Del tercer artículo del Credo: “Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen”

Cuando los cristianos recitamos el Credo, no estamos simplemente pronunciando una fórmula antigua ni repitiendo palabras aprendidas en la infancia. Estamos proclamando el corazón mismo de nuestra fe: quién es Dios, quién es Jesucristo y cuál es nuestra esperanza de salvación.

Entre todos los artículos del Credo, el tercero ocupa un lugar absolutamente central, porque nos introduce en el misterio más grande de la historia: Dios se hizo hombre.

Decimos:

“Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen.”

Estas palabras contienen una profundidad inmensa. Aquí se nos revela el misterio de la Encarnación: el Hijo eterno de Dios asumió nuestra naturaleza humana sin dejar de ser Dios, entrando verdaderamente en la historia, en el tiempo y en nuestra condición.

No se trata de una imagen poética ni de una metáfora espiritual. Es una verdad real, histórica, sobrenatural y dogmática: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.

Comprender este artículo del Credo no solo fortalece nuestra fe, sino que transforma toda nuestra vida espiritual.


El gran misterio: Dios se hizo hombre

La primera pregunta del catecismo nos enseña:

¿Qué nos enseña el tercer artículo del Credo?

Nos enseña que el Hijo de Dios tomó cuerpo y alma, como tenemos nosotros, en las purísimas entrañas de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, y que nació de esta Virgen.

Aquí aparece una verdad esencial: Cristo no “pareció” hombre, ni tomó una apariencia humana, ni descendió como un espíritu disfrazado de hombre.

No.

Jesucristo asumió una verdadera naturaleza humana.

Tuvo cuerpo real.
Tuvo alma racional.
Tuvo inteligencia humana.
Tuvo voluntad humana.
Sintió hambre, cansancio, dolor y lágrimas.

Lloró ante la tumba de Lázaro.
Sintió angustia en Getsemaní.
Sufrió físicamente en la Pasión.
Murió verdaderamente en la Cruz.

Todo esto fue real.

Y precisamente porque fue real, también es real nuestra redención.

Como enseñaban los Padres de la Iglesia:

“Lo que no fue asumido, no fue redimido.”

Cristo asumió toda nuestra humanidad para salvar toda nuestra humanidad.


La Encarnación: obra de toda la Trinidad

Muchas veces se piensa que solamente el Espíritu Santo intervino en la Encarnación, pero el catecismo aclara algo importantísimo.

A la pregunta:

¿Concurrieron también el Padre y el Hijo a formar el cuerpo y crear el alma de Jesucristo?

La respuesta es:

Sí; concurrieron las tres divinas Personas.

Toda obra exterior de Dios pertenece a la Trinidad entera.

El Padre quiso la Encarnación.
El Hijo asumió la naturaleza humana.
El Espíritu Santo realizó milagrosamente esta concepción virginal.

Entonces, ¿por qué decimos especialmente:

“Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo”?

Porque la Encarnación es una obra suprema de amor y bondad, y tradicionalmente las obras de amor se atribuyen al Espíritu Santo.

No porque el Padre y el Hijo no actúen, sino porque el Espíritu Santo es Amor subsistente, el vínculo eterno de amor entre el Padre y el Hijo.

La Encarnación es, por excelencia, la irrupción del Amor divino en la historia humana.


Cristo no dejó de ser Dios

Aquí aparece uno de los errores más frecuentes: pensar que al hacerse hombre, Cristo dejó de ser Dios o se convirtió en una especie de “semidiós”.

Nada más lejos de la fe católica.

La respuesta catequética es clara:

El Hijo de Dios se hizo hombre sin dejar de ser Dios.

Jesús no es mitad Dios y mitad hombre.

Es plenamente Dios y plenamente hombre.

Perfecto Dios.
Perfecto hombre.

No es una mezcla.
No es una confusión.
No es una transformación de Dios en hombre.

Es la unión perfecta de dos naturalezas en una sola Persona.

Este misterio se llama:

La unión hipostática

Es uno de los dogmas más sublimes de toda la fe cristiana.

En Jesucristo hay:

  • naturaleza divina
  • naturaleza humana

Pero hay:

  • una sola Persona

Y esa Persona es divina: la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo eterno.

No existe una “persona humana” distinta en Jesús.

No hay “dos Cristos”.

Hay un solo Cristo.

Un solo Señor.

Un solo Redentor.

Verdadero Dios y verdadero hombre.

Por eso podemos decir con toda verdad:

María es Madre de Dios.

Y también:

Dios murió por nosotros en la Cruz.

No porque la divinidad pueda sufrir, sino porque quien sufrió fue la Persona divina del Verbo en su naturaleza humana.

Esto es teología profunda, pero también es la base de nuestra salvación.


En Cristo hay dos voluntades

El catecismo enseña:

En Jesucristo hay dos voluntades: la divina y la humana.

Esto fue definido solemnemente por la Iglesia frente a antiguas herejías.

Cristo posee voluntad divina porque es Dios.

Cristo posee voluntad humana porque es verdaderamente hombre.

Y ambas están en perfecta armonía.

Esto se ve con claridad en Getsemaní cuando dice:

“Padre, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya.”

No hay oposición pecaminosa, sino expresión verdadera de su humanidad.

Cristo quiso obedecer libremente.

Su obediencia no fue automática.
Fue real.
Fue meritoria.
Fue redentora.


Cristo tenía libre albedrío

Otra pregunta fundamental:

¿Tenía Jesucristo libre albedrío?

Sí.

Cristo era verdaderamente libre.

Pero aquí el catecismo añade algo profundísimo:

No podía obrar el mal, porque poder obrar el mal no es perfección, sino defecto de la libertad.

Esto corrige una idea muy moderna y muy equivocada.

Hoy se suele pensar que libertad significa poder elegir cualquier cosa, incluso el mal.

Pero la verdadera libertad no consiste en poder pecar.

Dios no puede pecar.
Y Dios es infinitamente libre.

Los santos en el Cielo no pueden pecar.
Y allí alcanzan la libertad perfecta.

La posibilidad del pecado no es grandeza, sino limitación.

Cristo fue perfectamente libre precisamente porque estaba perfectamente unido al Bien.


María: verdadera Madre de Dios

Quizá una de las verdades más bellas de este artículo sea esta:

María es Madre de Dios

Muchos se escandalizan al oír esta expresión porque no la comprenden.

Piensan:

“¿Cómo puede una criatura ser madre de Dios?”

La respuesta está en entender quién es Jesús.

María no es madre de la divinidad eterna del Verbo.
María no “origina” a Dios.

Pero sí es Madre de la Persona de Jesucristo, y esa Persona es verdaderamente Dios.

Por eso el título es correcto, necesario y dogmático:

Santa María, Madre de Dios

Negarlo sería dividir a Cristo.

La Iglesia defendió esta verdad con enorme fuerza, especialmente en el Concilio de Éfeso.

Llamar a María Madre de Dios no exagera a María.

Protege la verdadera identidad de Cristo.

Toda verdadera devoción mariana siempre termina defendiendo la cristología.

María nunca eclipsa a Cristo.
Siempre lo revela.


La virginidad perpetua de María

La Iglesia enseña como verdad de fe que María fue:

  • Virgen antes del parto
  • Virgen en el parto
  • Virgen después del parto

Por eso se la llama:

La Virgen por excelencia

No fue virgen solo antes de concebir.

Fue siempre Virgen.

Esto no es una devoción sentimental, sino una verdad profundamente teológica.

La virginidad perpetua manifiesta:

  • la absoluta singularidad de Cristo
  • la total consagración de María a Dios
  • la nueva creación inaugurada por la Encarnación

Cristo nace de un seno virginal porque inaugura una humanidad nueva.

Donde entra Dios, todo queda santificado.


La Asunción de María

El catecismo añade también una verdad dogmática definida solemnemente en 1950:

María fue llevada al Cielo en cuerpo y alma

Este privilegio se llama:

La Asunción de María

No se trata de una simple tradición piadosa, sino de un dogma de fe.

La Virgen Santísima, terminada su vida terrena, fue glorificada completamente.

¿Por qué?

Porque aquella que llevó en su seno al Salvador no podía conocer la corrupción del sepulcro como consecuencia del pecado.

La Asunción no aleja a María de nosotros.

Al contrario:
nos muestra nuestro destino final.

Ella ya vive aquello que la Iglesia espera.

María es promesa cumplida.
Nosotros caminamos hacia esa misma gloria.


Una verdad profundamente actual

Muchos creen que estos dogmas son discusiones antiguas, sin relevancia para la vida moderna.

Pero sucede exactamente lo contrario.

Hoy vivimos una profunda crisis de identidad:

¿Quién es el hombre?
¿Qué vale el cuerpo?
¿Qué significa ser persona?
¿Qué es la libertad?
¿Qué es el amor?
¿Qué significa la maternidad?

Todas estas preguntas encuentran respuesta en la Encarnación.

Si Dios asumió un cuerpo humano, entonces el cuerpo importa.

Si Dios nació de una mujer, entonces la maternidad tiene una dignidad inmensa.

Si Cristo obedeció libremente, entonces la libertad no consiste en hacer lo que quiero, sino en amar el bien.

Si María fue elevada al Cielo en cuerpo y alma, entonces nuestro destino no es la nada, sino la gloria.

El Credo no pertenece al pasado.

Es medicina urgente para el presente.


Conclusión: creer para vivir

Cuando decimos:

“Fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; nació de Santa María Virgen”

estamos afirmando mucho más que un dato doctrinal.

Estamos proclamando que Dios ha entrado en nuestra historia.

Que el cielo ha tocado la tierra.

Que la salvación tiene rostro.

Que la misericordia tiene nombre:

Jesucristo.

Y que una mujer, humilde y silenciosa, dijo “sí” para que la redención llegara al mundo.

Cada vez que rezamos el Ángelus, cada vez que contemplamos el Belén, cada vez que pronunciamos el Credo, deberíamos detenernos con reverencia ante este misterio.

Porque aquí comienza todo.

Aquí empieza nuestra esperanza.

Aquí nace nuestra salvación.

Dios se hizo hombre…

para que el hombre pudiera volver a Dios.

Acerca de catholicus

Pater noster, qui es in cælis: sanc­ti­ficétur nomen tuum; advéniat regnum tuum; fiat volúntas tua, sicut in cælo, et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie; et dimítte nobis débita nostra, sicut et nos dimíttimus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in ten­ta­tiónem; sed líbera nos a malo. Amen.

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