Introducción: una oración que no termina donde creemos
Hay momentos de la Santa Misa que repetimos tantas veces que corremos el riesgo de dejar de preguntarnos por su significado. Uno de ellos ocurre cuando el sacerdote invita a los fieles a rezar el Padrenuestro. Toda la asamblea se une entonces a la oración que el mismo Jesucristo enseñó a sus discípulos. Pedimos al Padre que su nombre sea santificado, que venga su Reino, que se haga su voluntad, que nos conceda el pan de cada día, que perdone nuestros pecados y que nos libre del mal.
Sin embargo, cuando rezamos el Padrenuestro en la celebración eucarística, sucede algo que puede llamar la atención, especialmente a quienes están acostumbrados a rezarlo en casa, en el Rosario o en otras devociones: no pronunciamos el «Amén» al concluir sus palabras.
¿Por qué ocurre esto? ¿Es una omisión litúrgica? ¿Se trata de una peculiaridad de la Misa romana? ¿Por qué, después de pedir al Padre que nos libre del mal, el sacerdote continúa con unas palabras que no forman parte del Padrenuestro tal como aparece en el Evangelio?
La respuesta se encuentra en una antigua tradición de la liturgia cristiana: el embolismo.
Esta palabra, poco conocida por muchos católicos, designa una oración que amplía y desarrolla la última petición del Padrenuestro. En la Santa Misa, el sacerdote recoge la súplica «líbranos del mal» y la prolonga mediante una plegaria que pide al Señor la liberación del pecado, la protección frente a la perturbación y la concesión de la paz, mientras esperamos la venida gloriosa de Jesucristo.
El embolismo no es, por tanto, un añadido sin importancia ni una fórmula que se recita simplemente porque así lo establece el ceremonial. Es una expresión de la fe de la Iglesia, una oración profundamente vinculada a la esperanza cristiana, a la lucha contra el pecado, a la paz que procede de Dios y a la espera del retorno glorioso del Señor.
Comprenderlo nos ayudará a participar en la Eucaristía con mayor conciencia, a redescubrir la riqueza de la liturgia tradicional y a comprender que las palabras de la Misa no están dispuestas al azar: forman una oración orgánica, en la que cada gesto, silencio y fórmula posee su lugar y su sentido.
1. ¿Qué es exactamente el embolismo?
La palabra embolismo procede del griego embolismós, relacionado con la idea de introducir, intercalar o insertar algo. En el lenguaje litúrgico, designa una oración que se intercala para desarrollar o ampliar una oración anterior.
En la Misa del rito romano, el término se utiliza especialmente para referirse a la plegaria que sigue inmediatamente al Padrenuestro.
En la liturgia romana actual, el sacerdote, después de que el pueblo haya concluido el Padrenuestro, pronuncia estas palabras:
«Líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
La asamblea responde:
«Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor».
La fórmula exacta puede presentar diferencias entre las traducciones litúrgicas aprobadas, pero la estructura fundamental es la misma: el Padrenuestro concluye sin el «Amén» de los fieles; el sacerdote desarrolla la última petición mediante el embolismo; y la asamblea responde con una aclamación que proclama el reino, el poder y la gloria de Dios.
Conviene distinguir tres elementos:
- El Padrenuestro: la oración enseñada por Jesucristo, que toda la Iglesia dirige al Padre.
- El embolismo: la oración presidencial que desarrolla la última petición del Padrenuestro.
- La aclamación final: la respuesta del pueblo que proclama la soberanía de Dios.
No son tres oraciones independientes unidas artificialmente. Constituyen una secuencia litúrgica coherente.
El embolismo se comprende precisamente desde la petición que le da origen: «Líbranos del mal». El sacerdote no abandona el contenido de la oración de Cristo, sino que lo despliega y lo aplica a la vida de la Iglesia.
Esta distinción también permite evitar una confusión: el embolismo no es una nueva versión del Padrenuestro, ni una modificación de las palabras evangélicas, ni una oración privada que el sacerdote introduce por iniciativa propia. Es una fórmula litúrgica propia de la celebración eucarística.
2. ¿Por qué no decimos «Amén» al terminar el Padrenuestro en la Misa?
Esta es la pregunta central.
Cuando rezamos el Padrenuestro fuera de la Misa, lo habitual es concluir con la palabra «Amén». Así sucede en el Rosario, en la oración personal y en numerosas devociones. También es habitual en otras tradiciones cristianas.
Pero en la liturgia romana, el Padrenuestro se integra en una secuencia más amplia. La última petición no recibe inmediatamente la conclusión habitual, sino que es seguida por el embolismo.
La razón principal es litúrgica: el Padrenuestro y el embolismo forman una unidad de oración, y la conclusión de esa secuencia se produce después de su desarrollo.
El «Amén» significa, en esencia, «así sea», «es verdad» o «así lo creemos». Es una palabra de asentimiento y adhesión a lo que se ha proclamado o pedido. No existe ninguna prohibición general de pronunciarla después del Padrenuestro. De hecho, los fieles la dicen cuando rezan esta oración fuera de la secuencia eucarística romana.
En la Misa, sin embargo, la tradición litúrgica ha dispuesto otra estructura. La asamblea no intercala el «Amén» entre la oración de Cristo y la plegaria que la desarrolla, sino que continúa con el embolismo y participa después en la aclamación.
Esto no significa que el Padrenuestro quede incompleto en sentido teológico, ni que la oración de Jesucristo necesite ser corregida. Significa que la Iglesia ha establecido una forma litúrgica concreta de proclamarla dentro de la celebración eucarística.
Una precisión importante
No debemos afirmar que el «Amén» sea intrínsecamente incompatible con el Padrenuestro o que pronunciarlo fuera de la Misa sea menos correcto. Tampoco sería exacto sostener que todos los cristianos de todas las épocas y ritos han observado una única práctica.
La cuestión es más sencilla y, a la vez, más profunda: en el rito romano, la ausencia del «Amén» en ese punto responde a la estructura recibida de la oración litúrgica.
La liturgia no es una colección de plegarias independientes que cada persona puede reorganizar a su gusto. Es la oración pública de la Iglesia, recibida y transmitida a través de los siglos. Por eso, la forma en que se enlazan sus oraciones posee una importancia propia.
El fiel que comprende esta estructura deja de interpretar la ausencia del «Amén» como una omisión accidental y empieza a descubrir una continuidad entre la súplica de Cristo, la oración del sacerdote y la aclamación del pueblo.
3. El fundamento bíblico: «Líbranos del mal»
Para comprender el embolismo es necesario regresar al Evangelio.
San Mateo recoge la enseñanza de Jesucristo sobre la oración en el Sermón de la Montaña:
«Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos…» (cf. Mateo 6, 9-13).
La oración concluye, en la forma habitual del Padrenuestro, con estas palabras:
«Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal» (Mateo 6, 13, según la formulación tradicional de numerosas versiones españolas).
Esta última petición encierra una enorme profundidad espiritual.
Jesús no enseña a sus discípulos a considerarse invulnerables. Tampoco les promete una vida libre de sufrimientos, tentaciones, persecuciones o dificultades. Les enseña a reconocer su necesidad de Dios y a pedir la gracia de permanecer fieles en medio de la prueba.
La expresión «líbranos del mal» puede entenderse, en sentido amplio, como una súplica contra el mal en todas sus dimensiones: el pecado, la tentación, la injusticia, el sufrimiento y la acción del Maligno. En la tradición cristiana, la petición posee también una dimensión personal y espiritual: pedimos ser protegidos del Maligno, el enemigo de Dios y de la salvación humana.
La Iglesia no reduce, por tanto, el mal a un concepto abstracto ni lo identifica exclusivamente con los problemas materiales. El mal tiene una dimensión moral y espiritual que afecta a nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo.
El embolismo desarrolla precisamente esta súplica.
Cuando el sacerdote pide que vivamos libres de pecado, está profundizando en la petición de ser preservados del mal moral. Cuando pide protección frente a toda perturbación, está expresando el deseo de que nada nos aparte de la fidelidad a Dios. Cuando implora la paz, pide un don que no puede reducirse a la ausencia de conflictos externos. Y cuando menciona la gloriosa venida de Jesucristo, sitúa toda esta súplica dentro del horizonte último de la historia: la manifestación definitiva del Señor.
Así, la oración que comienza con la petición de ser librados del mal termina orientando nuestra mirada hacia la victoria definitiva de Cristo.
«No nos dejes caer en la tentación»
Esta petición también merece una atención especial.
El cristiano no pide simplemente no experimentar tentaciones. Las tentaciones forman parte de la condición humana en un mundo herido por el pecado, aunque su presencia no constituya por sí misma un pecado personal.
Pedimos, sobre todo, no sucumbir a ellas; no abandonar la confianza en Dios; no consentir deliberadamente en aquello que nos separa de su voluntad.
San Pablo ofrece una palabra de consuelo y esperanza:
«Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; antes bien, con la tentación os dará también el modo de poder soportarla» (cf. 1 Corintios 10, 13).
Este pasaje no significa que el ser humano pueda superar cualquier prueba exclusivamente por sus fuerzas naturales, ni que todos los sufrimientos resulten fáciles de soportar. Significa que Dios permanece fiel y que su gracia no abandona al que acude a Él.
El embolismo nos invita a recordar esta verdad cada vez que participamos en la Misa: necesitamos la misericordia divina para perseverar, combatir el pecado y caminar hacia la santidad.
4. ¿Por qué el embolismo menciona la paz?
Una de las características más llamativas del embolismo es la unión entre la liberación del mal y la petición de paz.
Podría parecer, a primera vista, que son dos asuntos distintos. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana, se encuentran íntimamente relacionados.
La paz no consiste únicamente en que desaparezcan las guerras, las tensiones sociales o los conflictos familiares. Todo eso es importante y debe ser objeto de nuestra oración y de nuestro compromiso. Pero la paz cristiana posee también una dimensión interior, moral y sobrenatural.
El pecado rompe la armonía entre el ser humano y Dios. Puede destruir la concordia familiar, alimentar el resentimiento, justificar la injusticia y endurecer el corazón. La conversión, por el contrario, abre el camino a una reconciliación más profunda.
Por eso, pedir a Dios que nos libre del mal y que nos conceda la paz significa pedir que su gracia transforme nuestra existencia.
No se trata de una paz meramente psicológica, ni de una tranquilidad obtenida a cualquier precio. La paz cristiana no exige silenciar la verdad, tolerar la injusticia o renunciar al bien para evitar cualquier desacuerdo.
Cristo es el Príncipe de la Paz, pero su paz no equivale a la indiferencia ante el pecado. La auténtica paz necesita la verdad, la justicia, la caridad y la reconciliación.
El embolismo también recuerda que la paz es un don que debemos recibir y, al mismo tiempo, una tarea que debemos asumir. El cristiano no puede limitarse a pedir paz mientras alimenta el odio, la calumnia, la envidia o la división.
La oración litúrgica nos compromete.
Cuando pedimos la paz en la Misa, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a trabajar por ella en nuestras familias, en nuestros lugares de trabajo, en nuestras relaciones personales y en la sociedad.
¿Perdonamos cuando podemos hacerlo legítimamente? ¿Evitamos difundir rumores? ¿Tratamos con caridad a quienes piensan de manera diferente? ¿Defendemos la verdad sin caer en el desprecio personal? ¿Buscamos reconciliarnos cuando hemos ofendido a alguien?
El embolismo no permite separar la oración de la vida. La paz que pedimos a Dios debe comenzar a dar frutos en nuestro comportamiento.
5. «Libres de pecado»: la verdadera libertad cristiana
El embolismo pide que, ayudados por la misericordia de Dios, vivamos siempre libres de pecado.
Esta expresión no debe interpretarse como una promesa de que el cristiano dejará de experimentar toda tentación o alcanzará automáticamente una impecabilidad absoluta por el mero hecho de asistir a Misa.
La Iglesia enseña que la vida cristiana es un camino de conversión, en el que necesitamos continuamente la gracia de Dios. La participación en la Eucaristía nos fortalece, nos une a Cristo y nos impulsa a vivir según el Evangelio, pero no sustituye la necesidad de arrepentirnos de nuestros pecados ni de acudir al sacramento de la Penitencia cuando sea necesario.
La libertad cristiana tampoco consiste en hacer cualquier cosa que deseemos. No somos más libres cuanto menos límites aceptamos, sino cuanto más capaces somos de elegir el bien.
Una persona esclavizada por la mentira, la ira, la impureza, la avaricia o el orgullo puede conservar muchas libertades externas y, sin embargo, experimentar una profunda esclavitud interior.
Jesús lo expresa con claridad:
«Todo el que comete pecado es esclavo del pecado» (Juan 8, 34).
Y añade:
«Si el Hijo os libera, seréis verdaderamente libres» (cf. Juan 8, 36).
La libertad cristiana nace del encuentro con Cristo y se desarrolla mediante la gracia, la oración, los sacramentos, la práctica de las virtudes y la lucha cotidiana contra el pecado.
Por eso, cuando escuchamos el embolismo, no deberíamos pensar solamente en peligros externos. También debemos pedir que Dios nos libere de aquello que nos encadena por dentro.
Puede tratarse de un resentimiento que no queremos abandonar, de una costumbre que debilita nuestra vida espiritual, de una falta de caridad que justificamos constantemente o de una tibieza que nos impide responder con generosidad a la llamada de Dios.
La petición es exigente, pero también esperanzadora: no estamos solos en el combate espiritual. La misericordia divina nos precede, nos sostiene y nos invita a comenzar de nuevo.
6. La gloriosa venida de Jesucristo: el horizonte escatológico del embolismo
El embolismo no termina mirando únicamente a las dificultades del presente. Concluye dirigiendo nuestra atención hacia «la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo».
Esta expresión es fundamental para comprender la espiritualidad de la liturgia.
El cristianismo no es simplemente una doctrina moral que nos ayuda a comportarnos mejor, ni un conjunto de prácticas religiosas destinadas a ofrecernos consuelo. Es la fe en Jesucristo muerto y resucitado, que ha vencido al pecado y a la muerte y que vendrá gloriosamente al final de los tiempos.
La Iglesia vive entre dos grandes acontecimientos: la primera venida de Cristo, en la humildad de la Encarnación, y su retorno glorioso, cuando se manifestará plenamente su victoria.
Mientras tanto, los cristianos peregrinamos en la esperanza.
No conocemos el momento de la segunda venida. Tampoco debemos interpretar cada crisis política, guerra, catástrofe o cambio cultural como una señal inequívoca de que el fin del mundo es inminente. Jesucristo mismo exhortó a la vigilancia, no a la especulación temeraria sobre fechas.
La esperanza cristiana consiste en vivir preparados, perseverando en la fe, la caridad y la santidad.
El embolismo vincula esta espera con la liberación del mal. Pedimos ser preservados del pecado y de toda perturbación mientras aguardamos el triunfo definitivo de Cristo.
Es una perspectiva profundamente realista. La Iglesia no afirma que todos los problemas humanos desaparecerán inmediatamente después de nuestra oración. Reconoce que vivimos en una historia marcada por el sufrimiento, el pecado y la lucha espiritual. Pero proclama también que el mal no tendrá la última palabra.
El libro del Apocalipsis expresa esta esperanza con una promesa de renovación definitiva:
«Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no existirá más» (cf. Apocalipsis 21, 4).
Esta es la meta última de la esperanza cristiana: no una simple mejora temporal de las circunstancias, sino la consumación del Reino de Dios.
Por eso, el embolismo nos enseña a vivir el presente sin desesperación y el futuro sin miedo supersticioso. Nos llama a trabajar por el bien, a combatir el pecado y a perseverar en la oración, sabiendo que nuestra historia se dirige hacia el encuentro definitivo con Jesucristo.
7. La aclamación del pueblo: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria»
Después del embolismo, en la forma ordinaria del rito romano, el pueblo responde:
«Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor».
Esta aclamación no debe confundirse con las palabras originales del Padrenuestro recogidas en todos los manuscritos del Evangelio de Mateo. Es una doxología, es decir, una fórmula de alabanza y glorificación de Dios, vinculada a la tradición bíblica y litúrgica.
La aclamación expresa tres afirmaciones fundamentales.
El reino pertenece a Dios. El cristiano reconoce que la historia no tiene como dueño último a ningún poder humano. Ningún Estado, ideología, sistema económico o dirigente puede ocupar el lugar de Dios. Toda autoridad humana está sometida a un orden moral y debe ser juzgada a la luz de la verdad y del bien.
El poder pertenece a Dios. Nuestra esperanza no se apoya exclusivamente en las capacidades humanas. Las fuerzas del mal pueden causar sufrimiento real, pero no son omnipotentes. El poder de Dios es creador, providente y salvador.
La gloria pertenece a Dios. El fin de la vida cristiana no es convertirnos en el centro de todo, sino vivir para la gloria de Dios. Esto no destruye la dignidad humana: la ilumina. El ser humano alcanza su plenitud cuando reconoce a su Creador y aprende a amar según la verdad.
La expresión «por siempre» subraya la permanencia del señorío divino. Frente a las modas, los imperios, las crisis y las transformaciones culturales, la Iglesia proclama que Dios no pierde su soberanía.
La aclamación posee, por tanto, un significado espiritual y también una dimensión pública. El cristiano no pertenece en último término a los poderes de este mundo. Su conciencia debe estar formada por el Evangelio y su esperanza puesta en el Señor.
Al responder de este modo, los fieles no se limitan a completar una fórmula. Proclaman su fe en medio de una sociedad que con frecuencia mide el éxito por el poder, la riqueza, la influencia o la visibilidad.
La liturgia nos recuerda que el reino, el poder y la gloria no son propiedad de los hombres. Pertenecen a Dios.
8. Historia del embolismo: una oración que atraviesa los siglos
Para comprender plenamente el embolismo, es necesario situarlo dentro de la historia de la liturgia cristiana.
Desde los primeros siglos, los cristianos no se limitaron a rezar individualmente las palabras del Padrenuestro. Esta oración fue adquiriendo un lugar privilegiado en la vida comunitaria, en la catequesis y en la celebración de los misterios sagrados.
La Iglesia recibió de Jesucristo esta oración como un tesoro. A partir de ella, las distintas tradiciones litúrgicas desarrollaron formas de concluirla, ampliarla o relacionarla con otras plegarias.
El embolismo romano pertenece a esta historia de desarrollo litúrgico. Su finalidad ha sido expresar con mayor amplitud la última petición del Padrenuestro, implorando la liberación de los males y la paz para el pueblo cristiano.
Los primeros siglos del cristianismo
Uno de los testimonios antiguos más importantes sobre la oración cristiana es la Didaché, también llamada Doctrina de los Doce Apóstoles, un escrito cristiano de finales del siglo I o comienzos del II, según las dataciones propuestas.
Este documento recomienda rezar el Padrenuestro tres veces al día y transmite una fórmula de alabanza final que incluye las palabras «porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos».
Este testimonio es especialmente relevante porque muestra que la conclusión doxológica del Padrenuestro estaba presente en una antigua tradición cristiana. Sin embargo, no debemos confundir aquella fórmula con el embolismo romano propiamente dicho: son elementos relacionados, pero diferentes.
El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que el uso litúrgico añadió muy pronto una doxología al final del Padrenuestro. También explica que la tradición romana desarrolló la última petición desde la perspectiva de la esperanza cristiana y de la segunda venida del Señor. <Cite refs={[«turn268025search0″,»turn268025search4»]}/>
Desde aquellos primeros siglos, por tanto, encontramos una preocupación constante: la oración que Jesucristo enseñó debía conducir a la alabanza de Dios y expresar la esperanza de la comunidad cristiana.
El desarrollo de las liturgias occidentales
Con el paso del tiempo, las distintas tradiciones litúrgicas occidentales desarrollaron fórmulas propias para ampliar la petición de ser librados del mal.
En la tradición romana, la oración Libera nos —«Líbranos»— llegó a ocupar un lugar característico después del Padrenuestro, dentro de los ritos preparatorios para la Comunión.
Los antiguos libros litúrgicos muestran que durante la Edad Media existieron diversas formulaciones y variantes. No siempre podemos establecer con absoluta certeza la fecha exacta de composición de cada elemento ni identificar a su autor. Por ello, conviene evitar atribuir la oración a un santo concreto sin pruebas suficientes.
Lo importante es que la estructura responde a una lógica teológica reconocible: la comunidad acaba de pedir al Padre que la libre del mal y la liturgia desarrolla esa petición antes de avanzar hacia la recepción sacramental de Cristo.
La tradición romana anterior a la reforma litúrgica
En la forma tradicional del rito romano, la oración Libera nos tiene una formulación más extensa que incluye una referencia explícita a la intercesión de la Santísima Virgen María, de los santos apóstoles Pedro y Pablo, de san Andrés y de todos los santos.
El sacerdote pide ser librado de los males pasados, presentes y futuros, y suplica la paz para los días de la Iglesia, a fin de permanecer libre del pecado y de toda perturbación.
Esta oración se encuentra integrada en una secuencia de gestos y plegarias relacionados con la fracción de la Hostia consagrada y la preparación inmediata para la Comunión.
En el Misal Romano de 1962, el embolismo se recita en voz baja por el sacerdote, mientras que en la Misa romana reformada se proclama en voz audible y la asamblea responde con la doxología. <Cite refs={[«turn268025search5″,»turn268025search12»]}/>
Esta diferencia permite comprender que una misma tradición litúrgica puede conservar una finalidad teológica común y, al mismo tiempo, presentar estructuras rituales distintas según la forma de celebración.
No es necesario contraponerlas artificialmente para reconocer la riqueza de cada una.
9. ¿Cuándo se celebra el embolismo?
El embolismo no es una fiesta del calendario litúrgico ni una solemnidad dedicada a un misterio particular. Es una oración que forma parte del ordinario de la Santa Misa romana.
En la forma ordinaria del rito romano, se reza después del Padrenuestro, durante el rito de la Comunión, y antes del rito de la paz.
La secuencia habitual es la siguiente:
- El sacerdote invita a la asamblea a rezar el Padrenuestro.
- Todos los fieles rezan juntos la oración del Señor.
- El sacerdote pronuncia el embolismo.
- La asamblea responde con la aclamación: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor».
- Se desarrolla el rito de la paz y continúan los ritos preparatorios para la Comunión.
La Instrucción General del Misal Romano, en su número 81, explica expresamente que el sacerdote añade el embolismo y que el pueblo concluye mediante la doxología. También señala que el embolismo desarrolla la última petición del Padrenuestro y pide la liberación del poder del mal para toda la comunidad de los fieles. <Cite refs={[«turn268025search15″,»turn268025search3»]}/>
Por tanto, no se trata de una oración que se reserve para determinados días, como la Cuaresma, el Adviento o las solemnidades marianas. Su lugar corresponde a la estructura habitual de la celebración eucarística.
¿Se reza también en las misas de difuntos, en Navidad o en Semana Santa?
El embolismo pertenece al rito de la Misa y no constituye una oración exclusiva de un tiempo litúrgico. Por ello, forma parte de la celebración ordinaria también cuando se celebra una Misa de difuntos o una Misa propia de una solemnidad, salvo las particularidades rituales que correspondan.
Su contenido resulta especialmente significativo en cualquier momento del año:
- En Adviento, nos ayuda a vivir vigilantes mientras esperamos la venida del Señor.
- En Navidad, nos recuerda que el Salvador que vino humildemente al mundo volverá gloriosamente.
- En Cuaresma, nos invita a luchar contra el pecado y a buscar una conversión sincera.
- En Pascua, proclama nuestra esperanza en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
- En las Misas por los difuntos, expresa nuestra necesidad de la misericordia divina y nuestra esperanza en la vida eterna.
- En los días ordinarios, nos recuerda que la santidad se construye en la fidelidad cotidiana.
La oración no cambia su finalidad fundamental según el día: pide liberación del mal, paz, perseverancia en la gracia y esperanza en la venida de Jesucristo.
¿Y qué sucede en la Misa tradicional en latín?
Aquí conviene hacer una distinción importante para quienes participan en la liturgia tradicional.
En la forma tradicional del rito romano, según el Misal de 1962, el Padrenuestro se desarrolla de una manera diferente: normalmente lo recita el sacerdote, mientras que los fieles se unen espiritualmente y, en la forma habitual de la Misa rezada, el servidor responde al final con las palabras correspondientes.
Después, el sacerdote reza el embolismo en voz baja, con referencias a los males pasados, presentes y futuros y a la intercesión de la Santísima Virgen y de los santos.
En esa forma del rito romano, el embolismo no va seguido de la aclamación popular «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria» en el mismo lugar que ocupa en la Misa reformada. El rito continúa con la fracción de la Hostia y las oraciones propias de ese momento.
Por eso, quien esté acostumbrado a la Misa tradicional puede observar diferencias respecto de la celebración habitual en español. No se trata de que una forma tenga embolismo y la otra carezca de él: ambas conservan esta oración, aunque con diferencias de texto, ejecución y estructura.
10. El embolismo y el camino hacia la Sagrada Comunión
La ubicación del embolismo no es casual.
El Padrenuestro se encuentra en una parte de la Misa que prepara a los fieles para la Comunión. La Iglesia pide el pan cotidiano, el perdón de las ofensas y la liberación del mal; a continuación, el embolismo desarrolla esta última súplica y pide la paz.
Todo ello prepara espiritualmente para acercarse al sacramento de la unidad.
La Eucaristía no es un premio reservado a quienes nunca han pecado. Es el alimento sobrenatural que Cristo ofrece a su Iglesia. Sin embargo, recibir dignamente la Comunión requiere una disposición interior conforme a lo que se celebra.
San Pablo advierte:
«Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y así coma del pan y beba del cáliz» (1 Corintios 11, 28).
Este examen no debe convertirse en una ansiedad escrupulosa, pero tampoco puede reducirse a un gesto superficial. Es una invitación a reconocer nuestra condición, a arrepentirnos de nuestros pecados y a acercarnos al Señor con fe y reverencia.
La Iglesia enseña que quien tiene conciencia de pecado mortal debe recibir el sacramento de la Penitencia antes de comulgar, salvo las excepciones previstas por el derecho y la doctrina de la Iglesia. La recepción de la Eucaristía exige una disposición espiritual adecuada.
El embolismo ayuda a situar esta preparación dentro de una actitud de humildad. Antes de acercarnos al altar, reconocemos que necesitamos ser librados del pecado y sostenidos por la misericordia divina.
También pedimos la paz. No una paz que ignore nuestras faltas, sino una paz que brota de la reconciliación con Dios y de la disposición a vivir en la caridad.
El orden de la liturgia nos enseña así que la Comunión no debe recibirse mecánicamente. Nos invita a reconocer el don inmenso que tenemos ante nosotros: Cristo mismo, entregado por nuestra salvación.
11. El embolismo frente a los males de nuestro tiempo
La oración posee una actualidad extraordinaria.
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de libertad, bienestar, derechos, seguridad y paz. Sin embargo, muchas personas experimentan soledad, ansiedad, división familiar, desorientación moral y una profunda dificultad para encontrar sentido a su existencia.
La sociedad puede disponer de avances tecnológicos impresionantes y, al mismo tiempo, experimentar una grave crisis de relaciones humanas. Puede multiplicar los medios de comunicación y debilitar la capacidad de escuchar. Puede proclamar la libertad y dejar al individuo sometido a nuevas formas de dependencia.
El embolismo nos invita a mirar estas realidades sin olvidar su dimensión espiritual.
La esclavitud del pecado
El mal no siempre aparece bajo formas dramáticas. A veces se instala lentamente en nuestra vida a través de pequeñas concesiones, hábitos desordenados y justificaciones repetidas.
La mentira que parece conveniente, el desprecio que se disfraza de sinceridad, la impureza que se presenta como una necesidad, la avaricia que se llama prudencia o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno pueden terminar endureciendo el corazón.
La petición de ser libres del pecado nos obliga a examinar nuestras propias decisiones antes de condenar exclusivamente los errores de los demás.
Un cristiano no puede rezar sinceramente por la liberación del mal mientras se niega a reconocer sus propias faltas.
La división y el odio
Las redes sociales han multiplicado las posibilidades de comunicarnos, pero también han facilitado la difusión de insultos, rumores, calumnias y enfrentamientos.
Incluso quienes defienden causas justas pueden caer en la tentación de utilizar medios injustos para defenderlas.
El embolismo nos recuerda que la paz cristiana no consiste en renunciar a la verdad, sino en buscarla y defenderla con caridad. La firmeza doctrinal no justifica la crueldad, y la caridad no exige renunciar a las convicciones de la fe.
Es posible denunciar un error sin humillar a una persona. Es posible corregir una injusticia sin recurrir a la mentira. Es posible defender la doctrina católica sin convertir cada conversación en una batalla por el prestigio personal.
La oración nos exige una coherencia que no siempre resulta cómoda.
La incertidumbre política y social
Las guerras, las crisis económicas, la inseguridad y las transformaciones culturales pueden despertar temor y desconfianza.
La liturgia no nos invita a negar estas dificultades. Nos enseña a presentarlas ante Dios y a recordar que nuestra esperanza última no depende de la estabilidad de ninguna estructura humana.
Esto no significa permanecer pasivos. El cristiano tiene el deber de trabajar por la justicia, proteger a los vulnerables, cumplir sus responsabilidades y contribuir al bien común.
Pero no debe convertir la política, la economía o cualquier proyecto humano en un sustituto de la esperanza sobrenatural.
El embolismo nos recuerda que, por encima de los acontecimientos de cada época, el Señor sigue siendo nuestra esperanza.
La pérdida del sentido de la vida
Muchas personas buscan llenar su vacío interior mediante el consumo, el entretenimiento constante, el reconocimiento público o la acumulación de experiencias.
Estas realidades pueden tener un lugar legítimo en la vida humana, pero no pueden responder por sí solas a las preguntas últimas: ¿para qué vivimos?, ¿qué significa amar?, ¿cómo afrontamos el sufrimiento?, ¿qué ocurre después de la muerte?
El embolismo dirige la mirada hacia la venida gloriosa de Jesucristo. Nos recuerda que la vida presente no es toda nuestra historia y que estamos llamados a un destino eterno.
Esta perspectiva no desprecia el mundo ni las responsabilidades cotidianas. Al contrario, nos ayuda a vivirlas con mayor seriedad, porque nuestras decisiones tienen un valor moral y espiritual.
12. ¿Cómo podemos vivir espiritualmente el embolismo?
Comprender una oración es importante, pero la vida espiritual exige algo más: permitir que esa oración transforme nuestra manera de pensar, amar y actuar.
Podemos aprovechar el embolismo como una ocasión diaria de examen de conciencia y de renovación de nuestra confianza en Dios.
Primera actitud: reconocer que necesitamos la gracia
El embolismo no comienza afirmando nuestra autosuficiencia. Pide a Dios que nos libre del mal.
La primera lección consiste en abandonar la ilusión de que podemos alcanzar la santidad exclusivamente mediante nuestras fuerzas.
Esto no elimina nuestra responsabilidad. La gracia no sustituye nuestra cooperación, sino que la hace posible y la sostiene.
Cuando experimentemos una tentación, una debilidad o una dificultad moral, podemos recordar que no estamos obligados a combatir solos. Podemos acudir a la oración, recibir los sacramentos, pedir consejo espiritual y tomar decisiones concretas para alejarnos de las ocasiones de pecado.
Segunda actitud: pedir una liberación concreta del pecado
En ocasiones, nuestras oraciones se vuelven demasiado generales. Pedimos ser mejores sin identificar aquello que debemos corregir.
El embolismo puede ayudarnos a realizar un examen más concreto.
¿Hay algún pecado al que he comenzado a restar importancia? ¿Estoy alimentando una enemistad? ¿He sido injusto con alguien? ¿Estoy descuidando la oración? ¿He permitido que una costumbre perjudicial ocupe un lugar excesivo en mi vida?
No se trata de vivir obsesionados con nuestros defectos, sino de reconocerlos humildemente y buscar los medios adecuados para corregirlos.
La conversión cristiana no consiste en una emoción pasajera, sino en volver a Dios y procurar que nuestras decisiones correspondan cada vez más a su voluntad.
Tercera actitud: trabajar por la paz
Cada vez que pidamos la paz en la Misa, podemos preguntarnos qué podemos hacer para favorecerla.
Quizá sea necesario pedir perdón, escuchar con más paciencia, evitar una discusión inútil o reparar una injusticia.
En otras ocasiones, trabajar por la paz puede exigir una actuación firme: defender a una persona maltratada, denunciar una situación injusta o establecer límites prudentes ante una conducta dañina.
La paz cristiana no es cobardía ni indiferencia. Es la búsqueda del verdadero bien, con justicia y caridad.
Cuarta actitud: vivir preparados para el encuentro con Cristo
La expresión «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» nos recuerda que debemos vivir con una esperanza vigilante.
Esto no significa pasar los días calculando cuándo llegará el fin del mundo. Significa vivir de tal manera que no tengamos que avergonzarnos de haber desperdiciado nuestra vida alejados de Dios.
Podemos preguntarnos:
Si hoy tuviera que presentarme ante el Señor, ¿qué tendría que cambiar? ¿Estoy cumpliendo mis obligaciones? ¿Trato a mi familia con caridad? ¿Estoy procurando crecer en las virtudes? ¿Dedico tiempo a la oración? ¿Me preparo para recibir los sacramentos con la disposición adecuada?
La muerte y el juicio no deben convertirse en instrumentos de desesperación, sino en recordatorios de la seriedad de la vida y de la necesidad de la misericordia divina.
Quinta actitud: aprender a rezar con la Iglesia
Participar en la Misa significa entrar en la oración pública de la Iglesia.
No somos espectadores de un acto religioso ajeno. Somos miembros del Cuerpo de Cristo, llamados a unir nuestras intenciones a la oración litúrgica.
Cuando el sacerdote pronuncie el embolismo, podemos escucharlo conscientemente y unir nuestro corazón a cada petición.
Cuando la asamblea proclame la aclamación final, podemos hacerlo con fe, reconociendo que el reino, el poder y la gloria pertenecen a Dios.
Esta participación interior es especialmente importante en una época en la que la distracción constante puede convertir incluso los actos más sagrados en rutinas.
No necesitamos inventar nuevas fórmulas ni modificar la liturgia para participar profundamente. A menudo basta con comprender mejor lo que la Iglesia ya nos ofrece.
13. Una breve meditación para después de la Misa
El embolismo también puede inspirar una breve meditación personal, una vez concluida la celebración eucarística.
Podemos detenernos unos instantes y recordar las tres grandes súplicas que contiene:
- Señor, líbrame del mal y de aquello que me aparta de Ti.
- Concédeme la paz que nace de tu gracia y enséñame a vivir en la caridad.
- Ayúdame a perseverar en la fe mientras espero la gloriosa venida de Jesucristo.
Después, podemos guardar silencio y examinar nuestra disposición interior.
No es necesario alargar indefinidamente la oración. Unos minutos de atención sincera pueden ayudarnos a interiorizar lo que hemos celebrado.
La finalidad no es convertir el embolismo en una devoción independiente que sustituya a la liturgia, sino permitir que sus palabras continúen dando fruto en nuestra vida.
La Eucaristía termina, pero la misión del cristiano continúa en el mundo.
Salimos del templo para regresar a nuestras responsabilidades, a nuestras familias y a nuestras tareas ordinarias. Allí debemos procurar vivir lo que hemos pedido ante el altar.
14. Preguntas frecuentes sobre el embolismo
¿El embolismo forma parte del Padrenuestro?
No en sentido estricto. El embolismo es una oración litúrgica distinta que desarrolla la última petición del Padrenuestro. Ambas plegarias están estrechamente relacionadas, pero no deben confundirse.
¿Por qué no decimos «Amén» después del Padrenuestro en la Misa?
En la forma ordinaria del rito romano, el Padrenuestro continúa con el embolismo y la aclamación del pueblo. La estructura litúrgica no coloca el «Amén» de la oración personal en ese punto. No significa que el Padrenuestro sea defectuoso o que esté prohibido concluirlo con «Amén» en otras circunstancias.
¿El embolismo es una oración moderna?
No. La tradición de ampliar la petición final del Padrenuestro tiene raíces antiguas en la historia litúrgica cristiana. Su formulación y su posición ritual han conocido desarrollos y diferencias a lo largo de los siglos.
¿Se reza todos los días?
Se encuentra en la celebración habitual de la Misa romana, no solamente en determinadas fiestas o tiempos litúrgicos. Su ubicación corresponde al rito de la Comunión.
¿Es igual en la Misa tradicional en latín y en la Misa reformada?
No exactamente. Ambas formas del rito romano contienen un embolismo, pero existen diferencias en el texto, en la manera de recitarlo y en su relación con la aclamación del pueblo y la fracción de la Hostia.
¿Qué significa «toda perturbación»?
La expresión alude a aquello que puede amenazar la paz y la perseverancia cristianas. No significa que el creyente vaya a vivir necesariamente sin preocupaciones, enfermedades o sufrimientos, sino que pide a Dios la protección y la fortaleza necesarias para permanecer fiel.
¿Qué significa esperar la venida gloriosa de Jesucristo?
Significa vivir orientados hacia el cumplimiento definitivo del plan salvador de Dios, cuando Cristo se manifieste gloriosamente. Esta esperanza nos invita a la vigilancia, a la conversión y a la caridad, no a especular sobre fechas o acontecimientos supuestamente definitivos.
Conclusión: del «Líbranos del mal» a la esperanza en Cristo
El embolismo es una oración breve, pero encierra una riqueza teológica extraordinaria.
Nos enseña que la petición «líbranos del mal» no es una frase secundaria dentro del Padrenuestro. Expresa una necesidad fundamental de la existencia cristiana: necesitamos la misericordia de Dios para combatir el pecado, perseverar en la gracia, trabajar por la paz y mantener viva la esperanza.
También nos ayuda a comprender por qué no decimos «Amén» inmediatamente después del Padrenuestro en la celebración romana ordinaria. La oración de Jesucristo continúa, dentro de la estructura litúrgica, con una súplica que desarrolla su última petición y culmina en una aclamación de alabanza a Dios.
La Iglesia nos enseña así a rezar no solo con nuestros sentimientos particulares, sino también con la sabiduría espiritual que ha recibido y transmitido a través de los siglos.
En una época marcada por la incertidumbre, la división y la tentación de buscar seguridad exclusivamente en los recursos humanos, el embolismo nos recuerda que la paz verdadera tiene su fuente en Dios y que nuestra esperanza última no se encuentra en ningún poder temporal.
La vida cristiana no consiste en negar la existencia del mal, sino en combatirlo con la gracia de Cristo. No consiste en huir de las dificultades, sino en atravesarlas con fe. No consiste en esperar pasivamente el futuro, sino en vivir el presente con fidelidad mientras aguardamos la venida gloriosa del Salvador.
Cada vez que participemos en la Santa Misa, procuremos escuchar esta oración con una atención renovada. Cuando el sacerdote pida que seamos libres de pecado, presentemos al Señor nuestras debilidades. Cuando implore la paz, pidamos la reconciliación de las familias, la concordia entre los pueblos y la paz de nuestro propio corazón. Y cuando la asamblea proclame que el reino, el poder y la gloria pertenecen a Dios, renovemos nuestra confianza en que Jesucristo es el Señor de la historia.
Porque el mal no tendrá la última palabra.
La última palabra pertenece a Cristo, muerto y resucitado, que vendrá gloriosamente para consumar su Reino.
Y mientras esperamos ese día, la Iglesia sigue enseñándonos a pedir con humildad, confianza y perseverancia:
Líbranos del mal, Señor; concédenos tu paz y ayúdanos a permanecer fieles hasta el día de tu venida. Amén.