Vivimos en una época que tiende a considerar que todas las cosas tienen el mismo valor, que la realidad puede explicarse exclusivamente por lo que vemos y medimos, y que el hombre es, en último término, el dueño absoluto de su propia existencia. Sin embargo, la visión cristiana del universo parte de una comprensión radicalmente distinta: la realidad no es un conjunto de cosas aisladas, iguales y carentes de orden, sino una creación que posee estructura, grados de perfección y una orientación hacia Dios, fuente de todo cuanto existe.
Desde la metafísica clásica hasta la teología de santo Tomás de Aquino, pasando por los Padres de la Iglesia y la tradición escolástica, encontramos una idea fundamental: existe un orden en el ser. Los minerales, las plantas, los animales, el hombre, los ángeles y, por encima de toda criatura, Dios, no pertenecen al mismo grado de realidad ni poseen idéntica perfección ontológica.
Esta concepción recibe el nombre de jerarquía ontológica del ser.
Aunque pueda parecer una cuestión reservada a filósofos y teólogos, sus consecuencias afectan profundamente a nuestra manera de entender la vida, la dignidad humana, la naturaleza, la moral, la educación y nuestra relación con el Creador.
Comprender esta jerarquía permite recuperar una verdad que la mentalidad contemporánea ha ido olvidando: no todo lo que existe posee el mismo grado de perfección, pero todo ser creado tiene su lugar, su naturaleza y su valor dentro del orden establecido por Dios.
1. ¿Qué significa la jerarquía ontológica del ser?
La palabra ontología procede del griego y hace referencia al estudio del ser en cuanto ser. La ontología se pregunta qué significa existir, cuáles son los principios fundamentales de la realidad y qué diferencias existen entre los distintos modos de ser.
Cuando hablamos de jerarquía ontológica, nos referimos al orden de los seres según su grado de perfección, sus capacidades y su modo de participar en la existencia.
No se trata simplemente de establecer una clasificación de las cosas por su utilidad, tamaño, complejidad o importancia económica. Se trata de reconocer que la realidad posee distintos niveles de perfección y que cada naturaleza tiene unas propiedades que la distinguen de las demás.
Una piedra existe, pero no vive. Una planta vive, pero no siente. Un animal siente y se mueve por sus propios impulsos, pero no posee la capacidad racional propia del hombre. El ser humano comprende, delibera y puede orientar libremente sus actos hacia el bien. Los ángeles, por su parte, son criaturas espirituales, dotadas de inteligencia y voluntad, que no poseen cuerpo material.
Y Dios no es simplemente el ser más elevado dentro de esta clasificación. Es infinitamente distinto de todos ellos: Dios es el Ser por esencia, mientras que las criaturas existen por participación y reciben de Él todo cuanto son.
Esta distinción constituye uno de los fundamentos de la metafísica cristiana.
2. Dios: el Ser absoluto y fundamento de toda existencia
Para comprender correctamente la jerarquía del ser, debemos comenzar por su principio y fundamento: Dios.
La fe católica no presenta a Dios como un elemento más dentro del universo, ni siquiera como el más poderoso de todos. Dios trasciende completamente el orden de las criaturas porque no depende de ninguna realidad anterior ni necesita recibir la existencia de otro.
En el libro del Éxodo encontramos una de las revelaciones fundamentales del Antiguo Testamento. Cuando Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, recibe esta respuesta:
«Yo soy el que soy» (Éxodo 3,14).
Esta expresión manifiesta una verdad esencial: Dios es. Su existencia no depende de ninguna condición externa. No ha comenzado a existir, no puede dejar de existir y no necesita de nada para ser.
En la metafísica de santo Tomás de Aquino encontramos una formulación especialmente profunda de esta verdad: Dios es Ipsum Esse Subsistens, es decir, el mismo Ser subsistente.
¿Qué significa esto?
En las criaturas distinguimos entre lo que una cosa es y el hecho de que exista. Podemos comprender la naturaleza de un árbol sin que ese árbol tenga necesariamente que existir. Lo mismo sucede con una persona, un animal o cualquier otra realidad creada.
En Dios, en cambio, no existe esa composición entre esencia y existencia. Su esencia es existir. Por eso, Dios no recibe el ser: es el Ser mismo, eterno, necesario e independiente.
Santo Tomás desarrolla esta doctrina especialmente en la primera parte de la Suma Teológica, cuestión 3, artículo 4, donde estudia si en Dios la esencia y la existencia son lo mismo.
Esta enseñanza tiene una consecuencia decisiva: todo cuanto existe fuera de Dios depende radicalmente de Él.
El libro del Apocalipsis recoge una expresión que manifiesta la eternidad y soberanía divina:
«Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin» (Apocalipsis 21,6).
Dios no ocupa simplemente la cima de una pirámide. Es el fundamento mismo de toda la realidad y el fin último hacia el que está ordenada la creación.
3. La creación: todos los seres reciben su existencia de Dios
Si Dios es el Ser por esencia, las criaturas poseen una existencia recibida.
La doctrina católica enseña que Dios creó libremente todas las cosas de la nada. Esta verdad se conoce tradicionalmente como creatio ex nihilo.
No significa que Dios transformara una materia preexistente, sino que todo cuanto existe fuera de Él tiene en Dios su causa primera.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
«Creemos que Dios no necesita nada preexistente ni ninguna ayuda para crear» (CIC, 296).
La creación no es una prolongación de la sustancia divina, ni una parte de Dios que se haya separado de Él. Esta distinción es esencial para evitar confundir la fe cristiana con las concepciones panteístas, según las cuales Dios y el universo serían, en último término, una misma realidad.
Dios es distinto de su creación, pero está presente en ella sosteniéndola en la existencia.
El libro de la Sabiduría expresa esta dependencia de las criaturas respecto de su Creador:
«Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste» (Sabiduría 11,24).
Por tanto, la jerarquía ontológica no significa que existan seres independientes que se hayan situado por sí mismos en diferentes escalones. Todos reciben de Dios su existencia y sus perfecciones.
El Catecismo, en sus números 295-301, desarrolla esta doctrina sobre la creación, su orden y su dependencia continua de Dios.
La existencia misma es un don.
Y precisamente porque todo ser recibe de Dios su existencia, la creación no es absurda ni carece de sentido. Posee un orden que puede ser contemplado, estudiado y reconocido por la razón humana.
4. Los grados de perfección en la creación: de la materia a la vida espiritual
La creación presenta una extraordinaria diversidad de seres. Cada uno posee unas características propias y manifiesta, de manera limitada, alguna perfección que tiene su origen último en Dios.
La tradición filosófica y teológica distingue habitualmente varios grados de perfección en el mundo creado.
Esta clasificación ayuda a comprender que la realidad no se encuentra formada por elementos indiferenciados, sino por naturalezas distintas, con capacidades y operaciones propias.
4.1. Los seres inanimados: la existencia sin vida
En el nivel más elemental encontramos los seres materiales que carecen de vida: minerales, rocas, agua y otros elementos de la naturaleza.
Estos seres existen, poseen propiedades determinadas y actúan conforme a las leyes propias de su naturaleza. Sin embargo, no tienen capacidad de alimentarse, crecer por sí mismos en sentido biológico, reproducirse ni percibir el mundo.
Una piedra existe, pero no vive.
Esto no significa que carezca de valor. Su existencia es buena en cuanto procede de Dios y forma parte del orden de la creación.
La materia constituye, además, el fundamento físico de numerosas realidades superiores: los organismos vivos necesitan elementos materiales para desarrollar sus funciones.
El universo material no es, por tanto, una realidad despreciable o accidental. Es obra de Dios y merece respeto.
4.2. Los seres vegetales: el nacimiento de la vida
Por encima de los seres inanimados encontramos los organismos vegetales.
Las plantas poseen vida. Se alimentan, crecen, se desarrollan y se reproducen. Realizan operaciones que los seres inertes no pueden ejecutar por sí mismos.
La filosofía aristotélico-tomista explica estas diferencias mediante el concepto de alma.
Conviene aclarar que, en este contexto, el alma no debe entenderse exclusivamente como una realidad espiritual e inmortal, tal como sucede con el alma humana. El término designa el principio vital por el cual un organismo es un ser vivo y realiza sus operaciones propias.
Los vegetales poseen lo que tradicionalmente se denomina alma vegetativa, cuyas facultades fundamentales son la nutrición, el crecimiento y la reproducción.
Su vida no implica conocimiento sensible ni voluntad racional.
En el relato del Génesis encontramos la aparición de la vegetación dentro de la obra creadora de Dios:
«Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semilla y árboles frutales que den fruto según su especie» (Génesis 1,11).
La vida vegetal manifiesta un grado de perfección superior al de la materia inanimada, porque incorpora capacidades que esta última no posee.
4.3. Los animales: la vida sensible
Un grado superior corresponde a los animales.
Además de las funciones vegetativas, poseen sensibilidad, percepción y capacidad de movimiento. Pueden experimentar sensaciones, reaccionar ante estímulos y actuar conforme a sus inclinaciones naturales.
La tradición tomista habla del alma sensitiva, que constituye el principio de sus operaciones vitales y sensibles.
Los animales pueden percibir el dolor y el placer, reconocer su entorno y desarrollar comportamientos complejos. Sin embargo, sus operaciones no equivalen a la inteligencia racional y a la voluntad libre propias del ser humano.
Es importante no confundir inteligencia animal, entendida en sentido amplio, con la capacidad intelectual humana de conocer realidades universales, formular juicios morales y reflexionar sobre el sentido de la propia existencia.
La Sagrada Escritura reconoce el valor de los animales dentro de la creación. En el libro de los Salmos se afirma:
«¡Cuántas son tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría» (Salmo 104,24).
El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 2416, recuerda que los animales son criaturas de Dios y están bajo su providencia. Por ello, el hombre debe tratarlos con respeto y evitar el sufrimiento innecesario.
Sin embargo, reconocer su valor no exige atribuirles una naturaleza idéntica a la humana.
El animal merece respeto por lo que es, no por ser una versión inferior del hombre.
4.4. El hombre: la criatura material y espiritual
En el mundo visible, el ser humano ocupa un lugar singular.
No es solamente un organismo biológico más complejo que los demás. Tampoco es un espíritu encerrado accidentalmente en un cuerpo.
El hombre es una unidad sustancial de cuerpo y alma espiritual.
Esta enseñanza pertenece al núcleo de la antropología cristiana y fue desarrollada especialmente por santo Tomás de Aquino, quien explica que el alma racional es la forma sustancial del cuerpo humano.
En otras palabras, el alma no es un habitante independiente que utiliza el cuerpo como si fuera una herramienta. Es el principio vital que hace que el cuerpo humano sea precisamente un cuerpo humano.
El Catecismo lo expresa en el número 365:
«La unidad del alma y del cuerpo es tan profunda que se debe considerar al alma como la «forma» del cuerpo».
El alma humana posee facultades vegetativas y sensitivas, pero también intelectuales y volitivas.
Gracias a la inteligencia, el hombre puede conocer la verdad, comprender conceptos universales y reflexionar sobre su propia existencia. Gracias a la voluntad, puede elegir libremente y orientar sus actos hacia el bien.
Esta capacidad racional y espiritual distingue al ser humano de los demás seres materiales.
Pero su dignidad no procede únicamente de sus capacidades intelectuales, de su productividad o de su autonomía.
Su fundamento más profundo se encuentra en haber sido creado a imagen y semejanza de Dios:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Génesis 1,26).
El hombre es imagen de Dios porque ha recibido una naturaleza espiritual, capaz de conocer y amar, y porque está llamado a entrar en comunión con su Creador.
De ahí que su dignidad no dependa de la edad, la salud, la inteligencia, la riqueza o la posición social.
Un recién nacido, una persona con discapacidad intelectual, un anciano dependiente y un hombre en plena madurez poseen la misma dignidad humana fundamental.
La dignidad del hombre no se mide por lo que puede producir, sino por lo que es.
El Catecismo desarrolla esta enseñanza en los números 355-357.
4.5. Los ángeles: criaturas puramente espirituales
Por encima del hombre, dentro del orden de las criaturas, encontramos a los ángeles.
La doctrina católica enseña que son seres espirituales, personales, inteligentes y libres, creados por Dios.
No poseen cuerpo material como el ser humano. Su naturaleza es espiritual y, por ello, su modo de conocer y actuar es diferente del nuestro.
La existencia de los ángeles no es una simple representación poética de las fuerzas de la naturaleza. Es una verdad de fe que pertenece a la doctrina de la Iglesia.
El Catecismo, en el número 328, afirma expresamente:
«La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe».
La Biblia ofrece numerosos testimonios sobre su existencia y su misión.
En la carta a los Hebreos leemos:
«¿Es que no son todos espíritus servidores, enviados en ayuda de los que han de heredar la salvación?» (Hebreos 1,14).
Los ángeles sirven a Dios y participan en sus designios providenciales. Son mensajeros, protectores y servidores de su voluntad.
Su naturaleza espiritual los sitúa en un grado de perfección ontológica superior al de las criaturas materiales, incluido el hombre considerado desde su naturaleza puramente humana.
Esto no significa que el hombre sea una criatura insignificante ni que su destino sea inferior en el orden de la salvación. Dios ha llamado al ser humano a una comunión sobrenatural con Él que supera las posibilidades de su propia naturaleza.
La superioridad ontológica natural de los ángeles no debe confundirse con una superioridad automática en santidad sobre todos los hombres.
Un ángel fiel permanece en la gracia de Dios; un hombre puede alcanzar la santidad mediante la gracia y ser glorificado por Cristo.
La historia de la salvación no es una competición entre naturalezas, sino la manifestación del amor de Dios hacia sus criaturas.
5. La jerarquía de los ángeles y la tradición cristiana
La reflexión sobre el orden de los seres espirituales tiene una larga historia en la teología cristiana.
Uno de los autores que más influyó en este campo fue el llamado Pseudo-Dionisio Areopagita, autor cristiano de finales del siglo V o comienzos del VI.
Es importante precisar que no debe identificarse históricamente con el Dionisio mencionado en los Hechos de los Apóstoles, aunque sus escritos circularon bajo ese nombre durante siglos.
Su obra La jerarquía celeste desarrolló una interpretación teológica del orden de los seres angélicos, distinguiendo nueve coros agrupados en tres jerarquías.
La clasificación tradicional es la siguiente:
Primera jerarquía:
- Serafines.
- Querubines.
- Tronos.
Segunda jerarquía:
- Dominaciones.
- Virtudes.
- Potestades.
Tercera jerarquía:
- Principados.
- Arcángeles.
- Ángeles.
Esta clasificación se relaciona con diferentes denominaciones angélicas presentes en la Sagrada Escritura, especialmente en Isaías 6,2-3, Ezequiel 10, Colosenses 1,16 y Efesios 1,21.
El Pseudo-Dionisio interpretó estos nombres dentro de un sistema de orden, iluminación y participación en la bondad divina.
La idea fundamental es que las criaturas espirituales reciben de Dios sus perfecciones y participan de sus dones conforme a su propia naturaleza.
Esta concepción influyó profundamente en la teología medieval, especialmente en santo Tomás de Aquino.
No obstante, conviene distinguir entre la existencia de los ángeles, que es doctrina de fe, y las explicaciones teológicas sobre la distribución exacta de sus coros y sus funciones, que pertenecen al desarrollo de la tradición teológica y no deben presentarse todas como definiciones dogmáticas.
La Iglesia enseña la realidad de los ángeles, pero no ha definido como dogma todos los detalles de cada clasificación tradicional.
6. Santo Tomás de Aquino: la perfección del ser y la participación
La jerarquía ontológica encuentra una de sus formulaciones filosóficas más profundas en el pensamiento de santo Tomás de Aquino.
Su aportación fundamental consiste en explicar que los seres creados no poseen la existencia por sí mismos, sino que participan del ser recibido de Dios.
En la primera parte de la Suma Teológica, cuestión 44, artículo 1, santo Tomás aborda precisamente si todos los seres proceden de Dios como causa primera.
Su respuesta se fundamenta en una distinción esencial: Dios es el ser por esencia; las criaturas son seres por participación.
Para comprenderlo podemos utilizar una comparación sencilla.
Una lámpara puede iluminar porque recibe energía. Su capacidad de iluminar no constituye una propiedad independiente de toda fuente energética.
De manera análoga, aunque la comparación sea limitada, las criaturas poseen el ser porque lo reciben de Dios, que no depende de ninguna causa.
Santo Tomás sostiene que los distintos grados de perfección de las criaturas están relacionados con sus diferentes modos de participar del ser.
No todas las criaturas poseen las mismas perfecciones ni las reciben de idéntica manera.
Una planta posee vida, pero no sensibilidad. Un animal posee sensibilidad, pero no inteligencia espiritual. El hombre posee una naturaleza corporal y espiritual. El ángel posee una naturaleza puramente espiritual.
Esta diversidad no es un defecto de la creación. Forma parte de su riqueza.
En la cuestión 47 de la primera parte de la Suma Teológica, santo Tomás estudia la distinción y multiplicidad de las cosas. Allí explica que la perfección del universo requiere diversidad de criaturas y distintos grados de perfección.
Una creación compuesta exclusivamente por seres idénticos sería menos rica en diversidad de perfecciones que un universo en el que existen múltiples naturalezas, cada una con sus capacidades propias.
Aquí encontramos una idea especialmente importante: la perfección del conjunto no exige que cada criatura posea individualmente todas las perfecciones posibles, sino que la diversidad ordenada manifieste la riqueza de la sabiduría divina.
Esto permite comprender por qué la existencia de seres diferentes no constituye una injusticia por sí misma.
La piedra no necesita tener inteligencia para cumplir su naturaleza. La planta no necesita poseer libertad. El animal no necesita convertirse en hombre.
Cada criatura tiene una perfección propia y contribuye, a su manera, al orden universal.
7. La jerarquía ontológica no significa que todas las criaturas tengan el mismo valor moral
Es necesario detenerse en una cuestión que puede generar confusión.
Reconocer distintos grados de perfección ontológica no significa afirmar que los seres humanos puedan ser clasificados en categorías de dignidad según su inteligencia, fuerza, riqueza, salud o posición social.
La jerarquía del ser no justifica ninguna jerarquía de dignidad entre personas humanas.
Todos los hombres comparten una misma naturaleza humana. Por tanto, todos poseen una dignidad fundamental e inviolable.
La persona más inteligente no es más humana que aquella que tiene dificultades para comprender. El hombre poderoso no posee una dignidad esencial superior a la del pobre. El sano no vale más que el enfermo.
La doctrina cristiana rechaza cualquier interpretación que convierta las diferencias naturales entre personas en una justificación de la opresión, la explotación o el desprecio.
También debemos distinguir entre perfección ontológica y perfección moral.
Un ser humano conserva su naturaleza y dignidad aunque cometa actos moralmente malos. Sin embargo, sus acciones pueden perfeccionar o deformar moralmente su vida.
Un hombre puede tener grandes capacidades intelectuales y utilizarlas para el mal. Otro puede poseer una formación limitada y vivir con profunda caridad y humildad.
En el orden moral, la santidad no se mide por la posición social ni por la capacidad intelectual, sino por la unión con Dios y el crecimiento en las virtudes.
Por eso, la jerarquía ontológica no debe utilizarse para establecer privilegios humanos ni para justificar la dominación de unos sobre otros.
La autoridad legítima, según la doctrina cristiana, debe estar ordenada al servicio del bien común.
El propio Cristo enseñó a sus discípulos:
«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor» (Mateo 20,26).
La verdadera grandeza humana no consiste en imponerse sobre los demás, sino en vivir conforme al orden del bien.
8. La gracia: el hombre está llamado a un destino superior a su naturaleza
Hasta aquí hemos hablado principalmente del orden natural de la creación. Pero la fe católica nos revela algo todavía más profundo.
El hombre no ha sido creado únicamente para vivir, desarrollar sus facultades naturales y desaparecer.
Ha sido llamado a participar de la vida sobrenatural de Dios.
Esta realidad recibe el nombre de gracia santificante.
La gracia no destruye la naturaleza humana ni la sustituye por otra. La eleva, la sana y la capacita para participar de la vida divina.
San Pedro expresa esta vocación de manera extraordinaria:
«Para que lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1,4).
Esta participación no significa que el hombre se convierta en Dios por esencia, ni que desaparezca la distinción entre el Creador y la criatura.
Significa que Dios, por pura generosidad, comunica al hombre una participación sobrenatural en su propia vida.
El Catecismo explica esta doctrina en el número 1997:
«La gracia es una participación en la vida de Dios».
Aquí aparece una distinción fundamental para comprender la visión católica del ser.
Una cosa es la perfección que corresponde a una naturaleza por lo que es; otra, la elevación sobrenatural que Dios concede gratuitamente.
El hombre no puede alcanzar por sus propias fuerzas la visión beatífica. Ningún esfuerzo intelectual, moral o científico puede producir por sí mismo la unión sobrenatural con Dios.
Es un don de la gracia.
Por eso, la finalidad última de la existencia humana no consiste simplemente en alcanzar el máximo desarrollo de las capacidades naturales, sino en llegar a la comunión eterna con Dios.
Esta es la vocación para la que hemos sido creados.
9. Jesucristo: el centro de toda la creación y de la historia
La jerarquía ontológica alcanza su sentido definitivo cuando la contemplamos a la luz de Jesucristo.
El cristianismo no presenta un universo cuyo orden termina en el hombre o en los ángeles. Toda la creación encuentra su principio y su finalidad en Cristo.
San Pablo escribe:
«Porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles» (Colosenses 1,16).
Y añade:
«Todo fue creado por él y para él» (Colosenses 1,16).
Cristo no es una criatura más dentro de la jerarquía. Es el Hijo eterno de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, consustancial al Padre.
En la Encarnación, el Verbo asumió una verdadera naturaleza humana sin dejar de ser Dios.
Por eso Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre.
Su humanidad no convierte su Persona divina en una criatura ni divide a Cristo en dos personas. En Él existen dos naturalezas, divina y humana, unidas en la única Persona del Verbo.
Esta doctrina fue definida solemnemente en el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451.
La Encarnación revela algo extraordinario: Dios no desprecia la creación material, sino que ha querido asumir nuestra naturaleza humana.
El cuerpo humano, lejos de ser una realidad indigna o despreciable, ha sido elevado a una dignidad incomparable por el misterio de la Encarnación.
Y mediante la Resurrección, Cristo inaugura la nueva creación.
El Catecismo, en el número 349, explica que la primera creación encuentra su sentido y su culminación en la nueva creación inaugurada por la Resurrección de Cristo.
Por eso, la jerarquía ontológica no debe entenderse como una simple clasificación filosófica. Su sentido último es cristológico.
Todo procede de Dios, todo subsiste por su poder y todo está llamado a encontrar en Cristo su plenitud.
10. La jerarquía del ser frente a la mentalidad contemporánea
La comprensión cristiana de la jerarquía ontológica tiene una importancia especial en nuestra época, porque muchas corrientes culturales han debilitado la idea de que existe un orden objetivo en la realidad.
En determinados planteamientos contemporáneos se tiende a reducir todas las diferencias a construcciones subjetivas, convenciones sociales o simples relaciones de poder.
Sin embargo, desde la perspectiva católica, la realidad posee una estructura que no depende exclusivamente de lo que el hombre piense sobre ella.
La naturaleza humana no es una invención cultural. La diferencia entre un animal y una persona no es una simple convención. El bien y el mal tampoco dependen exclusivamente de las preferencias individuales.
La razón humana puede descubrir aspectos de ese orden porque participa de una capacidad intelectual que le permite conocer la verdad.
Esta cuestión tiene varias consecuencias importantes.
10.1. Frente al materialismo: el hombre es más que materia
El materialismo filosófico sostiene, en sus distintas formulaciones, que la realidad se explica fundamentalmente mediante la materia y sus procesos.
La visión cristiana, sin negar la importancia de las ciencias naturales, afirma que la realidad no puede reducirse a lo material.
El hombre posee una dimensión espiritual que no puede explicarse adecuadamente como una simple suma de procesos físicos.
La inteligencia humana no se limita a reaccionar ante estímulos. Puede conocer verdades universales, reflexionar sobre el bien, formular juicios morales y preguntarse por el sentido de su propia existencia.
También puede reconocer que determinadas acciones son buenas o malas, incluso cuando sus consecuencias inmediatas resultan desfavorables.
La fe católica sostiene que el alma espiritual es creada directamente por Dios y que es inmortal. Así lo explica el Catecismo en el número 366.
Esta verdad tiene consecuencias decisivas para nuestra concepción de la muerte, la responsabilidad moral y el destino eterno del hombre.
Si el ser humano fuera exclusivamente materia, su existencia quedaría reducida a un proceso biológico temporal. Pero si posee un alma espiritual e inmortal, su vida tiene una dimensión que trasciende la muerte corporal.
10.2. Frente al transhumanismo: la dignidad humana no depende de la perfección técnica
El desarrollo científico y tecnológico plantea preguntas cada vez más importantes sobre la naturaleza humana.
La inteligencia artificial, la ingeniería genética, las tecnologías de modificación corporal y las investigaciones relacionadas con la prolongación de la vida obligan a reflexionar sobre qué significa ser hombre.
La cuestión fundamental no consiste en rechazar indiscriminadamente el progreso científico. La ciencia y la técnica pueden aportar grandes beneficios cuando se ponen al servicio de la persona y del bien común.
El problema aparece cuando se considera que la naturaleza humana es una realidad defectuosa que debe ser superada mediante cualquier intervención tecnológica, o cuando se identifica el valor de una persona con su rendimiento, capacidad intelectual o perfección física.
Desde la antropología católica, el cuerpo no es un objeto del que podamos disponer sin límites. Forma parte de nuestra identidad personal.
El Catecismo, en los números 2288-2291, establece principios morales relativos al respeto de la salud, la integridad corporal y la dignidad de la persona.
La técnica debe estar al servicio del hombre, no el hombre sometido a una concepción ilimitada del progreso técnico.
No necesitamos convertirnos en algo distinto de lo que somos para descubrir nuestra verdadera dignidad: necesitamos comprender nuestra naturaleza y orientarla hacia el bien para el que hemos sido creados.
10.3. Frente al ecologismo desordenado: respetar la creación sin confundir sus naturalezas
La jerarquía ontológica también permite comprender correctamente la relación entre el hombre y el resto de la creación.
La Iglesia enseña que el ser humano posee una posición singular dentro del mundo visible y que ha recibido una responsabilidad especial sobre él.
En Génesis 1,28 encontramos el mandato de Dios al hombre de dominar la tierra y ejercer autoridad sobre los seres vivos.
Pero este dominio no significa que pueda destruir, explotar o utilizar irresponsablemente cuanto existe.
El Catecismo, en los números 2415-2418, explica que el dominio humano sobre la creación está sometido a exigencias morales y que los animales deben recibir un trato respetuoso.
Hay que evitar dos errores opuestos.
El primero consiste en considerar la naturaleza como una realidad sin valor propio, destinada exclusivamente a satisfacer los deseos humanos.
El segundo consiste en situar al hombre como un elemento más de la naturaleza, sin reconocer su singular dignidad y responsabilidad.
La visión cristiana mantiene ambas verdades: el hombre es superior a las demás criaturas materiales por su naturaleza racional y espiritual, pero precisamente por ello tiene una responsabilidad moral mayor sobre el mundo que ha recibido.
No somos propietarios absolutos de la creación. Somos administradores responsables ante Dios.
11. El orden de la creación y el orden moral
La jerarquía ontológica también está relacionada con la ley natural.
Si cada ser posee una naturaleza determinada, esa naturaleza implica unas inclinaciones y unas finalidades propias.
El ser humano, mediante su razón, puede reconocer determinados bienes fundamentales: conservar la vida, buscar la verdad, vivir en sociedad, formar una familia y orientar su existencia hacia Dios.
La moral cristiana no considera que el bien y el mal sean simples opiniones cambiantes.
Existe una relación entre lo que el hombre es y aquello que le permite alcanzar su verdadera perfección.
Por ejemplo, la inteligencia humana está ordenada a la verdad. Cuando una persona utiliza su inteligencia para engañar deliberadamente, no está actuando conforme a la finalidad propia de esa facultad.
La voluntad está ordenada al bien. Cuando el hombre elige voluntariamente el mal, desordena su conducta y perjudica su propia perfección moral.
La libertad, por tanto, no consiste en poder hacer cualquier cosa sin restricciones.
Consiste en tener la capacidad de elegir responsablemente y orientar los propios actos hacia el bien.
El Catecismo, en el número 1954, presenta la ley natural como la participación de la criatura racional en la ley eterna.
Esta doctrina permite comprender que la moral no es una imposición arbitraria de la religión, sino que posee fundamentos relacionados con la propia naturaleza humana.
El pecado, desde esta perspectiva, puede entenderse también como una ruptura del orden debido: el hombre coloca bienes inferiores por encima de bienes superiores, o utiliza desordenadamente aquello que debería conducirlo hacia su verdadera finalidad.
Un ejemplo cotidiano es la relación con los bienes materiales.
El dinero es un bien instrumental, pero no puede convertirse en el fin último de la existencia. El placer tiene su lugar legítimo, pero no puede ocupar el lugar de la virtud. El reconocimiento social puede ser agradable, pero no debe sustituir la búsqueda de la verdad y la santidad.
Cuando los bienes inferiores ocupan el lugar de los superiores, el hombre pierde la orientación de su vida.
12. ¿Cómo vivir de acuerdo con el orden del ser?
La jerarquía ontológica no es únicamente una teoría filosófica. También puede convertirse en una orientación práctica para la vida espiritual.
Comprender que existe un orden en la creación nos invita a ordenar nuestra propia existencia.
12.1. Poner a Dios en el primer lugar
Si Dios es el fundamento de todo cuanto existe y el fin último de la creación, nuestra vida debe estar orientada hacia Él.
No podemos construir una existencia verdaderamente ordenada si convertimos cualquier realidad temporal en el centro absoluto de nuestras decisiones.
El trabajo, la familia, las obligaciones, los proyectos y los bienes materiales tienen su importancia, pero ninguno puede sustituir a Dios.
Cristo lo expresa con claridad:
«Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6,33).
Esto significa recuperar el lugar de la oración, la participación en la Santa Misa, la recepción de los sacramentos y la formación doctrinal.
No se trata de abandonar nuestras responsabilidades terrenales, sino de vivirlas desde una perspectiva sobrenatural.
12.2. Ordenar nuestras pasiones mediante la virtud
El hombre no es solamente inteligencia y voluntad. También posee pasiones, deseos, emociones e inclinaciones sensibles.
Estas realidades no son malas por sí mismas. Forman parte de la naturaleza humana.
Sin embargo, necesitan estar ordenadas por la razón y orientadas hacia el bien.
La templanza, la fortaleza, la justicia y la prudencia permiten que el hombre viva conforme a su naturaleza racional.
Una persona dominada por sus impulsos pierde progresivamente el gobierno de sí misma.
Por el contrario, quien aprende a ordenar sus deseos mediante la virtud alcanza una libertad más profunda.
La tradición espiritual cristiana siempre ha concedido una gran importancia a esta formación interior.
El ayuno, la mortificación, la oración y el examen de conciencia no son prácticas destinadas a despreciar el cuerpo, sino medios para educar los deseos y ordenar la vida hacia Dios.
12.3. Recuperar el orden dentro de la familia
La familia es otro ámbito donde se manifiesta la importancia del orden natural.
La doctrina católica considera el matrimonio como una comunidad de vida y amor entre el hombre y la mujer, fundada en su mutua entrega y abierta a la transmisión de la vida.
La autoridad de los padres no debe entenderse como un ejercicio arbitrario de poder, sino como una responsabilidad orientada a la educación y al bien de los hijos.
Los hijos, por su parte, están llamados a honrar y respetar a sus padres.
El cuarto mandamiento expresa esta relación fundamental.
Una familia necesita orden, responsabilidad, autoridad legítima, sacrificio y amor. Cuando cada miembro comprende sus deberes y los vive con generosidad, la convivencia se fortalece.
La jerarquía no debe convertirse en una excusa para la tiranía, sino en una estructura de servicio y responsabilidad.
12.4. Recuperar el silencio y la contemplación
La mentalidad contemporánea suele identificar el valor de una persona con su actividad, su productividad y la cantidad de información que consume.
Sin embargo, el hombre necesita algo más que producir y recibir estímulos.
Necesita contemplar.
Contemplar significa detenerse ante la realidad, reconocer su significado y elevar la inteligencia hacia la verdad.
La belleza de un paisaje, la lectura de la Sagrada Escritura, el silencio ante el Santísimo Sacramento o la contemplación de la naturaleza pueden convertirse en ocasiones para reconocer la presencia y la grandeza del Creador.
El Salmo 19 comienza con una afirmación extraordinaria:
«Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos» (Salmo 19,2).
El universo puede convertirse en una invitación permanente a la adoración.
No porque la naturaleza sea Dios, sino porque sus perfecciones nos remiten a su Autor.
12.5. Comprender que nuestra meta no es dominar, sino alcanzar la santidad
Finalmente, la jerarquía ontológica nos recuerda que la verdadera grandeza del hombre no consiste en acumular poder, conocimiento o posesiones.
Consiste en alcanzar la plenitud para la que ha sido creado.
La santidad no significa adquirir una naturaleza distinta de la humana, sino permitir que la gracia transforme nuestra vida y nos configure con Jesucristo.
El hombre que vive en pecado puede poseer grandes capacidades naturales y, sin embargo, encontrarse espiritualmente desordenado.
Por el contrario, una persona sencilla, que vive humildemente la caridad, puede encontrarse mucho más cerca de la finalidad sobrenatural para la que Dios la ha creado.
La santidad constituye, en este sentido, la auténtica plenitud de la vida cristiana.
13. Una creación ordenada que encuentra su plenitud en Dios
La jerarquía ontológica del ser nos ofrece una visión extraordinariamente rica de la realidad.
Nos enseña que existir es un don, que la creación posee un orden objetivo y que cada criatura manifiesta, según su naturaleza y sus capacidades, alguna perfección procedente de Dios.
Desde la materia inanimada hasta los seres espirituales, encontramos distintos grados de perfección. El hombre ocupa un lugar singular dentro del mundo visible porque ha sido creado a imagen de Dios y posee un alma espiritual e inmortal.
Los ángeles manifiestan la riqueza del mundo invisible, mientras que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, constituye el centro de toda la creación y de la historia de la salvación.
Pero esta visión también nos recuerda que no debemos confundir el orden natural con el sobrenatural, ni la perfección ontológica con la dignidad moral, ni las diferencias entre criaturas con una supuesta desigualdad de dignidad entre los seres humanos.
Todo procede de Dios y todo está llamado a glorificarlo.
La creación no es una realidad caótica ni un conjunto de elementos sin finalidad. Es una obra de sabiduría divina cuya diversidad refleja, de manera limitada, la riqueza infinita de su Creador.
San Pablo resume esta verdad con unas palabras que contienen una de las afirmaciones más profundas de toda la teología cristiana:
«Porque de él, por él y para él son todas las cosas. A él la gloria por los siglos. Amén» (Romanos 11,36).
Esta es, en definitiva, la clave para comprender la jerarquía ontológica: Dios es el principio de todo ser, el fundamento de toda perfección y el fin último de toda la creación.
El hombre encuentra su verdadero lugar cuando deja de considerarse dueño absoluto de la realidad y reconoce humildemente que ha recibido la existencia de Dios.
Y cuando comprende esta verdad, también comprende algo esencial para su vida espiritual: no ha sido creado para vivir de espaldas a su Creador, sino para conocerlo, amarlo, servirlo y gozar de Él eternamente.
Porque la mayor perfección a la que puede aspirar el hombre no consiste en elevarse por encima de las demás criaturas mediante su propio poder, sino en alcanzar, por la gracia de Jesucristo, la unión eterna con Dios.
Ese es el orden verdadero del ser. Y ese es también el destino sobrenatural al que estamos llamados.
Fuentes doctrinales y teológicas para profundizar
- Sagrada Escritura: Génesis 1-2; Éxodo 3,14; Salmo 19; Salmo 104; Colosenses 1,15-20; Romanos 11,33-36; Hebreos 1,1-14.
- Catecismo de la Iglesia Católica: números 295-301 (la creación); 328-336 (los ángeles); 337-354 (el mundo visible y la jerarquía de las criaturas); 355-368 (el hombre); 1954-1960 (la ley natural); 1996-2005 (la gracia); 2415-2418 (el respeto de la creación).
- Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, primera parte, cuestiones 3, 44, 47, 50-64, 75-76 y 90-93.
- Pseudo-Dionisio Areopagita: La jerarquía celeste, obra fundamental para comprender el desarrollo histórico de la doctrina teológica sobre los órdenes angélicos.
- Concilio de Calcedonia (451): definición cristológica sobre la unidad de Persona y las dos naturalezas de Jesucristo.