Cuando rezamos el Credo en la Santa Misa, muchas veces pronunciamos sus palabras con familiaridad, casi de memoria, sin detenernos a contemplar la inmensa riqueza que contienen. Sin embargo, cada artículo del Credo encierra un océano de verdad, de gracia y de vida espiritual.
Uno de los más profundos y también más incomprendidos en nuestro tiempo es el noveno artículo:
“Creo en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos.”
Vivimos en una época donde muchos dicen: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”, o incluso: “No necesito la Iglesia para salvarme”. Esta mentalidad, tan difundida hoy, revela una grave pérdida del sentido sobrenatural.
Cristo no vino solamente a dejar una doctrina, ni simplemente un conjunto de valores morales. Cristo vino a fundar una Iglesia. No dejó un libro como única guía; dejó una sociedad visible, una familia sobrenatural, una Esposa santa, una barca segura en medio del diluvio del mundo.
Hablar de la Iglesia no es hablar de una institución humana más. Es hablar del Cuerpo Místico de Cristo.
Y comprender esto cambia completamente la vida cristiana.
1. ¿Qué nos enseña este artículo del Credo?
El noveno artículo nos enseña que Jesucristo fundó sobre la tierra una sociedad visible llamada Iglesia Católica, y que todos los que forman parte de ella están unidos entre sí en una verdadera comunión espiritual.
No se trata de una idea abstracta ni de un simple sentimiento religioso.
La Iglesia es real.
Visible.
Concreta.
Tiene doctrina, sacramentos, jerarquía, autoridad y misión.
No es una “iglesia invisible” formada solo por quienes “sienten a Dios en su corazón”, como sostienen algunos errores modernos. Nuestro Señor quiso una Iglesia visible, reconocible, identificable.
Así como el Verbo se hizo carne y fue visible entre nosotros, también su Iglesia tiene una dimensión visible y concreta.
Cristo no fundó muchas iglesias.
Fundó una sola.
Y esa Iglesia subsiste en la Iglesia Católica.
2. ¿Por qué después del Espíritu Santo hablamos de la Iglesia?
No es casualidad.
Después de profesar nuestra fe en el Espíritu Santo, inmediatamente confesamos nuestra fe en la Iglesia.
¿Por qué?
Porque toda la santidad de la Iglesia procede del Espíritu Santo.
Él es el alma divina que vivifica a la Iglesia.
Él santifica.
Él ilumina.
Él fortalece.
Él conserva la verdad.
Él sostiene a los mártires.
Él inspira a los santos.
Él actúa en los sacramentos.
Él protege a la Iglesia de caer en error cuando enseña solemnemente la fe.
Sin el Espíritu Santo, la Iglesia sería simplemente una organización humana.
Con Él, es instrumento de salvación eterna.
Por eso no se puede amar verdaderamente al Espíritu Santo y despreciar a la Iglesia.
Sería una contradicción.
3. ¿Qué significa la palabra Iglesia?
La palabra “Iglesia” significa convocación, reunión, asamblea.
Es decir: Dios llama.
Dios convoca.
Dios reúne.
No somos cristianos por casualidad.
No estamos en la Iglesia por accidente.
Hemos sido llamados por una gracia especial.
Dios nos ha sacado de las tinieblas para introducirnos en su Reino.
Nos ha dado la luz de la fe.
Nos ha concedido el Bautismo.
Nos ha abierto el camino de la vida eterna.
Ser católico no es una costumbre cultural.
Es una vocación sobrenatural.
Es una elección divina.
Y esto debería llenarnos de una profunda gratitud.
4. Las tres partes de la Iglesia
Muchos piensan que la Iglesia está formada solo por quienes estamos ahora en la tierra.
Pero la Iglesia es mucho más grande.
Muchísimo más grande.
Sus miembros se encuentran en tres estados:
La Iglesia triunfante
Son los santos que ya están en el cielo, contemplando a Dios cara a cara.
Han vencido.
Han llegado a la meta.
Son nuestros hermanos glorificados.
No están ausentes.
Están más vivos que nosotros.
La Iglesia purgante
Son las almas del purgatorio.
Han muerto en gracia de Dios, pero todavía necesitan purificación antes de entrar en la visión beatífica.
Sufren.
Esperan.
Aman.
Y necesitan nuestra ayuda.
La Iglesia militante
Somos nosotros, los que todavía peregrinamos en la tierra.
Aquí luchamos.
Combatimos.
Caemos.
Nos levantamos.
Perseveramos.
Somos soldados en batalla espiritual.
Por eso se llama militante.
No turista.
No espectadora.
Militante.
5. Una sola Iglesia, un solo Cuerpo
Estas tres partes no forman iglesias separadas.
Forman una sola Iglesia.
Un solo Cuerpo.
Una sola familia.
Una sola comunión.
Tenemos una misma Cabeza: Jesucristo.
Un mismo Espíritu: el Espíritu Santo.
Un mismo fin: la bienaventuranza eterna.
Los del cielo ya la poseen.
Los del purgatorio la esperan.
Nosotros la buscamos.
Pero todos pertenecemos al mismo misterio de salvación.
Esta verdad destruye el individualismo moderno.
Nadie se salva solo.
Nadie camina solo.
La vida cristiana siempre es comunión.
6. ¿Qué es la Iglesia Católica?
La Iglesia Católica es la congregación de todos los bautizados que:
- profesan la misma fe de Cristo
- participan de los mismos sacramentos
- obedecen a los legítimos Pastores
- reconocen especialmente al Romano Pontífice, el Papa
Aquí aparece algo fundamental: no basta decir “yo sigo a Jesús”.
Cristo quiso mediaciones concretas.
Sacramentos concretos.
Autoridad concreta.
Pastores concretos.
Y una cabeza visible concreta: el Papa.
Separar a Cristo de su Iglesia es mutilar el Evangelio.
7. Las cuatro notas de la verdadera Iglesia
¿Cómo distinguir la verdadera Iglesia entre tantas comunidades cristianas?
Por cuatro señales infalibles:
Una
Hay una sola fe.
Un solo Bautismo.
Un solo Señor.
Una sola cabeza visible.
La unidad no es opcional.
Es constitutiva.
Cristo no fundó una confederación de opiniones.
Fundó una sola Iglesia.
Santa
Su Cabeza invisible es Cristo.
Su doctrina es santa.
Sus sacramentos son santos.
Su ley conduce a la santidad.
Aunque haya pecadores dentro de ella —y los hay— la Iglesia sigue siendo santa porque su santidad viene de Dios, no de la perfección humana de sus miembros.
Católica
“Católica” significa universal.
Para todos.
De todos los tiempos.
De todos los pueblos.
De todas las condiciones.
La Iglesia no pertenece a una cultura ni a una nación.
Pertenece a Cristo.
Apostólica
Porque viene de los Apóstoles.
Porque conserva su misma fe.
Porque continúa su misma misión.
Porque está gobernada por sus legítimos sucesores: el Papa y los Obispos.
Y precisamente por estas cuatro notas se llama también Romana, porque estas notas se encuentran plenamente en la Iglesia unida al Obispo de Roma.
8. El Papa: principio visible de unidad
En tiempos de confusión doctrinal, esta verdad se vuelve especialmente importante.
El Papa no es simplemente un administrador religioso.
Es el sucesor de San Pedro.
Vicario de Cristo.
Pastor universal.
Cabeza visible de la Iglesia.
Cristo dijo:
“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.”
No dijo: “sobre opiniones personales”.
No dijo: “sobre consensos humanos”.
Dijo: sobre Pedro.
El Papado no es una invención histórica.
Es una institución divina.
Y su finalidad no es política, sino sobrenatural: custodiar la unidad y la verdad.
9. La infalibilidad de la Iglesia y del Papa
Hoy esta enseñanza suele ser mal entendida.
Infalibilidad no significa impecabilidad.
El Papa puede pecar como hombre.
Puede sufrir.
Puede equivocarse en asuntos prudenciales.
Pero cuando define solemnemente una doctrina de fe o moral para toda la Iglesia, no puede errar.
¿Por qué?
Porque Cristo lo prometió.
Porque el Espíritu Santo asiste a su Iglesia.
Porque la verdad revelada no puede quedar abandonada a la confusión humana.
Sin esta garantía divina, la fe quedaría a merced de opiniones cambiantes.
Con ella, tenemos certeza.
No seguimos modas.
Seguimos la verdad.
10. No basta pertenecer: hay que vivir
Aquí aparece una enseñanza durísima pero necesaria.
No basta “ser católico”.
No basta estar bautizado.
No basta figurar en un registro parroquial.
Hay miembros vivos y miembros muertos.
Miembros vivos
Son los que están en gracia de Dios.
Los justos.
Los que viven unidos sobrenaturalmente a Cristo.
Miembros muertos
Son quienes están en pecado mortal.
Pertenecen exteriormente a la Iglesia, pero interiormente están espiritualmente muertos.
Esto es profundamente actual.
Muchos quieren un catolicismo sin conversión.
Una fe sin cruz.
Una religión sin arrepentimiento.
Pero no existe.
No basta decir: “yo soy católico”.
Hay que vivir como católico.
11. Fuera de la Iglesia no hay salvación
Esta frase escandaliza a la mentalidad moderna, pero debe entenderse correctamente.
Significa que toda salvación viene de Cristo y de su Iglesia.
No hay otro Salvador.
No hay otro camino.
No hay otro Arca.
Así como fuera del Arca de Noé no hubo salvación del diluvio, fuera de la Iglesia no hay salvación eterna.
Sin embargo, la Iglesia también enseña que quien, sin culpa propia, no conoce plenamente la verdad católica, pero busca sinceramente a Dios y cumple su voluntad según su conciencia rectamente formada, puede estar unido al alma de la Iglesia y caminar hacia la salvación por gracia de Cristo.
Esto no relativiza la misión.
La refuerza.
Porque si la plenitud está en la Iglesia Católica, evangelizar sigue siendo una urgencia de caridad.
12. La Comunión de los Santos
Aquí entramos en una de las verdades más hermosas del cristianismo.
Nada bueno queda aislado.
Todo bien verdadero se comparte.
En la Iglesia existe una comunión sobrenatural de bienes espirituales:
- la gracia
- la fe
- la esperanza
- la caridad
- los méritos de Cristo
- los méritos de la Virgen
- las oraciones de los santos
- el fruto de la Santa Misa
- las indulgencias
- las buenas obras
No caminamos solos.
Somos ayudados.
Sostenidos.
Fortalecidos.
Cuando una madre reza por su hijo, actúa la comunión de los santos.
Cuando ofrecemos una Misa por un difunto, actúa la comunión de los santos.
Cuando pedimos la intercesión de un santo, actúa la comunión de los santos.
Cuando hacemos penitencia por otros, actúa la comunión de los santos.
La Iglesia no es una suma de individuos.
Es un misterio de amor compartido.
13. Amar a la Iglesia en tiempos difíciles
Vivimos tiempos complejos.
Escándalos.
Confusión.
Divisiones.
Heridas.
Y muchos usan esto como excusa para alejarse.
Pero precisamente ahora debemos amar más a la Iglesia.
No menos.
No se abandona a la madre porque está herida.
Se la ama más.
Se reza más.
Se sufre con ella.
Se trabaja por su gloria.
Todo católico debe considerar un inmenso honor pertenecer a la Iglesia.
No como un privilegio orgulloso, sino como una responsabilidad santa.
Defenderla.
Servirla.
Conocerla.
Honrarla.
Permanecer fieles.
Especialmente cuando cuesta.
Ahí se prueba el amor.
Conclusión: creer en la Iglesia es creer en Cristo obrando hoy
Decir:
“Creo en la Santa Iglesia Católica”
no es simplemente aceptar una institución.
Es creer que Cristo sigue actuando hoy.
Que sigue enseñando.
Que sigue perdonando.
Que sigue alimentando.
Que sigue santificando.
Que sigue salvando.
Y decir:
“Creo en la Comunión de los Santos”
es afirmar que no estamos solos.
Que el cielo no está lejos.
Que nuestros muertos en gracia siguen unidos a nosotros.
Que los santos interceden.
Que nuestras oraciones tienen peso eterno.
Que la Iglesia atraviesa el tiempo, la muerte y la eternidad.
En una época de soledad, fragmentación y relativismo, este artículo del Credo es una proclamación de esperanza.
No somos huérfanos.
Tenemos una Madre.
Y esa Madre es la Iglesia.
Creerlo.
Amarla.
Defenderla.
Vivir en ella.
Y morir en ella.
Ese es el camino seguro hacia el Cielo.