CUANDO LA TIERRA TIEMBLA Y EL CORAZÓN TAMBIÉN: La fe católica ante la catástrofe de un terremoto

Hay experiencias que dividen la vida en un «antes» y un «después».

Un terremoto es una de ellas.

En apenas unos segundos, aquello que parecía firme puede dejar de serlo. Una casa puede convertirse en ruinas. Una calle conocida puede transformarse en un lugar irreconocible. Una familia puede quedar separada. Una persona puede perderlo todo: su hogar, sus bienes, su trabajo o, lo más doloroso, a alguien que amaba.

Y cuando finalmente cesa el movimiento de la tierra, comienza otro movimiento mucho más profundo: el del corazón.

Aparecen las preguntas.

¿Por qué Dios ha permitido esto?

¿Dónde estaba Dios cuando la tierra temblaba?

¿Por qué unos han sobrevivido y otros han muerto?

¿Por qué ha ocurrido precisamente aquí?

¿Qué sentido puede tener tanto sufrimiento?

Para quien ha vivido una catástrofe así, estas preguntas no son una cuestión académica. Son preguntas que pueden surgir entre lágrimas, en medio del miedo, ante una casa destruida o junto al cuerpo de un ser querido.

La Iglesia no responde con frases hechas.

La fe católica no enseña que debamos negar el dolor, fingir que no sucede nada o decir superficialmente que «todo pasa por algo». Tampoco autoriza a afirmar que las víctimas de una catástrofe han sido castigadas por Dios.

La Iglesia propone algo mucho más profundo: entrar en el misterio del sufrimiento con los ojos puestos en Cristo crucificado y resucitado.

Porque cuando la tierra tiembla, puede parecer que todo se derrumba.

Pero para el cristiano hay una verdad que permanece:

Cristo no se derrumba.


1. Lo primero que debe saber un católico: no estás obligado a entenderlo todo

Una de las primeras tentaciones después de una tragedia es buscar inmediatamente una explicación.

El ser humano necesita comprender.

Queremos saber por qué ocurrió, por qué murió determinada persona, por qué una casa resistió y otra no, por qué alguien se salvó y otro quedó atrapado.

La ciencia puede explicar muchas cosas acerca del fenómeno sísmico: las placas tectónicas, el movimiento de las fallas, la magnitud, el epicentro, las ondas sísmicas y los factores que determinan la destrucción.

Pero existe una pregunta que pertenece a otro nivel:

¿Por qué Dios permite que exista un mundo en el que pueden suceder estas cosas?

Aquí la fe católica es profundamente realista.

El Catecismo afirma que la cuestión del mal es «tan apremiante como inevitable, tan dolorosa como misteriosa» y advierte que no existe una respuesta simple. La respuesta cristiana debe contemplar el conjunto de la fe: la bondad de la Creación, el drama del pecado, la Encarnación redentora de Cristo, la acción del Espíritu Santo, la Iglesia, los sacramentos y la llamada a la vida eterna.

Esto significa algo muy importante para quien acaba de sufrir una tragedia:

puedes tener fe y seguir preguntando.

Puedes llorar y tener fe.

Puedes sentir miedo y tener fe.

Puedes no comprender y seguir confiando.

Incluso puedes experimentar momentos de desconcierto espiritual sin haber abandonado necesariamente a Dios.

La fe no consiste en poseer una explicación inmediata para cada acontecimiento.

Consiste en confiar en Dios incluso cuando todavía no comprendemos.


2. ¿Es un terremoto un castigo de Dios?

Esta cuestión debe tratarse con enorme prudencia.

A lo largo de la historia, algunas personas han interpretado determinadas catástrofes como castigos divinos por pecados concretos. La Sagrada Escritura contiene, ciertamente, episodios en los que Dios juzga y castiga el pecado.

Pero eso no nos autoriza a identificar automáticamente una catástrofe concreta con un castigo divino concreto.

Cristo mismo rechazó una interpretación simplista del sufrimiento.

Cuando le hablaron de personas que habían padecido una desgracia, Jesús preguntó:

«¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque padecieron estas cosas?»

Y responde que no.

La enseñanza es fundamental.

No debemos mirar a las víctimas y concluir que eran peores que nosotros.

Un terremoto no nos concede permiso para juzgar la conciencia de quienes han muerto.

Mucho menos para decir a una familia que acaba de perder a un hijo:

«Dios os ha castigado».

Eso no es pastoral.

Eso no es caridad.

Eso no es una aplicación correcta de la doctrina católica.

El católico debe acercarse al que sufre como Cristo se acercaba al sufriente: con misericordia, respeto, presencia y compasión.


3. El mal físico y el misterio de la Providencia

Aquí entramos en uno de los grandes temas de la teología católica.

Existe el mal moral, que procede del pecado y del mal uso de la libertad humana.

Pero también existe el mal físico: enfermedad, terremotos, inundaciones, accidentes, discapacidad, envejecimiento y muerte.

Dios no es autor del pecado.

Y cuando hablamos de una catástrofe natural no debemos imaginar a Dios como alguien que disfruta provocando sufrimiento.

Entonces, ¿qué significa que Dios sea providente?

Significa que Dios sostiene, gobierna y conduce la creación hacia su fin último. El Catecismo enseña que Dios no abandona a sus criaturas y que, en su providencia, puede permitir determinados males sin dejar de ser infinitamente bueno.

Aquí aparece una distinción esencial:

Dios puede permitir un mal sin querer el mal como mal.

Y puede permitirlo porque su Providencia puede sacar bienes que nosotros, desde nuestra limitada perspectiva, todavía no podemos ver.

San Agustín lo expresó con una de las intuiciones fundamentales de la teología cristiana: Dios es tan bueno y poderoso que puede hacer surgir un bien incluso de aquello que ha permitido que suceda.

Pero debemos tener cuidado.

Decir que Dios puede sacar un bien del mal no significa que el mal se convierta en bueno.

La muerte de una persona sigue siendo dolorosa.

La destrucción de una familia sigue siendo una tragedia.

La pérdida de un hogar sigue siendo una pérdida.

La fe no llama bueno al mal.

La fe afirma que el mal no tiene la última palabra.


4. La respuesta definitiva de Dios al sufrimiento tiene un rostro: Jesucristo

Si queremos comprender el sufrimiento cristianamente, no podemos comenzar y terminar con una explicación filosófica.

Tenemos que mirar a Cristo.

Porque Dios no permaneció distante ante el sufrimiento humano.

El Verbo se hizo carne.

Cristo conoció el cansancio.

Conoció el hambre.

Conoció el rechazo.

Conoció la incomprensión.

Lloró ante la tumba de Lázaro.

Experimentó la angustia en Getsemaní.

Fue golpeado.

Fue humillado.

Fue clavado en una Cruz.

Y murió.

Por eso, cuando un cristiano se encuentra frente a una ciudad devastada por un terremoto, puede mirar al Crucificado y decir:

«Dios sabe lo que significa sufrir».

No estamos ante un Dios que contempla el dolor desde lejos.

Estamos ante un Dios que entró en la historia y asumió nuestra naturaleza humana.

La Cruz no explica todos los detalles de cada tragedia.

Pero nos revela algo infinitamente más importante:

Dios puede estar presente incluso allí donde nosotros solamente vemos abandono.


5. La Cruz y la Resurrección: el cristiano no cree en una tragedia sin final

Aquí se encuentra el centro de nuestra esperanza.

Si Cristo solamente hubiera muerto, el cristianismo sería una religión de admirable resignación.

Pero Cristo resucitó.

Por eso San Pablo puede escribir:

«Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Romanos 8,28).

Esta frase no significa que todo lo que sucede sea bueno.

Significa que Dios puede conducir incluso aquello que es doloroso hacia un bien último.

La Resurrección transforma nuestra manera de mirar la muerte.

El cristiano no afirma:

«La muerte no importa».

Afirma:

«La muerte no tiene la última palabra».

Por eso, ante quienes han muerto en un terremoto, la Iglesia no solamente expresa condolencias.

Reza por sus almas.


6. El católico debe rezar por los difuntos

En una sociedad que con frecuencia intenta ocultar la realidad de la muerte, una catástrofe nos la coloca delante de los ojos.

La Iglesia responde recordando una verdad que nunca debe desaparecer:

el hombre ha sido creado para la eternidad.

Cuando alguien muere, el alma comparece ante Dios.

Por eso es una obra de misericordia rezar por los difuntos.

La Santa Misa ofrecida por ellos.

El Rosario.

El Padrenuestro.

El Avemaría.

El «De profundis».

Las oraciones por las almas del purgatorio.

Una sencilla oración puede acompañar espiritualmente a aquellos que ya no podemos abrazar físicamente:

«Dales, Señor, el descanso eterno. Y brille para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén».

No sabemos cuál ha sido el juicio particular de una persona concreta.

Por eso no debemos condenarla.

Pero tampoco debemos caer en el extremo contrario de negar la necesidad de orar por los difuntos.

La caridad continúa más allá de la muerte.


7. Y para quienes han sobrevivido: también hay que cuidar el alma herida

Aquí existe una dimensión pastoral que a veces olvidamos.

Una persona puede haber sobrevivido físicamente y, sin embargo, encontrarse profundamente herida interiormente.

Puede tener miedo de volver a entrar en una casa.

Puede sobresaltarse con cualquier ruido.

Puede sentirse culpable por haber sobrevivido.

Puede preguntarse:

«¿Por qué yo sí y mi hermano no?»

Puede experimentar tristeza, rabia, silencio o incluso una sensación de abandono de Dios.

El católico que acompaña a esa persona debe tener mucho cuidado.

No debe decir:

«No llores».

Debe permitirle llorar.

No debe decir:

«Tienes que ser fuerte».

Debe acompañarla.

No debe decir:

«Dios sabe lo que hace», como una fórmula para cerrar rápidamente la conversación.

Debe, muchas veces, simplemente sentarse a su lado.

La presencia también es una forma de caridad.


8. ¿Puede un cristiano sentir miedo?

Sí.

Y esto es importante.

La virtud cristiana no consiste en no experimentar emociones.

El miedo es una reacción humana natural ante un peligro real.

La cuestión moral no está simplemente en sentir miedo, sino en qué hacemos con ese miedo.

Podemos llevarlo a Dios.

Podemos rezar con miedo.

Podemos decir:

«Señor, tengo miedo. Ayúdame».

Eso también es oración.

Los Salmos están llenos de hombres que claman a Dios desde la angustia.

La fe no siempre comienza diciendo:

«Estoy tranquilo».

A veces comienza diciendo:

«Señor, no puedo más, pero sigo confiando en Ti».


9. La oración del que ha perdido a alguien

Hay dolores que ninguna explicación teológica puede eliminar inmediatamente.

Cuando una persona pierde a su padre, a su madre, a un hijo, a un esposo, a una esposa o a un amigo, no necesita primero una conferencia.

Necesita ser acompañada.

La teología debe estar al servicio de la persona.

Y aquí debemos recordar las palabras del Evangelio:

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados» (Mateo 5,4).

Jesús no dice que los que lloran estén equivocados.

Promete consuelo.

Por eso, si has perdido a alguien en una catástrofe, puedes llorar delante de Dios.

Puedes hablarle de esa persona.

Puedes darle gracias por haberla conocido.

Puedes pedir por su alma.

Puedes pedir ayuda para aceptar su ausencia.

Y puedes esperar volver a encontrarte con ella en Dios.

La esperanza cristiana no consiste en fingir que la separación no duele.

Consiste en creer que la separación no es necesariamente definitiva.


10. El católico debe actuar: la caridad no puede quedarse en palabras

La fe auténtica siempre conduce a la caridad.

Después de un terremoto, no basta con publicar:

«Mis oraciones».

Si podemos hacer algo más, debemos hacerlo.

Donar.

Compartir alimentos.

Ofrecer alojamiento.

Ayudar en la reconstrucción.

Atender a los ancianos.

Ayudar a los niños.

Colaborar con profesionales.

Dar sangre cuando sea necesario y seguro.

Ayudar económicamente a familias afectadas.

Participar en iniciativas parroquiales.

La Iglesia siempre ha entendido que las obras de misericordia forman parte esencial de la vida cristiana.

Un católico no debe contemplar el sufrimiento desde la distancia cuando tiene capacidad real para aliviarlo.

Las manos del cristiano deben convertirse en manos de Cristo.


11. La parroquia debe ser una casa en medio de la catástrofe

En una tragedia, la parroquia puede desempeñar un papel extraordinario.

Puede ser lugar de oración.

Puede ofrecer acogida.

Puede organizar ayuda material.

Puede reunir voluntarios.

Puede acompañar a las familias.

Puede celebrar la Santa Misa por los fallecidos.

Puede administrar los sacramentos.

Puede proporcionar sacerdotes para escuchar confesiones.

Puede acompañar espiritualmente a quienes están aterrorizados.

Y, sobre todo, puede recordar una verdad:

la Iglesia no abandona a sus hijos cuando llega la desgracia.

La respuesta pastoral debe ser integral:

cuerpo y alma.

No sería cristiano atender solamente las necesidades materiales olvidando el alma.

Pero tampoco sería cristiano hablar exclusivamente del alma mientras se ignora a una persona que necesita agua, comida, medicamentos o refugio.

Cristo alimentaba, curaba, consolaba y perdonaba.

La Iglesia debe aprender siempre de su Señor.


12. La prudencia también es una virtud cristiana

Ante una catástrofe debemos rechazar otra falsa idea:

«Si tengo fe, Dios me protegerá».

La confianza en Dios no significa despreciar las medidas de seguridad.

Si existe riesgo de derrumbe, debemos alejarnos.

Si las autoridades ordenan evacuar, debemos evacuar.

Si los expertos recomiendan determinadas medidas, debemos escucharlos.

Construir edificios resistentes.

Preparar mochilas de emergencia.

Conocer las rutas de evacuación.

Ayudar a las autoridades.

Seguir las instrucciones de los equipos de rescate.

Todo esto es compatible con la fe.

De hecho, forma parte de la virtud de la prudencia.

La fe no sustituye la responsabilidad.

La gracia no destruye la naturaleza.

La perfecciona.


13. También debemos cuidar nuestra conducta en las redes sociales

Vivimos una realidad nueva.

Durante una catástrofe, las redes sociales pueden convertirse en una herramienta magnífica para localizar personas, pedir ayuda y transmitir información.

Pero también pueden convertirse en una fábrica de miedo.

Rumores.

Vídeos falsos.

Imágenes de cadáveres.

Información sin verificar.

Cifras inventadas.

Profecías apocalípticas.

Mensajes que atribuyen inmediatamente el terremoto a determinados pecados.

Un católico debe practicar la prudencia también en internet.

No todo lo que emociona debe compartirse.

Antes de publicar algo debemos preguntarnos:

¿Es verdadero?

¿Es necesario?

¿Puede perjudicar a alguien?

¿Respeta la dignidad de las víctimas?

¿Estoy ayudando o simplemente buscando llamar la atención?

En medio de una tragedia, la caridad también consiste en saber guardar silencio.


14. El terremoto como llamada a la conversión

Existe finalmente una dimensión espiritual que no debemos ignorar.

Un terremoto puede recordarnos de manera dramática que nuestras seguridades terrenas son frágiles.

Jesús utilizó la imagen de una casa construida sobre roca.

Podemos tener dinero.

Una vivienda.

Una profesión.

Prestigio.

Planes.

Proyectos.

Pero todo eso puede desaparecer.

Entonces surge la pregunta decisiva:

¿Sobre qué he construido mi vida?

Porque tarde o temprano llegará para todos un «terremoto» definitivo: nuestra propia muerte.

Y no sabemos cuándo.

Por eso una catástrofe puede convertirse también en una llamada a ordenar nuestra vida.

Volver a confesarnos.

Reconciliarnos con alguien.

Abandonar un pecado.

Volver a la Santa Misa.

Recuperar la oración.

Rezar diariamente el Rosario.

Poner nuestra familia bajo la protección de la Virgen.

Aprender nuevamente a vivir para Dios.

No porque pensemos que el terremoto ha sido necesariamente enviado como castigo.

Sino porque cada acontecimiento que nos recuerda la fragilidad de la vida puede ayudarnos a recuperar la perspectiva de la eternidad.


15. «Aunque tiemble la tierra, no temeré»

El Salmo proclama:

«Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra» (Salmo 46,2-3).

Estas palabras adquieren una fuerza extraordinaria después de un terremoto.

No significan que el cristiano no vaya a sentir miedo.

Significan que el miedo no tiene por qué convertirse en desesperación.

Puede temblar la tierra.

Puede temblar nuestro cuerpo.

Puede temblar nuestra casa.

Puede temblar nuestro corazón.

Pero Dios sigue siendo Dios.


16. Y cuando el terremoto haya terminado, comienza otra etapa

Hay una tendencia natural a pensar que la tragedia termina cuando dejan de producirse las réplicas.

Pero para muchas personas comienza entonces otra batalla.

Reconstruir.

Encontrar vivienda.

Volver al trabajo.

Enterrar a los muertos.

Atender a los heridos.

Superar el miedo.

Reconstruir las familias.

Volver a dormir.

Volver a entrar en una casa.

Volver a celebrar.

Volver a rezar.

Y aquí la Iglesia debe permanecer.

No solamente durante las primeras horas.

No solamente cuando aparecen las cámaras.

No solamente cuando la tragedia es noticia.

La caridad cristiana debe tener memoria.

El acompañamiento pastoral puede durar meses y años.

Porque hay heridas que tardan mucho tiempo en cicatrizar.


17. Una palabra especialmente para quien ha sufrido

Si tú has vivido un terremoto y has perdido tu casa, tus bienes o a una persona querida, quizá ahora mismo no tengas respuestas.

No tienes que tenerlas todas.

Si estás enfadado con Dios, háblale.

Si tienes miedo, háblale.

Si lloras, llora delante de Él.

Si no puedes rezar, dile simplemente:

«Señor, aquí estoy».

Eso ya puede ser una oración.

No pienses que Dios te ha abandonado porque no comprendes lo sucedido.

No confundas el silencio de Dios con su ausencia.

Cristo mismo, en la Cruz, pronunció palabras de abandono y, sin embargo, estaba realizando precisamente allí la obra suprema de nuestra Redención.

Tu sufrimiento no significa que Dios haya dejado de amarte.

Y aunque ahora no puedas comprender por qué ha sucedido, puedes pedir la gracia de atravesarlo acompañado por Él.


Cuando todo se derrumba, Cristo permanece

Un terremoto puede destruir edificios.

Puede romper carreteras.

Puede separar familias.

Puede dejar ciudades enteras heridas.

Pero no puede destruir la dignidad de una persona.

No puede destruir el amor.

No puede destruir la oración.

No puede destruir la caridad.

Y, para quien vive en Cristo, tampoco puede destruir la esperanza.

La fe católica no promete que nunca sufriremos.

Promete algo infinitamente mayor:

que nuestro sufrimiento puede ser unido al de Cristo y que la muerte no tendrá la última palabra.

Por eso el cristiano puede llorar y esperar.

Puede sufrir y amar.

Puede tener miedo y confiar.

Puede caer de rodillas entre los escombros y seguir rezando.

Puede mirar una iglesia dañada y recordar que Dios no está encerrado en sus paredes.

Puede perder una casa y descubrir nuevamente cuál es su verdadera morada.

Puede perder bienes y comprender que existe un tesoro que nadie puede robar.

Puede incluso enfrentarse a la muerte y recordar las palabras de San Pablo:

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?» (Romanos 8,35).

La respuesta del Apóstol es clara: nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Jesucristo.

Por eso, cuando la tierra vuelva a temblar —y cuando nuestras propias seguridades vuelvan a temblar— debemos recordar dónde está nuestra verdadera roca.

No está en nuestros bienes.

No está en nuestras fuerzas.

No está en nuestra capacidad de controlarlo todo.

Está en Cristo.

Y desde esa certeza, el católico debe mirar al que sufre y acercarse.

Debe rezar.

Debe ayudar.

Debe consolar.

Debe ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debe acudir a los sacramentos.

Debe cuidar a los vivos.

Debe recordar a los muertos.

Debe reconstruir.

Debe esperar.

Y, finalmente, debe ponerlo todo en las manos de Dios.

Porque quizá no podamos comprender por qué la tierra ha temblado.

Pero sí sabemos quién permanece cuando todo tiembla:

Jesucristo, nuestra Roca, nuestro Redentor y nuestra esperanza.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre» (Hebreos 13,8).

Cuando todo lo demás se mueve, Él permanece.

Oración por las víctimas de un terremoto

Señor Dios, Padre de misericordia,

ponemos ante Ti a todos aquellos que han sufrido esta terrible catástrofe.

Recibe en tu Reino a quienes han muerto y concédeles el descanso eterno.

Consuela a quienes lloran la pérdida de sus familiares.

Sostén a quienes han quedado heridos.

Protege a quienes todavía buscan a sus seres queridos.

Fortalece a los equipos de rescate, a los médicos, enfermeros, bomberos, policías, sacerdotes, voluntarios y a todos aquellos que trabajan para aliviar el sufrimiento.

Dale a tu pueblo generosidad para compartir, fortaleza para servir y paciencia para reconstruir.

A quienes han perdido su hogar, dales esperanza.

A quienes han perdido sus bienes, dales confianza.

A quienes han perdido a alguien amado, dales el consuelo de tu presencia.

Y a quienes se sienten abandonados, muéstrales que Tú nunca abandonas a tus hijos.

Santa María, Madre Dolorosa, que permaneciste junto a la Cruz de tu Hijo, permanece también junto a todos los que hoy lloran.

Enséñanos a permanecer junto al que sufre.

Enséñanos a no buscar explicaciones fáciles.

Enséñanos a confiar cuando no comprendemos.

Enséñanos a convertir el dolor en oración y la oración en caridad.

Y cuando llegue nuestra propia hora, concédenos morir en tu gracia y alcanzar la vida eterna.

Por Jesucristo nuestro Señor.

Amén.

Acerca de catholicus

Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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