Hay palabras del Evangelio que atraviesan los siglos y conservan intacta su fuerza. No son simplemente expresiones hermosas ni frases destinadas a consolar momentáneamente al hombre. Son palabras pronunciadas por Jesucristo que revelan quién es Él, manifiestan su autoridad divina y muestran hasta dónde llega el poder de Dios sobre la existencia humana.
Entre ellas encontramos una expresión breve, misteriosa y profundamente conmovedora: «Talita kum».
San Marcos conserva estas palabras de Jesús en el relato de la resurrección de la hija de Jairo. En una habitación donde todos lloran, donde la muerte parece haber pronunciado su última palabra, Cristo se acerca a una niña aparentemente perdida para siempre, toma su mano y pronuncia una orden que cambia radicalmente la escena:
«Talitha qumi», que significa: “Muchacha, a ti te digo, levántate” (Mc 5,41).
No se trata únicamente de un milagro extraordinario. Este episodio constituye una de las manifestaciones más hermosas de la identidad de Jesucristo y de su autoridad sobre la vida y la muerte.
Pero también contiene una enseñanza espiritual de enorme profundidad para el cristiano de hoy: cuando el hombre llega al límite de sus fuerzas, cuando parece que todo está terminado y cuando la esperanza humana se desvanece, Dios sigue teniendo la última palabra.
1. ¿Qué significa realmente «Talita kum»?
La expresión «Talita kum» procede del arameo, la lengua semítica hablada habitualmente en Palestina durante la época de Jesucristo.
El evangelista san Marcos conserva la expresión original y, a continuación, ofrece su traducción para los lectores:
«Y tomando la mano de la niña, le dice: “Talitha qumi”, que significa: “Muchacha, a ti te digo, levántate”» (Mc 5,41).
La expresión puede traducirse como «Niña, levántate» o, conservando el carácter personal de la frase, «Muchacha, a ti te digo: levántate».
Hay un detalle importante: Jesús no pronuncia una fórmula mágica ni utiliza una invocación misteriosa. No estamos ante un ritual, un encantamiento o una técnica religiosa destinada a producir un efecto sobrenatural.
Es el propio Cristo quien habla.
La eficacia de sus palabras no procede de una fórmula lingüística, sino de la autoridad de su persona. Jesús no pide a otra fuerza que intervenga, no invoca un poder superior ni necesita realizar un procedimiento externo. Él mismo ordena a la muerte que ceda su lugar a la vida.
San Marcos conserva también otro detalle significativo: Jesús no se limita a pronunciar unas palabras desde la distancia. Toma a la niña de la mano.
En ese gesto se unen dos dimensiones inseparables del Evangelio: la autoridad divina y la cercanía misericordiosa de Cristo.
El Señor tiene poder para devolver la vida, pero también se acerca personalmente al sufrimiento humano.
2. El contexto bíblico: la hija de Jairo y una esperanza que parecía perdida
Para comprender toda la profundidad de «Talita kum», debemos situarnos en el episodio narrado en el capítulo quinto del Evangelio según san Marcos.
Jesús ha regresado a la otra orilla del mar de Galilea y una gran multitud se reúne a su alrededor.
Entonces aparece Jairo, uno de los jefes de la sinagoga, que se arroja a sus pies y le suplica insistentemente:
«Mi hijita está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella para que se cure y viva» (Mc 5,23).
Jairo es un hombre que ocupa una posición de responsabilidad religiosa dentro de su comunidad. Sin embargo, ante la enfermedad de su hija, no se presenta revestido de autoridad ni preocupado por su prestigio.
Se arrodilla.
Su actitud expresa la humildad de un padre que reconoce que no puede salvar por sí mismo a quien más ama.
Jesús acepta acompañarlo.
Pero, mientras caminan, sucede algo que introduce una nueva prueba. Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años se acerca a Cristo y toca su manto con fe. Jesús se detiene para atenderla y termina diciéndole:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad» (Mc 5,34).
Este episodio intercalado no es un detalle insignificante. San Marcos presenta dos situaciones de sufrimiento que se iluminan mutuamente: una mujer enferma desde hacía doce años y una niña que tiene doce años de edad (Mc 5,25.42).
En ambos casos, Jesús manifiesta su poder sobre la enfermedad y su cercanía hacia quienes sufren.
Pero la situación de Jairo empeora.
Mientras Jesús todavía está hablando, llegan unos hombres de su casa con una noticia terrible:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar ya al Maestro?» (Mc 5,35).
Desde una perspectiva puramente humana, todo ha terminado. Ya no hay nada que hacer. La enfermedad ha vencido y la muerte parece haber cerrado definitivamente cualquier posibilidad.
Sin embargo, Jesús responde a Jairo con unas palabras que constituyen una de las grandes enseñanzas de este pasaje:
«No temas; basta que tengas fe» (Mc 5,36).
Cristo no ignora el dolor del padre. Tampoco niega la realidad de la muerte. Le pide que no permita que el miedo destruya su confianza.
La fe de Jairo tendrá que atravesar precisamente aquello que más teme.
3. «No temas; basta que tengas fe»: la confianza cuando desaparecen las soluciones humanas
Hay momentos en la vida en los que la persona siente que ha agotado todas sus posibilidades.
Una enfermedad que no mejora, un familiar que se aleja de Dios, una situación matrimonial que parece irreparable, una dificultad económica, una pérdida irreparable o una larga etapa de sufrimiento pueden hacer que el corazón experimente algo parecido a lo que vivió Jairo.
Se ha pedido ayuda. Se ha rezado. Se han buscado soluciones. Y, sin embargo, aparentemente nada cambia.
El Evangelio no nos promete que todos nuestros problemas tendrán una solución inmediata ni que cada enfermedad desaparecerá si rezamos con suficiente intensidad.
Sería contrario a la enseñanza cristiana convertir la fe en una garantía de éxito temporal.
La confianza en Dios no consiste en exigirle que actúe conforme a nuestros deseos, sino en abandonarnos a su sabiduría, incluso cuando no comprendemos sus caminos.
Jairo recibe una invitación a confiar precisamente cuando escucha que su hija ha muerto.
La fe cristiana comienza a mostrar su profundidad cuando deja de apoyarse exclusivamente en aquello que nuestros ojos pueden comprobar.
Esto no significa cerrar los ojos ante la realidad, renunciar a buscar ayuda o despreciar los medios humanos. Significa reconocer que Dios es Señor incluso de aquello que supera nuestras capacidades.
La fe no elimina necesariamente el sufrimiento, pero transforma la manera de atravesarlo.
4. «La niña no ha muerto, está dormida»: el significado de las palabras de Jesús
Cuando Jesús llega a la casa de Jairo, encuentra una escena de gran dolor.
Hay personas llorando y lamentándose. El ambiente está dominado por la certeza de la muerte.
Cristo entra y les dice:
«¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5,39).
Los presentes se burlan de Él.
Saben que la niña ha muerto y consideran absurda su afirmación.
Pero Jesús está hablando desde una autoridad que ellos todavía no comprenden.
¿Significa esto que la niña no había muerto realmente?
No. El relato evangélico presenta claramente el acontecimiento como una resurrección de entre los muertos. San Lucas, en su narración paralela, afirma expresamente que la niña había muerto (Lc 8,53-55).
Por tanto, las palabras de Cristo no deben interpretarse como una negación de la muerte física.
La expresión «está dormida» revela otra dimensión.
En la perspectiva bíblica, el sueño puede emplearse como imagen de la muerte. Sin embargo, en labios de Jesús adquiere una profundidad especial: la muerte no representa para Él una barrera infranqueable.
Aquello que para los hombres parece definitivo puede ser alcanzado por el poder de Dios.
La niña está verdaderamente muerta, pero su muerte no puede impedir que Cristo la devuelva a la vida.
Los presentes se burlan porque juzgan desde sus posibilidades humanas. Jesús actúa desde su autoridad divina.
Este contraste nos invita a reflexionar sobre una tentación muy frecuente: creer que los límites de nuestra capacidad son también los límites de lo que Dios puede hacer.
No debemos confundir la esperanza cristiana con el optimismo ingenuo. Pero tampoco debemos reducir la acción de Dios a aquello que podemos explicar o controlar.
5. El poder de Cristo sobre la muerte: una manifestación de su divinidad
El milagro de la hija de Jairo ocupa un lugar importante dentro de la revelación evangélica porque manifiesta la autoridad de Jesucristo sobre la vida.
En el Antiguo Testamento encontramos relatos en los que Dios concede a sus profetas la capacidad de devolver la vida a personas fallecidas.
El profeta Elías resucita al hijo de la viuda de Sarepta mediante una súplica dirigida a Dios (1 Re 17,17-24).
También Eliseo interviene en la recuperación de la vida del hijo de la sunamita (2 Re 4,18-37).
Estos acontecimientos muestran que el poder sobre la vida y la muerte pertenece a Dios y que los profetas actúan como instrumentos de su voluntad.
En el Evangelio, sin embargo, encontramos algo especialmente significativo.
Jesús no se presenta simplemente como un profeta que suplica una intervención divina. Toma a la niña de la mano y le ordena levantarse.
La autoridad de su palabra revela quién es Él.
Esto debe comprenderse a la luz de toda la enseñanza del Nuevo Testamento.
San Juan recoge estas palabras de Jesucristo:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11,25).
No dice únicamente que puede conceder la resurrección o que conoce el camino hacia la vida eterna.
Afirma: «Yo soy la resurrección y la vida».
La vida no es para Cristo una realidad ajena que pueda administrar como un instrumento. Él es el Señor de la vida.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos y que su Resurrección constituye la verdad culminante de nuestra fe (CEC 638).
La resurrección de la hija de Jairo anticipa, dentro de la historia de la salvación, una realidad mucho mayor: la victoria definitiva de Jesucristo sobre la muerte mediante su propia Resurrección.
6. La diferencia entre la resurrección de la hija de Jairo y la Resurrección de Cristo
Es importante realizar una distinción teológica que a veces pasa inadvertida.
La hija de Jairo fue devuelta a la vida terrena. Su cuerpo recuperó la existencia humana ordinaria, pero el relato evangélico no afirma que recibiera un cuerpo glorificado ni que quedara definitivamente libre de la muerte.
Como los demás seres humanos, habría de morir posteriormente.
Lo mismo sucede con Lázaro, a quien Jesús resucita en Betania (Jn 11,1-44), y con el hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17).
Estos milagros son verdaderas resurrecciones, pero no deben confundirse con la Resurrección de Jesucristo.
Cristo no vuelve simplemente a la vida mortal que había dejado atrás. Resucita con un cuerpo glorioso, en una condición nueva y definitiva.
El Catecismo explica que la Resurrección de Cristo es un acontecimiento histórico y trascendente, que confirma su divinidad y abre para nosotros el camino de la vida nueva (CEC 639-646).
San Pablo expresa esta verdad con extraordinaria claridad:
«Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que durmieron» (1 Cor 15,20).
La palabra «primicia» resulta fundamental.
La Resurrección de Jesús no es un milagro aislado destinado únicamente a demostrar su poder. Es el comienzo de la victoria definitiva que Dios realizará en quienes pertenecen a Cristo.
Por eso, el milagro de «Talita kum» debe contemplarse a la luz de la Pascua.
La niña se levanta por la autoridad de Cristo y vuelve a su vida terrena. Jesucristo resucita para no volver a morir y abre a la humanidad las puertas de la vida eterna.
7. La mano de Cristo: un gesto que revela la cercanía de Dios
San Marcos nos ofrece un detalle de gran belleza:
«Y tomando la mano de la niña, le dice: “Talitha qumi”» (Mc 5,41).
Jesús toma su mano.
El gesto es sencillo, pero contiene una profunda enseñanza espiritual.
El Señor no contempla el sufrimiento humano desde una distancia indiferente. Se acerca, toca, acompaña y actúa.
En otros pasajes del Evangelio encontramos esta misma cercanía.
Jesús toca al leproso y lo limpia (Mc 1,40-42). Toma de la mano a la suegra de Pedro y la levanta (Mc 1,30-31). Toca a los enfermos y devuelve la salud a quienes acuden a Él.
No estamos ante un Dios lejano que observa impasible la existencia de sus criaturas.
En la Encarnación, el Hijo eterno de Dios asumió nuestra naturaleza humana. Conoció el hambre, el cansancio, la tristeza, el dolor y la muerte.
El misterio cristiano no consiste en que Dios permanezca al margen del sufrimiento, sino en que ha entrado en nuestra historia para redimirnos.
La mano que toma a la niña es también un signo de la misericordia divina.
Cristo no solo tiene poder para levantar al hombre: quiere acercarse a él.
Esta verdad posee una aplicación pastoral especialmente importante.
Hay personas que, por sus pecados, sus heridas, sus fracasos o sus circunstancias personales, llegan a pensar que Dios ya no quiere acercarse a ellas.
Creen que han caído demasiado bajo, que han desperdiciado su vida o que han perdido definitivamente la posibilidad de volver a Dios.
El Evangelio nos recuerda que Jesucristo no abandona al pecador que desea convertirse.
La misericordia divina no significa justificar el pecado, sino ofrecer al hombre la posibilidad real de abandonarlo y recuperar la amistad con Dios.
8. «Levántate»: una llamada a abandonar el pecado
Aunque el episodio de la hija de Jairo narra una resurrección corporal, la tradición espiritual cristiana permite contemplar también una aplicación moral y pastoral.
La palabra «levántate» nos recuerda que el hombre puede encontrarse espiritualmente caído.
El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre y lo separa de Dios, privándolo de la vida sobrenatural de la gracia.
El Catecismo enseña que el pecado mortal es una posibilidad real de la libertad humana y que, cuando concurren las condiciones necesarias, comporta la pérdida de la caridad y de la gracia santificante (CEC 1855-1861).
Sin embargo, Dios no abandona al hombre a su caída.
Por medio de Jesucristo, nos ofrece el perdón y la reconciliación.
Aquí encontramos una conexión especialmente profunda entre «Talita kum» y el sacramento de la Penitencia.
Cuando un cristiano reconoce sinceramente sus pecados, se arrepiente y acude al sacramento con las disposiciones necesarias, recibe el perdón de Dios mediante el ministerio de la Iglesia.
No se trata de una simple descarga emocional ni de una conversación destinada a tranquilizar la conciencia.
Es un verdadero encuentro sacramental con la misericordia de Cristo.
El Catecismo enseña que quienes se acercan al sacramento de la Penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de las ofensas cometidas contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia (CEC 1422).
El pecador arrepentido puede recuperar la vida de la gracia.
Por eso, podemos contemplar espiritualmente estas palabras del Señor:
«Levántate. No permanezcas en el pecado. No conviertas tu caída en tu morada definitiva. Vuelve a mí».
No son palabras añadidas al Evangelio ni una cita textual de Cristo en este pasaje, sino una aplicación espiritual coherente con su llamada permanente a la conversión.
La gracia de Dios no elimina nuestra responsabilidad. Nos llama a cooperar con ella, abandonar las ocasiones de pecado, reparar el mal cometido y perseverar en una vida nueva.
9. «Y mandó que le dieran de comer»: la importancia de alimentar la vida recuperada
El relato de san Marcos no termina cuando la niña se levanta.
Después de devolverle la vida, Jesús ordena:
«Y les dijo que dieran de comer a la niña» (Mc 5,43).
Este detalle, aparentemente sencillo, merece atención.
La niña ha recuperado la vida y necesita alimentarse.
La acción de Cristo no termina en el acontecimiento extraordinario. También contempla las necesidades ordinarias de la persona.
Desde una perspectiva espiritual, podemos encontrar aquí una enseñanza muy importante: no basta con levantarse; también hay que alimentar la vida recuperada.
El cristiano que abandona el pecado necesita fortalecer su vida sobrenatural.
¿Con qué se alimenta esa vida?
En primer lugar, con la gracia de Dios.
La oración, la escucha de la Palabra divina, la práctica de las virtudes y la participación en la vida sacramental son elementos esenciales de la existencia cristiana.
Pero hay un alimento que ocupa un lugar absolutamente central: la Santísima Eucaristía.
Jesucristo afirma:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51).
La Eucaristía no es un simple recuerdo simbólico de Jesús ni una representación comunitaria de nuestros sentimientos religiosos.
Es verdaderamente el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que contiene al propio Señor bajo las especies eucarísticas.
El Catecismo enseña que la Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida cristiana (CEC 1324).
Por eso, quien ha recuperado la amistad con Dios debe procurar alimentarla mediante una vida espiritual constante.
La conversión no es un acontecimiento aislado que nos permita desentendernos después de nuestra relación con Dios.
Es el comienzo de una vida nueva que necesita ser cultivada.
10. ¿Qué nos enseña «Talita kum» sobre la muerte?
El milagro de la hija de Jairo nos conduce inevitablemente a una de las grandes preguntas de la existencia humana: ¿qué sucede cuando morimos?
La muerte continúa siendo una de las experiencias más difíciles de afrontar.
La cultura contemporánea intenta frecuentemente ocultarla, apartarla de la vida cotidiana o reducirla a un acontecimiento biológico.
Sin embargo, el cristianismo no la considera una realidad insignificante.
La muerte es una consecuencia del pecado original y constituye el término de nuestra peregrinación terrena. El Catecismo enseña que la muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o el rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (CEC 1013).
Pero la fe cristiana no termina en la tumba.
Nuestra esperanza se fundamenta en la Resurrección de Jesucristo.
El Señor no promete que sus discípulos estarán exentos de morir físicamente. Promete algo infinitamente mayor: que la muerte no tendrá la última palabra sobre quienes participen de su victoria.
San Pablo escribe:
«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1 Cor 15,55).
La esperanza cristiana es la resurrección de los muertos y la vida eterna.
El Catecismo enseña que al final de los tiempos, el Reino de Dios llegará a su plenitud y los justos reinarán con Cristo para siempre, glorificados en cuerpo y alma (CEC 1042-1050).
Esta esperanza transforma nuestra relación con los difuntos.
El cristiano no debe afrontar la muerte como si la persona desapareciera simplemente en la nada. Tampoco debe caer en la presunción de afirmar que todos los fallecidos están automáticamente en el cielo.
La Iglesia enseña que debemos encomendar a nuestros difuntos a la misericordia de Dios y ofrecer sufragios por ellos, especialmente el sacrificio eucarístico.
El Catecismo recuerda que la Iglesia, desde los primeros tiempos, ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios por ellos (CEC 1032).
La muerte duele. La separación es real. El llanto no es contrario a la fe.
Pero el cristiano puede llorar sin desesperar, porque sabe que Jesucristo ha vencido a la muerte.
11. La fe no es una fórmula para conseguir milagros
Existe una interpretación equivocada que conviene evitar.
Algunas personas pueden entender «Talita kum» como una especie de fórmula espiritual que, repetida con suficiente intensidad, garantizaría la recuperación de cualquier enfermedad, la solución de cualquier problema o la resurrección de cualquier persona fallecida.
Esta interpretación no es católica.
Jesucristo no ha prometido que todos los enfermos serán curados milagrosamente ni que todos los padres que le supliquen recuperarán a sus hijos.
La fe no es una técnica para obligar a Dios a cumplir nuestros deseos.
Tampoco podemos concluir que una persona que no obtiene la curación solicitada tiene poca fe o que su sufrimiento es consecuencia de una confianza insuficiente.
El Evangelio mismo nos muestra que los justos también sufren y que la voluntad de Dios no siempre coincide con aquello que pedimos.
El cristiano está llamado a rezar con confianza, pedir la intercesión de los santos, acudir a los medios médicos legítimos y permanecer unido a Dios incluso cuando no llega la curación esperada.
La oración no es inútil cuando Dios no concede exactamente lo que pedimos.
Puede sostenernos en la prueba, fortalecer nuestra esperanza, ayudarnos a aceptar su voluntad y prepararnos para la vida eterna.
El mayor milagro que necesita el hombre no es necesariamente recuperar la salud del cuerpo, sino alcanzar la salvación de su alma.
Esto no significa despreciar la vida terrena ni considerar irrelevante el sufrimiento físico. Significa comprender que nuestro destino último supera infinitamente los límites de esta existencia.
12. «Talita kum» y la vida del cristiano en el mundo actual
Las palabras de Jesús conservan una actualidad extraordinaria.
Vivimos en una época marcada por contradicciones.
Por un lado, el hombre dispone de avances científicos y tecnológicos que hace siglos habrían parecido inimaginables. Por otro, muchas personas experimentan una profunda soledad, desorientación, desesperanza y pérdida del sentido de la vida.
La cultura contemporánea ofrece numerosos caminos para distraerse del sufrimiento, pero no siempre proporciona respuestas profundas a las preguntas esenciales.
¿Para qué vivimos? ¿Qué sentido tiene sufrir? ¿Qué ocurre después de la muerte? ¿Es posible empezar de nuevo después de haber cometido graves errores?
El Evangelio no ofrece respuestas superficiales.
Cristo no promete una vida sin dificultades. Invita a seguirlo, tomar la cruz y permanecer unidos a Él.
En este contexto, «Talita kum» puede convertirse en una llamada espiritual para distintas situaciones de nuestra existencia.
Para quien ha perdido la esperanza: no confundas una etapa difícil con el final de tu historia. Dios puede abrir caminos que todavía no alcanzas a ver.
Para quien vive alejado de la fe: no pienses que tu pasado te impide regresar a Dios. La conversión siempre exige arrepentimiento, pero la misericordia divina permanece abierta al pecador que vuelve sinceramente.
Para quien atraviesa una crisis familiar: no abandones la oración ni renuncies al esfuerzo por vivir las virtudes cristianas. Busca también los medios humanos y prudentes que puedan ayudar a resolver el conflicto.
Para quien sufre una enfermedad: pide la curación con confianza, pero no midas el amor de Dios por el resultado inmediato de tu tratamiento. Cristo permanece cerca de ti también en la debilidad.
Para quien ha perdido a un ser querido: permite que el dolor encuentre consuelo en la esperanza de la Resurrección. Reza por esa persona y encomiéndala a la misericordia divina.
Y para todos nosotros existe una invitación fundamental: levantarnos cada día y vivir como verdaderos discípulos de Jesucristo.
No podemos permanecer espiritualmente dormidos mientras nuestra vocación cristiana exige vigilancia, oración, caridad y fidelidad.
13. Una llamada a la vigilancia espiritual: no vivamos dormidos
Hay otra dimensión de este pasaje que merece una reflexión.
La niña se encontraba físicamente muerta, pero el cristiano puede encontrarse espiritualmente adormecido incluso cuando aparentemente lleva una vida normal.
Puede asistir a la iglesia y, sin embargo, vivir sin una verdadera relación con Dios.
Puede conocer las oraciones y repetirlas mecánicamente, sin prestar atención a lo que dice.
Puede recibir los sacramentos sin procurar una conversión sincera.
Puede defender la doctrina católica con palabras y descuidar la caridad, la humildad y la pureza de corazón.
La vida cristiana exige algo más que una apariencia religiosa.
San Pablo exhorta a los cristianos:
«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz» (Ef 5,14).
Esta exhortación, aunque distinta del relato de la hija de Jairo, guarda una relación espiritual muy significativa con él.
El cristiano está llamado a despertar de la indiferencia, del pecado y de la tibieza.
No basta con identificarse culturalmente como católico. Es necesario vivir la fe.
Esto implica recuperar la importancia de la oración diaria, santificar el domingo, participar dignamente en la Santa Misa, confesarse cuando sea necesario, practicar la caridad y formar la conciencia conforme a la doctrina de la Iglesia.
También significa rechazar la mentalidad que pretende adaptar el Evangelio a los deseos personales.
No somos nosotros quienes tenemos que transformar la enseñanza de Cristo para que resulte cómoda.
Somos nosotros quienes debemos dejarnos transformar por su gracia.
14. Una breve oración inspirada en «Talita kum»
Las palabras pronunciadas por Jesús ante la hija de Jairo pueden inspirar una oración personal para los momentos de dificultad espiritual.
No se trata de una oración litúrgica ni de una fórmula sacramental, sino de una súplica sencilla inspirada en el pasaje evangélico.
Señor Jesucristo,
Tú que tomaste de la mano a la hija de Jairo y le devolviste la vida, mira también mi debilidad y mi pobreza.
Cuando el miedo me paralice, dame confianza.
Cuando el pecado me haga caer, concédeme un corazón arrepentido.
Cuando la tristeza oscurezca mi alma, ilumíname con tu gracia.
Cuando me aleje de Ti, llámame nuevamente a tu presencia.
No permitas que viva indiferente a tu amor ni que me acostumbre a una vida cristiana tibia y superficial.
Levántame de mis caídas, fortaléceme en las tentaciones y enséñame a perseverar en la fe.
Alimenta mi alma con tu Palabra y con el Pan de Vida.
Y cuando llegue la hora de mi muerte, concédeme la gracia de permanecer unido a Ti, esperando la resurrección prometida.
Señor, que escuche tu voz y tenga la valentía de levantarme.
Amén.
Conclusión: cuando Cristo habla, la muerte no tiene la última palabra
«Talita kum» es mucho más que una expresión aramea conservada en las páginas del Evangelio.
Es el recuerdo de un acontecimiento en el que Jesucristo manifestó su autoridad sobre la muerte, su cercanía hacia quienes sufren y su identidad como Señor de la vida.
Jairo acudió a Jesús cuando su hija todavía estaba enferma. Pero tuvo que seguir confiando cuando recibió la noticia de que había muerto.
La mujer enferma encontró la curación al acercarse con fe. La niña recuperó la vida cuando Cristo tomó su mano. Y los presentes contemplaron cómo aquello que parecía imposible se realizaba ante sus ojos.
El mensaje no es que todos nuestros sufrimientos desaparecerán milagrosamente ni que podemos exigir a Dios una intervención determinada.
El mensaje es mucho más profundo: Jesucristo es el Señor de la vida y tiene poder para vencer incluso aquello que el hombre considera definitivo.
Por eso, el cristiano no puede vivir prisionero de la desesperanza, del pecado o de la indiferencia espiritual.
Cuando caiga, debe levantarse con la ayuda de la gracia. Cuando peque, debe buscar el perdón. Cuando sufra, debe permanecer unido a Cristo. Y cuando contemple la muerte, debe recordar que su esperanza no descansa en las fuerzas humanas, sino en la Resurrección del Señor.
La hija de Jairo volvió a levantarse porque Cristo la llamó.
Y nosotros tenemos también una llamada que escuchar: abandonar el pecado, despertar de nuestra tibieza y vivir con los ojos puestos en la eternidad.
Porque llegará un día en que la promesa de Cristo alcanzará su plenitud y todos aquellos que le pertenecen participarán de la victoria definitiva sobre la muerte.
Entonces comprenderemos plenamente aquellas palabras de san Pablo:
«Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: La muerte ha sido absorbida en la victoria» (1 Cor 15,54).
«Talita kum»: levántate. Cristo sigue siendo el Señor de la vida.