Hay santos que parecen pertenecer a una época concreta. Y hay otros cuya vida, cuanto más tiempo pasa, más incómodamente actual resulta.
San Francisco de Asís pertenece a este segundo grupo.
Han pasado ocho siglos desde su muerte y, sin embargo, su figura continúa provocando admiración, interrogantes e incluso controversias. Se le presenta como amante de la naturaleza, amigo de los animales, hombre de paz, defensor de los pobres o precursor de una determinada sensibilidad ecológica. Todo ello contiene elementos verdaderos. Pero, si nos quedamos solamente ahí, corremos el riesgo de perder al verdadero Francisco.
Porque san Francisco de Asís no fue, ante todo, un ecologista, un reformador social, un pacifista moderno ni un filántropo.
San Francisco fue un hombre conquistado por Jesucristo.
Y precisamente por eso fue pobre, humilde, penitente, fraterno, amante de los necesitados, pacificador, contemplativo y profundamente unido a la creación.
Su secreto no estaba en una ideología.
Estaba en el Evangelio.
Su vida puede resumirse en una pregunta que continúa siendo tremendamente actual:
¿Qué sucedería si un cristiano tomara realmente en serio las palabras de Jesucristo?
Francisco intentó responder a esa pregunta con toda su existencia.
1. ¿Quién fue san Francisco de Asís?
San Francisco nació en Asís, en Italia, hacia 1181-1182, en una familia acomodada. Su padre, Pietro Bernardone, era un próspero comerciante de telas.
Francisco conoció desde joven una vida confortable. Tenía posibilidades económicas, prestigio social y un futuro aparentemente asegurado.
Pero Dios tenía otros planes.
Su juventud estuvo marcada por el deseo de gloria, la alegría de vivir, las fiestas y también por su participación en conflictos militares entre ciudades italianas. Llegó a ser hecho prisionero y posteriormente padeció una enfermedad.
Aquellas experiencias comenzaron a provocar en él una transformación interior.
Lo que antes le parecía atractivo comenzó a perder su brillo.
Y aquello que anteriormente le producía rechazo empezó a adquirir un significado completamente diferente.
Entre las experiencias decisivas de su conversión se encuentra su encuentro con los leprosos.
El propio Francisco recordaría posteriormente que aquello que antes le resultaba amargo se convirtió, por gracia de Dios, en dulzura.
Aquí encontramos ya una de las claves de toda su espiritualidad:
la conversión cristiana no consiste simplemente en cambiar de ideas; consiste en permitir que Cristo transforme aquello que amamos, aquello que tememos y aquello que somos capaces de entregar.
2. «El Señor me concedió comenzar a hacer penitencia»
Francisco no se convirtió en un día como consecuencia de una emoción pasajera.
Su conversión fue un camino.
Comenzó a buscar la oración, la soledad, la penitencia y la misericordia.
Poco a poco fue descubriendo que Cristo le llamaba a abandonar una existencia centrada en sí mismo para vivir radicalmente el Evangelio.
Uno de los acontecimientos decisivos tuvo lugar ante el Crucifijo de San Damián.
Según la tradición franciscana, Francisco escuchó allí la llamada:
«Francisco, ve y repara mi Iglesia».
Esta frase ha sido interpretada de muchas maneras. Pero hay algo fundamental que no debemos olvidar.
Francisco no entendió esa llamada como una autorización para crear una Iglesia diferente.
No quiso fundar una nueva religión.
No quiso separarse de la Iglesia.
No quiso convertirse en un reformador independiente.
Su respuesta fue vivir el Evangelio dentro de la Iglesia.
De hecho, cuando la fraternidad comenzó a crecer, Francisco acudió a Roma para presentar su forma de vida al papa Inocencio III. Benedicto XVI subrayó precisamente este aspecto: Francisco comprendió que el carisma recibido del Espíritu Santo debía ponerse al servicio de la Iglesia, Cuerpo de Cristo.
Esto resulta especialmente importante para comprender al auténtico santo.
La verdadera reforma católica comienza por la conversión y la santidad, no por la ruptura con la Iglesia.
3. El momento decisivo: escuchar el Evangelio
En 1208, Francisco escuchó en la iglesia de Santa María de los Ángeles el Evangelio del envío de los Apóstoles.
Cristo enviaba a sus discípulos a anunciar el Reino.
Francisco entendió que aquellas palabras también podían dirigirse a él.
Y decidió vivirlas.
Pobreza.
Predicación.
Penitencia.
Conversión.
Confianza absoluta en la Providencia.
Fraternidad.
Amor a Cristo.
No se trataba para él de admirar el Evangelio.
Se trataba de vivirlo.
Comenzaron a unirse otros hombres y nació una fraternidad.
En 1209 Francisco marchó a Roma con sus primeros compañeros y presentó al papa el proyecto de vida evangélica. El movimiento fue creciendo hasta convertirse en una de las grandes familias religiosas de la Iglesia.
Aquí encontramos una enseñanza extraordinaria para nuestros días.
Vivimos en una época en la que muchas personas conocen palabras cristianas, conceptos teológicos, debates eclesiales e incluso controversias litúrgicas.
Pero san Francisco nos obliga a formular una pregunta mucho más sencilla:
¿Estoy viviendo realmente aquello que digo creer?
4. Francisco y la pobreza: mucho más que vivir con poco
Probablemente ningún aspecto de la vida de san Francisco ha sido tan malinterpretado como su pobreza.
Francisco no era simplemente un hombre que poseía pocas cosas.
La pobreza franciscana tenía una dimensión profundamente cristológica.
Francisco quería parecerse a Cristo.
Y Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros.
San Pablo lo expresa de una manera extraordinariamente profunda:
«Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para enriqueceros con su pobreza.»
2 Corintios 8,9
La pobreza de Francisco nace, por tanto, de la Encarnación.
Dios se hizo hombre.
El Verbo eterno asumió nuestra naturaleza.
El Hijo de Dios quiso entrar en nuestra pobreza humana.
Francisco quiso responder a ese amor mediante una vida de desprendimiento.
Por eso su pobreza no era desprecio de la materia.
Tampoco era odio hacia las riquezas.
Y mucho menos significaba que la pobreza material fuese automáticamente una virtud independientemente de la caridad.
La pobreza cristiana significa fundamentalmente no convertir los bienes creados en nuestro dios.
5. La pobreza como libertad
Esta enseñanza resulta tremendamente actual.
Nuestra época posee una cantidad de bienes materiales que Francisco jamás habría podido imaginar.
Tenemos más objetos.
Más información.
Más entretenimiento.
Más posibilidades.
Más capacidad de viajar.
Más tecnología.
Más formas de comunicación.
Y, sin embargo, el hombre contemporáneo puede encontrarse interiormente esclavizado.
Puede ser esclavo de la aprobación.
Del dinero.
Del teléfono.
De las redes sociales.
De la imagen.
Del consumo.
Del entretenimiento.
Del deseo constante de adquirir algo nuevo.
San Francisco plantea una pregunta incómoda:
¿Poseemos nosotros las cosas o son las cosas las que nos poseen a nosotros?
La auténtica pobreza cristiana no consiste necesariamente en vivir sin nada.
Consiste en poder decir:
«Todo lo que tengo procede de Dios y debe estar ordenado hacia Dios.»
6. El encuentro con los leprosos: amar a Cristo en el necesitado
Francisco descubrió algo esencial:
Cristo se encuentra también en el pobre, en el enfermo, en el marginado.
Pero conviene entender correctamente esta afirmación.
Francisco no amaba al pobre simplemente porque fuera pobre.
Lo amaba porque veía en él a una persona creada por Dios y llamada a la salvación.
La dignidad del hombre no depende de su utilidad económica.
No depende de su inteligencia.
No depende de su belleza.
No depende de su productividad.
No depende de su estado social.
La dignidad humana procede, en último término, de Dios.
Por eso la caridad franciscana no puede reducirse a filantropía.
La filantropía puede dar alimentos.
La caridad cristiana da alimentos, pero además reconoce en el necesitado a un hermano.
Puede dar dinero.
Pero también mira a los ojos.
Puede construir instituciones.
Pero también toca la herida.
Puede defender derechos.
Pero además anuncia la dignidad eterna de la persona.
7. San Francisco y Cristo crucificado
Si queremos comprender a Francisco, debemos mirar al Crucificado.
No al Francisco sentimental.
No al Francisco convertido en símbolo cultural.
No al Francisco reducido a un protector de animales.
Al Francisco enamorado de Cristo crucificado.
En 1224, en el monte de La Verna, Francisco recibió los estigmas.
Benedicto XVI explicó que este acontecimiento expresaba su íntima identificación con Cristo crucificado.
Los estigmas no constituyen un simple fenómeno extraordinario.
Teológicamente, deben contemplarse dentro del misterio de la configuración con Cristo.
San Pablo escribe:
«Estoy crucificado con Cristo; vivo, pero ya no soy yo, sino que Cristo vive en mí.»
Gálatas 2,20
Francisco quiso hacer realidad estas palabras.
No pretendió simplemente imitar exteriormente determinados aspectos de Jesús.
Quería que toda su existencia quedara configurada con Él.
8. Los estigmas: una vida configurada con Cristo
Existe aquí una profunda enseñanza espiritual.
Todos los cristianos estamos llamados a configurarnos con Cristo.
Pero esa configuración pasa por la Cruz.
No existe santidad auténtica sin conversión.
No existe conversión sin renuncia.
No existe caridad perfecta sin sacrificio.
No existe Resurrección sin Cruz.
Por eso la espiritualidad de Francisco no es una espiritualidad superficialmente alegre.
Su alegría nace de haber encontrado a Cristo.
Y precisamente por eso puede existir incluso en medio del sufrimiento.
La alegría cristiana no significa que nunca suframos.
Significa que el sufrimiento ya no tiene la última palabra.
La última palabra pertenece a Cristo.
9. «La perfecta alegría»
Uno de los grandes tesoros de la espiritualidad franciscana es la enseñanza sobre la perfecta alegría.
Francisco explica a sus hermanos que la verdadera alegría no depende de circunstancias externas.
Podemos tener éxito y no ser felices.
Podemos tener dinero y no tener paz.
Podemos ser reconocidos y sentirnos profundamente vacíos.
Podemos poseer muchas cosas y carecer de Dios.
La perfecta alegría tiene otro fundamento:
Cristo.
Por eso Francisco podía aceptar incomprensiones, dificultades, humillaciones y sufrimientos sin abandonar la esperanza.
La alegría cristiana no es ingenuidad.
Es fruto de la caridad.
10. San Francisco y la humildad
Francisco entendió algo que nuestra cultura tiene enormes dificultades para aceptar:
no somos Dios.
Parece una afirmación evidente.
Sin embargo, buena parte de la cultura contemporánea está construida alrededor de la autonomía absoluta del individuo.
«Yo decido.»
«Yo determino.»
«Yo soy la medida.»
«Yo establezco mi verdad.»
El Evangelio propone algo completamente diferente.
El hombre es criatura.
Dios es Creador.
El hombre recibe.
Dios da.
El hombre depende.
Dios es absoluto.
Esta dependencia no constituye una humillación del hombre.
Al contrario.
Reconocer que somos criaturas es recuperar nuestra verdadera dignidad.
La humildad franciscana no consiste en pensar que no valemos nada.
Consiste en saber que todo lo bueno que tenemos lo hemos recibido.
11. «Bienaventurados los pobres»
Jesús proclama:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.»
Lucas 6,20
Esta frase no debe interpretarse como una glorificación de la miseria.
La Iglesia no enseña que la pobreza material sea buena en cuanto sufrimiento.
El cristiano debe combatir la miseria, la injusticia y la exclusión.
Pero Jesús revela algo mucho más profundo:
el corazón que reconoce su dependencia de Dios está preparado para recibir el Reino.
Francisco comprendió radicalmente esta enseñanza.
Su pobreza era una forma de disponibilidad.
Al no vivir centrado en la posesión, podía entregarse.
Al no estar preocupado por acumular, podía compartir.
Al no buscar prestigio, podía servir.
12. San Francisco y la Iglesia
Este punto merece especial atención.
En ocasiones se ha presentado a Francisco como si hubiera sido una especie de revolucionario enfrentado a la Iglesia institucional.
No fue así.
Francisco amó profundamente a la Iglesia.
Amó los sacramentos.
Amó la Eucaristía.
Amó el sacerdocio.
Amó al Papa.
Amó la predicación.
Amó la liturgia.
Y quiso que su movimiento permaneciera dentro de la Iglesia.
Su reforma no consistió en decir:
«La Iglesia está equivocada y yo tengo una Iglesia mejor.»
Consistió en decir:
«Necesito convertirme y vivir el Evangelio.»
Aquí existe una enorme lección pastoral.
La Iglesia necesita continuamente renovación.
Pero la renovación auténticamente católica no consiste en inventar otro cristianismo.
Consiste en regresar a Cristo.
13. San Francisco y la Eucaristía
La espiritualidad franciscana es profundamente eucarística.
Francisco contemplaba con enorme reverencia el misterio de Cristo hecho presente en la Eucaristía.
Su admiración ante la Encarnación se prolongaba en su admiración ante el Sacramento.
El mismo Cristo que tomó carne en Belén se hace realmente presente bajo las especies sacramentales.
Por eso Francisco exhortaba a los sacerdotes y a los fieles a tratar con enorme reverencia el Santísimo Sacramento.
Aquí encontramos una corrección importante frente a una espiritualidad reducida a la naturaleza.
El centro de Francisco no era la naturaleza.
El centro era Cristo.
Y Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía.
La creación conduce al Creador.
La pobreza conduce a Cristo.
La fraternidad conduce a Cristo.
La caridad conduce a Cristo.
La oración conduce a Cristo.
Y la Eucaristía nos introduce sacramentalmente en el misterio de Cristo.
14. San Francisco y la Virgen María
Francisco tenía una profunda devoción a la Santísima Virgen.
La Porciúncula, lugar decisivo en su vida, estaba dedicada a Santa María de los Ángeles.
Francisco veía en María el modelo perfecto de criatura totalmente disponible a Dios.
María había dicho:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Lucas 1,38
Francisco quiso vivir esa misma disponibilidad.
No anteponerse a Dios.
No imponer su voluntad.
No buscar su propia gloria.
Sino decir:
«Señor, ¿qué quieres que haga?»
Esta debería ser también una de las preguntas fundamentales de todo cristiano.
15. San Francisco y santa Clara
La historia de Francisco no puede comprenderse plenamente sin santa Clara de Asís.
Clara nació también en Asís, en una familia noble, pero quedó profundamente impresionada por la predicación y el ejemplo de Francisco.
Renunció a una vida acomodada y comenzó un camino de consagración a Dios.
De esta experiencia nació la Segunda Orden franciscana, las Hermanas Pobres, conocidas posteriormente como Clarisas.
La relación espiritual entre Francisco y Clara constituye uno de los ejemplos más hermosos de cómo un carisma puede suscitar diferentes formas de vocación.
No se trataba de copiar mecánicamente una vida.
Se trataba de responder al mismo Cristo desde diferentes vocaciones.
16. Los franciscanos y la evangelización
El movimiento franciscano tuvo una enorme importancia en la evangelización de Europa y posteriormente del mundo.
Los hermanos fueron enviados a predicar.
Pero la predicación franciscana no debía reducirse a discursos.
La vida misma debía convertirse en anuncio.
Esta es una cuestión extraordinariamente actual.
El mundo contemporáneo no necesita solamente cristianos capaces de discutir.
Necesita cristianos capaces de vivir.
Personas que recen.
Personas que perdonen.
Personas que sirvan.
Personas que sean honestas.
Personas que amen a sus familias.
Personas que frecuenten los sacramentos.
Personas que sepan sacrificarse.
Personas que sepan pedir perdón.
Personas que vivan sin vergüenza su fe.
La santidad es también una forma de evangelización.
17. San Francisco, la paz y el famoso «Paz y bien»
Francisco está profundamente asociado con la paz.
Pero aquí debemos realizar una precisión teológica importante.
La paz franciscana no es simplemente ausencia de conflictos.
Tampoco es una especie de armonía cósmica.
Mucho menos es una concepción panteísta según la cual Dios y la naturaleza serían una misma realidad.
La paz de Francisco es la paz de Cristo.
El propio papa Francisco lo explicó con claridad en Asís: la paz franciscana procede de Cristo y pasa por la Cruz; no es una armonía sentimental ni una espiritualidad de «energías del cosmos».
Cristo dijo:
«Os dejo la paz, mi paz os doy.»
Juan 14,27
Esa es la paz que Francisco quiso recibir.
Y esa es la paz que también necesitamos nosotros.
18. Paz interior antes que paz exterior
Resulta imposible construir una verdadera paz social si el corazón humano está dominado por el odio, la soberbia, la avaricia y el resentimiento.
La paz empieza dentro.
Pero tampoco termina dentro.
El cristiano pacificado se convierte en pacificador.
Por eso Francisco no se limita a pedir que no haya guerras.
Nos invita a preguntarnos:
¿Soy yo causa de paz?
¿En mi familia?
¿En mi matrimonio?
¿En mi trabajo?
¿En mi parroquia?
¿En Internet?
¿En las redes sociales?
¿En las discusiones políticas?
¿En las discusiones religiosas?
¿En las conversaciones con quienes piensan diferente?
Puede resultar relativamente sencillo hablar de paz en abstracto.
Es mucho más difícil callar una palabra hiriente.
Perdonar.
No devolver una ofensa.
Reconocer un error.
Pedir perdón.
Renunciar a tener siempre la última palabra.
Ahí comienza la verdadera paz cristiana.
19. San Francisco y la creación
Aquí llegamos a uno de los aspectos por los que Francisco es más conocido actualmente.
El santo de Asís contemplaba la creación con profundo asombro.
El sol.
La luna.
El agua.
El fuego.
La tierra.
Los animales.
Todo podía convertirse para él en ocasión de alabanza al Creador.
Pero es fundamental entender correctamente esta espiritualidad.
Francisco no adoraba la naturaleza.
Adoraba a Dios.
La naturaleza era criatura.
Dios era el Creador.
Precisamente porque amaba al Creador, podía contemplar las criaturas con gratitud.
Este punto es teológicamente decisivo.
La fe católica rechaza tanto el desprecio de la creación como su divinización.
Ni materialismo.
Ni panteísmo.
Creación.
Dios es Dios.
La criatura es criatura.
Y precisamente porque procede de Dios, posee una dignidad y un orden que merecen respeto.
20. El Cántico de las Criaturas
Francisco expresó esta visión especialmente en el célebre Cántico de las Criaturas.
«Laudato si’, mi Signore».
«Alabado seas, mi Señor».
No comienza diciendo:
«Laudada sea la naturaleza».
Comienza alabando a Dios.
Esta diferencia lo cambia todo.
El universo no es Dios.
El sol no es Dios.
La tierra no es Dios.
Los animales no son Dios.
El hombre tampoco es Dios.
Todo procede de Dios.
Y todo debería conducir a Dios.
Por eso la creación puede convertirse en una auténtica escuela de contemplación.
21. San Francisco y la ecología integral
En tiempos recientes, la figura de Francisco ha adquirido todavía más relevancia por la cuestión ecológica.
La encíclica Laudato si’ presentó expresamente a san Francisco como modelo de cuidado de la creación, vinculando ese cuidado con la atención a los pobres, la paz, la justicia y la sobriedad.
Y esta conexión es importante.
La espiritualidad franciscana no propone simplemente:
«Hay que proteger los árboles».
Su visión es más profunda.
Pregunta:
¿Qué clase de hombre estamos construyendo?
Porque una persona dominada por la avaricia puede destruir la naturaleza.
Pero también puede destruir relaciones humanas.
Puede explotar trabajadores.
Puede despreciar ancianos.
Puede utilizar a otros como instrumentos.
Puede convertirlo todo en mercancía.
Por eso el problema ecológico tiene también una raíz espiritual.
22. «Menos es más»
Aquí aparece una de las enseñanzas franciscanas más necesarias para nuestra época.
No necesitamos necesariamente más.
Necesitamos aprender a necesitar menos.
La sobriedad cristiana no es tristeza.
Es libertad.
Una persona que necesita constantemente comprar, actualizar, consumir, acumular o exhibir puede convertirse en esclava de sus propios deseos.
Francisco muestra otro camino:
recibir, agradecer, utilizar, compartir y desprenderse.
La vida no se mide por la cantidad de cosas que poseemos.
Se mide por el amor con el que vivimos.
23. San Francisco frente a la cultura del descarte
Nuestra sociedad corre el riesgo de valorar a las personas por su utilidad.
Mientras eres productivo, eres importante.
Cuando envejeces, puedes convertirte en una carga.
Cuando estás enfermo, puedes ser visto como un problema.
Cuando eres pobre, puedes ser invisible.
Cuando no produces, puedes ser descartado.
La mirada de Francisco es radicalmente distinta.
El leproso no es un objeto.
El pobre no es un estorbo.
El enfermo no es una carga.
El anciano no es inútil.
El ser humano posee una dignidad que no procede de lo que produce.
Procede de Dios.
Por eso la caridad cristiana debe comenzar precisamente donde termina la lógica utilitarista.
24. San Francisco y la muerte
Quizá uno de los aspectos más impresionantes de su vida sea su relación con la muerte.
Francisco llamó a la muerte:
«hermana muerte corporal».
Puede parecer extraño para una cultura que intenta evitar incluso pronunciar la palabra.
Pero Francisco no contemplaba la muerte como una derrota absoluta.
La contemplaba desde Cristo.
El cristiano no cree en la muerte como último destino.
Cree en la Resurrección.
San Pablo escribe:
«Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él.»
Romanos 6,8
Francisco murió el 3 de octubre de 1226 en la Porciúncula.
Murió recostado sobre la tierra desnuda, después de bendecir a sus hermanos. Fue canonizado por Gregorio IX en 1228.
Su muerte recibió en la tradición franciscana el nombre de Tránsito.
No simplemente «muerte».
Tránsito.
Paso.
Entrada en la vida eterna.
25. ¿Cuándo se celebra san Francisco de Asís?
La fiesta litúrgica de san Francisco de Asís se celebra el 4 de octubre.
Su tránsito tuvo lugar la tarde del 3 de octubre de 1226, mientras que la celebración litúrgica de su fiesta corresponde al día siguiente.
La tradición franciscana conserva de manera especial la celebración del Tránsito de san Francisco el 3 de octubre y su fiesta el 4.
Por tanto:
3 de octubre: Tránsito de san Francisco.
4 de octubre: Fiesta de san Francisco de Asís.
El calendario litúrgico sitúa así la memoria del santo inmediatamente después de contemplar su entrada en la vida eterna.
Es profundamente significativo.
La Iglesia no celebra simplemente la biografía de un hombre admirable.
Celebra a un cristiano que terminó su peregrinación terrena y alcanzó, por gracia de Dios, la patria celestial.
26. El significado espiritual del 4 de octubre
El 4 de octubre no debería ser solamente una fecha para felicitar a quienes se llaman Francisco.
Tampoco debería convertirse únicamente en el día de los animales.
Es una oportunidad para contemplar una de las grandes preguntas cristianas:
¿Qué significa seguir a Jesucristo?
Francisco responde:
Pobreza.
Humildad.
Penitencia.
Oración.
Caridad.
Eucaristía.
Fraternidad.
Evangelización.
Cruz.
Alegría.
Paz.
Desprendimiento.
Amor a Dios.
Amor al prójimo.
Y esperanza de la vida eterna.
27. 2026: el VIII Centenario del tránsito de san Francisco
Este año 2026 tiene una importancia extraordinaria.
Se cumplen 800 años del tránsito de san Francisco de Asís.
La Santa Sede ha establecido un Año Jubilar especial desde el 10 de enero de 2026 hasta el 10 de enero de 2027, con motivo del VIII Centenario. La Penitenciaría Apostólica ha concedido también la indulgencia plenaria correspondiente bajo las condiciones establecidas.
No es una simple conmemoración histórica.
La Iglesia propone volver a mirar a Francisco para recuperar algo esencial:
el Evangelio vivido con radicalidad.
El papa León XIV, al inaugurar este centenario, recordó que Francisco encontró en Cristo la fuente de la verdadera paz y lo presentó como un testigo de reconciliación y concordia en un mundo marcado por conflictos y divisiones.
Por tanto, este VIII Centenario constituye una magnífica ocasión para redescubrir al santo.
No solamente para admirarlo.
Para imitarlo.
28. Una indulgencia no es un «premio» por visitar un lugar
En este contexto conviene explicar algo importante desde la doctrina católica.
La indulgencia no significa que podamos «comprar» el perdón de Dios.
El pecado grave necesita la gracia de Dios y, cuando corresponde, la absolución sacramental en el sacramento de la Penitencia.
La indulgencia se refiere a la remisión ante Dios de la pena temporal debida por pecados cuya culpa ya ha sido perdonada, conforme a la doctrina de la Iglesia.
El decreto de la Penitenciaría Apostólica para este Año de San Francisco establece la indulgencia plenaria bajo las condiciones habituales, incluida la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Santo Padre, además de las obras indicadas para este jubileo.
Es, por tanto, una ocasión de gracia.
Pero exige conversión.
29. ¿Qué puede enseñarme san Francisco hoy?
Aquí llegamos a la cuestión fundamental.
Porque podemos estudiar a Francisco durante horas y no cambiar absolutamente nada.
La pregunta no es solamente:
«¿Qué hizo Francisco?»
La pregunta es:
«¿Qué quiere Dios que haga yo después de conocer su vida?»
Primera enseñanza: vuelve a Cristo
Francisco no comenzó reformando el mundo.
Comenzó dejando que Cristo reformara su corazón.
La santidad comienza siempre ahí.
Antes de cambiar a los demás, debemos permitir que Dios nos cambie a nosotros.
Segunda enseñanza: recupera la oración
Francisco fue un hombre de oración.
Vivimos rodeados de ruido.
Pantallas.
Noticias.
Mensajes.
Redes sociales.
Opiniones.
Vídeos.
Discusiones.
Información.
Pero el alma necesita silencio.
Un cristiano que nunca permanece a solas ante Dios difícilmente podrá conocer profundamente la voluntad de Dios.
Recuperemos el silencio.
Recuperemos la adoración.
Recuperemos la oración personal.
Recuperemos el Rosario.
Recuperemos la meditación del Evangelio.
Recuperemos la confesión.
Recuperemos la Eucaristía.
Tercera enseñanza: aprende a desprenderte
No hace falta abandonar inmediatamente todas nuestras posesiones.
Pero sí debemos preguntarnos:
¿De qué soy esclavo?
¿Qué no estoy dispuesto a entregar a Dios?
¿Qué cosa ocupa demasiado espacio en mi corazón?
¿Qué posesión, hábito, ambición o necesidad de reconocimiento domina mi vida?
Francisco nos enseña que la libertad comienza cuando dejamos de necesitar tantas cosas para sentirnos alguien.
Cuarta enseñanza: mira al pobre
No pases de largo.
No reduzcas al necesitado a una cifra.
Mírale.
Escúchale.
Ayúdale.
Y, cuando sea posible, establece una verdadera relación humana.
La caridad no es solamente dar.
Es amar.
Quinta enseñanza: haz las paces
Quizá esta sea una de las prácticas más difíciles.
Piensa en alguien con quien estás enfrentado.
Alguien a quien no perdonas.
Alguien que te ha hecho daño.
Alguien a quien tú has hecho daño.
Pregunta a Dios:
«Señor, ¿qué puedo hacer para que comience la reconciliación?»
Puede ser necesario hablar.
Puede ser necesario pedir perdón.
Puede ser necesario perdonar.
Puede ser necesario guardar silencio durante un tiempo.
Pero el cristiano no puede amar la guerra interior.
30. También debemos aprender de su amor por la creación
Podemos recuperar algo tan sencillo como agradecer.
Dar gracias por el agua.
Por el alimento.
Por el sol.
Por la lluvia.
Por el campo.
Por los animales.
Por una conversación.
Por una familia.
Por la vida.
Pero, sobre todo:
dar gracias a Dios.
Porque el cristiano no termina en la criatura.
Sube desde la criatura hasta el Creador.
Como recuerda la Escritura:
«Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras.»
Romanos 1,20
La creación puede convertirse así en una catequesis silenciosa.
31. San Francisco no fue un sentimental
Este punto merece ser subrayado.
A veces se ha convertido a Francisco en una figura amable, simpática y casi infantil.
El santo que hablaba con los pájaros.
El santo que quería a los animales.
El hombre sonriente que amaba la naturaleza.
Todo eso resulta atractivo.
Pero es incompleto.
El verdadero Francisco fue mucho más radical.
Fue un penitente.
Un hombre de ayuno.
Un hombre de oración.
Un hombre que abrazó a los leprosos.
Un hombre que renunció a riquezas.
Un hombre marcado por la Cruz.
Un hombre que recibió los estigmas.
Un hombre que sufrió.
Un hombre que predicó la conversión.
Un hombre que quiso obedecer a la Iglesia.
Un hombre que deseó imitar a Cristo hasta el extremo.
Por eso no debemos domesticar a Francisco.
El verdadero Francisco incomoda.
Porque nos pregunta qué estamos dispuestos a entregar por Cristo.
32. El Francisco que necesita el mundo actual
Vivimos en una sociedad tecnológicamente avanzada pero espiritualmente desconcertada.
Tenemos instrumentos extraordinarios, pero no siempre sabemos para qué vivir.
Podemos comunicarnos instantáneamente con alguien situado al otro lado del planeta y, al mismo tiempo, sentirnos incapaces de hablar con la persona que tenemos al lado.
Podemos almacenar cantidades inmensas de información y, sin embargo, no saber responder a las preguntas fundamentales:
¿Quién soy?
¿Por qué existo?
¿Para qué vivo?
¿Qué es el bien?
¿Qué es la verdad?
¿Qué sucede después de la muerte?
Francisco ofrece una respuesta extraordinariamente sencilla:
Dios.
Dios es el principio.
Dios es el fin.
Cristo es el camino.
La Iglesia es la familia espiritual.
La caridad es el modo de vivir.
La Cruz es el camino.
La Resurrección es la esperanza.
33. La auténtica «revolución» de san Francisco
Francisco fue revolucionario, pero no en el sentido ideológico moderno.
Su revolución consistió en algo mucho más profundo:
tomarse en serio el Evangelio.
En un mundo obsesionado por poseer, eligió la pobreza.
En un mundo obsesionado por el prestigio, eligió la humildad.
En un mundo marcado por la violencia, anunció la paz.
En un mundo que rechazaba al leproso, lo abrazó.
En un mundo centrado en el poder, eligió servir.
En un mundo dominado por la preocupación por el mañana, confió en la Providencia.
En un mundo que podía convertir la religión en una cuestión social, puso a Cristo en el centro.
Eso sigue siendo revolucionario.
34. ¿Qué significa realmente ser «franciscano»?
No es simplemente amar los animales.
No es simplemente vestir pobremente.
No es simplemente defender el medio ambiente.
No es simplemente hablar de paz.
No es simplemente trabajar con personas necesitadas.
Todo eso puede formar parte de una auténtica espiritualidad franciscana.
Pero el fundamento es otro:
seguir a Cristo pobre, humilde, crucificado y resucitado.
Si quitamos a Cristo, queda una estética.
Si quitamos el Evangelio, queda una ideología.
Si quitamos la Iglesia, queda un movimiento cultural.
Si quitamos la Cruz, queda sentimentalismo.
Pero cuando Cristo permanece en el centro, todo adquiere su verdadero significado.
35. Una oración inspirada en san Francisco
En este día podemos hacer una oración muy sencilla:
«Señor Jesucristo,
haz de mi corazón un corazón pobre y libre.
Enséñame a no vivir esclavo de las cosas.
Dame humildad para reconocer mis pecados.
Dame fortaleza para convertirme.
Dame caridad para servir a los pobres.
Dame paciencia para perdonar.
Dame valentía para pedir perdón.
Dame amor por tu Iglesia.
Dame reverencia ante la Eucaristía.
Dame amor a la Santísima Virgen.
Dame respeto y gratitud por tu creación.
Hazme instrumento de tu paz.
Y cuando llegue mi hora,
concédeme recibir la muerte
no como una derrota,
sino como el tránsito hacia Ti.
Por intercesión de san Francisco de Asís,
concédeme vivir el Evangelio
con humildad, alegría y fidelidad.
Amén.»
36. Conclusión: volver a lo esencial
San Francisco de Asís murió hace ochocientos años.
Pero no pertenece al pasado.
Pertenece a la Iglesia de todos los tiempos.
Su vida continúa hablándonos porque el Evangelio que él quiso vivir no ha envejecido.
Cristo sigue diciendo:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; después ven y sígueme.»
Mateo 19,21
No todos estamos llamados a reproducir materialmente la vida de Francisco.
No todos estamos llamados a entrar en una orden religiosa.
No todos estamos llamados a vivir en una ermita.
No todos estamos llamados a abandonar nuestras profesiones, familias o responsabilidades.
Pero todos estamos llamados a escuchar la voz de Cristo.
Todos estamos llamados a la santidad.
Todos estamos llamados a la conversión.
Todos estamos llamados a amar.
Todos estamos llamados a desprendernos de aquello que nos separa de Dios.
Todos estamos llamados a cargar con nuestra cruz.
Todos estamos llamados a buscar la paz.
Todos estamos llamados a vivir en la Iglesia.
Y todos estamos llamados a terminar nuestro camino con la esperanza puesta en la vida eterna.
San Francisco entendió que la grandeza del cristiano no consiste en ser importante ante los hombres.
Consiste en pertenecer completamente a Dios.
Por eso sigue siendo actual.
Por eso sigue siendo incómodo.
Por eso sigue siendo necesario.
Y por eso, ochocientos años después de su tránsito, la Iglesia vuelve a poner nuestros ojos sobre él.
No para que admiremos simplemente al santo.
Sino para que aprendamos de él a mirar a Cristo.
Porque, al final, esa fue toda la vida de Francisco:
dejarlo todo para encontrar a Cristo, y encontrar en Cristo la verdadera riqueza.
Y quizá esa sea también la pregunta que este 4 de octubre debería quedar resonando en nuestro corazón:
¿Qué tendría que abandonar yo para seguir más fielmente a Jesucristo?
San Francisco de Asís,
ora pro nobis.
San Francisco, pobre y humilde,
ora pro nobis.
San Francisco, enamorado de Cristo crucificado,
ora pro nobis.
San Francisco, amante de la Iglesia,
ora pro nobis.
San Francisco, hermano de los pobres,
ora pro nobis.
San Francisco, instrumento de la paz de Cristo,
ora pro nobis.
San Francisco, modelo de penitencia y conversión,
ora pro nobis.
San Francisco, testigo de la perfecta alegría,
ora pro nobis.
San Francisco de Asís,
ruega por nosotros y enséñanos a vivir el Evangelio.