Hay una realidad que escapa a nuestros sentidos, que no pertenece al mundo material y que, sin embargo, forma parte de la existencia humana. La fe católica enseña que no estamos solos en la creación: junto al mundo visible existe un mundo espiritual, habitado por seres personales, dotados de inteligencia y voluntad, que participan de una naturaleza muy superior a la nuestra.
La Sagrada Escritura habla de los ángeles, de los espíritus celestiales, de Satanás y de los demonios. No los presenta como símbolos de nuestras emociones, representaciones literarias del bien y del mal o simples figuras de un lenguaje religioso antiguo. Son realidades espirituales cuya existencia forma parte de la fe de la Iglesia.
Sin embargo, cuando se habla de estas cuestiones aparece con frecuencia un concepto que no siempre se comprende correctamente: lo preternatural.
¿Qué significa exactamente esta palabra? ¿Qué diferencia existe entre lo preternatural y lo sobrenatural? ¿Qué capacidades poseen los ángeles y los demonios? ¿Cómo pueden actuar estos últimos sobre el pensamiento, las emociones, la imaginación y el comportamiento del hombre? ¿Pueden introducir pensamientos en nuestra mente, influir en nuestras decisiones o llegar a dominar nuestra voluntad?
La teología católica tradicional ofrece respuestas profundas a estas preguntas. Y conocerlas no es una invitación al miedo, sino una oportunidad para comprender mejor la naturaleza de la lucha espiritual, la grandeza de la libertad humana y la necesidad de vivir unidos a Jesucristo.
Porque hay una verdad fundamental que debe acompañar toda reflexión sobre este asunto: el demonio existe, su acción es real, pero su poder es limitado. Dios es el Señor de toda la creación y ninguna criatura puede situarse por encima de su autoridad.
1. ¿Qué es el mundo preternatural?
La palabra preternatural procede del latín praeter naturam, que significa literalmente «más allá de la naturaleza».
En la teología católica clásica, se utiliza para designar determinadas capacidades, fenómenos o intervenciones que superan las facultades propias de una naturaleza determinada, sin pertenecer necesariamente al orden sobrenatural en sentido estricto.
Para comprenderlo, debemos recordar que la creación no está formada únicamente por realidades materiales. Dios ha creado también seres puramente espirituales: los ángeles.
Estos seres poseen una inteligencia y una voluntad que no dependen de un organismo corporal como sucede con el hombre. Su modo de conocer y actuar es, por tanto, diferente y superior al nuestro en determinados aspectos.
Los ángeles buenos y los ángeles caídos conservan las capacidades propias de su naturaleza angélica, aunque estos últimos utilizan sus facultades de manera desordenada y contraria a Dios.
Por eso, cuando hablamos del mundo preternatural en relación con los demonios, nos referimos principalmente a las posibilidades de actuación que corresponden a su naturaleza espiritual y que exceden las capacidades ordinarias del ser humano.
No debemos confundir, sin embargo, esta expresión con la existencia de un segundo universo independiente del mundo creado por Dios. El mundo preternatural no constituye un reino autónomo, ni una realidad que compita con el Creador.
Todo cuanto existe depende de Dios, incluidos los espíritus angélicos y los demonios.
La distinción entre lo natural, lo preternatural y lo sobrenatural permite comprender mejor la relación entre las distintas criaturas y su Creador.
2. Lo natural, lo preternatural y lo sobrenatural: tres realidades diferentes
Esta distinción resulta fundamental para evitar confusiones teológicas.
Aunque las tres expresiones están relacionadas, no significan lo mismo.
El orden natural: aquello que corresponde a nuestra naturaleza
Lo natural comprende las facultades, propiedades y capacidades que pertenecen a cada ser por su propia naturaleza.
En el caso del hombre, hablamos de su cuerpo, sus sentidos, su inteligencia, su voluntad y sus facultades psicológicas.
Podemos conocer mediante los sentidos, razonar, recordar, imaginar, experimentar emociones y tomar decisiones.
Estas capacidades pertenecen a nuestra condición humana.
También pertenecen al orden natural las leyes físicas, biológicas y psicológicas que rigen la existencia de las criaturas.
El conocimiento científico estudia precisamente muchas de estas realidades y permite comprender sus mecanismos y relaciones.
El orden preternatural: aquello que supera las capacidades ordinarias de una naturaleza
Lo preternatural se sitúa más allá de las facultades propias de una naturaleza determinada, pero no significa que sea necesariamente una intervención divina sobrenatural.
Por ejemplo, un ángel, por su naturaleza espiritual, posee capacidades intelectuales y operativas que superan las del hombre.
No necesita ojos humanos para conocer ni un cuerpo humano para actuar. Su inteligencia no depende del funcionamiento cerebral y su existencia no está sometida a las limitaciones propias de nuestra condición corporal.
Desde la perspectiva de la teología escolástica, los espíritus angélicos pueden producir determinados efectos en el mundo material y actuar sobre algunas facultades humanas, siempre dentro de los límites de su naturaleza y de la permisión divina.
Esto explica por qué la tradición teológica considera que los demonios pueden influir sobre la imaginación, los sentidos y las pasiones humanas.
Pero hay que hacer una precisión importante: que una criatura pueda realizar algo que supera las capacidades humanas no significa que posea un poder sobrenatural absoluto.
Un ángel no es Dios. Un demonio tampoco.
El orden sobrenatural: la vida de Dios comunicada al hombre por la gracia
Lo sobrenatural, en sentido teológico estricto, pertenece a un orden completamente distinto.
Se refiere a la participación gratuita de la criatura racional en la vida divina, algo que supera las exigencias y capacidades de toda naturaleza creada.
El hombre no puede alcanzar por sus propias fuerzas la visión beatífica ni producir por sí mismo la gracia santificante.
Necesita la iniciativa de Dios.
La gracia es un don gratuito que nos hace partícipes de la naturaleza divina, según enseña san Pedro:
«Por medio de las cuales nos han sido concedidos los preciosos y sublimes bienes prometidos, para que por ellos os hicierais partícipes de la naturaleza divina» (2 Pe 1,4).
El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla esta enseñanza al explicar la vocación del hombre a la bienaventuranza y la iniciativa divina en la comunicación de su vida (CEC, 1996-2000).
Por tanto, debemos recordar:
- Natural: lo que corresponde a las capacidades propias de una criatura.
- Preternatural: aquello que supera las capacidades ordinarias de una naturaleza determinada, sin ser por ello necesariamente sobrenatural en sentido estricto.
- Sobrenatural: lo que pertenece al orden de la gracia y de la participación en la vida divina, por iniciativa gratuita de Dios.
Esta última distinción es especialmente importante: los demonios pueden actuar de manera preternatural, pero no pueden conceder la gracia santificante, producir la unión sobrenatural con Dios ni realizar milagros por autoridad propia.
3. Los ángeles y los demonios: dos realidades del mismo mundo espiritual
Para comprender la acción preternatural de los demonios debemos comenzar por conocer qué enseña la Iglesia sobre los ángeles.
El Catecismo afirma que los ángeles son criaturas espirituales, no corporales, que tienen inteligencia y voluntad. Son seres personales e inmortales y superan en perfección a todas las criaturas visibles (CEC, 328-330).
No son fuerzas impersonales ni energías cósmicas.
Son criaturas personales de Dios.
Su existencia aparece a lo largo de toda la Sagrada Escritura.
En el Antiguo Testamento encontramos a los ángeles como mensajeros y servidores de Dios. En el Nuevo Testamento aparecen anunciando el nacimiento de Cristo, sirviéndole después de las tentaciones en el desierto y proclamando su Resurrección.
En Mateo 18,10, Jesucristo habla de los ángeles de los pequeños que contemplan continuamente el rostro del Padre celestial.
La Iglesia enseña igualmente la existencia de los ángeles custodios, cuya misión está relacionada con la protección y asistencia espiritual de los hombres.
Pero no todos los ángeles permanecieron fieles a Dios.
La caída de los ángeles rebeldes
El Catecismo enseña que Satanás y los demás demonios fueron creados buenos por Dios, pero se hicieron malos por su propia decisión (CEC, 391-395).
El Concilio IV de Letrán, celebrado en 1215, expresó esta doctrina afirmando que el diablo y los demás demonios fueron creados buenos por naturaleza y que ellos mismos se hicieron malos.
Su caída no fue consecuencia de que Dios hubiera creado algo malo, sino de una decisión libre de rechazo a su Creador.
La Escritura presenta esta rebelión mediante diferentes imágenes y testimonios.
En el Apocalipsis encontramos la figura del dragón y de sus ángeles:
«Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón combatió, y también sus ángeles» (Ap 12,7).
El mismo libro identifica al dragón con la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás (Ap 12,9).
La tradición cristiana ha reflexionado ampliamente sobre esta caída. Entre sus grandes representantes encontramos a san Agustín, san Juan Damasceno y santo Tomás de Aquino.
Conviene precisar que las explicaciones teológicas sobre la naturaleza exacta del pecado de los ángeles y las circunstancias de su caída contienen elaboraciones doctrinales que no deben confundirse con detalles revelados expresamente por la Escritura.
Lo esencial que debemos afirmar es que los demonios son ángeles caídos, que su maldad procede de su propia elección y que su voluntad permanece obstinada en el rechazo de Dios.
4. El mundo preternatural no es un poder independiente de Dios
Uno de los errores más peligrosos al estudiar la demonología consiste en imaginar que Dios y Satanás son dos poderes equivalentes enfrentados en una batalla entre iguales.
Esta concepción es completamente ajena a la fe católica.
Dios es infinito, eterno, omnipotente y Creador de todas las cosas.
Satanás es una criatura espiritual.
Por poderosa que sea su naturaleza, no deja de ser una criatura limitada.
El Catecismo lo explica expresamente en el número 395:
«El poder de Satán no es infinito».
Esta afirmación tiene consecuencias fundamentales.
El demonio no puede crear de la nada, no es omnisciente, no es omnipresente y no puede actuar independientemente de la providencia divina.
Tampoco conoce los secretos del corazón humano como Dios los conoce.
Puede observar las conductas, interpretar determinadas reacciones y extraer conclusiones sobre nuestras inclinaciones, pero no posee la omnisciencia divina.
Su actividad está limitada por su propia naturaleza y por la permisión de Dios.
Aquí encontramos una de las enseñanzas más importantes del libro de Job.
Cuando Satanás acusa a Job y solicita poner a prueba su fidelidad, Dios establece límites a su actuación (Job 1,6-12; 2,1-6).
El relato no presenta a Satanás como un poder autónomo, sino como una criatura cuya actuación permanece sometida a la autoridad divina.
Esto no significa que Dios quiera el mal o se complazca en el sufrimiento humano.
Significa que su providencia es capaz de permitir determinadas pruebas sin perder jamás el dominio de la historia.
El Catecismo enseña que la acción del demonio causa graves daños espirituales e incluso, indirectamente, físicos, pero que dicha acción permanece bajo la providencia divina (CEC, 395).
El demonio puede tentar, engañar y causar daño, pero nunca puede destronar a Dios.
5. ¿Cómo actúan los demonios desde el mundo preternatural sobre el hombre?
Llegamos a una de las cuestiones más importantes de este artículo.
La tradición teológica católica, especialmente desarrollada por santo Tomás de Aquino, explica que los espíritus malignos pueden actuar sobre determinadas facultades humanas.
No debemos imaginar esta acción como una presencia física ordinaria ni como una intervención que necesariamente tenga que manifestarse mediante fenómenos extraordinarios.
La influencia demoníaca puede dirigirse a las facultades sensibles, a la imaginación y a las pasiones.
Su objetivo último es apartar al hombre de Dios y conducirlo al pecado.
Para comprenderlo adecuadamente, debemos distinguir varias formas de actuación.
5.1. La influencia sobre la imaginación
La imaginación es una facultad humana que nos permite representar mentalmente aquello que hemos conocido mediante los sentidos.
Podemos recordar un rostro, imaginar una situación, anticipar un acontecimiento o reconstruir mentalmente una experiencia.
Santo Tomás de Aquino estudia esta cuestión en la Suma Teológica, primera parte, cuestión 111.
Según su explicación, los ángeles, tanto buenos como malos, pueden actuar sobre la imaginación humana mediante determinados efectos sobre las facultades corporales relacionadas con ella.
Esto significa que, dentro de la concepción tomista, un espíritu puede influir en las representaciones imaginativas del hombre sin necesidad de comunicarse con él mediante palabras audibles.
Conviene comprender bien esta afirmación.
No significa que cualquier pensamiento desagradable, imagen perturbadora o recuerdo involuntario proceda del demonio.
La imaginación humana tiene su propio funcionamiento natural y puede producir contenidos mentales por multitud de causas.
El cansancio, el miedo, las experiencias traumáticas, los recuerdos y las preocupaciones influyen en ella.
La enseñanza tomista señala una posibilidad de actuación espiritual, no proporciona un método para diagnosticar la procedencia demoníaca de cada imagen mental.
5.2. La influencia sobre los sentidos
Santo Tomás también considera que los espíritus pueden actuar sobre determinadas facultades sensitivas.
Esto resulta comprensible dentro de su explicación de la naturaleza angélica.
Los sentidos humanos dependen de órganos corporales. Sin embargo, los espíritus angélicos no están sometidos a las limitaciones materiales propias del hombre.
En la reflexión escolástica se admite que pueden producirse determinadas alteraciones sensibles mediante la acción sobre elementos corporales.
Esto no significa que cualquier ruido extraño, sombra, sensación de presencia o percepción inexplicable sea una manifestación demoníaca.
La prudencia es indispensable.
Una percepción anómala puede tener causas físicas, psicológicas o ambientales. No debemos atribuirla automáticamente a una intervención espiritual.
La fe católica reconoce la existencia de los espíritus malignos, pero no invita a interpretar supersticiosamente cada experiencia cotidiana.
5.3. La influencia sobre las pasiones y las emociones
El hombre no es únicamente inteligencia y voluntad.
También posee una dimensión afectiva, formada por sentimientos, emociones y pasiones.
El miedo, la ira, la tristeza, el deseo, la esperanza y la alegría forman parte de nuestra vida psicológica.
Estas realidades no son malas en sí mismas.
Las pasiones pueden contribuir al bien cuando están ordenadas por la razón y orientadas hacia el bien moral.
Pero también pueden convertirse en ocasiones de desorden.
Santo Tomás explica que los espíritus pueden influir sobre determinadas disposiciones sensibles y despertar pasiones que inclinen al hombre hacia ciertas acciones.
Por ejemplo, una tentación puede presentarse acompañada de una fuerte atracción hacia algo desordenado, de una reacción de ira o de una inclinación a rechazar aquello que exige sacrificio.
El demonio puede aprovechar las debilidades humanas, las inclinaciones desordenadas y las circunstancias de la vida.
Sin embargo, debemos evitar una conclusión equivocada: sentir ira, miedo, tristeza o tentaciones no demuestra que una persona esté sometida a una acción demoníaca extraordinaria.
Las emociones forman parte de nuestra naturaleza y no son, por sí mismas, signos de presencia diabólica.
La responsabilidad moral depende de cómo intervienen la inteligencia y la voluntad en nuestros actos.
5.4. La sugestión de pensamientos
¿Puede el demonio introducir pensamientos en nuestra mente?
Esta pregunta requiere una explicación especialmente precisa.
En el lenguaje espiritual se habla frecuentemente de pensamientos sugeridos por el enemigo, de inspiraciones malignas o de tentaciones interiores.
Santo Tomás aborda esta cuestión en la Suma Teológica, primera parte, cuestión 111, artículo 2.
Su explicación establece una distinción fundamental: los demonios no pueden mover directamente la voluntad humana desde su interior como lo hace Dios, pero pueden incitar determinados pensamientos mediante la persuasión, la imaginación y el despertar de las pasiones.
Por tanto, cuando hablamos de que el demonio «introduce pensamientos», debemos entenderlo correctamente.
No significa que pueda entrar en nuestra conciencia y controlar a voluntad todo lo que pensamos.
Puede estimular determinadas representaciones, presentar objetos de deseo, alimentar inclinaciones y favorecer razonamientos engañosos.
Pensemos, por ejemplo, en una persona que siente una fuerte tentación de responder con odio a quien la ha ofendido.
La tentación puede presentar argumentos aparentemente razonables:
- «No tienes por qué perdonarlo».
- «Tienes derecho a hacerle sufrir».
- «Si no te vengas, eres débil».
- «Dios no puede pedirte que perdones algo así».
La tentación puede utilizar una herida real para conducir a una conclusión moralmente equivocada.
Pero la persona conserva la posibilidad de examinar esos pensamientos, rechazarlos y elegir el bien.
La tentación no es todavía pecado. El consentimiento voluntario al mal es lo que introduce la responsabilidad moral.
5.5. La influencia sobre la memoria y los recuerdos
La memoria es otra facultad fundamental de la vida humana.
Gracias a ella conservamos experiencias, conocimientos y recuerdos que contribuyen a nuestra identidad personal.
La teología clásica contempla que la acción de los espíritus puede afectar a determinadas facultades interiores relacionadas con las representaciones sensibles.
Esto permite comprender por qué la tradición tomista incluye la memoria sensible y la imaginación dentro de su reflexión sobre las facultades que pueden experimentar determinadas influencias.
Sin embargo, no debemos afirmar que el demonio tenga acceso ilimitado a todos nuestros recuerdos ni que pueda conocer directamente la totalidad de nuestra vida interior.
Dios es el único que conoce perfectamente el corazón humano.
La memoria también puede verse alterada por causas completamente naturales: enfermedades, envejecimiento, estrés, experiencias dolorosas y otros factores psicológicos o neurológicos.
Por eso, atribuir automáticamente un recuerdo obsesivo o una experiencia traumática a una intervención demoníaca sería una conclusión imprudente.
6. Lo que los demonios no pueden hacer: los límites de su poder sobre el hombre
Tan importante como conocer las posibilidades de actuación de los demonios es comprender aquello que no pueden hacer.
La doctrina católica no presenta al ser humano como una criatura indefensa, sometida inevitablemente a los espíritus malignos.
Dios ha concedido al hombre inteligencia, voluntad y libertad.
Y estas facultades tienen una importancia decisiva en la lucha espiritual.
No pueden obligar a la voluntad a pecar
Esta es una de las enseñanzas más importantes de santo Tomás.
En la Suma Teológica, primera parte, cuestión 111, artículo 2, explica que solamente Dios puede mover interiormente la voluntad humana como principio de su inclinación.
Los ángeles pueden influir indirectamente mediante las pasiones, pero no pueden determinar necesariamente la voluntad.
El hombre conserva su capacidad de consentir o resistir.
Por tanto, el demonio puede tentar, persuadir y presentar el mal bajo apariencia de bien, pero no puede convertir automáticamente esa tentación en un pecado personal.
Esta distinción es esencial para comprender la responsabilidad moral.
No pueden conocer el corazón como Dios
Los demonios no son omniscientes.
Pueden observar las manifestaciones externas del comportamiento humano, conocer circunstancias y extraer conclusiones sobre nuestras inclinaciones.
Pero no poseen el conocimiento infinito y perfecto de Dios.
Santo Tomás aborda esta cuestión al tratar de las tentaciones demoníacas en la Suma Teológica, primera parte, cuestión 114.
El demonio puede tentar teniendo en cuenta las disposiciones que observa, pero no posee el conocimiento divino de los secretos interiores.
No pueden crear ni conceder la gracia
Los demonios no tienen poder creador.
Tampoco pueden conceder la gracia santificante, borrar los pecados ni producir la unión sobrenatural con Dios.
Estas realidades pertenecen exclusivamente a la acción divina.
Un espíritu maligno puede intentar apartar al hombre de la gracia mediante la tentación y el pecado, pero no puede destruir el poder redentor de Jesucristo.
No pueden vencer a Dios
El demonio puede causar daño, pero no puede impedir definitivamente la realización del designio divino.
La victoria de Cristo sobre Satanás es una verdad central de la fe cristiana.
San Pablo proclama que Cristo despojó a los principados y potestades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos por medio de la cruz (Col 2,15).
La cruz no es una derrota aparente que deba corregirse mediante una lucha entre poderes equivalentes.
Es la victoria real de Jesucristo sobre el pecado y la muerte.
7. Las principales formas de actuación demoníaca sobre el hombre
La tradición cristiana ha distinguido diferentes modalidades de influencia demoníaca.
No todas tienen la misma naturaleza ni la misma gravedad.
Es importante señalar que algunos términos empleados en la demonología tradicional pertenecen a clasificaciones teológicas y pastorales, y no constituyen por sí mismos categorías dogmáticas definidas por la Iglesia.
Entre las distinciones más conocidas encontramos las siguientes.
7.1. La tentación ordinaria
Es la forma más habitual de combate espiritual.
Consiste en la incitación al pecado mediante pensamientos, deseos, circunstancias y sugerencias que buscan apartar al hombre de la voluntad de Dios.
La tentación puede presentarse en diferentes ámbitos:
- Contra la fe, mediante la desconfianza en Dios.
- Contra la esperanza, mediante la desesperación o la presunción.
- Contra la caridad, mediante el odio, el rencor y la falta de perdón.
- Contra la pureza, mediante pensamientos y deseos desordenados.
- Contra la justicia, mediante la mentira, el fraude y la explotación.
- Contra la humildad, mediante el orgullo y la soberbia.
- Contra la religión, mediante la indiferencia hacia Dios y el desprecio de las cosas sagradas.
La tentación no necesita manifestaciones extraordinarias.
Puede desarrollarse en las circunstancias más normales de la existencia.
Una persona puede ser tentada a mentir para evitar una responsabilidad, a abandonar la oración por comodidad o a justificar una conducta injusta porque considera que todo el mundo hace lo mismo.
En estos casos, el combate espiritual se desarrolla en el terreno de la libertad y de la conciencia.
7.2. La obsesión diabólica
En la terminología de la demonología tradicional, se utiliza la expresión obsesión diabólica para referirse a una modalidad extraordinaria de influencia que se manifiesta mediante determinadas perturbaciones externas o internas atribuidas a una acción demoníaca.
Puede distinguirse, en algunas clasificaciones tradicionales, entre manifestaciones externas e internas.
Las primeras se relacionan con supuestos fenómenos que afectan al entorno o a los sentidos.
Las segundas se refieren a perturbaciones interiores que se consideran extraordinarias.
Es necesario subrayar que no toda obsesión psicológica, pensamiento repetitivo, miedo intenso o trastorno emocional tiene origen demoníaco.
La expresión tampoco debe utilizarse como diagnóstico improvisado.
El discernimiento de estos casos exige prudencia, conocimiento y acompañamiento eclesiástico adecuado.
7.3. La vejación diabólica
La tradición demonológica utiliza este término para describir determinadas formas extraordinarias de sufrimiento o perturbación atribuidas a una influencia diabólica.
En los relatos tradicionales aparecen referencias a padecimientos físicos, dificultades externas y situaciones de sufrimiento.
El libro de Job constituye un ejemplo bíblico particularmente importante para comprender que la Escritura contempla la posibilidad de que Satanás cause sufrimientos al hombre, siempre dentro de los límites establecidos por Dios (Job 1-2).
No obstante, sería un error considerar que las enfermedades, los accidentes, las dificultades económicas o las desgracias familiares son necesariamente consecuencia de una intervención demoníaca.
El sufrimiento humano tiene múltiples causas y no debe interpretarse automáticamente desde una explicación extraordinaria.
7.4. La posesión diabólica
Es la manifestación extraordinaria más conocida en la tradición cristiana.
La Iglesia reconoce la posibilidad de que un demonio ejerza un dominio extraordinario sobre el cuerpo de una persona, sin que esto signifique que el espíritu humano quede convertido en propiedad del demonio o que desaparezca su dignidad personal.
Los Evangelios contienen diferentes episodios en los que Jesucristo expulsa demonios.
Uno de los más conocidos aparece en Marcos 5,1-20, donde se relata la liberación de un hombre poseído por una legión de espíritus malignos.
Otro episodio importante aparece en Marcos 1,21-28, cuando Jesús ordena a un espíritu impuro que abandone a un hombre en la sinagoga.
Estos relatos muestran la autoridad de Cristo sobre los espíritus malignos.
Sin embargo, la posesión diabólica no debe confundirse con una enfermedad mental, un trastorno neurológico o una alteración psicológica.
El propio Catecismo establece una distinción expresa entre el exorcismo y las enfermedades, especialmente las psíquicas, cuyo tratamiento corresponde a la ciencia médica (CEC, 1673).
Esta precisión resulta fundamental para evitar sufrimientos innecesarios y falsas interpretaciones.
8. La estrategia principal del demonio: apartar al hombre de Dios
Si existe una característica que permite comprender la acción del demonio es su oposición al designio de Dios sobre el hombre.
Su finalidad no es simplemente provocar fenómenos extraños, generar miedo o producir manifestaciones extraordinarias.
Su objetivo fundamental es conducir al hombre hacia el pecado y separarlo de su Creador.
El Catecismo, en el número 394, recuerda que Satanás intentó apartar incluso a Jesucristo de la misión recibida del Padre.
El episodio de las tentaciones en el desierto es especialmente revelador.
Las tentaciones de Cristo en el desierto
El Evangelio de san Mateo presenta a Jesús conducido por el Espíritu al desierto, donde es tentado por el diablo después de ayunar durante cuarenta días y cuarenta noches (Mt 4,1-11).
Las tres tentaciones revelan una profunda realidad espiritual.
Primera tentación: convertir las piedras en pan.
El demonio intenta que Jesús utilice su poder para satisfacer una necesidad material al margen de la obediencia al Padre.
Cristo responde:
«No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4).
La enseñanza es clara: el hombre no puede reducir su existencia a las necesidades materiales.
Segunda tentación: arrojarse desde el pináculo del templo.
El demonio pretende que Jesús obligue a Dios a intervenir de manera extraordinaria.
Cristo responde:
«No tentarás al Señor, tu Dios» (Mt 4,7).
Aquí encontramos una advertencia contra la presunción espiritual y el deseo de exigir a Dios pruebas de su poder.
Tercera tentación: recibir los reinos del mundo a cambio de adorar al demonio.
Esta es la manifestación más evidente de la rebelión contra Dios.
El demonio ofrece poder y gloria a cambio de adoración.
Jesús responde:
«Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto» (Mt 4,10).
La enseñanza es decisiva: ninguna ventaja material, posición social, reconocimiento humano o poder puede justificar la infidelidad a Dios.
Las tentaciones de Cristo nos enseñan que el combate espiritual se desarrolla alrededor de cuestiones fundamentales: la obediencia, la confianza en Dios, la adoración y la fidelidad.
Y también nos muestran que el cristiano no está llamado a vivir dominado por el miedo, sino a resistir el mal permaneciendo unido a Jesucristo.
9. ¿Puede el demonio utilizar nuestras debilidades para tentarnos?
La teología católica reconoce que el demonio puede aprovechar las disposiciones humanas para desarrollar su acción tentadora.
Esto no significa que conozca nuestros pensamientos como Dios ni que pueda leer directamente todos nuestros sentimientos.
Significa que puede observar nuestros comportamientos, reconocer determinadas inclinaciones y utilizar las circunstancias exteriores para presentar tentaciones adaptadas a nuestras debilidades.
Santo Tomás de Aquino estudia esta cuestión en la Suma Teológica, primera parte, cuestión 114, al explicar que el demonio puede tentar teniendo en cuenta las disposiciones de cada persona.
Esto permite comprender una realidad muy práctica.
Una persona inclinada a la soberbia puede ser tentada mediante el orgullo.
Quien tiene dificultades para perdonar puede experimentar tentaciones relacionadas con el resentimiento.
Quien busca constantemente reconocimiento puede verse atraído por la vanidad.
Quien vive dominado por la codicia puede justificar comportamientos injustos para conseguir mayores beneficios.
El demonio no necesita inventar una naturaleza humana diferente para tentar al hombre. Puede aprovechar las inclinaciones desordenadas que ya existen como consecuencia de la condición humana herida por el pecado.
Aquí encontramos una distinción fundamental: la debilidad humana no es necesariamente una acción demoníaca, pero puede convertirse en una ocasión que el demonio aproveche para tentar.
Por eso, el crecimiento en las virtudes tiene una importancia decisiva.
La humildad combate la soberbia.
La castidad ordena los deseos.
La templanza disciplina los apetitos.
La paciencia ayuda a resistir la ira.
La caridad vence el odio.
La esperanza combate la desesperación.
La vida cristiana no consiste solamente en evitar determinadas conductas, sino en transformar progresivamente nuestro corazón mediante la gracia de Dios.
10. El pecado: la verdadera victoria que busca el demonio
Cuando hablamos del mundo preternatural, existe el peligro de prestar demasiada atención a los fenómenos extraordinarios y olvidar la realidad más importante: el pecado.
El demonio no necesita provocar una manifestación espectacular para causar un daño espiritual.
Puede conseguir su objetivo cuando una persona se acostumbra a vivir alejada de Dios, rechaza deliberadamente sus mandamientos y justifica aquello que sabe que es contrario al bien.
El pecado constituye una ruptura del orden moral establecido por Dios.
No todas las tentaciones terminan en pecado, pero el consentimiento voluntario al mal puede conducir al hombre a una progresiva esclavitud espiritual.
San Pablo advierte:
«No deis ocasión al diablo» (Ef 4,27).
Esta exhortación aparece en un contexto de enseñanzas sobre la vida nueva en Cristo, particularmente relacionadas con la verdad, la ira, el trabajo honrado y la caridad.
No se trata de una invitación a buscar obsesivamente posibles influencias demoníacas, sino de una llamada a evitar las ocasiones que favorecen el pecado.
El hombre que alimenta voluntariamente el odio, la mentira, la impureza, la soberbia o la injusticia se coloca en una situación de mayor vulnerabilidad moral.
Por eso, la vida espiritual debe orientarse hacia la conversión del corazón.
No basta con preguntarse si el demonio puede influir sobre nosotros.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Estamos viviendo de manera que nuestra inteligencia, nuestra voluntad y nuestras acciones permanezcan bajo el señorío de Jesucristo?
11. Las prácticas ocultistas: abrir voluntariamente la puerta a aquello que Dios prohíbe
Una cuestión especialmente importante en nuestro tiempo es la proliferación de prácticas relacionadas con el ocultismo.
El interés por la magia, la adivinación, el espiritismo y las supuestas comunicaciones con entidades espirituales se ha extendido en numerosos ambientes culturales.
A menudo estas prácticas se presentan como entretenimiento, búsqueda de conocimiento, desarrollo personal o exploración de energías desconocidas.
Pero la Iglesia mantiene una enseñanza muy clara.
El primer mandamiento prohíbe cualquier práctica que pretenda obtener conocimientos ocultos o someter poderes espirituales mediante procedimientos contrarios a la confianza debida a Dios.
El Catecismo desarrolla esta doctrina en los números 2115-2117.
Entre las prácticas que rechaza encontramos:
- La consulta de horóscopos y la astrología cuando se utilizan como formas de adivinación.
- La quiromancia y la interpretación de presagios.
- La evocación de los muertos.
- El recurso a médiums y prácticas espiritistas.
- La magia y la hechicería.
- Los rituales destinados a invocar o manipular poderes ocultos.
- La utilización de amuletos como medios de protección supersticiosa.
La gravedad de estas prácticas no depende únicamente de que sus resultados sean auténticos o falsos.
Su problema fundamental es religioso y moral: pretenden obtener mediante procedimientos indebidos un conocimiento, una protección o un poder que el hombre debe buscar de manera legítima en Dios.
Es importante distinguir, además, entre la evocación espiritista de los muertos y la oración cristiana por los difuntos.
La Iglesia enseña que podemos y debemos orar por quienes han fallecido, especialmente mediante el ofrecimiento de la Santa Misa.
La comunión de los santos no tiene nada que ver con intentar establecer comunicaciones ocultas con los difuntos.
El cristiano no necesita recurrir a poderes desconocidos para encontrar protección, orientación o esperanza. Su confianza está puesta en Dios.
12. ¿Cómo protegerse de la influencia demoníaca?
La respuesta católica a la realidad del demonio no consiste en vivir obsesionados con él.
Consiste en vivir profundamente unidos a Jesucristo.
La Iglesia ofrece al fiel los medios espirituales necesarios para crecer en la gracia, resistir las tentaciones y permanecer firme en la fe.
La oración diaria
La oración es uno de los medios fundamentales de la vida cristiana.
Mediante ella elevamos nuestra alma a Dios, reconocemos nuestra dependencia del Creador y fortalecemos nuestra relación con Jesucristo.
El Padrenuestro contiene una petición especialmente importante:
«Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal» (Mt 6,13).
Esta petición expresa la conciencia cristiana de que necesitamos la ayuda divina para permanecer fieles.
No es una fórmula mágica, sino una súplica confiada al Padre.
La confesión sacramental
El sacramento de la Penitencia ocupa un lugar fundamental en el combate espiritual.
Mediante la confesión sincera, el arrepentimiento y la absolución sacramental, el cristiano recibe el perdón de los pecados y la reconciliación con Dios.
El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre y supone la pérdida de la gracia santificante.
Por eso, recuperar la amistad con Dios mediante el sacramento de la Reconciliación constituye una necesidad espiritual de primer orden para quien ha caído en pecado mortal.
La confesión no debe vivirse como una práctica motivada por el miedo al demonio, sino como un encuentro con la misericordia de Dios.
La Santa Eucaristía
La Eucaristía es el centro de la vida cristiana.
En ella recibimos verdaderamente a Jesucristo, presente bajo las especies del pan y del vino.
La comunión recibida dignamente fortalece nuestra unión con Cristo y alimenta la vida sobrenatural.
No existe protección espiritual más importante que vivir en gracia de Dios y permanecer unidos a Jesucristo.
El Santo Rosario
El Rosario constituye una práctica profundamente arraigada en la espiritualidad católica.
Mediante la contemplación de los misterios de la vida de Cristo y de la Virgen María, el fiel profundiza en el Evangelio y aprende a contemplar la obra de la Redención.
La devoción a la Santísima Virgen tiene una importancia particular en la lucha contra el mal.
Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la Sagrada Escritura presenta la oposición entre el poder del mal y la obra salvadora de Dios.
La tradición católica contempla a María en relación singular con la victoria de Cristo sobre Satanás.
No debemos atribuir al Rosario propiedades mágicas ni considerarlo un objeto que actúa automáticamente.
Su fuerza espiritual procede de la oración cristiana, de la contemplación de Cristo y de la intercesión de la Madre de Dios.
La lectura de la Sagrada Escritura
La Palabra de Dios ilumina nuestra inteligencia y fortalece nuestra voluntad.
Cuando conocemos la Escritura, aprendemos a distinguir entre la verdad y el engaño, entre el bien y el mal, entre la voluntad de Dios y las falsas promesas del mundo.
La respuesta de Jesucristo a las tentaciones del desierto es un ejemplo extraordinario.
Ante cada tentación, Cristo responde mediante la Palabra de Dios.
El cristiano debe aprender igualmente a fundamentar su vida en la verdad revelada.
Los sacramentales y las bendiciones de la Iglesia
El agua bendita, las bendiciones, las medallas religiosas y otros sacramentales ocupan un lugar importante en la vida de piedad católica.
El Catecismo explica que los sacramentales son signos sagrados instituidos por la Iglesia para preparar a los hombres a recibir el fruto de los sacramentos y santificar las diversas circunstancias de la vida (CEC, 1667).
Entre ellos encontramos las bendiciones y las oraciones de protección.
También es conocida la medalla de san Benito, cuya tradición espiritual está relacionada con la protección frente al mal.
Sin embargo, debemos recordar que los sacramentales no son amuletos.
No actúan por una supuesta fuerza mágica ni sustituyen la conversión personal.
Su sentido está en la oración de la Iglesia y en la disposición de fe de quienes los utilizan.
La protección cristiana no consiste en acumular objetos religiosos, sino en vivir en comunión con Dios.
13. El exorcismo: la autoridad de Cristo confiada a la Iglesia
La existencia del mundo preternatural y la posibilidad de una influencia demoníaca extraordinaria explican la presencia del exorcismo en la vida de la Iglesia.
Jesucristo expulsó demonios durante su ministerio público y manifestó repetidamente su autoridad sobre los espíritus malignos.
Los Evangelios muestran que esta autoridad no procedía de fórmulas mágicas ni de conocimientos ocultos.
Procedía de su propia autoridad divina.
La Iglesia recibió de Cristo el poder y la misión de continuar su obra.
El Catecismo explica en el número 1673 que existe exorcismo cuando la Iglesia pide pública y autoritativamente, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraído a su dominio.
Exorcismo simple y exorcismo solemne
La Iglesia distingue entre diferentes formas de exorcismo.
El exorcismo simple aparece en la celebración del Bautismo.
El exorcismo solemne, conocido como gran exorcismo, solamente puede ser realizado por un sacerdote y con permiso del obispo.
No se trata de una actividad que cualquier persona pueda realizar por iniciativa propia.
El ministerio del exorcismo exige obediencia a las normas de la Iglesia, prudencia y discernimiento.
La Iglesia no permite convertir estas prácticas en espectáculos, negocios o procedimientos improvisados.
La necesidad de distinguir entre enfermedad y acción demoníaca
Esta cuestión merece una atención especial.
El Catecismo advierte expresamente que las enfermedades, particularmente las psíquicas, son una realidad diferente cuya atención corresponde a la ciencia médica.
Por tanto, antes de realizar un exorcismo debe determinarse que no se está confundiendo una enfermedad con una supuesta presencia del Maligno.
Una persona que experimenta alucinaciones, pensamientos intrusivos, ansiedad, depresión, alteraciones del comportamiento o sufrimiento psicológico necesita recibir la atención sanitaria correspondiente.
La fe católica no exige rechazar la medicina.
Al contrario, la razón, la ciencia y la atención médica legítima son compatibles con la vida cristiana.
Cuando existe una sospecha fundada de una influencia extraordinaria, corresponde acudir a la autoridad eclesiástica competente, no buscar soluciones en supuestos especialistas sin autorización.
El exorcismo no es un espectáculo de poder humano: es una oración oficial de la Iglesia que se ejerce bajo la autoridad de Jesucristo.
14. El combate espiritual en el mundo actual
La sociedad contemporánea parece oscilar entre dos posiciones aparentemente opuestas.
Por una parte, encontramos ambientes que niegan la existencia de los demonios y consideran estas realidades simples supervivencias de una mentalidad antigua.
Por otra, se observa un creciente interés por el ocultismo, las prácticas esotéricas, la magia y las experiencias relacionadas con supuestas fuerzas invisibles.
Ambas posiciones pueden conducir a una comprensión equivocada de la realidad espiritual.
El cristiano no debe negar la existencia del demonio, pero tampoco debe convertirlo en el centro de su pensamiento.
La Iglesia nos enseña a reconocer su existencia y su acción sin caer en el miedo, la superstición o la fascinación por lo extraordinario.
En este contexto podemos señalar algunos peligros especialmente relevantes.
La banalización del mal
En determinados ambientes culturales, el demonio se presenta como una figura simpática, una representación estética o un personaje de entretenimiento.
La ficción y las representaciones artísticas no deben confundirse automáticamente con una adhesión religiosa.
Sin embargo, banalizar el mal puede contribuir a perder la sensibilidad moral ante aquello que realmente destruye al hombre.
El pecado no es un juego ni una simple transgresión de normas sociales.
Es una ruptura de la relación con Dios.
La búsqueda de poderes ocultos
La fascinación por la adivinación, los médiums, los rituales y las prácticas esotéricas revela una tentación antigua: querer conocer lo que Dios no nos ha revelado y obtener un poder que no nos corresponde.
El hombre desea controlar su futuro, dominar las circunstancias y encontrar seguridad.
Pero la verdadera confianza cristiana no consiste en controlar lo desconocido, sino en abandonarse a la providencia divina.
El miedo espiritual
También existe el peligro contrario: interpretar cada dificultad como una intervención demoníaca.
Una mala racha, una enfermedad, un conflicto familiar o una dificultad laboral no constituyen pruebas de una acción extraordinaria del demonio.
La vida humana está sometida a limitaciones, sufrimientos y acontecimientos que no siempre comprendemos.
El cristiano debe aprender a vivir estas circunstancias con confianza, prudencia y esperanza.
La pérdida de la vida de gracia
Quizá el mayor peligro espiritual de nuestro tiempo sea la indiferencia hacia Dios.
Cuando el hombre deja de rezar, abandona los sacramentos, pierde el sentido del pecado y considera innecesaria la conversión, su vida espiritual se debilita.
La respuesta no es vivir buscando demonios, sino recuperar la centralidad de Dios.
La Santa Misa, la confesión, la oración, la formación doctrinal y la práctica de las virtudes son medios concretos para permanecer firmes en la fe.
15. La armadura espiritual del cristiano: san Pablo y la lucha contra el mal
Uno de los textos más importantes de la Sagrada Escritura sobre el combate espiritual se encuentra en la carta de san Pablo a los Efesios.
El Apóstol escribe:
«Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las insidias del diablo» (Ef 6,11).
Y continúa:
«Porque nuestra lucha no es contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en los espacios celestes» (Ef 6,12).
San Pablo presenta después los elementos de la armadura espiritual:
El cinturón de la verdad.
El cristiano debe vivir en la verdad, rechazar la mentira y mantener su inteligencia iluminada por la doctrina de Cristo.
La coraza de la justicia.
La vida moral debe estar ordenada por la voluntad de Dios. No basta con conocer el bien: es necesario practicarlo.
El calzado del Evangelio de la paz.
El cristiano está llamado a vivir y anunciar el Evangelio, llevando la paz de Cristo a su familia, a su trabajo y a su entorno.
El escudo de la fe.
La fe permite resistir las tentaciones, las dudas destructivas y las falsas promesas del mundo.
El casco de la salvación.
La esperanza de la salvación protege nuestra mente frente a la desesperación y nos recuerda que nuestra vida está orientada hacia la eternidad.
La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
La Escritura es una fuente fundamental de luz y fortaleza espiritual.
San Pablo termina exhortando a la oración constante.
Esta imagen de la armadura resulta extraordinariamente actual.
El combate espiritual no se gana mediante el conocimiento de secretos ocultos, la acumulación de objetos protectores o la búsqueda de experiencias extraordinarias.
Se gana viviendo en la verdad, practicando la justicia, creciendo en la fe y permaneciendo unidos a Cristo.
16. Una reflexión para la vida espiritual: no debemos temer al demonio, sino apartarnos del pecado
El estudio del mundo preternatural puede despertar nuestra curiosidad, pero debe conducirnos a una conclusión mucho más profunda.
La finalidad de la vida cristiana no es conocer todos los posibles mecanismos de actuación de los demonios.
La finalidad es conocer, amar y servir a Dios.
Es posible pasar mucho tiempo leyendo sobre exorcismos, posesiones, manifestaciones extraordinarias y fenómenos demoníacos, pero descuidar al mismo tiempo la oración, la confesión, la caridad y la vida sacramental.
Eso sería una contradicción.
El cristiano debe recordar que la lucha espiritual no consiste en vivir mirando constantemente al enemigo, sino en mantener la mirada puesta en Jesucristo.
Cuando sentimos una tentación, debemos rechazarla y acudir a Dios.
Cuando caemos en pecado, debemos arrepentirnos y buscar el perdón sacramental.
Cuando experimentamos miedo, debemos fortalecer nuestra confianza en la providencia.
Cuando atravesamos dificultades, debemos recordar que Dios no abandona a quienes confían en Él.
Y cuando observamos el mal en el mundo, debemos responder con la práctica del bien.
La Virgen María es un ejemplo extraordinario de fidelidad a Dios.
Su vida estuvo marcada por la humildad, la obediencia y la confianza absoluta en la voluntad divina.
En ella encontramos una imagen de lo que debe ser el cristiano: una criatura que no pretende ocupar el lugar de Dios, sino que se entrega completamente a Él.
Por eso, la devoción mariana, el Rosario y la imitación de las virtudes de María constituyen medios preciosos para crecer en la vida espiritual.
No porque María sustituya a Cristo, sino porque toda su misión conduce hacia Él.
Conclusión: el mundo preternatural existe, pero Cristo tiene la última palabra
El mundo preternatural nos recuerda que la realidad creada es mucho más amplia de lo que nuestros sentidos pueden percibir.
La fe católica enseña que existen seres espirituales, que los ángeles buenos sirven a Dios y que los demonios, antiguos ángeles que se rebelaron contra su Creador, continúan oponiéndose a su designio de salvación.
Su naturaleza les permite actuar de formas que superan las capacidades ordinarias del hombre. La teología clásica explica que pueden influir sobre determinadas facultades humanas, como la imaginación, los sentidos y las pasiones, y que pueden tentar mediante sugerencias y persuasiones.
Pero también establece límites fundamentales: no pueden obligar necesariamente a nuestra voluntad a pecar, no poseen el conocimiento infinito de Dios y no tienen poder independiente sobre la creación.
El mundo preternatural no debe convertirse en motivo de superstición ni de miedo.
Tampoco debemos negar la existencia del demonio ni reducir su acción a una simple metáfora psicológica.
La doctrina católica nos invita a mantener una actitud de vigilancia espiritual, prudencia y confianza en Dios.
El verdadero combate del cristiano se desarrolla cada día: en la familia, en el trabajo, en las decisiones morales, en la oración, en la lucha contra nuestros defectos y en el esfuerzo por vivir conforme al Evangelio.
Recordemos las palabras de san Pedro:
«Sed sobrios, velad. Vuestro adversario, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe» (1 Pe 5,8-9).
Y recordemos también la promesa de Jesucristo:
«En el mundo tendréis tribulación; pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).
Esta es la certeza que debe acompañar a todo católico.
El demonio es una criatura, Cristo es el Señor. El demonio tienta, Cristo salva. El demonio divide, Cristo reúne. El demonio conduce a la muerte, Cristo ofrece la vida eterna.
Por eso, ante las realidades visibles e invisibles, ante las tentaciones y las dificultades, nuestra respuesta debe ser siempre la misma: permanecer en gracia de Dios, vivir unidos a Jesucristo y confiar plenamente en la victoria de su Cruz.
Porque el cristiano no ha sido llamado a vivir aterrorizado por las tinieblas, sino a caminar como hijo de la luz.
Fuentes doctrinales y teológicas para profundizar
Las siguientes referencias permiten ampliar y comprobar los fundamentos doctrinales y teológicos desarrollados en este artículo:
Sagrada Escritura
- Génesis 3: la tentación y la caída del hombre.
- Job 1-2: la acción limitada de Satanás bajo la providencia divina.
- Mateo 4,1-11: las tentaciones de Jesucristo en el desierto.
- Marcos 1,21-28: Jesucristo expulsa un espíritu impuro.
- Marcos 5,1-20: la liberación del endemoniado de Gerasa.
- Efesios 6,10-18: la armadura espiritual del cristiano.
- Santiago 4,7: resistir al diablo.
- 1 Pedro 5,8-9: vigilancia y firmeza en la fe.
- Colosenses 2,15: la victoria de Cristo sobre los principados y potestades.
- Apocalipsis 12,7-12: Miguel y sus ángeles combaten contra el dragón.
Magisterio de la Iglesia
- Concilio IV de Letrán (1215), constitución Firmiter credimus: doctrina sobre la creación de los ángeles y la caída de los demonios.
- Catecismo de la Iglesia Católica, números 328-336: los ángeles.
- Catecismo de la Iglesia Católica, números 391-395: la caída de los ángeles y la acción de Satanás.
- Catecismo de la Iglesia Católica, números 1667-1673: sacramentales y exorcismos.
- Catecismo de la Iglesia Católica, números 1996-2000: la gracia.
- Catecismo de la Iglesia Católica, números 2115-2117: adivinación, magia y espiritismo.
Teología clásica
- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, primera parte, cuestión 110: la acción de los ángeles sobre las criaturas corporales.
- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, primera parte, cuestión 111: la acción de los ángeles sobre el hombre.
- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, primera parte, cuestión 114: los ataques y tentaciones de los demonios.
- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, primera parte de la segunda parte, cuestión 80: el demonio como causa del pecado.
Estas fuentes permiten distinguir entre la doctrina enseñada por la Iglesia y las explicaciones propias de la elaboración teológica escolástica, evitando atribuir carácter dogmático a todas las hipótesis sobre los mecanismos concretos de la acción preternatural.