¿Por qué esperó Dios dos millones de años para presentarse en la persona de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, hace apenas dos mil años?

«Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley.» (Gálatas 4,4)

Una pregunta que muchos creyentes y no creyentes se hacen

Existe una pregunta que, tarde o temprano, surge en la mente de quien reflexiona seriamente sobre la historia de la humanidad: si Jesucristo es el centro del plan de Dios para salvar al hombre, ¿por qué esperó tanto para venir? Si aceptamos las estimaciones científicas de que el ser humano existe desde hace cientos de miles de años —o incluso millones si hablamos de los primeros homínidos—, ¿por qué la Encarnación ocurrió hace apenas dos mil años? ¿Por qué Dios no envió inmediatamente al Redentor? ¿Qué ocurrió durante todo ese inmenso período?

A primera vista, la pregunta parece poner en aprietos a la fe cristiana. Sin embargo, cuando profundizamos en la Revelación, en la Tradición de la Iglesia y en la reflexión de los grandes teólogos, descubrimos que esta cuestión no solo tiene una respuesta, sino que nos introduce en uno de los misterios más fascinantes de la Providencia divina.

La respuesta, en realidad, nos obliga a abandonar una forma de pensar muy propia de nuestro tiempo: creer que Dios debe actuar según nuestros relojes. Nosotros vivimos pendientes del calendario, de los plazos y de la inmediatez. Dios, en cambio, contempla toda la historia desde la eternidad.

Como recuerda san Pedro:

«Para el Señor, un día es como mil años y mil años como un día.» (2 Pedro 3,8)

No significa que Dios mida el tiempo de otra manera simplemente; significa algo mucho más profundo: Dios está fuera del tiempo, porque Él mismo es quien creó el tiempo.


El primer error: imaginar que Dios «esperó»

El título de este artículo contiene una expresión muy humana: Dios esperó. Pero, hablando con rigor teológico, Dios nunca espera.

Esperar implica que alguien está sujeto al paso del tiempo.

Dios no.

Santo Tomás de Aquino explica que Dios es el «Acto puro», sin sucesión temporal. Para Él no existe un pasado que ya no sea ni un futuro que todavía no exista. Todo está presente ante su mirada eterna.

Por eso, cuando preguntamos:

«¿Por qué esperó Dios?»

En realidad deberíamos preguntar:

¿Por qué Dios quiso que la Encarnación ocurriera precisamente en ese momento de la historia?

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la perspectiva.

No se trata de un retraso.

Se trata de un plan.


Toda la historia estaba orientada hacia Cristo

Muchos imaginan el Antiguo Testamento como una especie de larga introducción.

Pero la Iglesia enseña algo mucho más profundo.

Toda la creación fue realizada teniendo a Cristo como finalidad.

San Pablo afirma:

«Todo fue creado por Él y para Él.» (Colosenses 1,16)

No dice únicamente que Cristo vino para salvar un mundo ya existente.

Dice que el universo entero fue creado pensando en Cristo.

Esto significa que desde el primer instante del cosmos, toda la historia avanzaba hacia un momento concreto:

La Encarnación del Verbo.

La historia no es una sucesión caótica de acontecimientos.

Tiene un centro.

Y ese centro tiene un nombre:

Jesucristo.


La «plenitud de los tiempos»

San Pablo utiliza una expresión extraordinaria:

«Al llegar la plenitud de los tiempos…» (Gálatas 4,4)

No dice:

«Cuando pasaron suficientes años.»

Dice:

«Cuando llegó la plenitud.»

La palabra griega utilizada (pleroma) significa plenitud, cumplimiento, madurez.

Es como un fruto.

No madura en cinco minutos.

Necesita todo un proceso.

Si se recoge antes, está verde.

Si demasiado tarde, se pudre.

Dios no actúa antes ni después.

Actúa exactamente cuando la historia está madura.


¿Podría haber venido Cristo antes?

Desde el punto de vista de la omnipotencia divina, sí.

Dios podía haber enviado al Mesías al día siguiente del pecado de Adán.

Incluso podía haber impedido el pecado original.

Nada limita su poder.

Pero Dios no obra únicamente con poder.

Obra también con sabiduría.

Y la sabiduría divina quiso preparar lentamente a la humanidad.


La pedagogía divina

Uno de los conceptos más importantes de toda la teología bíblica es el de la pedagogía de Dios.

Igual que un maestro no enseña cálculo diferencial a un niño de cuatro años, Dios educó progresivamente al género humano.

No reveló toda la verdad de golpe.

La fue mostrando poco a poco.

Primero Noé.

Después Abraham.

Luego Moisés.

Más tarde los profetas.

Finalmente Cristo.

Cada etapa preparaba la siguiente.

El Catecismo enseña que Dios fue preparando progresivamente a Israel para recibir al Salvador.

Era necesario que la humanidad aprendiera quién era el único Dios verdadero.

Que comprendiera el pecado.

Que descubriera la necesidad de la gracia.

Que entendiera el valor del sacrificio.

Que esperara al Mesías.

Sin esa preparación, la Encarnación habría sido incomprensible.


¿Y qué ocurrió con todos los hombres anteriores a Cristo?

Aquí aparece otra gran cuestión.

¿Se condenaron todos?

La respuesta es rotundamente:

No.

La Iglesia jamás ha enseñado eso.

Cristo salva también a quienes vivieron antes de su nacimiento histórico.

¿Cómo?

Porque la Cruz tiene un alcance eterno.

El sacrificio de Cristo ocurrió en un momento concreto del tiempo.

Pero sus efectos alcanzan todos los tiempos.

Hacia atrás.

Y hacia adelante.

Cuando Cristo murió, redimió a Adán.

A Abraham.

A Moisés.

A David.

A Isaías.

A todos los justos que esperaban la salvación.

Por eso el Credo afirma:

«Descendió a los infiernos.»

No se refiere al infierno de los condenados.

Se refiere al llamado Seno de Abraham, donde esperaban los justos del Antiguo Testamento.

Cristo fue a anunciarles la Redención.


La preparación de Israel

¿Por qué elegir un solo pueblo?

Porque Dios suele actuar mediante mediaciones.

Eligió a Abraham.

Después una familia.

Luego una nación.

Israel se convirtió en el laboratorio espiritual de la humanidad.

Allí se desarrollaron conceptos esenciales:

  • el monoteísmo;
  • la alianza;
  • la ley moral;
  • la santidad;
  • el pecado;
  • la misericordia;
  • el sacrificio;
  • la esperanza mesiánica.

Todo ello preparaba el camino para Cristo.

Cada sacrificio del Templo apuntaba hacia el sacrificio perfecto de la Cruz.

Cada cordero pascual anunciaba al verdadero Cordero de Dios.

Cada profecía iba iluminando un poco más el rostro del Mesías.


También el mundo pagano estaba siendo preparado

No solo Israel.

El mundo entero estaba siendo preparado.

Los filósofos griegos buscaban la verdad.

Los romanos construían carreteras.

El griego se había convertido en lengua internacional.

El Imperio Romano unificó buena parte del Mediterráneo.

Todo ello facilitó la rápida expansión del Evangelio.

Los Padres de la Iglesia veían en esto una auténtica Providencia.

No era casualidad.

Era preparación.


Cristo llegó cuando el mundo estaba listo

San León Magno afirmaba que Dios eligió el momento exacto.

La humanidad había experimentado durante siglos que no podía salvarse sola.

Había probado filosofías.

Imperios.

Religiones.

Leyes.

Poder.

Nada bastaba.

Entonces apareció Cristo.

No como un filósofo más.

Sino como el Salvador.


¿Qué ocurre con la evolución humana?

Hoy muchos cristianos se preguntan cómo armonizar la fe con las teorías científicas sobre la antigüedad del universo y del ser humano.

La Iglesia distingue cuidadosamente entre las cuestiones científicas y las verdades reveladas.

La Revelación no pretende ofrecer una cronología científica de la evolución biológica. Su finalidad es anunciar quién creó todas las cosas, cuál es la dignidad del hombre, cómo entró el pecado en el mundo y cómo Dios realiza la salvación. Las investigaciones sobre la antigüedad del universo o del cuerpo humano pertenecen al ámbito de las ciencias naturales y deben estudiarse con sus propios métodos.

Al mismo tiempo, la fe afirma con claridad que el ser humano no es un simple accidente de la materia. Cada alma racional es creada inmediatamente por Dios, y todos los hombres poseen una dignidad única por haber sido creados a imagen y semejanza del Creador (cf. Génesis 1,26-27).

Por ello, incluso si se admiten largos procesos en la historia del cosmos y de la vida, la pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿cuándo decidió Dios revelar plenamente su amor? La respuesta cristiana no depende del número de años transcurridos, sino del designio salvífico culminado en Jesucristo.


¿Y si hubiéramos vivido antes de Cristo?

Es una pregunta interesante.

Muchas personas dicen:

«Yo habría querido vivir en tiempos de Jesús.»

Quizá.

Pero Jesús mismo dijo algo sorprendente.

A Tomás le respondió:

«Bienaventurados los que crean sin haber visto.» (Juan 20,29)

Nosotros poseemos algo que millones de personas anteriores no tuvieron.

Conocemos el desenlace de la historia.

Sabemos quién es el Mesías.

Tenemos los sacramentos.

La Eucaristía.

La Iglesia.

La Escritura completa.

La Tradición apostólica.

Vivimos, en cierto sentido, en un tiempo de privilegio.


La paciencia de Dios no es lentitud

San Pedro responde directamente a quienes pensaban que Dios tardaba demasiado:

«El Señor no tarda en cumplir su promesa… sino que tiene paciencia con vosotros.» (2 Pedro 3,9)

La paciencia divina busca nuestra conversión.

No es retraso.

Es misericordia.


Cristo vino una sola vez… pero sigue viniendo

Aquí encontramos otra enseñanza fundamental.

Muchos piensan que la Encarnación fue un acontecimiento del pasado.

En realidad, Cristo continúa haciéndose presente.

Cada Santa Misa actualiza sacramentalmente el único sacrificio del Calvario.

Cada confesión aplica los frutos de la Cruz.

Cada bautismo incorpora un nuevo miembro a su Cuerpo, que es la Iglesia.

Cada comunión nos une realmente con Él.

La Encarnación no terminó en Belén.

Continúa misteriosamente en la vida sacramental de la Iglesia.


La gran enseñanza para nuestra vida

Quizá la pregunta inicial esconda otra mucho más personal.

No solo preguntamos:

«¿Por qué Dios esperó dos millones de años?»

En realidad solemos preguntar:

  • ¿Por qué tarda en responder mis oraciones?
  • ¿Por qué no cambia mi situación?
  • ¿Por qué no cura inmediatamente esta enfermedad?
  • ¿Por qué no convierte a ese familiar?
  • ¿Por qué no interviene ahora?

La historia de la salvación nos enseña que Dios nunca llega tarde.

Nosotros vemos fragmentos.

Él contempla el conjunto.

Lo mismo que preparó durante siglos la venida de Cristo, también prepara con infinita sabiduría los acontecimientos de nuestra vida. Muchas veces comprendemos el sentido de una prueba solo años después; otras veces no lo comprenderemos plenamente hasta la eternidad. Sin embargo, la fe nos invita a confiar en que nada escapa a la Providencia divina.


Una mirada pastoral para el cristiano de hoy

Vivimos en una cultura marcada por la prisa. Queremos respuestas inmediatas, soluciones instantáneas y resultados visibles. Esa mentalidad puede infiltrarse también en la vida espiritual. Nos desesperamos cuando no vemos frutos rápidos en la oración, en la educación de los hijos, en la evangelización o en nuestro combate contra el pecado.

El modo de actuar de Dios nos enseña otra lógica: la de la semilla que crece lentamente, la del trigo que madura con el tiempo y la del Reino que comienza como un grano de mostaza para convertirse en un gran árbol (cf. Mateo 13,31-32).

Dios trabaja muchas veces en silencio. Preparó durante siglos la venida del Salvador; también prepara con paciencia la santificación de cada alma. La vida cristiana no consiste en exigir que Dios siga nuestros tiempos, sino en aprender a caminar según los suyos.

Esta certeza también nos anima a evangelizar con esperanza. A veces parece que el mundo se aleja de Dios, que la fe disminuye o que la cultura cristiana retrocede. Sin embargo, la Providencia continúa guiando la historia. Del mismo modo que nadie habría imaginado, durante el exilio de Israel o bajo el dominio de Roma, que la «plenitud de los tiempos» estaba cercana, tampoco nosotros conocemos los designios futuros de Dios. Nuestra misión es permanecer fieles.


Conclusión: el Dios que hace nuevas todas las cosas

La pregunta sobre por qué Cristo vino hace dos mil años y no antes nos conduce a una verdad mucho más grande: Dios no improvisa la historia; la conduce con una sabiduría infinita hacia su cumplimiento en Jesucristo. La Encarnación no fue un acontecimiento tardío, sino el momento exacto elegido desde toda la eternidad para manifestar plenamente el amor del Padre.

El centro de la historia no es un imperio, una revolución ni un descubrimiento científico. El centro de la historia es una Persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Todo converge en Él y todo encuentra en Él su sentido.

Por eso, la cuestión decisiva ya no es cuánto tiempo pasó antes de Belén, sino qué hacemos nosotros con el inmenso don que Dios nos ha concedido. Vivimos después de la Cruz y de la Resurrección; conocemos el Evangelio, participamos de los sacramentos y esperamos el retorno glorioso del Señor. Somos herederos de la «plenitud de los tiempos».

Que esta reflexión fortalezca nuestra confianza en la Providencia. Si Dios preparó con tanta delicadeza el momento de la Encarnación, también está guiando nuestra historia personal con el mismo amor. Puede que no comprendamos todos sus tiempos, pero sí podemos creer con firmeza que sus planes son siempre más sabios que los nuestros.

Como decía santa Teresa de Jesús:

«Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta.»

En definitiva, Dios no llegó tarde a la historia. Llegó exactamente cuando debía llegar. Y sigue llegando hoy al corazón de todo aquel que, con fe y humildad, le abre las puertas de su vida.

Acerca de catholicus

Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

Ver también

¿Limpiezas energéticas o confianza en Dios? La verdad que muchos católicos necesitan escuchar antes de quemar palo santo

Vivimos en una época marcada por la incertidumbre. Muchas personas sienten que algo no va …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: catholicus.eu