El «Verano de la Virgen»: la hermosa tradición que vinculaba la cosecha agrícola con el triunfo celestial de María

Hay momentos del año en los que la Iglesia parece hablarnos con un lenguaje que todos podemos comprender, incluso antes de abrir un libro de teología. El otoño nos habla de la madurez y del final; el invierno, de la espera; la primavera, de la vida que renace; y el verano, con sus campos dorados, sus frutos maduros y sus largas jornadas de luz, parece proclamar que la creación ha llegado a un momento de plenitud.

En el corazón de ese verano, el 15 de agosto, la Iglesia celebra una de las solemnidades más antiguas y hermosas de la cristiandad: la Asunción de la Santísima Virgen María.

No es casualidad que esta fiesta haya quedado profundamente vinculada a las tradiciones rurales de numerosos pueblos europeos. Allí donde la cosecha comenzaba a recogerse, donde los frutos maduraban y donde el hombre contemplaba con gratitud el resultado de meses de trabajo, la Iglesia colocó una fiesta que anunciaba una cosecha infinitamente superior: la glorificación de una criatura humana en cuerpo y alma.

De ahí nace una hermosa manera de contemplar este período del año como un verdadero «Verano de la Virgen»: un tiempo en el que la naturaleza parece alcanzar su madurez mientras la liturgia nos recuerda que el destino último del hombre no está en la tierra, sino en el Cielo.

Conviene, sin embargo, hacer una precisión histórica. La expresión «Verano de la Virgen» no designa, en sentido estricto, una institución litúrgica universal de la Edad Media ni puede atribuirse sin más a una única tradición medieval documentada. Es más exacto hablar de un conjunto de costumbres, fiestas, bendiciones de frutos y hierbas, celebraciones agrícolas y devociones marianas asociadas al período de la Asunción. La fuerza de la tradición popular fue entrelazando estos elementos hasta convertir el corazón de agosto en un tiempo especialmente mariano.

Y precisamente ahí encontramos algo de enorme valor para el cristiano de hoy.

La Asunción: cuando la cosecha se convierte en teología

La Iglesia enseña como verdad de fe que la Santísima Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.

El papa Pío XII definió solemnemente este dogma el 1 de noviembre de 1950 mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus. Pero la definición dogmática no inventó la doctrina: confirmó solemnemente una fe que había sido venerada y transmitida durante siglos. La tradición cristiana había celebrado la Dormición y glorificación de María mucho antes de la definición dogmática moderna.

San Pablo ofrece una de las imágenes bíblicas más profundas para comprender este misterio:

«Cristo ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que durmieron» (1 Co 15,20).

Cristo es la verdadera primicia. Él es el primero que resucita gloriosamente. Pero María, unida de manera singularísima a su Hijo, participa ya anticipadamente de esa victoria.

Por eso san Juan Pablo II explicó que María es la «primera en compartir en la alianza divina» plenamente realizada en Cristo y que su glorificación constituye una promesa de nuestra propia resurrección.

Aquí aparece la conexión extraordinaria con la agricultura tradicional.

El agricultor contempla el primer fruto maduro y sabe que no se trata solamente de un fruto aislado. Es una señal. Anuncia que la cosecha está llegando.

Del mismo modo, María glorificada es una primicia de la humanidad redimida.

Ella nos muestra anticipadamente lo que Dios quiere realizar en todos aquellos que permanecen unidos a Cristo.

El 15 de agosto en el corazón del verano cristiano

La fiesta de la Asunción no aparece en cualquier momento del calendario. Se encuentra en pleno verano, cuando en muchas regiones del hemisferio norte los campos han alcanzado su madurez.

Para una sociedad rural, esto tenía una importancia enorme.

El hombre medieval no vivía separado de los ritmos de la naturaleza. Dependía de la lluvia, del sol, de la fertilidad de la tierra, de la maduración del trigo, de la vid, de los árboles frutales y de la protección de los animales.

La cosecha no era simplemente una cuestión económica.

Era una cuestión de supervivencia.

Por eso la religión cristiana no podía ser una experiencia desconectada del campo. El agricultor trabajaba, pero sabía que no podía fabricar el sol. Sembraba, pero no podía crear la semilla. Cuidaba la tierra, pero no podía obligarla a producir.

La naturaleza le recordaba continuamente que el hombre es colaborador, no dueño absoluto de la creación.

La Sagrada Escritura había establecido ya esta visión.

«La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla según sus especies y árboles que dan fruto con la semilla dentro según sus especies» (Gn 1,12).

La creación es don.

Y el trabajo humano se convierte en respuesta agradecida a ese don.

Las bendiciones de las hierbas y los frutos

Uno de los ejemplos más interesantes de esta mentalidad aparece en las antiguas costumbres asociadas al 15 de agosto.

En diversas regiones de Europa, especialmente en los países germánicos, existe la tradición de llevar hierbas y plantas a la iglesia para ser bendecidas en la solemnidad de la Asunción. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia reconoce esta costumbre y explica su vinculación con la fiesta mariana.

La importancia teológica de este gesto es mayor de lo que podría parecer.

No se trataba simplemente de llevar plantas para obtener «buena suerte».

La Iglesia procuró orientar hacia Dios aquello que en otras culturas podía haber quedado asociado a prácticas mágicas. La bendición cristiana no convierte las plantas en objetos mágicos ni garantiza automáticamente salud, prosperidad o protección.

Más bien proclama que toda criatura procede de Dios y debe conducir al hombre hacia Él.

La bendición transforma la mirada.

El cristiano contempla una planta y puede decir:

«Esto también es obra de Dios».

Contempla el trigo y recuerda la Eucaristía.

Contempla el fruto y recuerda el fruto de la gracia.

Contempla la belleza de la creación y recuerda al Creador.

Y contempla a María glorificada y comprende que la creación entera está destinada a una plenitud que todavía no vemos.

María: la tierra que dio el fruto eterno

Existe aquí una simbología mariana de enorme riqueza.

María es la tierra buena que recibe la Palabra.

Ella es la Virgen que dice:

«Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

Y de ese «fiat» nace Jesucristo.

La comparación agrícola resulta extraordinariamente profunda: la tierra recibe la semilla, la custodia en su interior y finalmente produce fruto.

María recibe en su seno al Verbo eterno hecho carne.

Pero hay una diferencia fundamental: el fruto de María no es simplemente un fruto de la tierra.

Es Cristo mismo.

Por eso la tradición cristiana ha aplicado a María numerosas imágenes procedentes de la naturaleza: jardín cerrado, fuente, viña, lirio, cedro, rosa, tierra fecunda.

No se trata de convertir la naturaleza en una divinidad —algo completamente contrario a la fe cristiana—, sino de descubrir en la creación símbolos que pueden ayudarnos a contemplar la obra de Dios.

El propio Directorio sobre la piedad popular y la liturgia señala que la asociación de las hierbas con la Virgen estuvo favorecida por diversas imágenes bíblicas aplicadas a María y, especialmente, por la referencia al retoño que brota de Jesé y produce el fruto bendito, Cristo.

La Asunción como triunfo de la materia redimida

Existe además una enseñanza especialmente importante para nuestro tiempo.

La Asunción de María afirma que el cuerpo humano importa.

En una cultura que oscila entre la obsesión por el cuerpo y su desprecio, la Iglesia ofrece una respuesta radicalmente diferente.

El cuerpo no es una cárcel del alma.

Tampoco es un objeto destinado exclusivamente al placer.

No es una mercancía.

No es algo que pueda manipularse sin límites.

El cuerpo forma parte de la persona humana y está llamado a participar de la gloria eterna.

María está en el Cielo no solamente como alma.

Está allí en cuerpo y alma.

San Juan Pablo II subrayó precisamente esta singularidad: mientras la resurrección corporal de los demás seres humanos tendrá lugar al final de los tiempos, en María la glorificación corporal fue anticipada por un privilegio especial.

Por eso la Asunción constituye una poderosa defensa de la dignidad humana.

El cristianismo no desprecia la materia.

La materia ha sido asumida por Cristo.

El Verbo se hizo carne.

Cristo resucitó corporalmente.

María fue glorificada corporalmente.

Y nosotros esperamos también:

«La resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Una cosecha que todavía no ha terminado

La imagen agrícola puede llevarnos todavía más lejos.

Cuando un agricultor recoge los primeros frutos, la cosecha no ha terminado necesariamente.

Los primeros frutos son precisamente una promesa de lo que vendrá.

Así debemos comprender a María.

Ella es signo de esperanza para la Iglesia.

El papa Benedicto XVI explicó que en María, la nueva Eva, contemplamos «el comienzo y la imagen de la Iglesia» y un «signo de esperanza cierta» para los cristianos que todavía peregrinan en la tierra.

La Iglesia todavía está en camino.

Nosotros todavía luchamos.

Todavía pecamos.

Todavía necesitamos convertirnos.

Todavía sufrimos enfermedades, pérdidas, envejecimiento y muerte.

Pero María ya ha llegado.

Ella es como la primera luz que anuncia el amanecer completo.

Y precisamente por eso el «Verano de la Virgen» puede convertirse en una poderosa catequesis.

¿Qué puede enseñarnos hoy esta tradición?

Vivimos en una sociedad prácticamente desconectada de los ciclos agrícolas. Muchos compramos los alimentos en supermercados sin pensar siquiera de dónde proceden.

Podemos tener tomates en invierno, frutas fuera de temporada y alimentos procedentes de miles de kilómetros.

La tecnología ha reducido nuestra dependencia directa de la naturaleza.

Pero eso puede hacernos olvidar una verdad elemental: seguimos siendo criaturas.

Seguimos dependiendo de Dios.

Seguimos envejeciendo.

Seguimos necesitando alimento.

Seguimos estando sometidos al tiempo.

Seguimos caminando hacia la muerte.

Y precisamente por eso necesitamos recuperar una espiritualidad de la gratitud.

El «Verano de la Virgen» puede convertirse en una oportunidad pastoral para enseñar a las familias a mirar la creación cristianamente.

Cinco prácticas para vivir un «Verano de la Virgen»

Primero: celebrar verdaderamente la Asunción.

El 15 de agosto no debería reducirse a una fiesta popular, una comida familiar o un día de vacaciones. Es una solemnidad mariana de enorme importancia. Participar en la Santa Misa, rezar el Rosario y meditar el misterio de la Asunción puede devolver a esta fecha su auténtico significado.

Segundo: bendecir la mesa y agradecer los alimentos.

Cada comida puede convertirse en una pequeña catequesis. Antes de comer, una sencilla oración recuerda que el alimento no aparece mágicamente delante de nosotros: detrás de él existen la tierra, el agua, el trabajo humano y, sobre todo, la Providencia divina.

Tercero: enseñar a los niños el lenguaje de la creación.

Una excursión al campo puede convertirse en una lección de teología. Mostrar una espiga de trigo y hablar de la Eucaristía. Observar una semilla y explicar la resurrección. Contemplar un fruto y hablar de la gracia.

Cuarto: abandonar la superstición.

Una bendición no funciona como un amuleto.

El agua bendita no es magia.

Una medalla no es un talismán.

Las hierbas bendecidas no son objetos con poderes autónomos.

Todo sacramental conduce a Dios y dispone al hombre a recibir su gracia. Si se separa de la fe, puede degenerar en superstición.

Quinto: mirar a María como destino, no solamente como protección.

Es muy hermoso pedir a la Virgen que nos proteja.

Pero debemos pedir algo todavía más profundo: que nos lleve a Cristo.

María no es el punto final.

Es el camino maternal que conduce al Hijo.

El verdadero «verano» de nuestra vida

Existe finalmente una dimensión espiritual que quizá sea la más hermosa.

El verano representa la madurez.

Pero nuestra vida también necesita llegar a la madurez espiritual.

San Pablo habla de quienes producen fruto:

«El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Ga 5,22-23).

¿Qué estamos cosechando nosotros?

Porque cada vida humana termina produciendo algún fruto.

Algunos producen resentimiento.

Otros producen vanidad.

Otros producen egoísmo.

Otros, en cambio, producen caridad, paciencia, sacrificio, fidelidad y santidad.

La pregunta cristiana no es simplemente cuánto hemos vivido.

Es qué fruto ha producido nuestra vida.

María nos muestra la respuesta.

Toda su existencia estuvo orientada hacia Dios.

Su grandeza no consistió en buscarse a sí misma, sino en entregarse.

Su «fiat» fue una semilla.

Su maternidad fue una semilla.

Su dolor junto a la Cruz fue una semilla.

Su perseverancia junto a los Apóstoles fue una semilla.

Y la Asunción revela el fruto definitivo de esa fidelidad.

María, primicia de la cosecha eterna

El verano terminará.

También terminará nuestra vida.

Los campos que hoy están dorados serán segados.

Las frutas caerán.

Las hojas cambiarán.

Las vacaciones acabarán.

Los años pasarán.

Pero la Asunción proclama que existe una cosecha que no termina.

Cristo ha vencido a la muerte.

María participa ya plenamente de esa victoria.

Y nosotros estamos llamados a ella.

Por eso el «Verano de la Virgen» puede ser mucho más que una bella expresión popular. Puede convertirse en una auténtica escuela de espiritualidad.

Cuando contemplemos un campo maduro, recordemos que también nuestra alma debe madurar.

Cuando recibamos un fruto, recordemos que toda criatura es don.

Cuando veamos una espiga, recordemos la Eucaristía.

Cuando celebremos el 15 de agosto, recordemos que nuestro destino no es simplemente envejecer y desaparecer.

Y cuando levantemos los ojos hacia María, recordemos que una criatura humana ya ha entrado en la gloria con todo su ser.

Ella es la cosecha anticipada.

Ella es la primera flor plenamente abierta del jardín de la Redención.

Ella es la nueva Eva junto al nuevo Adán.

Ella es la Madre que nos precede.

Y su triunfo no nos aleja de la tierra: nos enseña para qué ha sido creada la tierra y hacia dónde camina la humanidad redimida.

La Asunción, celebrada en pleno verano, nos permite contemplar así una de las grandes paradojas de la fe católica: mientras el mundo mira el verano como una época de plenitud pasajera, la Iglesia mira a María y nos recuerda que existe una plenitud que no se marchita.

La cosecha de este mundo termina.

La cosecha de Dios permanece.

Por eso, en medio del calor de agosto, la Iglesia nos invita a mirar al Cielo.

Y allí encontramos a una Mujer.

Una Madre.

Una Reina.

Una criatura humana glorificada.

María Santísima.

Asunta al Cielo, ella es la promesa viva de que la fidelidad a Cristo nunca termina en fracaso.

Como afirmó Benedicto XVI al contemplar este misterio, la Asunción es una invitación a meditar sobre «el verdadero sentido y valor de la existencia humana en vista de la eternidad».

Que este «Verano de la Virgen», por tanto, no sea solamente una hermosa memoria de la piedad de nuestros antepasados.

Que sea también para nosotros una llamada.

A trabajar mientras tenemos tiempo.

A sembrar el bien.

A cultivar el alma.

A recibir los dones de Dios con gratitud.

A vivir unidos a Cristo.

Y a mirar hacia María, porque en ella la Iglesia contempla ya aquello que, por la gracia de Dios, espera llegar a ser algún día.

La cosecha comenzó en Cristo.
La primera gran cosecha humana floreció en María.
Y la cosecha definitiva será la resurrección de los hijos de Dios.

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Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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