Cuando un pueblo no católico entra en tu tierra: ¿qué debe hacer un católico ante una invasión, la inseguridad y el sufrimiento?

Hay situaciones históricas que obligan a un cristiano a hacerse preguntas incómodas. ¿Qué ocurre cuando una comunidad recibe de repente a decenas de miles de personas procedentes de otro país? ¿Qué debe hacer un católico cuando la llegada irregular de extranjeros desborda la capacidad de una ciudad, aumenta la sensación de inseguridad y altera profundamente la vida cotidiana? ¿Es cristiano pedir el control de las fronteras? ¿Es contrario a la caridad defender la propia ciudad? ¿Debemos abrir las puertas sin condiciones? ¿O, por el contrario, podemos rechazar al extranjero?

Estas preguntas adquieren una extraordinaria actualidad ante lo sucedido en Ceuta. Durante los días 30 y 31 de julio de 2026 se produjo una entrada irregular masiva desde Marruecos. Las informaciones publicadas en los últimos días sitúan la cifra en torno a 72.000 entradas, aunque una gran parte de esas personas regresó posteriormente a Marruecos.

La situación ha generado una profunda preocupación social y de seguridad. Las autoridades han tenido que reforzar la presencia policial y militar, mientras continúan trabajando para recuperar la normalidad.

Pero hay algo que un católico debe evitar desde el principio: convertir una cuestión política, migratoria y de seguridad en un juicio sobre el valor de las personas.

Porque aquí hay dos realidades que pueden —y deben— sostenerse simultáneamente:

El inmigrante es una persona humana que merece respeto, ayuda y caridad.

Y, al mismo tiempo:

Una comunidad política tiene derecho y deber de proteger sus fronteras, su seguridad, su orden jurídico y el bien común.

No existe contradicción entre ambas afirmaciones.

1. Lo primero: no perder la razón ni la caridad

Cuando una situación provoca miedo, el primer peligro espiritual no siempre está fuera de nosotros. A veces está dentro.

El miedo puede convertirse en odio. La preocupación legítima puede convertirse en desprecio. El deseo de seguridad puede transformarse en deseo de venganza.

Y ahí el cristiano debe detenerse.

Cristo no nos permite odiar al extranjero.

Pero tampoco nos ordena ser ingenuos.

El Evangelio dice:

«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39).

El prójimo no deja de ser persona porque haya cruzado una frontera ilegalmente. Tampoco deja de ser criatura de Dios porque pertenezca a otra cultura, hable otra lengua o profese otra religión.

Pero amar al prójimo no significa negar la realidad.

La caridad cristiana no es sentimentalismo. La virtud cristiana no consiste en cerrar los ojos ante el delito, la inseguridad, el desorden o el sufrimiento de las víctimas.

Precisamente porque ama, el cristiano quiere el bien de todos.

Y el bien de todos incluye también a quienes viven legítimamente en la ciudad.

2. El católico no debe confundir inmigrante con delincuente

Este punto es fundamental.

Una persona puede entrar irregularmente en un territorio y, sin embargo, no ser una persona violenta.

Un joven que huye del hambre puede haber cometido una infracción administrativa sin convertirse por ello en un enemigo.

Una madre que escapa de la miseria no puede ser tratada como si fuera responsable de todos los delitos cometidos por otros.

La Iglesia rechaza la discriminación contra las personas por su origen o procedencia. El problema del cristiano no debe ser «¿de qué pueblo procede?», sino «¿qué está ocurriendo y cuál es la respuesta justa?».

Esto es particularmente importante cuando hablamos de Ceuta.

No debemos convertir una crisis migratoria en una acusación colectiva contra los marroquíes, los africanos o los musulmanes.

Pero tampoco debemos caer en el extremo contrario: negar que una entrada masiva e irregular pueda generar problemas reales de seguridad, vivienda, asistencia social, sanidad, orden público o convivencia.

Ambas simplificaciones son falsas.

3. La Sagrada Escritura no enseña una política de fronteras abiertas

Existe una tendencia contemporánea a utilizar algunos textos bíblicos como si resolvieran automáticamente cualquier cuestión política.

No es así.

La Biblia exige hospitalidad hacia el extranjero.

En el Antiguo Testamento encontramos repetidamente la preocupación por el forastero, la viuda y el huérfano.

«No oprimirás al emigrante: vosotros conocéis la suerte del emigrante, porque emigrantes fuisteis vosotros en Egipto» (Ex 23,9).

Y Cristo mismo se identifica con el necesitado:

«Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35).

Esto es profundamente exigente.

El católico no puede mirar al extranjero hambriento y decir: «No me importa».

Pero tampoco podemos interpretar estos textos como si la Sagrada Escritura hubiese abolido la autoridad civil, las fronteras o el orden jurídico.

La Biblia reconoce claramente la existencia de comunidades políticas, autoridades y responsabilidades concretas.

La caridad no elimina la justicia.

La misericordia no destruye el orden.

Y la hospitalidad no equivale a la desaparición de toda norma.

4. La Iglesia reconoce el derecho de los Estados a regular la inmigración

Aquí encontramos una enseñanza especialmente importante del Catecismo de la Iglesia Católica.

El Catecismo afirma que las autoridades civiles deben proteger al extranjero y respetar su dignidad, pero también reconoce que, atendiendo al bien común, pueden establecer condiciones jurídicas para la inmigración y los deberes de quienes llegan respecto del país que los recibe.

Esto desmonta dos errores opuestos.

El primero:

«Como somos cristianos, cualquier persona puede entrar de cualquier manera y el Estado no tiene derecho a impedirlo».

Eso no es doctrina católica.

Pero tampoco lo es:

«Como han entrado ilegalmente, podemos despreciarlos, maltratarlos o negarles toda ayuda».

Tampoco.

La Iglesia coloca las cosas en su sitio:

dignidad humana + justicia + autoridad legítima + bien común + caridad.

Ese equilibrio es mucho más difícil que cualquier eslogan político.

Y precisamente por eso es profundamente católico.

5. ¿Tiene una nación derecho a defenderse?

Sí.

Y no solamente tiene derecho: en determinadas circunstancias, quienes tienen responsabilidad sobre el bien común pueden tener el deber de proteger a la población.

El Catecismo enseña que el bien común fundamenta el derecho a la legítima defensa individual y colectiva.

Más aún, el Catecismo explica que la legítima defensa puede constituir un deber grave para quien tiene responsabilidad sobre la vida de otras personas. La autoridad legítima puede rechazar a los agresores que amenazan a la sociedad confiada a su responsabilidad.

Esto tiene una consecuencia muy importante.

El cristiano que pide:

  • fronteras seguras;
  • control migratorio;
  • identificación de quienes entran;
  • cumplimiento de las leyes;
  • protección de los ciudadanos;
  • actuación contra los delincuentes;
  • devolución o expulsión conforme a la ley cuando corresponda;
  • protección de menores;
  • medios suficientes para policía y servicios públicos;

no está necesariamente actuando contra el Evangelio.

Puede estar reclamando precisamente algo que forma parte del bien común.

6. Pero una frontera no convierte al extranjero en enemigo

Aquí aparece el segundo extremo.

Una frontera delimita un territorio.

No determina quién posee dignidad humana.

El inmigrante que está en Ceuta sigue siendo una persona creada a imagen y semejanza de Dios.

Tiene alma.

Tiene una historia.

Tiene padres.

Quizá tenga hijos.

Tiene miedos.

Tiene necesidades.

Y, aunque no comparta nuestra fe, sigue siendo criatura de Dios.

Por eso el católico debe resistirse a expresiones que deshumanizan.

No debemos hablar de personas como si fueran una plaga, una contaminación o animales.

La indignación contra una situación no debe convertirse en desprecio hacia las personas.

La Iglesia ha advertido precisamente contra formas de racismo y rechazo hacia los extranjeros por su origen étnico o religioso.

7. ¿Y qué hacemos con la inseguridad?

Aquí debemos ser igualmente claros.

Si existen delitos, deben perseguirse.

Si existen agresiones, deben investigarse.

Si existen abusos, deben castigarse.

Si alguien pone en peligro a otra persona, la autoridad debe intervenir.

Y la víctima no pierde importancia porque el agresor sea extranjero.

Esto parece obvio, pero conviene recordarlo.

El cristianismo no obliga a una víctima a fingir que no ha sufrido.

Perdonar no significa negar el delito.

Amar al enemigo no significa impedir que la policía actúe.

La misericordia hacia el delincuente no puede convertirse en crueldad hacia la víctima.

La justicia cristiana exige precisamente que cada persona responda de sus actos.

Por eso debemos evitar dos frases igualmente peligrosas:

«Todos los inmigrantes son delincuentes».

Falso.

Y:

«No podemos hablar de delincuencia porque hacerlo sería xenófobo».

También falso.

El cristiano debe decir la verdad sin odio.

8. El verdadero enemigo no es una raza ni una religión

Esta cuestión es todavía más importante desde una perspectiva católica.

El cristiano sabe que el verdadero combate espiritual no es contra una etnia.

San Pablo lo expresa magníficamente:

«Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6,12).

Por eso un católico tradicional no debería convertir una crisis migratoria en una guerra racial o religiosa.

Puede criticar una política migratoria.

Puede denunciar una frontera descontrolada.

Puede exigir seguridad.

Puede defender la identidad cultural de su pueblo.

Puede pedir que se respete la ley.

Puede incluso considerar profundamente equivocadas determinadas políticas de integración.

Pero no necesita odiar al extranjero.

Porque el odio es una derrota espiritual.

9. Ceuta plantea también una cuestión de responsabilidad política

Una llegada extraordinariamente masiva no puede ser gestionada únicamente desde la solidaridad espontánea de los ciudadanos.

La caridad privada no sustituye al Estado.

Una familia puede acoger a una persona.

Una parroquia puede proporcionar alimentos.

Cáritas puede ayudar.

Un sacerdote puede ofrecer consuelo.

Pero ninguna de esas instituciones puede sustituir indefinidamente las obligaciones de las autoridades.

El Catecismo recuerda que la autoridad política está ordenada al bien común y que la ley y las instituciones deben protegerlo.

Por tanto, un católico puede y debe exigir responsabilidades políticas.

Preguntar:

¿Quién controla la frontera?

¿Quién identifica a las personas?

¿Cómo se protege a los menores?

¿Cómo se garantiza la seguridad?

¿Cómo se determina quién puede permanecer legalmente?

¿Cómo se evita que las redes criminales se aprovechen de los migrantes?

¿Cómo se protege a los vecinos?

¿Cómo se ayuda a quienes verdaderamente necesitan protección?

Estas preguntas no son anticristianas.

Son preguntas de justicia.

10. La Iglesia no puede elegir entre seguridad y caridad

Necesitamos superar una falsa dicotomía.

No tenemos que escoger entre:

«seguridad»

y

«caridad».

Un católico debe reclamar ambas.

Una ciudad segura para sus habitantes.

Y una ciudad donde el extranjero vulnerable no sea abandonado.

Un Estado que controle sus fronteras.

Y una sociedad que no abandone al que llega huyendo del hambre.

Una policía que haga cumplir la ley.

Y ciudadanos que no insulten ni agredan al extranjero.

Una política migratoria firme.

Y procedimientos humanitarios para quienes realmente necesitan protección.

La verdadera doctrina social católica es incómoda precisamente porque no encaja perfectamente en las etiquetas políticas.

11. ¿Qué debe hacer entonces un católico de Ceuta?

Primero: rezar.

No como evasión de la realidad, sino como primer acto de lucidez.

Rezar por los ceutíes.

Rezar por quienes han llegado.

Rezar por los policías y militares.

Rezar por los menores.

Rezar por las víctimas.

Rezar por los gobernantes.

Rezar incluso por quienes hayan cometido delitos.

Porque rezar por ellos no significa justificar sus actos.

Significa recordar que también necesitan conversión.

Segundo: no difundir rumores.

En situaciones de tensión circulan rápidamente vídeos, mensajes y acusaciones.

El cristiano debe tener especial cuidado.

No todo lo que aparece en redes sociales es verdad.

Una mentira compartida miles de veces sigue siendo mentira.

Tercero: ayudar al que realmente necesita ayuda.

Si encuentras a una persona hambrienta, enferma o desamparada, puedes ayudarla.

Pero ayudar no significa asumir competencias que corresponden a las autoridades.

Cuarto: defender la verdad sin odio.

Un católico puede decir:

«Quiero una frontera segura».

Sin decir:

«Odio a los extranjeros».

Puede afirmar:

«Quiero que se cumpla la ley».

Sin afirmar:

«Todos ellos son delincuentes».

Puede decir:

«Quiero que se proteja nuestra ciudad».

Sin negar:

«Que también se respete la dignidad de quienes llegan».

12. Y hay una pregunta todavía más profunda: ¿por qué vienen?

Aquí el cristianismo obliga a mirar más lejos.

Cuando vemos a un joven africano cruzar una frontera, quizá estamos viendo solamente el último capítulo de una historia mucho más larga.

Quizá detrás haya hambre.

Pobreza.

Familias rotas.

Falta de oportunidades.

Corrupción.

Guerras.

Persecución.

Tráfico de personas.

Redes criminales.

Propaganda en redes sociales.

Y también expectativas irreales sobre Europa.

La solución cristiana no puede limitarse a administrar el problema en la frontera.

Tenemos que preguntarnos también:

¿Cómo conseguimos que nadie tenga que jugarse la vida para buscar una vida digna?

Eso requiere cooperación internacional, desarrollo económico, lucha contra las mafias, estabilidad política y vías legales ordenadas.

Pero también requiere algo que Occidente suele olvidar:

evangelización.

Porque una sociedad puede ofrecer prosperidad y seguir dejando al hombre vacío.

13. No olvidemos que el cristiano también tiene una patria

La universalidad católica no significa que las patrias no importen.

La Iglesia es universal.

Pero precisamente por eso puede amar legítimamente las realidades concretas.

La familia.

La ciudad.

La nación.

La cultura.

La lengua.

Las tradiciones.

El patrimonio religioso.

La historia recibida de nuestros antepasados.

Un católico puede amar profundamente España y, al mismo tiempo, amar al extranjero.

No existe contradicción.

La caridad universal comienza muchas veces por las responsabilidades concretas que Dios ha puesto delante de nosotros.

14. Defender nuestra identidad no significa odiar al otro

Esta es quizá una de las cuestiones más delicadas.

Si una sociedad pierde completamente conciencia de quién es, difícilmente podrá integrar a otros.

Europa tiene una historia cristiana.

España tiene una historia profundamente marcada por el cristianismo.

Ceuta forma parte de esa historia.

Las iglesias, las cruces, las fiestas, las procesiones, las imágenes de la Virgen y los santos, las costumbres cristianas y la concepción occidental de la dignidad humana no aparecieron por generación espontánea.

Son parte de una civilización.

Un católico puede querer conservarlas.

Y debe hacerlo sin despreciar al extranjero.

Pero tampoco tiene que avergonzarse de su propia identidad para demostrar que es caritativo.

La verdadera hospitalidad no exige que el anfitrión desaparezca.

15. La respuesta cristiana: firmeza sin odio, caridad sin ingenuidad

Podríamos resumir toda la cuestión en una fórmula:

firmeza sin odio; caridad sin ingenuidad; justicia sin crueldad; misericordia sin relativismo.

Eso es extraordinariamente difícil.

Pero eso es precisamente lo que significa ser cristiano.

Si alguien necesita comida, demos comida.

Si alguien necesita atención médica, ayudemos.

Si alguien está en peligro, protejámoslo.

Si alguien comete un delito, que responda ante la justicia.

Si alguien entra ilegalmente, que las autoridades apliquen la legislación correspondiente con respeto a sus derechos.

Si una frontera está amenazada, que el Estado la proteja.

Si una política pública está fracasando, que los ciudadanos puedan denunciarlo.

Y en todo ello, jamás olvidemos que delante de nosotros hay seres humanos.

16. La última palabra no la tiene ni el miedo ni la política

Quizá la pregunta más importante para un católico no sea:

«¿Qué debo pensar sobre los inmigrantes?»

Sino:

«¿Cómo quiere Cristo que yo actúe ante esta situación?»

Y la respuesta no es sencilla.

Cristo nos pide misericordia.

Pero también verdad.

Nos pide amor.

Pero también justicia.

Nos pide perdonar.

Pero no aprobar el mal.

Nos pide acoger al extranjero.

Pero no nos ordena destruir el orden legítimo de la sociedad.

Nos pide amar a nuestros enemigos.

Pero también nos manda proteger a los débiles.

Por eso, ante una situación como la de Ceuta, el católico no debe dejarse arrastrar ni por la propaganda del miedo ni por la propaganda de la ingenuidad.

Debe conservar la cabeza fría.

Debe informarse.

Debe rezar.

Debe ayudar.

Debe exigir responsabilidades.

Debe defender el bien común.

Y debe recordar siempre que ninguna frontera terrenal puede borrar la verdad fundamental del Evangelio:

«Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Ga 3,26).

La persona que llega desde el hambre necesita misericordia.

La persona que vive en Ceuta necesita seguridad.

La autoridad necesita prudencia.

La sociedad necesita justicia.

Y todos necesitamos conversión.

Porque el desafío cristiano consiste precisamente en no permitir que una situación difícil nos convierta en aquello que combatimos.

Podemos defender nuestras fronteras sin cerrar nuestro corazón.

Podemos exigir seguridad sin cultivar odio.

Podemos amar al extranjero sin abandonar a nuestros vecinos.

Y podemos defender nuestra patria recordando que, por encima de toda patria terrenal, existe una patria definitiva:

el Reino de Dios.

Ahí está la verdadera medida de la respuesta católica.

Ni odio al extranjero.

Ni desprecio de la propia tierra.

Ni ingenuidad.

Ni crueldad.

Sino caridad ordenada por la verdad, justicia iluminada por la fe y firmeza gobernada por la virtud.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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