El peligro de querer ser admirado: una advertencia de La Imitación de Cristo

Introducción: una tentación más actual que nunca

Vivimos en la era de la visibilidad. Nunca había sido tan fácil mostrarse al mundo. Las redes sociales, la cultura de la imagen, la obsesión por los seguidores, los «me gusta», la aprobación constante y la necesidad de ser reconocidos han convertido la búsqueda de admiración en una de las grandes tentaciones de nuestro tiempo.

Muchos hombres y mujeres pasan gran parte de su vida intentando construir una imagen admirable. Quieren ser respetados, valorados, aplaudidos y reconocidos. Incluso dentro de ambientes religiosos existe el peligro de buscar la admiración ajena bajo apariencia de virtud.

Sin embargo, hace más de seiscientos años, uno de los libros espirituales más importantes de la historia del cristianismo lanzó una seria advertencia sobre este problema.

Se trata de La Imitación de Cristo, una obra que durante siglos fue considerada, después de la Biblia, el libro espiritual más leído del mundo católico.

Sus páginas contienen una profunda enseñanza sobre la humildad y denuncian con extraordinaria claridad el peligro de vivir buscando la aprobación de los demás.

Lo sorprendente es que sus palabras parecen escritas para nuestra época.


¿Qué es La Imitación de Cristo?

La Imitación de Cristo fue escrita probablemente por Tomás de Kempis entre finales del siglo XIV y principios del XV.

Nació dentro del movimiento espiritual conocido como la Devotio Moderna, que buscaba una vida cristiana más interior, sencilla y centrada en la unión personal con Cristo.

Su mensaje es claro:

No basta con conocer la fe.

No basta con hablar de Dios.

No basta con parecer santo.

Hay que convertirse realmente en discípulo de Jesucristo.

La obra insiste una y otra vez en que el cristiano debe abandonar la búsqueda de la gloria humana para buscar únicamente la gloria de Dios.

Entre sus enseñanzas más conocidas encontramos esta advertencia:

«No te preocupes mucho por quién está contigo o contra ti; procura solamente que Dios esté contigo en todo lo que haces.»

Y también:

«¿Qué aprovecha la estima de los hombres cuando tu conciencia te acusa delante de Dios?»

Estas frases golpean directamente una de las enfermedades espirituales más comunes de todos los tiempos: la vanagloria.


La necesidad de ser admirado: una pasión profundamente humana

Todos deseamos ser amados.

Eso es natural.

Dios nos creó para vivir en comunión con los demás.

Sin embargo, existe una enorme diferencia entre querer ser amado y querer ser admirado.

El amor busca la relación.

La admiración busca la exaltación.

El amor busca la entrega.

La admiración busca alimentar el ego.

La persona que vive para ser admirada termina convirtiendo a los demás en espectadores de su propia importancia.

Ya no actúa porque algo sea bueno.

Actúa porque quiere ser vista.

Ya no busca la verdad.

Busca aplausos.

Ya no busca agradar a Dios.

Busca impresionar a los hombres.

Y aquí comienza un proceso espiritual extremadamente peligroso.


La vanagloria: un pecado olvidado

Los antiguos maestros espirituales hablaban frecuentemente de la vanagloria.

Hoy apenas se menciona.

Sin embargo, para los Padres del Desierto era una de las tentaciones más peligrosas.

Evagrio Póntico la consideraba uno de los grandes vicios que atacan el alma.

San Juan Casiano enseñaba que incluso las buenas obras pueden convertirse en alimento para la vanidad.

Una persona puede ayunar por Dios.

O puede ayunar para que los demás la consideren santa.

Puede dar limosna por amor.

O puede hacerlo para ser admirada.

Puede rezar para unirse a Cristo.

O puede rezar para que otros la tengan por piadosa.

Exteriormente ambas acciones parecen iguales.

Pero interiormente son completamente distintas.

Por eso la vanagloria es tan difícil de detectar.

Se esconde detrás de las virtudes.


Jesucristo denunció esta actitud con dureza

Nuestro Señor habló repetidamente contra quienes buscaban reconocimiento humano.

En el Evangelio encontramos palabras extremadamente fuertes:

«Guardaos de practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1).

Más adelante añade:

«Cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3).

Y sobre la oración:

«Cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre en lo secreto» (Mt 6,6).

La cuestión no es si las obras son buenas.

La cuestión es por qué las hacemos.

Jesús dirige la mirada hacia la intención.

¿Buscamos a Dios?

¿O buscamos nuestra propia gloria?


Las redes sociales y la nueva fábrica de vanidad

Aunque la vanagloria ha existido siempre, nuestro tiempo le ha proporcionado herramientas extraordinariamente poderosas.

Las redes sociales han transformado la admiración en una especie de moneda.

Seguidores.

Visualizaciones.

Likes.

Comentarios.

Compartidos.

Todo parece diseñado para medir nuestro valor según la atención que recibimos.

Naturalmente, estas herramientas no son malas en sí mismas.

Pueden utilizarse para evangelizar, enseñar y difundir el bien.

Pero también pueden convertirse en una trampa espiritual.

Incluso los contenidos religiosos pueden terminar alimentando el ego.

Existe el peligro de que una persona publique sobre Dios mientras piensa únicamente en sí misma.

Puede hablar de humildad mientras busca reconocimiento.

Puede predicar el Evangelio mientras persigue fama.

Puede citar a los santos mientras alimenta su propia imagen.

La tecnología ha multiplicado las posibilidades de hacer el bien.

Pero también ha multiplicado las ocasiones de buscar gloria humana.


El peligro espiritual de vivir para la opinión ajena

Cuando la admiración de los demás se convierte en una necesidad, el alma pierde su libertad.

La persona ya no actúa según la verdad.

Actúa según las expectativas ajenas.

Comienza a depender emocionalmente de la aprobación.

Un elogio la eleva.

Una crítica la destruye.

Un comentario favorable le da paz.

Una observación negativa le roba el sueño.

Poco a poco deja de vivir ante Dios para vivir ante una audiencia.

Y entonces aparece una esclavitud invisible.

La esclavitud de la opinión pública.

La Imitación de Cristo insiste constantemente en que el cristiano debe aprender a permanecer indiferente tanto a los elogios como a las críticas injustas.

No porque no importen los demás.

Sino porque la única mirada definitiva es la de Dios.


El ejemplo de los santos

Los santos entendieron esta verdad de manera radical.

San Francisco de Asís decía que el hombre vale delante de Dios lo que vale y nada más.

Ni los elogios aumentan nuestra santidad.

Ni las críticas la disminuyen.

Santa Teresa de Jesús desconfiaba profundamente de la búsqueda de honores.

San Juan de la Cruz enseñaba que el alma debe desear pasar desapercibida para crecer en unión con Dios.

Y San Felipe Neri realizaba actos aparentemente ridículos para combatir cualquier tentación de orgullo.

Todos ellos comprendieron que la fama espiritual puede ser tan peligrosa como la fama mundana.


El orgullo religioso: el enemigo más difícil de vencer

Existe una forma particularmente peligrosa de búsqueda de admiración.

El orgullo religioso.

Es el deseo de ser considerado santo.

Virtuoso.

Piadoso.

Ortodoxo.

Ejemplar.

Es una tentación especialmente frecuente entre quienes se toman en serio su fe.

Porque cuanto más crece una persona en virtudes, más puede aparecer la tentación de contemplarse a sí misma.

El demonio no siempre intenta alejarnos de las buenas obras.

A veces intenta que nos enamoremos de ellas.

Que dejemos de mirar a Cristo para mirarnos a nosotros mismos.

Por eso los maestros espirituales insistían en que la humildad debe crecer al mismo ritmo que la vida espiritual.


La humildad cristiana no consiste en despreciarse

Aquí conviene aclarar algo importante.

La humildad cristiana no significa pensar que uno no vale nada.

No significa odiarse.

No significa negar los talentos recibidos.

La humildad consiste en reconocer la verdad.

Reconocer que todo bien procede de Dios.

Reconocer que dependemos completamente de Él.

Reconocer nuestras limitaciones sin desesperar.

Y reconocer nuestros dones sin apropiarnos de ellos.

La persona humilde puede aceptar un elogio.

Pero no vive de él.

Puede recibir reconocimiento.

Pero no lo necesita para sentirse valiosa.

Su identidad está anclada en algo mucho más profundo:

Sabe que es hija o hijo de Dios.


Cómo combatir el deseo de ser admirado

1. Examinar las intenciones

Antes de actuar conviene preguntarse:

¿Por qué hago esto?

¿Lo haría igualmente si nadie lo supiera?

Esta pregunta suele revelar muchas cosas.


2. Practicar obras ocultas

Jesús insistió en las obras realizadas en secreto.

Orar en silencio.

Ayudar sin anunciarlo.

Dar sin publicarlo.

Servir sin esperar agradecimiento.

Las obras ocultas fortalecen el alma contra la vanidad.


3. Aceptar las humillaciones con serenidad

Nadie disfruta siendo corregido o incomprendido.

Pero estas situaciones pueden convertirse en una escuela de humildad.

No se trata de buscar humillaciones artificialmente.

Se trata de aprovechar aquellas que Dios permite.


4. Meditar frecuentemente la Pasión de Cristo

Cristo es el gran antídoto contra la vanidad.

El Rey del universo aceptó el rechazo.

El Creador soportó burlas.

La Verdad fue despreciada.

La contemplación de la Cruz destruye muchas ilusiones de grandeza.


5. Recordar la fugacidad de la gloria humana

Hoy te aplauden.

Mañana te olvidan.

Hoy eres admirado.

Mañana eres criticado.

La fama humana es extraordinariamente inestable.

Por eso La Imitación de Cristo recuerda constantemente la brevedad de la vida y la inutilidad de los honores terrenos.


La verdadera grandeza según el Evangelio

El mundo dice:

«Busca destacar.»

Cristo dice:

«El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos» (Mc 9,35).

El mundo dice:

«Construye tu marca personal.»

Cristo dice:

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).

El mundo dice:

«Que todos hablen de ti.»

Cristo dice:

«Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt 6,4).

Dos lógicas completamente distintas.

Dos caminos completamente opuestos.


Conclusión: vivir ante los ojos de Dios

La gran enseñanza de La Imitación de Cristo sigue siendo revolucionaria en el siglo XXI.

No hemos sido creados para coleccionar admiradores.

No hemos sido creados para construir una reputación perfecta.

No hemos sido creados para vivir pendientes de la aprobación de los demás.

Hemos sido creados para conocer, amar y servir a Dios.

Cuando una persona comprende esto, experimenta una libertad inmensa.

Ya no necesita demostrar constantemente su valor.

Ya no vive esclava de la opinión ajena.

Ya no busca ser el centro.

Busca que Cristo ocupe el centro.

Y entonces descubre una paradoja profundamente cristiana: quienes dejan de buscar su propia gloria son precisamente quienes comienzan a reflejar la gloria de Dios.

La verdadera santidad no consiste en ser admirado por los hombres, sino en ser agradable a Dios. Y cuando llegue el día del juicio, no importará cuántas personas nos aplaudieron, cuántos seguidores tuvimos o cuántos elogios recibimos. Lo único que importará será escuchar aquellas palabras que todo cristiano debería anhelar por encima de cualquier reconocimiento humano:

«Bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,23).

Esa aprobación vale infinitamente más que todos los aplausos del mundo juntos.

Acerca de catholicus

Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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