Vivimos en una época en la que una de las frases aparentemente más inocentes se ha convertido en una de las más peligrosas desde el punto de vista intelectual y espiritual: «Esa es tu verdad».
La expresión parece amable. Evita discusiones. Da la impresión de respetar al otro. Parece incluso una muestra de tolerancia. Sin embargo, cuando se convierte en principio filosófico, encierra una afirmación extraordinariamente profunda: que la verdad no sería algo que descubrimos, sino algo que cada persona construye; que no existiría una realidad objetiva que deba ser conocida, sino tantas «verdades» como individuos; que lo verdadero sería aquello que cada uno siente, piensa o interpreta.
Así nace el virus del subjetivismo.
No se trata simplemente de una corriente filosófica reservada a profesores universitarios. El subjetivismo ha penetrado en la política, la educación, las relaciones personales, las redes sociales, la moral, la familia y, de manera particularmente preocupante, incluso en determinados ambientes religiosos.
«Yo lo veo así».
«Para mí, Dios es…».
«Mi espiritualidad me dice…».
«Yo siento que esto está bien».
«Cada uno tiene su verdad».
«Nadie puede decirme qué es correcto».
«Lo importante es ser fiel a uno mismo».
Son expresiones habituales de nuestra cultura. Algunas pueden tener un significado legítimo en determinados contextos. El problema aparece cuando se utilizan para negar que exista una realidad objetiva independiente de nuestra conciencia.
Porque entonces surge una pregunta que no podemos esquivar:
¿Y si la realidad no tiene la obligación de adaptarse a lo que nosotros pensamos de ella?
La tradición filosófica católica responde con una afirmación sencilla, pero revolucionaria:
La verdad no nace dentro de nosotros. La verdad se descubre.
Y el realismo tomista nos proporciona una de las herramientas intelectuales más sólidas para comprender por qué.
1. El problema comienza cuando confundimos lo que sentimos con lo que es
Imaginemos que una persona mira por la ventana y dice:
«Está lloviendo».
Otra responde:
«Yo siento que no está lloviendo».
¿Tenemos aquí dos verdades?
No.
Tenemos una realidad y dos afirmaciones sobre esa realidad. Una de ellas será verdadera y la otra falsa, independientemente de lo que cada persona sienta.
Si efectivamente está lloviendo, la lluvia no depende de la opinión del observador.
La lluvia existe fuera de su cabeza.
Esto parece elemental. Sin embargo, cuando trasladamos el mismo principio al ámbito moral, antropológico o religioso, muchas personas comienzan a pensar de otra manera.
Una persona puede decir:
«Para mí, el matrimonio significa esto».
Pero el matrimonio no se convierte en una cosa diferente porque alguien tenga una determinada opinión sobre él.
Alguien puede afirmar:
«Yo creo que el ser humano es simplemente materia».
Pero la existencia de una realidad espiritual no depende de que esa persona la reconozca.
Otro puede decir:
«Para mí, Dios no existe».
Pero la existencia de Dios no queda anulada por esa negación.
Aquí encontramos una distinción fundamental:
una cosa es tener una opinión sobre la realidad y otra muy distinta es crear la realidad mediante una opinión.
El subjetivismo confunde ambas cosas.
2. ¿Qué es realmente el subjetivismo?
Podemos definir el subjetivismo, en términos sencillos, como la tendencia a hacer depender la verdad de la experiencia, conciencia, percepción o juicio del sujeto.
El problema no consiste en reconocer que nuestra percepción es limitada.
Eso es evidente.
Tampoco consiste en reconocer que cada persona tiene una historia, una sensibilidad y unas experiencias diferentes.
Eso también es cierto.
El problema comienza cuando pasamos de:
«Yo percibo la realidad de una determinada manera»
a:
«La realidad es aquello que yo percibo».
La primera afirmación reconoce nuestra limitación.
La segunda convierte al sujeto en medida de la realidad.
Y aquí aparece uno de los grandes problemas de la cultura contemporánea: el ser humano ha pasado progresivamente de preguntarse:
«¿Qué es verdadero?»
a preguntarse:
«¿Qué es verdadero para mí?»
El cambio de una pregunta a otra parece pequeño.
No lo es.
La primera pregunta presupone que existe una verdad que debemos descubrir.
La segunda presupone que la verdad puede cambiar según quien responda.
3. «Mi verdad» no es lo mismo que la verdad
Hay una expresión que conviene analizar cuidadosamente:
«Mi verdad».
Puede tener un significado legítimo si con ella queremos decir:
«Esta es mi experiencia personal».
Por ejemplo:
«Mi verdad es que aquella situación me hizo sufrir».
En ese caso hablamos de una experiencia subjetiva real.
Pero la expresión se vuelve problemática cuando significa:
«Mi opinión determina lo que es verdadero».
Porque entonces ya no estamos hablando de experiencia, sino de verdad objetiva.
Y aquí debemos recuperar una distinción fundamental:
Hay cosas que son subjetivas y cosas que son objetivas.
El dolor que experimento es subjetivo en cuanto experiencia personal.
Pero que exista una lesión física puede ser una realidad objetiva.
Mi miedo es una experiencia interior.
Pero que haya un peligro real fuera de mí es otra cuestión.
Mi opinión sobre una persona es subjetiva.
Pero la dignidad objetiva de esa persona no depende de mi opinión.
Mi percepción de Dios puede ser limitada.
Pero Dios no depende de mi percepción.
Esto nos lleva directamente al corazón del realismo.
4. El realismo: el mundo no empieza cuando tú lo miras
El realismo filosófico sostiene una afirmación extraordinariamente sencilla:
La realidad existe independientemente de que yo la conozca.
Una montaña estaba allí antes de que tú nacieras.
El universo existía antes de que tuvieras una opinión sobre él.
Tus padres existían antes de que pudieras comprender quiénes eran.
La ley moral no comenzó cuando tú descubriste que existía.
Dios no comenzó a existir cuando tú empezaste a creer en Él.
Y Cristo no se convirtió en verdadero porque alguien decidiera seguirlo.
La realidad precede a nuestra conciencia.
Nosotros llegamos a un mundo que ya existe.
No somos sus creadores intelectuales.
Somos sus descubridores.
Y esto tiene una consecuencia espiritual enorme:
la vida cristiana no consiste en inventar a Dios, sino en encontrarse con Dios.
5. Santo Tomás de Aquino y la verdad
Aquí aparece la extraordinaria profundidad de Santo Tomás de Aquino.
Para el pensamiento tomista, la verdad tiene una relación fundamental con el ser.
La famosa definición tomista de verdad habla de la «adaequatio intellectus et rei», es decir, la adecuación del intelecto a la realidad.
Dicho de manera sencilla:
conocer la verdad significa que nuestro pensamiento se ajusta a lo que las cosas realmente son.
No hacemos que una cosa sea verdadera porque pensemos que lo es.
Nuestra inteligencia es verdadera cuando reconoce correctamente la realidad.
Si digo:
«Esto es un árbol»
y efectivamente aquello es un árbol, mi juicio es verdadero.
Si digo:
«Esto es un caballo»
cuando realmente es un árbol, mi juicio es falso.
El objeto no ha cambiado.
Lo que necesita ser corregido es mi inteligencia.
Esta idea, aparentemente elemental, es una auténtica bomba contra el subjetivismo.
Porque significa que la realidad tiene autoridad sobre nuestra mente.
No somos nosotros quienes dictamos sentencia sobre el ser.
Es el ser quien pone límites a nuestro pensamiento.
6. La inteligencia humana está hecha para la verdad
La tradición católica no considera la inteligencia humana como un simple instrumento para fabricar opiniones.
La inteligencia tiene una finalidad:
conocer la realidad.
Santo Tomás enseña que el entendimiento humano está ordenado a la verdad.
Por eso sentimos una profunda inquietud cuando descubrimos que hemos vivido en el error.
Y por eso la conversión intelectual puede ser dolorosa.
Porque aceptar la verdad significa a veces reconocer:
«Me equivoqué».
Y esa frase es cada vez más difícil en una cultura que ha convertido la identidad personal en una especie de fortaleza inexpugnable.
Hoy muchas personas prefieren defender una opinión equivocada antes que reconocer que estaban equivocadas.
¿Por qué?
Porque han confundido dos cosas:
estar equivocado y ser menos valioso.
Pero no son lo mismo.
Una persona puede equivocarse y seguir conservando toda su dignidad.
De hecho, reconocer un error puede ser una de las manifestaciones más nobles de la inteligencia.
7. La humildad intelectual es una virtud cristiana
El cristianismo no comienza diciendo:
«Tú ya tienes todas las respuestas».
Comienza diciendo:
«Busca la verdad».
El hombre necesita aprender.
Necesita escuchar.
Necesita estudiar.
Necesita dejarse corregir.
Necesita reconocer sus límites.
Esto no es humillación.
Es humildad.
La humildad intelectual no consiste en pensar:
«No puedo conocer nada».
Consiste en reconocer:
«Puedo conocer la verdad, pero no soy la medida absoluta de ella».
Esta diferencia es fundamental.
El relativista termina diciendo:
«No existe una verdad absoluta».
El realista responde:
«Que tú no puedas comprender completamente una verdad no significa que esa verdad no exista».
8. «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres»
El Evangelio de San Juan contiene una de las afirmaciones más profundas de toda la historia de la humanidad:
«Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
Cristo no dice:
«Inventaréis vuestra propia verdad».
No dice:
«Cada uno tendrá su propia verdad».
Dice:
«Conoceréis la verdad».
La verdad aparece aquí como algo que existe y que puede ser conocido.
Y además existe una relación directa entre verdad y libertad.
Esto es esencial para comprender la crisis contemporánea.
La cultura moderna ha repetido durante décadas que la libertad consiste en poder elegir.
Pero el cristianismo añade una pregunta mucho más profunda:
¿Elegir qué?
Porque una libertad separada de la verdad puede convertirse fácilmente en esclavitud.
9. La libertad necesita la verdad
Imaginemos a un hombre que decide conducir su automóvil ignorando completamente las leyes de la física.
Dice:
«Yo no creo en la gravedad».
Puede sentirse intelectualmente libre.
Pero cuando se arroje desde un edificio descubrirá que la realidad no negocia.
La gravedad no respeta nuestras opiniones.
Lo mismo ocurre con la realidad moral.
Una persona puede decir:
«Yo no creo que determinadas acciones tengan consecuencias».
Pero las consecuencias pueden llegar igualmente.
La libertad no consiste en poder hacer cualquier cosa sin consecuencias.
La libertad consiste en poder elegir el bien conforme a la verdad sobre nosotros mismos y sobre el mundo.
Santo Tomás entiende la libertad desde la inteligencia y el bien.
El hombre quiere porque conoce.
Y quiere verdaderamente cuando conoce un bien verdadero.
Por eso la mentira no libera.
La mentira desorienta.
10. El subjetivismo promete libertad, pero puede producir esclavitud
Aquí encontramos una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Se nos dice:
«Sé tú mismo».
Pero raramente se nos pregunta:
«¿Quién eres realmente?»
Se nos dice:
«Sigue tus sentimientos».
Pero casi nunca se pregunta:
«¿Tus sentimientos están orientados hacia un bien verdadero?»
Se nos dice:
«Haz lo que te haga feliz».
Pero deberíamos preguntar:
«¿Qué es realmente la felicidad?»
La cultura contemporánea suele identificar felicidad con satisfacción.
Pero la tradición cristiana distingue entre placer momentáneo y bien auténtico.
No todo lo que deseo me hace bien.
No todo lo que me hace sentir bien es bueno.
No todo lo que me produce satisfacción me conduce a la felicidad.
Y aquí aparece una verdad profundamente incómoda:
nuestros deseos también necesitan ser educados.
11. No todo sentimiento es una revelación
Uno de los síntomas del subjetivismo contemporáneo es la absolutización de los sentimientos.
«Lo siento, por tanto debe ser verdad».
Pero no funciona así.
El miedo puede ser real sin que aquello que tememos sea realmente peligroso.
Los celos pueden ser intensos sin que exista una infidelidad.
La tristeza puede ser profunda sin que nuestra interpretación de los acontecimientos sea correcta.
La ira puede ser legítima como emoción y, sin embargo, llevarnos a un juicio injusto.
El sentimiento informa, pero no siempre juzga correctamente.
Por eso la tradición cristiana nunca ha enseñado a destruir las emociones.
Las emociones deben ser ordenadas por la razón y perfeccionadas por la gracia.
No somos máquinas.
Pero tampoco somos únicamente sentimientos.
Somos personas dotadas de inteligencia, voluntad, cuerpo y alma.
12. El corazón puede equivocarse
La Escritura es sorprendentemente realista sobre el corazón humano.
El profeta Jeremías afirma:
«Nada hay más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo; ¿quién puede penetrarlo?».
La Biblia no nos enseña a desconfiar de todo lo que sentimos, sino a reconocer que nuestra interioridad puede estar herida y desordenada.
El pecado original ha afectado al hombre.
La inteligencia permanece capaz de conocer la verdad, pero está debilitada.
La voluntad permanece libre, pero está inclinada al mal.
Los deseos pueden desordenarse.
La conciencia puede deformarse.
Por eso la vida espiritual no consiste simplemente en «mirar hacia dentro» y asumir que todo lo que encontremos allí procede de Dios.
No todo pensamiento viene de Dios.
No todo deseo viene de Dios.
No toda emoción es una inspiración del Espíritu Santo.
No toda experiencia interior es una revelación.
Necesitamos discernimiento.
13. El subjetivismo también puede entrar en la vida religiosa
Este punto merece especial atención.
Existe un subjetivismo secular y existe también un subjetivismo religioso.
El primero dice:
«Yo determino lo que es verdadero».
El segundo puede decir:
«Yo determino lo que Dios quiere de mí».
Aparentemente son diferentes.
En realidad pueden tener la misma raíz:
poner al sujeto por encima de la realidad objetiva.
Por ejemplo:
«Yo siento que Dios me perdona, por tanto no necesito confesarme».
Pero el sacramento de la Penitencia no depende de nuestro estado emocional.
Otro puede afirmar:
«Yo siento que esta doctrina ya no tiene sentido».
Pero una doctrina no deja de ser verdadera porque nos resulte difícil.
Otro puede decir:
«Mi conciencia me dice que algo está bien».
Pero la conciencia no crea la ley moral.
La conciencia juzga sobre el bien y el mal.
Y para juzgar correctamente necesita estar formada.
14. La conciencia no es una fábrica de verdad
Este es uno de los errores más importantes de nuestra época.
Se escucha:
«Yo sigo mi conciencia».
La afirmación puede ser correcta si significa:
«Debo actuar según mi conciencia rectamente formada».
Pero es falsa si significa:
«Lo que yo decida que está bien se convierte automáticamente en bueno».
La conciencia no es un legislador soberano.
No inventa la ley moral.
Es el juicio de la razón mediante el cual la persona reconoce la dimensión moral de un acto concreto.
Por eso existe una obligación grave de formar la conciencia.
La ignorancia voluntaria no convierte el error en verdad.
La conciencia necesita ser iluminada por:
- la Revelación;
- la Sagrada Escritura;
- la Tradición;
- el Magisterio de la Iglesia;
- la ley natural;
- la razón rectamente formada;
- la oración;
- la dirección espiritual prudente.
El cristiano no está llamado a obedecer ciegamente sus impulsos.
Está llamado a buscar sinceramente el bien y la verdad.
15. La ley natural: una verdad inscrita en la realidad humana
Aquí el pensamiento tomista ofrece una herramienta extraordinaria para comprender nuestro tiempo.
Santo Tomás explica que existe una participación de la criatura racional en la ley eterna de Dios: eso es la ley natural.
La ley natural no significa simplemente «lo que me parece natural».
Significa que existe un orden objetivo inscrito en la naturaleza humana y cognoscible por la razón.
Por eso determinadas acciones pueden ser objetivamente buenas o malas.
No porque una sociedad las apruebe.
No porque una mayoría vote por ellas.
No porque una persona se sienta cómoda con ellas.
La moral no nace de las encuestas.
La verdad moral no se decide por mayoría.
Una sociedad entera puede equivocarse.
Una mayoría puede aprobar una injusticia.
La historia lo demuestra.
16. Si la mayoría decide la verdad, la verdad deja de existir
Este es uno de los grandes peligros del relativismo.
Si la verdad depende de la mayoría, entonces una mayoría puede convertir una mentira en verdad.
Pero eso es imposible.
Imaginemos una votación:
«¿Es verdadera la afirmación de que dos más dos son cinco?».
Aunque el cien por cien de los habitantes vote «sí», seguirá siendo falsa.
La realidad no funciona democráticamente.
La democracia puede decidir quién gobierna.
Puede establecer determinadas normas prudenciales.
Puede organizar la convivencia.
Pero no puede convertir el mal en bien ni la mentira en verdad.
Por eso incluso la democracia necesita una verdad moral previa.
Sin ella, la democracia corre el riesgo de convertirse en la tiranía de la mayoría.
17. El relativismo moral y la destrucción de la confianza
Una sociedad necesita verdades compartidas.
Necesita creer que existen determinadas cosas que no deben hacerse nunca.
Necesita reconocer la dignidad humana.
Necesita proteger al inocente.
Necesita respetar la palabra dada.
Necesita distinguir entre justicia e injusticia.
Necesita reconocer que existen deberes objetivos.
Cuando todo se convierte en opinión, la confianza comienza a desaparecer.
Porque si no existe verdad objetiva, ¿por qué debería alguien cumplir su palabra cuando dejar de cumplirla le beneficia?
Si la moral es simplemente una construcción personal, ¿por qué debería sacrificarse alguien por otro?
Si la dignidad humana depende de una decisión social, ¿qué impide que una sociedad cambie de criterio?
El cristianismo responde con claridad:
la dignidad humana no procede del Estado, de la mayoría ni de la opinión individual.
Procede de Dios.
El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.
18. El hombre no se inventa a sí mismo
Una de las grandes tendencias culturales contemporáneas consiste en presentar la identidad como una construcción completamente autónoma.
«Yo soy lo que decido ser».
Pero el realismo cristiano comienza en otra dirección:
antes de que tú decidas quién eres, ya eres alguien.
Has recibido una naturaleza.
Has recibido una existencia.
Has recibido una corporeidad.
Has recibido una razón.
Has recibido una voluntad.
Has nacido dentro de una historia.
Has recibido una familia.
Y, sobre todo, eres criatura.
Esta palabra es fundamental:
criatura.
El hombre moderno quiere ser autor absoluto de sí mismo.
El cristianismo le recuerda que no es Dios.
Y paradójicamente, reconocer que somos criaturas no disminuye nuestra dignidad.
La fundamenta.
Porque si somos creados por Dios, nuestra existencia tiene un significado objetivo.
No tenemos que inventar nuestro valor.
Lo hemos recibido.
19. Cristo no vino a confirmar nuestras opiniones
Jesucristo tampoco se presenta en el Evangelio como un terapeuta encargado de validar todo lo que pensamos.
Cristo llama a la conversión.
Dice:
«Convertíos y creed en el Evangelio».
La conversión significa precisamente un cambio de dirección.
Si yo ya fuera perfectamente la medida de la verdad, no necesitaría convertirme.
Pero el cristianismo afirma que puedo estar equivocado.
Puedo estar desordenado.
Puedo necesitar corrección.
Puedo necesitar perdón.
Puedo necesitar gracia.
El Evangelio no viene simplemente a decirnos:
«Todo lo que llevas dentro está bien».
Viene a decir:
«Ven, sígueme».
Y seguir a Cristo significa permitir que Él transforme nuestra mente, nuestra voluntad, nuestros deseos y nuestra vida.
20. San Pablo contra la dictadura de la mentalidad dominante
San Pablo escribe a los Romanos:
«No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto».
La expresión es extraordinariamente actual.
«No os amoldéis a este mundo».
La cultura tiene una enorme capacidad para moldear nuestra percepción de la realidad.
Lo que ayer parecía absurdo puede terminar pareciendo normal.
Lo que ayer provocaba escándalo puede terminar considerándose indiferente.
Lo que ayer era considerado virtud puede terminar siendo presentado como debilidad.
Por eso el cristiano necesita una inteligencia formada.
No basta con tener buenas intenciones.
Necesitamos aprender a pensar cristianamente.
21. Las redes sociales y la fábrica de subjetividades
Las redes sociales han multiplicado este problema.
Cada usuario vive rodeado de un entorno digital diseñado para mostrarle contenidos compatibles con sus preferencias.
Poco a poco puede aparecer una ilusión peligrosa:
«Todo el mundo piensa como yo».
Pero no necesariamente.
El algoritmo puede haber construido una burbuja alrededor de nuestra percepción.
La persona comienza a confundir:
«Esto aparece constantemente en mi pantalla»
con:
«Esto es la realidad».
No es lo mismo.
Las redes sociales pueden amplificar emociones, indignación, miedo, tribalismo y polarización.
Y el subjetivismo encuentra allí un terreno extraordinariamente fértil.
¿Por qué?
Porque muchas plataformas premian la reacción inmediata.
La verdad requiere paciencia.
La indignación es instantánea.
La verdad exige estudiar.
La opinión se puede publicar en diez segundos.
La verdad necesita argumentos.
22. La cultura de la opinión permanente
Nunca habíamos tenido tantos medios para hablar.
Pero hablar mucho no significa pensar bien.
Vivimos en una época en la que prácticamente todo el mundo puede opinar inmediatamente sobre:
- teología;
- medicina;
- historia;
- filosofía;
- política;
- moral;
- ciencia;
- liturgia;
- educación;
- psicología.
El problema no es que las personas tengan opiniones.
El problema es que hemos llegado a confundir tener una opinión con tener conocimiento.
Una opinión puede ser simplemente una impresión.
El conocimiento exige razones.
Por eso el cristiano debería recuperar una cultura de estudio.
Leer.
Preguntar.
Comparar.
Escuchar.
Consultar fuentes fiables.
Conocer la Tradición.
Estudiar el Catecismo.
Leer a los Padres de la Iglesia.
Conocer a Santo Tomás.
Profundizar en la Escritura.
Y, sobre todo, aprender a distinguir entre lo que la Iglesia enseña y lo que alguien afirma en internet sobre lo que la Iglesia enseña.
23. El «yo pienso» no es argumento suficiente
Una de las frases más frecuentes en las discusiones contemporáneas es:
«Yo pienso que…»
Perfectamente.
Pero después debería venir otra pregunta:
«¿Por qué?»
Porque una opinión necesita fundamento.
«Yo pienso que la Iglesia está equivocada».
¿Por qué?
«Yo pienso que esta doctrina es anticuada».
¿Por qué?
«Yo pienso que esto es moralmente correcto».
¿Por qué?
El pensamiento racional no consiste en acumular opiniones.
Consiste en proporcionar razones capaces de sostenerlas.
Y aquí encontramos una gran afinidad entre la fe católica y la razón.
La Iglesia no tiene miedo de la verdad.
Porque toda verdad procede de Dios.
24. La fe católica no es subjetivismo religioso
La fe cristiana no significa:
«Yo siento que Dios existe».
La fe es una respuesta racional y sobrenatural a la Revelación de Dios.
Dios ha hablado.
Dios se ha revelado.
Dios ha entrado en la historia.
Dios ha establecido una alianza.
El Verbo se hizo carne.
Cristo murió y resucitó.
Los Apóstoles recibieron una misión.
La Iglesia recibió el depósito de la fe.
Por tanto, el cristianismo no es una espiritualidad inventada individualmente.
Es una realidad objetiva.
La fe no consiste en construir un Dios personalizado.
Consiste en recibir al Dios verdadero que se ha revelado.
25. «Mi Jesús» y el peligro de fabricar un Cristo a medida
Hay una expresión que puede parecer piadosa:
«Mi Jesús».
Por supuesto, Cristo puede ser amado personalmente.
La relación con Él debe ser profundamente personal.
Pero Cristo no puede ser reinventado.
No podemos fabricar un Jesús que simplemente confirme nuestras preferencias.
Un Jesús que nunca corrige.
Un Jesús que nunca exige.
Un Jesús que jamás habla del pecado.
Un Jesús que no habla del juicio.
Un Jesús que nunca pide sacrificio.
Un Jesús que aprueba absolutamente todo.
Ese Jesús no es el Cristo del Evangelio.
Cristo ama al pecador.
Pero precisamente porque lo ama, lo llama a la conversión.
El amor cristiano y la verdad no son enemigos.
El amor sin verdad se convierte en sentimentalismo.
La verdad sin amor puede convertirse en dureza.
Cristo une ambas cosas perfectamente.
26. La Iglesia no es dueña de la verdad, sino servidora de ella
También aquí debemos precisar.
La Iglesia no inventa la verdad.
No decide qué es verdadero de manera arbitraria.
La Iglesia ha recibido un depósito.
Por eso su misión es custodiarlo, transmitirlo, explicarlo y defenderlo.
La Iglesia no puede cambiar el Evangelio porque cambien las modas culturales.
Del mismo modo que un museo no es propietario de una obra maestra que simplemente puede modificar a voluntad, la Iglesia custodia un tesoro que ha recibido.
San Pablo habla del Evangelio como un depósito que debe ser guardado.
La Tradición católica entiende la Revelación como algo recibido de Dios y transmitido a través de los Apóstoles.
Por eso el cristiano no pregunta únicamente:
«¿Qué pienso yo?»
También pregunta:
«¿Qué ha recibido y enseñado la Iglesia?»
27. Tradición no significa vivir en el pasado
Este punto es especialmente importante para los católicos que aman la tradición.
Defender el realismo no significa rechazar todo lo moderno.
No significa que todo lo antiguo sea automáticamente verdadero ni que todo lo nuevo sea automáticamente falso.
El criterio es otro:
¿Es verdadero?
Una idea puede ser antigua y falsa.
Una idea puede ser reciente y verdadera.
La Tradición católica no es nostalgia.
Es la transmisión viva de la fe recibida de los Apóstoles.
Y precisamente porque la verdad no depende de las modas, puede atravesar los siglos.
Una verdad no envejece porque hayan pasado dos mil años.
Dos más dos sigue siendo cuatro.
Y la verdad sobre Dios tampoco cambia porque cambie una generación.
28. El subjetivismo termina destruyendo incluso el diálogo
Existe una paradoja.
La cultura subjetivista afirma querer tolerancia.
Pero si cada persona posee «su propia verdad», ¿sobre qué fundamento podemos discutir?
Si tú tienes tu verdad y yo la mía, ¿qué significa convencerte?
Nada.
Solo podemos negociar preferencias.
Y entonces el diálogo racional desaparece.
El verdadero diálogo necesita una premisa:
existe una realidad que ambos podemos intentar conocer.
Por eso el realismo es mucho más favorable al diálogo que el relativismo.
Si existe verdad, podemos buscarla juntos.
Podemos equivocarnos.
Podemos corregirnos.
Podemos aprender.
Podemos avanzar.
Pero si la verdad es simplemente una construcción individual, la conversación termina siendo una lucha entre voluntades.
29. La verdad exige conversión
Aquí llegamos a un punto profundamente espiritual.
La verdad no solo informa.
La verdad nos juzga.
Cuando descubrimos una verdad moral, no podemos permanecer completamente neutrales.
Si descubro que algo está mal y continúo haciéndolo deliberadamente, el problema ya no es intelectual.
Es moral.
Por eso Cristo dice:
«Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
Primero está la permanencia en la palabra.
Después viene el conocimiento.
Y finalmente la libertad.
La verdad cristiana no es un objeto de museo.
Es una llamada a vivir de otra manera.
30. El subjetivismo puede convertirse en una defensa del pecado
Aquí aparece una de las razones por las que el subjetivismo resulta espiritualmente peligroso.
A veces no decimos:
«Esto es bueno porque realmente sea bueno».
Lo decimos porque queremos justificar aquello que ya hemos decidido hacer.
Primero deseo algo.
Después busco una teoría que lo justifique.
Primero tomo una decisión.
Después construyo una explicación moral.
Primero peco.
Después intento demostrar que el pecado no existe.
La inteligencia puede convertirse entonces en abogada de la voluntad desordenada.
Santo Tomás comprendió perfectamente la relación entre inteligencia y voluntad.
El hombre puede conocer el bien y, sin embargo, elegir el mal.
Por eso necesitamos no solo formación intelectual.
Necesitamos conversión del corazón.
31. La verdad también puede doler
Una cultura profundamente subjetivista tiende a considerar intolerable cualquier afirmación que produzca incomodidad.
Pero la verdad puede doler.
Un diagnóstico médico puede doler.
Reconocer una equivocación puede doler.
Descubrir que hemos sido injustos puede doler.
Aceptar que debemos pedir perdón puede doler.
Descubrir que una determinada conducta es pecaminosa puede doler.
Pero el dolor de la verdad puede ser medicinal.
Una herida que el médico limpia puede doler más al principio.
Pero precisamente porque quiere curarla.
La verdad cristiana no pretende destruirnos.
Pretende liberarnos.
32. La verdad y la misericordia
Esto permite comprender mejor la verdadera misericordia.
La misericordia no consiste en decir:
«No importa lo que hagas».
Consiste en decir:
«Lo que has hecho puede ser grave, pero la gracia de Dios puede levantarte».
Negar el pecado no es misericordia.
Dejar al pecador encerrado en su pecado tampoco lo es.
La verdadera misericordia une:
verdad + amor + conversión + gracia.
Cristo no humilla al pecador.
Pero tampoco le dice que su pecado no importa.
Le ofrece un camino nuevo.
33. La verdad tiene consecuencias para la educación
Una sociedad que abandona la verdad termina transformando la educación en una mera transmisión de preferencias.
Pero educar significa mucho más que permitir que un niño «se exprese».
Educar significa ayudarle a descubrir la realidad.
Enseñarle a distinguir entre verdadero y falso.
Entre bueno y malo.
Entre justo e injusto.
Entre realidad y apariencia.
Entre deseo y bien.
Entre opinión y conocimiento.
Entre autoridad legítima y manipulación.
Una educación verdaderamente humana necesita formar la inteligencia y la voluntad.
No basta con formar trabajadores eficientes.
Hay que formar personas capaces de buscar la verdad y vivir conforme a ella.
34. La familia es la primera escuela de realismo
La familia tiene una misión extraordinaria.
Un niño aprende desde pequeño que el mundo no gira alrededor de sus deseos.
Tiene que aprender que existen límites.
Que hay horarios.
Que existen obligaciones.
Que otras personas tienen derechos.
Que debe decir la verdad.
Que debe pedir perdón.
Que no puede hacer todo lo que quiere.
Que sus padres pueden corregirlo porque lo aman.
Todo esto es una primera educación en el realismo.
Cuando un niño escucha constantemente:
«No importa lo que hagas, mientras tú seas feliz»,
puede terminar entendiendo que sus deseos son el criterio último del bien.
Pero la educación cristiana dice algo mucho más hermoso:
«Aprende a querer lo que verdaderamente es bueno».
35. La vida espiritual necesita salir del «yo»
Incluso la oración puede convertirse en subjetivismo.
Existe una oración centrada exclusivamente en:
«Dame».
«Haz que me sienta bien».
«Haz que todo salga como quiero».
«Confirma mis decisiones».
Pero la oración cristiana alcanza su cumbre cuando aprendemos a decir:
«Hágase tu voluntad».
Esta frase del Padrenuestro es una auténtica revolución contra el subjetivismo.
No dice:
«Hágase mi voluntad».
Dice:
«Hágase tu voluntad».
Porque Dios es la verdad.
Y nuestra libertad alcanza su perfección cuando nuestra voluntad se une al bien verdadero.
36. La Virgen María: el antídoto contra el subjetivismo
La Virgen María representa exactamente lo contrario del espíritu subjetivista.
Ante el anuncio del ángel, no responde:
«Yo tengo mi verdad».
No responde:
«Yo siento que esto no encaja con mi proyecto».
No intenta imponer su propia interpretación.
Dice:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
María se abre a una verdad que viene de Dios.
Su grandeza consiste precisamente en recibir.
No se fabrica a sí misma.
Recibe una vocación.
Recibe una misión.
Recibe la gracia.
Recibe al Verbo.
Y por eso se convierte en Madre de Dios.
En María descubrimos una verdad fundamental:
la criatura alcanza su grandeza no cuando se convierte en Dios, sino cuando se abandona confiadamente a Dios.
37. San José y la obediencia a una realidad que no controla
También San José ofrece una magnífica lección.
Cuando descubre una situación que no comprende, Dios interviene mediante el ángel.
José no exige controlar absolutamente toda la realidad antes de obedecer.
Confía.
Actúa.
Obedece.
Su grandeza está también en reconocer que la realidad no tiene que someterse a sus planes.
El hombre moderno quiere controlar.
El cristiano aprende a discernir.
El hombre moderno dice:
«Mi proyecto».
El cristiano aprende a decir:
«Señor, ¿qué quieres de mí?»
38. El antídoto: recuperar el amor por la verdad
¿Cómo podemos combatir el virus del subjetivismo?
No basta con criticar a los relativistas.
Hay que formar personas enamoradas de la verdad.
Primero: aprender a preguntar «¿es verdad?»
Antes de compartir algo en redes sociales.
Antes de indignarnos.
Antes de acusar.
Antes de juzgar.
Antes de aceptar una doctrina.
Preguntemos:
¿Es verdad?
Segundo: distinguir hechos de opiniones
No todo lo que circula en internet tiene el mismo valor.
Tercero: estudiar
Un católico que quiere defender su fe necesita conocerla.
Cuarto: leer fuentes primarias
Sagrada Escritura.
Catecismo.
Padres de la Iglesia.
Santo Tomás.
Documentos magisteriales.
Quinto: aceptar la corrección
No necesitamos tener razón siempre.
Necesitamos amar la verdad más que nuestro orgullo.
39. Una práctica espiritual extraordinariamente poderosa: decir «me equivoqué»
Hay una pequeña frase que puede convertirse en una auténtica ascética:
«Me equivoqué».
Decirla sinceramente destruye el orgullo.
Pero también libera.
Porque cuando dejo de necesitar tener siempre razón, puedo empezar a aprender.
El cristiano debería poder decir:
«No lo sé».
«Necesito estudiarlo».
«Quizá me he equivocado».
«Voy a consultar».
«Tienes razón».
«Perdóname».
Estas frases no debilitan al hombre.
Lo hacen intelectualmente humilde.
40. La verdad no es una opinión con más confianza
En una época de redes sociales, una persona puede expresar una opinión con enorme seguridad.
Pero la seguridad psicológica no demuestra la verdad.
Alguien puede estar completamente convencido y estar completamente equivocado.
La verdad no depende de la intensidad con la que afirmamos algo.
Depende de su correspondencia con la realidad.
Por eso debemos aprender una disciplina interior:
no confundir convicción con verdad.
Puedo estar convencido de algo falso.
Y puedo descubrir una verdad que al principio me resulte incómoda.
41. El verdadero pensamiento crítico no consiste en dudar de todo
Hoy se habla mucho de pensamiento crítico.
Pero pensar críticamente no significa sospechar de absolutamente todo.
Eso también puede convertirse en una forma de subjetivismo.
El pensamiento crítico auténtico consiste en:
- analizar;
- distinguir;
- comparar;
- preguntar;
- buscar evidencias;
- utilizar la razón;
- reconocer falacias;
- consultar fuentes;
- aceptar conclusiones aunque no nos gusten.
El objetivo no es terminar diciendo:
«Nada puede conocerse».
El objetivo es llegar a decir:
«Ahora comprendo mejor lo que realmente es».
42. El realismo es una escuela de libertad
El realismo tomista puede parecer, a primera vista, una cuestión abstracta.
No lo es.
Tiene consecuencias concretas.
Si la verdad existe fuera de mi cabeza:
puedo aprender.
Puedo arrepentirme.
Puedo convertirme.
Puedo ser corregido.
Puedo perdonar.
Puedo pedir perdón.
Puedo descubrir que mis deseos no son siempre buenos.
Puedo reconocer que otra persona tiene razón.
Puedo descubrir a Dios.
Puedo recibir la Revelación.
Puedo abandonar una ideología.
Puedo cambiar de vida.
Por eso el realismo no es una prisión.
Es una puerta.
Porque si la realidad existe, yo puedo salir de mí mismo.
43. El gran problema del subjetivismo es que encierra al hombre dentro de sí mismo
Quizá esta sea la mejor manera de resumir todo el problema.
El subjetivismo termina diciendo:
«Solo puedo confiar en mi propia percepción».
Pero si todo está dentro de mí, ¿cómo puedo salir de mí?
¿Cómo puedo conocer realmente al otro?
¿Cómo puedo conocer a Dios?
¿Cómo puedo descubrir una verdad que me contradiga?
¿Cómo puedo aceptar que estaba equivocado?
El realismo abre una ventana.
Me dice:
hay un mundo fuera de mí.
Hay otras personas.
Hay una realidad.
Hay una naturaleza.
Hay un orden moral.
Hay una verdad.
Y, finalmente, hay Dios.
44. La verdad suprema no es una idea: es una Persona
Aquí el cristianismo supera incluso la filosofía.
La filosofía busca la verdad.
La Iglesia anuncia que la Verdad ha venido a nuestro encuentro.
Cristo dice:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Observemos la profundidad de la frase.
Cristo no dice simplemente:
«Yo enseño una verdad».
Dice:
«Yo soy la verdad».
La verdad cristiana no es una fórmula abstracta.
Es Cristo.
Por eso conocer la verdad significa finalmente entrar en relación con Él.
La defensa del realismo tomista no es una simple batalla intelectual.
Es también una preparación para comprender el Evangelio.
Porque si no existe una verdad objetiva, la Revelación se convierte en una opinión religiosa más.
Pero si existe una verdad objetiva, entonces podemos preguntarnos seriamente:
¿Quién es Jesucristo?
Y si Él es realmente quien dice ser, entonces nuestra vida entera debe responder.
45. El cristiano no tiene «su verdad»: tiene una verdad recibida
Esta afirmación puede resultar provocadora:
el cristiano no posee una verdad privada.
Ha recibido una verdad.
Ha recibido un Evangelio.
Ha recibido una fe.
Ha recibido los sacramentos.
Ha recibido una tradición.
Ha recibido una misión.
Y tiene la responsabilidad de custodiar ese depósito sin adulterarlo.
Esto no significa que todos los católicos comprendamos perfectamente todo.
No.
La Iglesia misma reconoce que nuestra comprensión puede profundizar.
Pero una cosa es crecer en la comprensión de una verdad y otra cambiar la verdad para adaptarla a nuestras preferencias.
46. El mundo necesita católicos que sepan decir «esto es verdadero»
En una sociedad cansada del relativismo, el cristiano tiene una misión extraordinaria.
No debe ser simplemente una persona que dice:
«Yo respeto todas las opiniones».
Debe ser una persona capaz de decir, con caridad y humildad:
«Esto es verdadero».
Y también:
«Esto es falso».
«Esto es bueno».
«Esto es malo».
«Esto conduce a la vida».
«Esto destruye al hombre».
Pero debe hacerlo sin arrogancia.
Porque defender la verdad no significa creerse superior a los demás.
La verdad nos hace humildes.
¿Por qué?
Porque la verdad no es nuestra propiedad.
La hemos recibido.
47. Verdad y caridad deben caminar juntas
Hay una tentación en el combate contra el relativismo: convertirse en una persona permanentemente enfadada.
Eso sería un error.
El cristiano no está llamado a ganar discusiones.
Está llamado a ganar almas para Cristo.
San Pablo enseña que debemos vivir la verdad en la caridad.
La verdad sin caridad puede convertirse en una piedra lanzada contra el otro.
La caridad sin verdad puede convertirse en una mentira amable.
Cristo nos enseña algo mucho más difícil:
amar al otro lo suficiente como para no mentirle y amarlo lo suficiente como para no humillarlo.
48. Una guía práctica para combatir el subjetivismo cada día
Podemos convertir todo lo anterior en un pequeño examen cotidiano.
Antes de afirmar algo, pregunta:
1. ¿Estoy describiendo un hecho o expresando una opinión?
2. ¿Qué razones tengo para pensar esto?
3. ¿Estoy dispuesto a aceptar que puedo equivocarme?
4. ¿He consultado fuentes fiables?
5. ¿Estoy confundiendo lo que siento con lo que es?
6. ¿Estoy justificando algo que deseo hacer?
7. ¿Estoy dejando que las redes sociales formen mi visión del mundo?
8. ¿Conozco realmente lo que enseña la Iglesia sobre este asunto?
9. ¿Mi conciencia está correctamente formada?
10. ¿Estoy buscando la verdad o simplemente confirmación?
Esta última pregunta es especialmente importante.
Porque muchas veces no buscamos la verdad.
Buscamos que alguien nos diga que ya tenemos razón.
49. El examen espiritual de la noche
Incluso podemos llevar este combate a la oración nocturna.
Antes de dormir, podemos preguntarnos:
¿Hoy he preferido la verdad a mi orgullo?
¿He reconocido algún error?
¿He juzgado precipitadamente a alguien?
¿He confundido mis sentimientos con la realidad?
¿He buscado realmente la voluntad de Dios?
¿He permitido que una opinión de internet alterara mi paz?
¿He hablado de cosas que realmente no conozco?
¿He estudiado hoy algo que me ayude a conocer mejor mi fe?
¿He pedido a Dios luz para conocer la verdad?
Este examen puede convertirse en una poderosa escuela de humildad.
50. El subjetivismo no se vence solamente con argumentos, sino con santidad
Finalmente debemos recordar algo esencial.
El problema del subjetivismo no es exclusivamente intelectual.
También es espiritual.
El hombre puede rechazar la verdad porque la verdad exige conversión.
Por eso necesitamos gracia.
Necesitamos oración.
Necesitamos sacramentos.
Necesitamos confesión.
Necesitamos dirección espiritual prudente.
Necesitamos formación.
Necesitamos silencio.
Necesitamos adoración eucarística.
Necesitamos leer el Evangelio.
Necesitamos pedir al Espíritu Santo el don de entendimiento y sabiduría.
La inteligencia necesita luz.
Y el corazón necesita purificación.
Conclusión: salir de la prisión del «yo»
El virus del subjetivismo comienza con una frase aparentemente inocente:
«Para mí…»
Y termina construyendo una prisión.
Porque si todo depende de mí, entonces mi mundo se vuelve tan pequeño como mi propia conciencia.
Pero el cristianismo abre las ventanas.
Me dice que existe una realidad fuera de mí.
Que existe una verdad.
Que existe el bien.
Que existe una ley natural.
Que existe una Revelación.
Que existe una Iglesia.
Que existe una historia de salvación.
Que existe una realidad sacramental.
Y, finalmente, que existe Dios.
Santo Tomás nos recuerda que la inteligencia humana está llamada a conocer el ser y que la verdad consiste en la adecuación del intelecto a la realidad.
El Evangelio lleva esta afirmación mucho más lejos.
Porque la Verdad no es solamente algo que debemos conocer.
La Verdad nos ha buscado.
La Verdad tiene rostro.
La Verdad se hizo carne.
La Verdad murió en una cruz.
La Verdad resucitó.
La Verdad nos llama por nuestro nombre.
Por eso, frente al grito contemporáneo de:
«Esta es mi verdad»,
el cristiano no necesita responder con arrogancia:
«Yo tengo la verdad».
Debe responder con humildad:
«La verdad no es mía. La verdad es de Dios, y yo estoy llamado a buscarla, recibirla, vivirla y anunciarla».
Y entonces comprendemos las palabras de Cristo:
«Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».
No porque podamos fabricar una verdad que nos resulte cómoda.
Sino precisamente porque podemos abandonar nuestras propias mentiras.
No porque Dios se adapte a nosotros.
Sino porque nosotros podemos convertirnos a Él.
No porque la realidad tenga que entrar en nuestra cabeza.
Sino porque nuestra inteligencia puede abrirse a la realidad.
Y no porque cada uno tenga que construir su propio camino.
Sino porque Cristo ha dicho:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida».
Ese es el verdadero antídoto contra el subjetivismo.
Salir de uno mismo para encontrar la realidad.
Salir de la opinión para buscar la verdad.
Salir del orgullo para aceptar la corrección.
Salir de la autosuficiencia para recibir la gracia.
Y, finalmente, salir de nosotros mismos para encontrarnos con Dios.