Hay pocas palabras en toda la Sagrada Escritura que conmuevan tanto como estas:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(Mateo 27,46)
Muchos cristianos las han leído con desconcierto. Algunos se preguntan si Jesús perdió la fe. Otros creen que el Padre realmente abandonó a su Hijo. Incluso hay quienes utilizan este versículo para afirmar que Cristo experimentó desesperación o que la Trinidad se rompió durante la Pasión.
Pero ¿es eso lo que realmente ocurrió?
¿Abandonó Dios Padre a Jesucristo?
¿Estaba Jesús expresando desesperación?
¿O estaba proclamando algo mucho más profundo?
Comprender correctamente este pasaje no es solamente una cuestión académica. Es una enseñanza fundamental para todo cristiano que alguna vez se haya sentido solo, traicionado, incomprendido o abandonado por Dios.
Porque, en realidad, este grito desde la Cruz habla tanto de Cristo como de nosotros.
Y contiene una de las revelaciones más extraordinarias de toda la historia de la salvación.
El momento más dramático de la Pasión
Nos encontramos en el Calvario.
Después de haber sido traicionado, arrestado, golpeado, escupido, flagelado y coronado de espinas, Jesús está clavado en la Cruz.
La agonía física es indescriptible.
Cada respiración supone un esfuerzo insoportable.
La sangre se derrama.
Los músculos se desgarran.
El corazón está al límite.
Pero el sufrimiento de Cristo no es solamente corporal.
Ha sido abandonado por casi todos.
Judas lo traicionó.
Pedro lo negó.
Los apóstoles huyeron.
Los sacerdotes lo ridiculizan.
Los soldados se burlan.
La multitud exige su muerte.
Y en medio de aquella oscuridad, Jesús pronuncia estas palabras:
“Eli, Eli, lema sabactani.”
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
(Mateo 27,46)
A simple vista parece un grito de desesperación.
Pero la Iglesia siempre ha enseñado que hay mucho más detrás de estas palabras.
Jesús está citando el Salmo 22
Aquí encontramos la clave principal.
Cuando Jesús pronuncia estas palabras, no está improvisando una queja.
Está citando deliberadamente el comienzo del Salmo 22.
En tiempos de Cristo, los judíos identificaban los salmos por sus primeras palabras, igual que nosotros identificamos una canción por su primer verso.
Al decir:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Jesús está remitiendo a todo el Salmo 22.
Y cuando leemos ese salmo completo descubrimos algo asombroso.
Una profecía impresionante de la Pasión
El Salmo 22 fue escrito aproximadamente mil años antes de Cristo.
Sin embargo describe con precisión extraordinaria lo que ocurrirá en el Calvario.
Por ejemplo:
“Todos los que me ven se burlan de mí.”
(Salmo 22,7)
En la Cruz ocurrió exactamente eso.
“Menean la cabeza diciendo:
Confió en el Señor; que Él lo libre.”
(Salmo 22,8)
Los enemigos de Jesús repitieron casi las mismas palabras.
“Han perforado mis manos y mis pies.”
(Salmo 22,16)
Una descripción sorprendente de la crucifixión siglos antes de que los romanos inventaran ese método de ejecución.
“Se reparten mis vestidos y sortean mi túnica.”
(Salmo 22,18)
Exactamente lo que hicieron los soldados romanos.
Jesús no está proclamando derrota.
Está señalando el cumplimiento de una profecía mesiánica.
Está diciendo:
“Lo que estáis viendo ahora estaba anunciado desde hace siglos.”
¿Entonces Dios no abandonó a Cristo?
La respuesta teológica es clara:
No.
El Padre jamás abandonó al Hijo.
La Santísima Trinidad no puede dividirse.
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen una única naturaleza divina.
La unión entre las Personas divinas es eterna e indestructible.
Si el Padre hubiera abandonado realmente al Hijo, la Trinidad habría dejado de existir.
Eso es imposible.
Por eso la Iglesia ha rechazado siempre cualquier interpretación que sugiera una ruptura real dentro de la Trinidad.
Entonces, ¿qué quiso decir Jesús?
Aquí entramos en una de las profundidades más grandes de la teología cristiana.
Jesús no está diciendo que el Padre haya dejado de amarlo.
Lo que está expresando es la experiencia humana del sufrimiento llevada al extremo.
Recordemos una verdad fundamental:
Cristo posee dos naturalezas:
- Verdadera naturaleza divina.
- Verdadera naturaleza humana.
Como hombre, experimentó auténticamente:
- hambre,
- cansancio,
- dolor,
- tristeza,
- angustia,
- sufrimiento.
La Carta a los Hebreos enseña:
“Fue probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.”
(Hebreos 4,15)
Por tanto, Jesús quiso experimentar incluso aquello que tantas veces experimentamos nosotros:
la sensación de abandono.
La diferencia entre sentirse abandonado y estar abandonado
Esta distinción es crucial.
Una cosa es sentirse abandonado.
Otra muy distinta es estar abandonado.
Muchos santos experimentaron profundas noches espirituales.
Parecía que Dios había desaparecido.
Parecía que el cielo estaba cerrado.
Parecía que las oraciones no eran escuchadas.
Sin embargo Dios seguía presente.
Más presente que nunca.
Lo mismo sucede en el Calvario.
Jesús experimenta en su humanidad la oscuridad más profunda.
Pero el Padre sigue unido a Él.
El amor trinitario permanece intacto.
Cristo cargó con el peso del pecado del mundo
Hay otro aspecto aún más profundo.
San Pablo escribe:
“Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros.”
(2 Corintios 5,21)
Por supuesto, Cristo nunca pecó.
Lo que significa este texto es que cargó sobre sí las consecuencias del pecado humano.
Toda la miseria de la humanidad.
Toda la rebeldía.
Toda la injusticia.
Toda la violencia.
Toda la corrupción.
Toda la maldad acumulada desde Adán hasta el último hombre.
Cristo asume ese peso para redimirnos.
Y precisamente por ello experimenta una angustia que ningún ser humano podrá comprender completamente.
El nuevo Adán entra donde nosotros no podíamos entrar
Desde el pecado original, el hombre vive alejado de Dios.
La humanidad conoce el exilio espiritual.
Conoce la distancia.
Conoce la herida del pecado.
Jesús desciende hasta el fondo de esa condición humana.
No porque sea pecador.
Sino porque viene a rescatar a los pecadores.
Como enseñan numerosos Padres de la Iglesia:
Cristo entra en nuestra noche para abrirnos el camino hacia la luz.
Entra en nuestra muerte para destruirla desde dentro.
Entra en nuestro abandono para que nosotros nunca seamos verdaderamente abandonados.
El final del Salmo 22 cambia completamente el sentido del pasaje
Muchos conocen el primer versículo del Salmo 22.
Pocos conocen el final.
Y ahí está una de las claves más importantes.
El salmo comienza con dolor.
Pero termina con victoria.
Comienza con sufrimiento.
Pero termina con esperanza.
Comienza con abandono aparente.
Pero concluye con confianza absoluta.
El salmista proclama:
“Porque no ha despreciado ni rechazado la aflicción del pobre;
no le ocultó su rostro,
sino que lo escuchó cuando clamaba.”
(Salmo 22,24)
Observemos la fuerza de estas palabras.
“No le ocultó su rostro.”
Es exactamente lo contrario del abandono.
Cuando Jesús cita el inicio del salmo está evocando también su desenlace glorioso.
La Cruz apunta hacia la Resurrección.
El sufrimiento apunta hacia la victoria.
La muerte apunta hacia la vida eterna.
La enseñanza para quienes creen que Dios los ha abandonado
Este pasaje tiene una actualidad enorme.
Vivimos tiempos de ansiedad.
Depresión.
Soledad.
Crisis familiares.
Incertidumbre económica.
Vacío espiritual.
Muchas personas rezan y sienten que Dios no responde.
Van a Misa y no sienten nada.
Buscan a Dios y parece lejano.
En esos momentos las palabras de Cristo adquieren una fuerza extraordinaria.
Porque Jesús comprende perfectamente esa experiencia.
La vivió desde dentro.
Pero también nos enseña una verdad esencial:
las emociones no siempre reflejan la realidad espiritual.
Puedes sentirte solo sin estar solo.
Puedes sentirte abandonado sin estar abandonado.
Puedes sentir oscuridad mientras Dios está obrando silenciosamente en tu alma.
La noche oscura de los santos
Grandes santos experimentaron esta realidad.
Entre ellos:
- San Juan de la Cruz
- Santa Teresa de Calcuta
- Santa Teresa de Jesús
Todos atravesaron periodos de profunda sequedad espiritual.
No sentían consuelo.
No sentían emociones religiosas.
No sentían la cercanía de Dios.
Sin embargo precisamente entonces estaban creciendo en santidad.
La fe auténtica no consiste en sentir a Dios.
Consiste en permanecer fiel cuando no lo sentimos.
El grito que salvó al mundo
Las palabras:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
no son un grito de derrota.
Son un grito de redención.
No expresan desesperación.
Expresan el cumplimiento de las Escrituras.
No revelan una ruptura entre el Padre y el Hijo.
Revelan hasta dónde llegó el amor de Dios por la humanidad.
En ese momento Cristo tomó sobre sí toda la tragedia humana.
Toda la soledad.
Toda la angustia.
Toda la sensación de abandono.
Y la llevó consigo hasta la Cruz.
Para que ningún hombre pudiera decir jamás:
“Dios no sabe lo que estoy sufriendo.”
Cristo sí lo sabe.
Lo conoce desde dentro.
Lo experimentó personalmente.
Y precisamente por eso puede acompañarnos en nuestras noches más oscuras.
Conclusión: Cuando parezca que Dios guarda silencio
Quizá hoy estés atravesando una prueba.
Quizá llevas meses rezando sin encontrar respuestas.
Quizá sientes que Dios está lejos.
Quizá te identificas con aquel grito del Calvario.
Entonces recuerda esto:
Cristo pronunció esas palabras antes que tú.
Pero la historia no terminó en el Viernes Santo.
Llegó el Domingo de Resurrección.
La tumba quedó vacía.
La muerte fue vencida.
La oscuridad no tuvo la última palabra.
Y esa es la gran lección de este pasaje.
Cuando todo parece perdido, Dios sigue actuando.
Cuando parece ausente, sigue presente.
Cuando parece callar, sigue amando.
Y cuando el alma grita:
“¿Por qué me has abandonado?”
la respuesta definitiva de Dios llega tres días después, con una tumba vacía y una promesa eterna:
“Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.”
(Mateo 28,20)
Cristo no fue abandonado por el Padre. Y quienes permanecen unidos a Cristo tampoco son abandonados jamás. La Cruz nos enseña que incluso en la noche más oscura, la Providencia divina continúa guiando la historia hacia la Resurrección.