

Lo que hoy se considera un bien mañana puede ser perseguido.

Esta inestabilidad genera inseguridad jurídica, pero sobre todo una enorme inseguridad moral.

Las personas ya no saben qué creer porque todo parece negociable.


La verdadera libertad necesita la verdad

Una de las mayores confusiones de nuestro tiempo consiste en identificar libertad con ausencia de límites.

Sin embargo, la libertad auténtica no consiste en poder elegir cualquier cosa, sino en poder elegir el bien. Un músico es verdaderamente libre cuando domina su instrumento; un atleta cuando ha disciplinado su cuerpo; un santo cuando, con la gracia de Dios, ha ordenado sus afectos hacia el bien. Del mismo modo, una sociedad es más libre cuanto más vive conforme a la verdad sobre el hombre.

Cristo mismo lo expresó con palabras que conservan toda su fuerza:

«Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.»
(Juan 8,32)

La verdad no esclaviza; libera. En cambio, cuando la ley pretende independizarse de la verdad sobre la persona humana y del orden moral querido por Dios, termina imponiendo por la fuerza lo que ya no puede sostener mediante la razón.


Aplicaciones pastorales para el cristiano de hoy

La reflexión sobre la ley natural no pertenece únicamente a los juristas o a los filósofos. Tiene consecuencias concretas para la vida de todo bautizado.

En primer lugar, estamos llamados a formar rectamente nuestra conciencia a la luz de la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, evitando dejarnos moldear por la opinión dominante o por las modas culturales.

En segundo lugar, debemos promover el bien común comenzando por los ámbitos más cercanos: la familia, la parroquia, el trabajo y la comunidad. La caridad no se opone a la justicia; la perfecciona.

En tercer lugar, es necesario participar responsablemente en la vida pública. El cristiano no puede desentenderse de las leyes ni de las instituciones, pues también ellas influyen en el bien de las personas y en la transmisión de la verdad.

Finalmente, conviene recordar que la transformación de la sociedad comienza con la conversión del corazón. Ninguna reforma jurídica será suficiente si falta la virtud. La gracia de Dios no elimina la naturaleza, sino que la sana y la eleva, haciendo posible una auténtica cultura de la vida, de la justicia y de la paz.

Conclusión: volver al orden de Dios para reconstruir la sociedad

La gran enseñanza de Santo Tomás de Aquino conserva hoy una extraordinaria actualidad: la ley humana no crea el bien, sino que debe reconocerlo y protegerlo. Cuando se separa de la ley natural y de la ley eterna, deja de servir a la justicia y se transforma en un instrumento de poder. Aunque conserve la apariencia de legalidad, pierde su fundamento moral y puede convertirse en una forma de violencia contra la verdad, la conciencia y, finalmente, contra la misma dignidad humana.

El individualismo, al absolutizar el interés personal, debilita el tejido social y hace olvidar que la persona alcanza su plenitud en el bien común. La política deja entonces de ser un servicio para convertirse en una lucha permanente por imponer voluntades. Frente a esta deriva, el pensamiento de Santo Tomás ofrece una propuesta profundamente cristiana: recuperar la centralidad de la verdad, de la virtud y del orden querido por Dios.

La misión de los católicos no consiste en imponer la fe por la fuerza, sino en iluminar la razón con la verdad del Evangelio y en mostrar, con la palabra y el ejemplo, que la ley natural no limita la libertad, sino que la protege. Allí donde las leyes respetan la dignidad de la persona creada a imagen de Dios y orientan la vida social hacia el bien común, florecen la justicia y la paz. Allí donde se rompe ese vínculo con el orden divino, la legalidad termina convirtiéndose en una máscara del poder.

En un mundo donde tantas veces se confunde el deseo con el derecho y la voluntad de la mayoría con la verdad, la enseñanza de Santo Tomás resuena con una fuerza renovada: una sociedad solo será verdaderamente humana cuando reconozca que existe una ley superior a toda legislación humana, una ley escrita por el mismo Dios en el corazón del hombre. Sobre ese fundamento firme puede edificarse una civilización auténticamente justa, libre y abierta al destino eterno para el que fuimos creados.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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